Justa ademas, la Carta, y entendida, Para siempre declara inexorable Que la pena de muerte está abolida Como una institucion vituperable. l\lu_y bien lograis del pícaro la vida Asegurar con ley tan saludable: Pero ¡legisladores! poi' ventul'a, ¿La del hombre de bie11 no se :1segura? Concibo que U. aludirá por toda respuesta á la moderna teoria de las penitenciarías; pero, señor ruio, los hechos pruebau que de cien cri - minales rematados, uJJo tal vez, se cura moralmen le en esas casas de correccion, y lqego, para que ellas produjeran el efecto qne se quiere produzcan, seria preciso, Ul'geu le é indispensable, q' en- sn régimen interior domiuara por complato y de una manera absoluta la moral cutó - lica, úuica que posee el ::;ecreto de arrancar de cuajo las l-endencias viciosas del corazon. Qu erer pe nitenciarias calcadas sobre lus bases de las de Norte-América, y quererlas como el reemplazo filan trópi eo de la doctrina de la pena de mue rte para criminales rematados, es una pura utop1a. Las estadísticas criminales de los países en que existe.o dichas prnitenciarías, y lo que ocurre entre nosotros mismos, son una prueba de mi aserto. Y luego ¿qné humanitarismo es este tau decantado, en el cual solo se vé la crueldad mas refü,ada, pu~sta en práctica, desde que el pobre reo r.onfi.nado á una penitenciaría, se halla reducido á la mas triste de las condiciones, teni~ndo que saborear tra- go á trago y momento por momento las ama1·guras de una cárcel horrible, solo semejante á los antros infernales~ ¡ 1?ella filan t.ropía por cierto la que predica la alróz doctrina del tormento prolongado de un reo, so preleslo · de que le libra de la muerte! Aquí, lejos.de encontrarse algun P.}ernenlo de caridad, se halla, por ei contrario, mucho de bárbara crueldad para con el desgraciado crimiual. No es esta una hiperbole: todo el que conozca, siquiera sea someramente, el corazon hut11ano, sabe que tratándose de sufrimientos, mas placij al hombre esperimentar un último Lorrnen lo, la muerte misma, antes que devorar con pausa crueles dolores y angustias de por vida. Un hecho sirve á mi intento de prueba la mas elocuente; ese hecho es el del suicidio: se suicida el criminal que carecien• do de fé, y por lo mismo de sentimientos cristianos, no se halia en condiciones aproposito para soportar los remordimientos de su conciencia: se suicida el incrédulo que, fallo de confianza en ]a bondad di. vina, rechaza las lribulacion.es de esta vida considerándolas como un mal insoportable: se suicida el hombre de prostituido corazon, cuando al querer satisfacer indefinidamente sus brutales apetitos, tropieza con la ley física que lo condena á padecimientos que ni quiere r1i puede soportar; repilo, señor mio, en todos e5tos casos, el suicida, da lesti- , monio en contra de la teoria filan• trópica que, pretendiendo abolir la pena de muerte, la sustituye con LA IGLESIA PUNEÑA una pena mil veces mas horrible para el humano corazon; por esto, todo el que siente latir en su pecho la caridad cristiana, todo el que conserva a] um brada su inteligencia por los rayos de la luz evangélica, comprende y conoce que si hay alguna doctrina dura y cruel en el fondo, es la que enseña esa escuela dirijida por los penalistas románli• cos. Pensoba poner térmio aquí á esta cou léstacio □, pero recuerdo tres pensamieutos e:x:presados por U., q' no debo pasa r desapercibidos; el primero lo encuentro en su artícufo del jueves 2 de Octubre, dice así: ccPorque lddos los católicos tuvieran la opinion de los que apelan á su tesl1mo □ io, ¿tal opiriion pasaría 1 a ser doctrina catóHca, como la lla- . ma U. 8. I.?)) Al leer esta frase, me siento tentado a creer que ya su juicio le falsea. Señor mio, se llama doctrina católica, la que profesa ]a Iglesia Católica, y por Jo mismo el Papa, los Obispos y los fieles todos. Sí pues la doctrina a que alude U. en el periodo que acabo de copiar es profesada, como se lo demostré, por la Iglesia Catolica; claro es que debe llamarse doctrina católica, como se llama doctrina protestante la que se fuuda en el principio curioso de la in terpretaci.on privada de la Biblia: como se llama doctrina jan- ,senista la que se a poya en la necia y absurda distincion entre el Papa• do y la Curia Romana; como sella- · ma doctrina impía la que parle del principio del valor ábsoluto de las luces de la razon, con notable mengua de las verdades reveladas. ¿Entiende U. por doctrina catolica la