vez más en el centro de la política nacional404. La elección del jefe del civilismo como senador por Junín y como cabeza de la cámara alta precipitó su regreso a Lima. Si bien es cierto que el retorno al país del flamante congresista estuvo rodeado por amenazas de muerte y de levantamientos por parte de sectores opositores resentidos con el triunfo civilista, las negociaciones de su grupo político con el presidente Prado y los «nacionales» le hicieron controlar sus ímpetus y volver al Perú con la rama de olivo en la mano405. La actitud conciliadora de Manuel Pardo no fue una simple pose frente al auditorio peruano y los amigos chilenos como Benjamín Vicuña Mackenna. El control del parlamento por parte del Partido Civil hizo bajar la cabeza al régimen de Mariano Ignacio Prado y un mes antes de la llegada del expresidente al país dio inicio a una ronda de negociaciones políticas entre el gobierno y la oposición civilista. El gestor de este acercamiento fue el médico y catedrático sanmarquino Francisco Rosas. Cabe anotar, sin embargo, que estos «arreglos» fueron la conclusión de una serie de conversaciones sostenidas por sectores del gobierno con un grupo de civilistas, encabezados por el banquero Emilio Althaus406. El aggiornamento de civilistas y «nacionales» significó una reformulación del proyecto político de los primeros. El centro programático, articulador de intereses múltiples que pretendió ser el Partido Civil, fue transformado, como consecuencia de la necesaria transacción política, en un menos ambicioso centro posicional. En pocas palabras, el reformismo centrista del civilismo auroral debió calmar sus ímpetus e iniciar una convivencia política con una oposición que lo empujó a la derecha del fluctuante espectro de la política peruana407. La convivencia de grupos de interés opuestos en el peligroso contexto de una sociedad intensamente movilizada demandó la implementación de una estrategia política conciliadora, tendiente a amenguar la abierta confrontación social. El peligro de un inmanejable desborde social que una profundización de la estrategia movilizadora provocaría fue, en consecuencia, un elemento que pesó mucho en la reformulación de los métodos políticos del civilismo. El cambio de la estrategia civilista se debió, probablemente, a la lectura atenta que hicieron las dirigencias partidarias sobre la situación política, económica y social del país. La cada vez más inmanejable deuda externa demandaba la reformulación de un frente político multipartidario para enfrentarla. Por otro lado, la inocultable «guerra social» estimulada por la 207
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