La Iglesia puneña : órgano del gobierno ecleseástico de esta diocesis/Título posterior : La Iglesia Puneña periódico semanal. órgano ofial del gobierno eclesiástico de la diocesis(desde N°37)/Título posterior: La Iglesia puneña: publicación eventual. órgano de dcoumentos, doctria y hechos (desde n°180) - Año Nº1-18,/Nº19 Ene 12/Año 2-Nº2/Año 1,Nº3/Año II-Nº 23-51/Año III Nº52-79/AñoIV Nº 80-99/100-116/ Año V-117-136/Año VI 137-148/Año VI Nº149-172/Año VII-Nº175-184

A~O VII. PUNO, AGOST0,50 DE 1875. N.0 167. ·(-it JglcGia funtña. PERIODICO SEMANAL. ORGANO OFICIAL DEL GOBIERNO ECLESIASTICO DE ' tA.DIOCESIS, · LA IGLESIA PUNEÑA, .Al lir.Dr. D. Francisco de Paula Gonzale11 Ttgn. l\foy Sm~on l\lIO: Si antes de escribir su tercer nrtí- ~Ulo me hubiera U. revelado el proyecto que allrigaba, de_ disculparme en algun modo, yo le habrn, ~-~ga<lo encarecidamente q1,1e uo lo h1c1ese, atcndieudo á que, por la misericordia de · Dios, no soy del· número de los qu~ se afilian a u11 bando, ·ó ubraza11 una doctrina, solo porque asi lo quieren. los que 1·c couq4ista11. Yo! c?1~0 Ob1~po Católico, profeso el pr111c1p10 de San Pablo.: rq,tionabile obsequiurn vestrum, quiero decir, que no me deja,ia _1a111ús embauca1· por lo:; que prete11u1en~io negar la i11faliuililiilu <le _la Iglesia ~ de su jefe visible en ma.terta de doc~n11c~. se o~tenta11 á si mislllOS como rnfalt- ·bles. da1Hlo consejos á lo,; Obispos. 8. Pablo con autoridad suficiente, me .eucarga que aunque un áujd del ci~lo pretendier,t ensefrnrnos ul,go _opuesto á lo que nos dice el l~vangelto, debamos rechazarlo considerá11dolu como un error. Y. si asi debe •nos µorla rnos coir un á11jel ¿cómo nos co11duciremos con u·? Rctirn pues su disculpa., cu a• teuci9n á que yo la rechazo, reput.t11dola co1í10 uua injuria, tanto mas grave cuanto que la funda en las ra1.011es qu~ copio. «El no ha inventado las doclrtnas y· pretensiones que aplica. en la c~ntestaeio¡, al Sr. Ministro: de muy auiba y de m11,ciw tiem¡>o le ha·n venido, y fottificadose mas y mas hasta e_l 111:ese~te, !J Hic1rnLo DESY.STlM;\R su JJl'Of!W, dignidad.» l\lejor que u11a disculpa, es este un reto que dirije U. 110 solo al Obispo de l)uno; sino á todos los Obispos pasados y pre~entes: ·de todos insi1111a U. con estas frases, que somos u11os imbéc_ile~, que no &abemos estimar nuestra d1g111dad: que somos unos miserables, que ui comprendemos, ni aprP.ciamos debidameute lo que te11emos entre maHos, dejp.11dot1os [levar de doctrinas que .no inventa·mos, y que vienen de an-iba .V de mucho tiempo. ¡ Dichoso O. que abriga eu su pecho mas nobleza, y en su ~utelijeucia, mas juicio y mas talento que todos los Obispos desde hace 19 siglos! S~llor mio, si est.ú no es i11fatmteion de orgullo, no sé qué nombre pueda aplicársele. Entre tanto, nos dá U. una regla cristiana, para discurrir y proceder eu esta materia, y es la sig1,1ieute: «Los Obispos 110 pueden ni deben ser respecto del Papa mas de lo que fuerori, los 11póstoles, respecto de San Pedro." Como yo 110 aco,;t1110bro aceptar reglas sin persuadirme antes de la autoridad que me las impone, y de su nlor · racioual, · entiendo qu~ me permitirá .u. · examinar la suya, si ya 110 bujo · el primer punto de vista, porque su a'utori'(iad eu este asunto, es uula para mí, á 1-o ·meuos en cu1111 to á su valor racional. Voy á esponerle en sinópcis la doctrina de todos los PP. tle la Jglesia desde el primer siglo, y la de · t:odos los Teologos, Canonistas, Y Escritores Eebsiásticos, á quienes puede U. consultar. si gust!l, con mejor criterio que el que haya empleado al leel'los en otras ocasiones. Entre los Apóstoles y los Obispos respecto á sus relaciones con el Vicario de N. S. J. C. existe una marcada di~ ferencia. Los Apóstoles, aparte de su ordinaria mision como Obi.;;pos, en virtud de la cual se hallaban