externa y de la exportación salitrera posibilitó que la administración pradista recreara el vital modelo clientelístico del pasado. Lo anterior provocó una intensa pugna al interior de la élite política por controlar el aparato estatal378. La administración económica del gobierno de Prado, a diferencia de la de Balta, fue fiscalizada intensamente desde que comenzó. Importantes miembros del Partido Civil permanecieron en lugares claves de la maquinaria estatal, especialmente en el Congreso, y la prensa civilista se erigió en el cuarto poder del Estado (Echegaray, 1965, pp. 594-602; Ayarza, 1921, pp. 24-25)379. En los primeros momentos del enfrentamiento entre el gobierno de Prado y el Partido Civil, los núcleos congresales civilistas y la prensa actuaron como caja de resonancia de las críticas al régimen. Sin embargo, por no ser la anterior presión lo suficientemente efectiva, para mediados de 1877 un sector radical de la agrupación política civil dio inicio a una revolución que tuvo por objeto derrocar al gobierno de Mariano Ignacio Prado y evitar la llegada al poder al eterno revolucionario Nicolás de Piérola. Este, luego de retirarle el apoyo a su aliado circunstancial, Prado, logró capturar, en una acción espectacular, a uno de los barcos de la armada peruana380. En la noche del 4 y madrugada del 5 de junio de 1877 se produjo en el Callao el levantamiento civilista contra la administración de Mariano Ignacio Prado. La sublevación armada, que movilizó contingentes del ejército y de la Guardia Nacional fieles al Partido Civil, fue controlada rápidamente por el gobierno381. Las acusaciones de los enemigos del civilismo, principalmente la prensa clerical, señalaron a Manuel Pardo como el cerebro intelectual de la asonada revolucionaria chalaca. Por esta razón, y por las repercusiones que una acusación de esa naturaleza podía tener para el futuro del Partido Civil, el expresidente marchó a un obligado exilio político, cuyo destino fue Santiago de Chile382. Desde ahí, en coordinación con las dirigencias partidarias limeñas y departamentales, rearticuló y fortaleció a su asociación política, organizando un nuevo embate contra el gobierno del veleidoso exaliado. Esta vez, sin embargo, y como en la campaña electoral 1871-1872, el combate se dio en las urnas electorales. El campo de batalla fueron los clubes políticos, la prensa y los núcleos congresales; y las municiones, aparte de las conocidas y tradicionales balas, los centenares de cartas que empezaron a circular entre Santiago y las principales ciudades del país. La meta de toda esta febril 201
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