doctrina profesáda por los enemi - gos del catolicismo? ¡ Peregrina ló- · gica seria esta, por cierto! Verdad que es la logica que U. sigue, asi por lo menos lo prueba el empeño con que pretendé sostener comu católicas sus teorías tan opuestas al catolicismo; pero, Doctor Vigi], la lógica tiene por punto de partida el buen sentido, y á ningun hombre, aunque sea tan erudito como U., le es lícito darle otras bases, á menos que le suponga desertor de la sana flloso.fia. El segundo pensamiento lo encuentro • en el artículo correspondiente al mártes 7 de Octubre; hélo aquí: .,A_ la minoría toca (aludiendo á los Obispos reuuidos en el Co11cilio Vaticano) salvar el catolicbmo cristiano, y preparar los caminos á una rejeneracion racional y cristiana.» .En presencia de un periodo tan lacónico, en cuanto á sus palaoras, y tan abudaute en conceptos erróneos, siento oprimido mi corazon por una angustia profunda, y, como siempre, voy a dar mis razo11es. El Dr. Vijil es conocido como uno de los campeones mas avanzados eu defem,a de la soberanía popula1·, cuya base consiste en el predoroiuio de las mayorías: ¿como es pues que tratándose de una reunion conciliar prefiere la minoría? Esto, ó se explica teniendo en cuenta el odio profuudo que di('ho Dr. profe¡;a á la Iglesia Católica, ó 110 puPde explicarse de otra manera; ideas tan contradictorias i.olo pueden ser amalgamadas por una pasion tan impetuosa como el odio. Si la minoría del Concilio hubiera sido la única que, unida á Id cabeza visible de la Iglesia, pronunciara sus decisiones doomáticas, desde luego el Dr. · Vijil h~bria Sdcado á relucir su teoria de las mayorías. Séame pues permitido devolverle ahora la frase que emplea diriJiendose á mí en su primer articulo: «Yo AGUAR• DABA ALGO l\1E.JOR DE LOS TALENTOS DEL DR. VIJIL, SEGUN LA~ .IS"OTIClAS Qtrn ANTES ME DIEilO PERSONAS QUE LE TRATARAN; PEI\O YA CAIGO EN CUENTA DE QUE NO HAI BUEN A:BOGADQ l'ARA MAL.l CAUSA.» Ahora pregunto d U., que regla de Gramática lo ha facultado para antepone,r al sustantivo un adjetivo calificativo. Hace tiempo que se empefia U. en hablarnos de un catolicismo cri8tia- _no, rechazando eutre tanto el cristianismo católico; U. sabe que siempre los susLautivos envuelven un concepto general que para determinar necesitan del adjetivo que los circunscriba y los restrjuja. Así la palabra cristiano envoelve una idea mas ámplia, mas general que la de católico, desde •que existen los protestantes en su infinito numero de . sectas, que pretenden llamarse cristianos. El térmmo de católico es pues un adjetivo calificativo que sirve para distinguir á todos los que pertenecen á la verdadera Iglesia, de los que constituyen la multitud ; de sectas _disideutes: hablar pues, como U., de catolicismo cristiano, es violar las reglas de Gramática y espresarse de una manera iuiuteligible. Concluye U. por asegurar que toca á la miuoria del Concilio, preparar les caminos para una rcgeneraciou RACIO· :-.u y cristiana. Esta teoría, que me• JOr pudiera llamarse aberraciou intelectual, importa errores de grnn bulto; pues U. supone con ella que la doctrina cristiana no es racional ó que por lo menos puede darse rejeneracion racional sin ser cristiana. Otro error: «la minoría será la que verifique esta rejeneracion.» Se trata de principios, y en el orden filosófico., entre otros criterios, sabe U. que figura eo grande escala el de el consentimiento universal para llegar a conocer la verdad. El mismo Ciceron, de quien U. se muestra tan apasionado profesaba esta máxima; quot omnium natura consentit id ve• rum nessese est. ~o 11ecP,sito volver a recordar á U. su teoría favorita~n materia de política, respecto de mayorias; entre tanto ¿tendré ó no justicia para decirle que se complace en la contradiccion cuaodo e&tá de por medio una verdad católica? Otro de los puntos que ha llamado mucho mi atencion en sus últimos artículos, y que corresponde al «Comercio.. del .iueves dos de Octubre, es el siguiente: «pero, ¡votos perpetuos y de rigurosa obligacion á '!U cumplimiento! No! devotos y entusiastas varones exajeraron el pt:nsamiento de Jesucris• to y lo llevaron á un grado intolerable.» Sr. L>r. ¿es posible? U. se empe• ña en que yo lo conside1·e como tráns• fuga del catolicismo: ¡adelante! pero no me obli~ue á que lo suponga tambien, tránsfug-a hasta del sentido comun y de la humana filosofía. ¡Cómo! un Sr. Vijil, tan ilustrado, tan filó sofo, tao instruido en e l conocimiento