sujetos á S. Pedro, como que era el que teuia la plenitud de la· Potestad, otor~arla por el Salvador al decirle: tivi dabo claves Regni Crelornm: «te daré las lidves del Heino de los Cielos,» tenían otrn estraordinaria, en su condicioa de primeros predicadores del Ev,111gelio. Esta consistía, eutre otras cosas, en fundar Iglesias por sí mismos, en gobet·- 11urlas tambieu por sí, ó por los que ellos mismos consagl'aba11 Obispos ¡.1t1r~ el efecto, como lo hizo S. Pablo cou Tito y Timoteo. Por lo dern.1s aun eu esios tiempos apostó1icos, vemos que reunidos los Apóstoles en Jerust1le11, para uniforrnar.;e, en materia de d1-;¡.,t>,iicio11es dist:ipli11ares, Pedro fué el que precidió, y el que llevó la voz e11 esa reunio11, que podemos llamar Conciliar. S. Pablo, á pesar de su vocaoion estraordinariu, quiso verá Petlro µara pone1·se de acuerdo con él. Toú,1 cstu cuusta de el libro de los Hechos de los Apó,Holes. AhMa bien: U. sabe que en las sociedades nacientes, las cosas uo · pasan, ni se realizan. como en las ya constituidas, (y este es precisamente el errQr de U.) Querer que una sociedad que comienza á vivir como tal, tenga todo el desarrollo, todo el órdeu, y toda la regularidad, de uua sociedad secular, es (cou perdon de U.) el mas clásico de los disparates: es no saber jota en materia de filosofia de la historia. ¡Por cuuntas truosfor111aciones 110 han pasado las ~aciones Europeas para venir á ser lo r¡ne son! y siu embargo: ¡f.uántos cambios no estan esperimentando hüy mismo, cambios que U. tal vez aplaudirá, á. pesar de su orijen, casi jeneralmente vastardo! ¿Por qué pues no discurrir del mismo modo .cuando se trata de la Iglesia'? Será porque siendo de orijen Uiviuo se exije de su autor que al crearla haya prescindido de las leyes jeuerales de crecimiento y desarrollo para toda sociedad, por manera que la Iglesia al nacer, debió abarcar, en su seno, de hecho, a todas lus naciones, real1zauuo en ese i11stante el mandato de N. S. «enseñad á todas las jentes»: debió asimismo tener Diócesis organizadas, templos construidos, Sacerdotes que administraran los Sacramentos, evangelios escritos, apolojistas y esp0sitores que los defendieran y los esplicaran, y todo e:;to, repito, in ictu oculi. Pero esto es µedtr demasiado, ya qne no pedir una necedad, desde que su Divi110 fuudador no lo creyó asi con• veniente. J. C. N. S. sentó los fundamentos ·que debieran constituir su Iglesia, y encargó su desenvolvimiento al que quiso constituir como piedra fundamental de este edificio. Al comenzarse esta obra, los Apóstoles en uso de su mision estr,wrdinaria, prévia la uniformidad de símbolo, se esparcieron por diversos puntos del glo- uo para predicar el Evau0clio1 fuudaron por sí mismos Iglesias, las gobernarou, -homo llevo dicho. y sin peligro de ninguu jéuero, pues, eutre otras prerogativas anexas al apostolado, era una de ellas la de la infalibilidad personal, junto coa el don de milagros, el de profesias y otros. Hé aquí la esencial difereneia que se uo~a .!ntre !_as sociedades de orijen humano y la Iglesia en cuanto a su crecimiento y desarrollo. Entendido esto así, la regla de U. se reduce á un solemne sofisma, cuyo nombre se lo daría cualquier estudiaute de lojica, diciéndole que es aquel de transitus adicto sequndum quid, ad dictum simpliciler, , y aun podían citarle uno de tantos (Jlodelos que traen los autores, como edte, por ejemplo. « El cuerpo que " tuviste cuauuo eras nil'io, es el mismo « que tienes ahora: es así que entón- ~ ces tuviste un cuerpo diminuto, 1.ue- " go ahora tienes un cuerpo diminuto.» Excelente regla, fundada en tao peregnna argumeutacion: y luego. á juicio de U. ¡lleva consigo la certidumbre!! ¿para quienes? Le garantizo, que no habrá un solo CatólicQ, que haciendo uso de solo su buen sentido, no la tache como absurda. No contento coa esto, dice U., que su tal regla infunde el convertcimie11to v merece el nombre de axioma cristfr,,n;. En cuanto á, lo de infundir coavencimiento .