del humano corazon ¿_será posible que se esprese en términos que revelan lu idea mas triste de ese corazon humanu, q· profesaba especial veneracion á la castidad perpetua de las vestales, aun an• tes de ser regenerado con la sangre del Redentor? ¿Será posible que un hombre colocado á la altura que U. se halla, discurra de una manf!ra tau pobre en el periodo que acabo de co• piar? Segun esta su teoría, no hay libertad eu el hombre para disponer de por vida de su voluntad; de lo que result~ (y fíjese bien eo estas conse• cueucias): primero, que es. absurdo el matrimonio cristiano, por cuanto im• porta la union perpétua de voluntades, previo el consentimiento libre de los cóuJuges. Yo sé que este priucipio e-s aceptado por -la escuela protestante y desenvuelto por el célebre Ahrens en su curso de filosofía del derecho; pero tambien sé que para gloria del catolicismo es condenado justamente por la lµ"lesia segun el decreto de 28 de Enero de 1842. Segundo (y esto a• lude á U. personalmente): al ser U. consa~rado sacerdote, debiendo e.n obsservancia de la ley vifente de la Iglesia, hacer el voto de perpétua castidad, y habiéndolo hecho, como lo supongo, procediendo con pleno conocimiento del acto 'que practicaba, se dió cuenta sin duda, de su fuerza de voluntad para secundar las inspiraciones de la gracia que lo ilamaba al santuario: a• hora bien, nadie hasta hoy, que yo sepa, (y lo declaro bajo mi palabra de Obispo), se ha atrevido á herir á U. en materia de castidad; lo que prueba q' ha podido pbservar su voto, y que por lo mismo, el corazon humano puede mantenerse puro y disponer libremee• te de sus afecciones, consagrándolas a Dios para siempre. Tercero: la exafe• racion del pensamiento de Nuestro Señor Jesucristo, que U. atribuye á varones devotos y entusiástas, se halla mas bieu en todos los que, enemigos del Evanjelio y de la pureza de sumoral, pretenden á viva fuerza insinuar en los paises católicos, la doctrina de la rehabilitacion de la carne, predicada por el tristemeute célebre Enfantin, decidido sectario de la doctrina protestaute. No parece sino que, inspirados todos los de esta escuela por el espíritu Satánico que animó á los ene- !Iligos del pueblo de Israel, cuando declararon que la mejor arma para per• der á los Israelitas era la de enviarles mujeres hermosas á su campamento, se propusieran hacer otro tanto con los católicos, aunq__ue con disimulo, predicándoles la doctrina de la imposibilidad del celibato: por eso, explicandose á su modo esta frase del Sal vado1·-Su11t Eunuchi qui se z'p$OS castraverunt propter regnum coelorum, ó pres• ciudiendo de ella, se avanzan hasta a• firmar que no es posible se dén en esta materia votos perpétuo:i y de rigurosa oLligacion á su cumplimiento, porque esto seria falsear el pensamiento del Salvador. Pero, Sr. mio: tal teoría, dígase lo que se quiera, es inmoral y antievangélica: inmoral, porque, pintando cou tan vivos colores la debilidad del corazon huma 110, dá anza á las pasio• nes para triunfar de él en todo caso. El hombre que éo fuer7:.a de una en• señanza tan deletérea termina por persuadirse de que es imp@tente para re• frenar sus apetitos carnales, se entrega á ellos mas ó menos impetuosamente; y eu la carrera de su prostitudon, invoca su debilidad como un pretesto legal, no solo para paliar sus desórdenes, sino hasta para santificarlos; por esto decia el célebre Balmes en su interesante obra de «El Protestantismo .. cap. 25. «Cuando se trata de dirijir las pasiones, se ofrecen dos sistemas de conducta. Consiste el uno en condescende1', y el ot rn en resistir. Eu el pmnero se re'trQcede delante de ellas á medida que avanzan; nunca se le~ opone uo obstáculo invencible, nunca se tas deja siu esperanza; se les &et1alt1 en verdad una línea para que no pasen de ciertos limites, pero se les deja conocer que si se empefian eo pasar!&, esta línea se ' retirará un poco mas; por manera que la condescendencia está en proporcion con la enerjía y la obstinacion de quien la exije. En el segundo, tambien se marca á las pa• siooes una línea de la que no pueden pasar; pero esta línea es fija, inmóvil, resguardada en toda su extensiou por un muro de bronce. En vano lucha• rian para sal varia; no les queda ni una sombra de esperanza; el principio que las resiste no se alterará jamas, no consentirá transacciones de ninguna clase. No les queda recurso de nin-
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