•..... ya se vé...... hay cabezas tau vacías, é intelijencias tan frivolas, qu~ tal ,ez, tal • vez puedan pasar este dislate, como se pasan otros tantos, por cuanto el maestro lo dijo. 1\Ias aquello de axioma cristiano, esto es manosear el lenguaje ajando las palabras mas dignas, torciendo su siguificacioa. ¿Quién le acepta á U. esta frase? ¿Los protestantes? sea en buena hora. ¿Los .irnseuistas·? convenido. ¿Los imµios? corriente. ¿Pero son todos esto<i cristianos, en el sentido jenuino . de la palabra'? Dien se que los dos primeros pretenden serlo. mas como una pretension no dá derecho para ser lo que se quiere, desde que la Iglesia los tiene eliminados de su seuo, carecen de todo título para llamarse tales. Con que ¿para quieues es axiomática" como si dijeramos evidente, la fumosa regla de U? Pasemos á otrn cosa. Aquí me veo envuelto en otra vorájine como la del anterior artículo. l\Ie acioa U. tanto y tan inconexo, que seria pr~ciso escribir vol amenes para contestar1e, Comienzan la5 aplicaciones de su regla, ó sea como U. quiere, axioma cristiano. Ar¡ui salta la Edad media, con los derechos políticos ejercidos por los Pap,1s, pero (como era ue esperarse) sin traer á considcracion los principios del derecho de jentes d-e a!fílella epoca, Íli los fundamentos en que estos se a poyaban, y nos narra U. una larga série de he- · cho~, (falsos la mayor parte, por tomarse de histe!lriadores mas que sospechosos) que prueban el ejercicio de aquellos derechos. Otra vez el cons11bido sofü..ma de transitus adicto secttndum quid a,d dictum sim7,liciter. Ven~a pues otro modelo análogo á la materia. " Al¡iu- " nos Presidentes <le nuestra Republica " en tiempos pasados usaron de facul- , l « tades y derechos estraordinario~ que " ea ca os dados les . otorgabao los u Congresos; pero todo el que ejerce derechos que no le competen se es- " tralimita y abusa: luego dichos Presidentes se ban estralimitado y abo- « sado de su l;\utoridad. Tal modo de discurrir, ¿le infunde á U, el ~on- " veuci ente? · Sefior mio, . est~ uso tan free ente del sofisma, e.s lo que se llama en estilo de estQdiaute~ " ~ójié.a. Parda. " Termina U. su acápite diciendo: Qidzá alguno se te·ntaria .á preguntar: ¿esos Papas ~erian ~ucesores de S. Pedrq'/ si, lo eran, y por eso hay escándalo, y no farisaico, escandalo gravísimo que se dá á, lcis ,corazones sinc~ra.. mente c1·istianos. Para tal discurso, tal peroracion. Yo me contentaria con preguntarle á U. ¿en tiempo de San Pedro, las sociedades eran lo que fueron en la Edad media? Pero como deseo evitar ese escándalo, no farisaico y tan gravisimo, que se dá á corazones sINCERAMEl'f~ TE CATÓLICOS, voy á decir algo, capá; de tranquilizar la conciencia mas escrupulosa. Los historiadores y-literatos PROTESTANTES me proveeran de pruebas. Se trata de los Papas de la edad media, es decir de los Papas que gobernaron la Iglesia, apenas salidas las sociedades de la horrenda catástrofe que produjo la írrnpcion de los bárbaros. Se trata pues de una época escepcional, ea la que la Ig!eaia lo' hizo todo, eu favor de las ciencias, de la vida y de las propiedades: ella comenzó por organizar y dar existencia autónoma á las sociedades modernas. :Recuerde U. lo que dice el Protestante Gibbon en su historia de la decadeucia del imperio Romano. «La Francia y tas naciones todas de Europa (dice) fue1·on creadas, amamantadas y formadais por los Obispos.» Coussin, tambien Protestante, confirma este aserto en su historia de la civilizaciqn Europea. Recuerde U. asimismo lo que otro Protestante. Hurter, con vertido despues al Catolicismo, escribe respecto del Papado en la edad media. «La luz (dice) partiendo de un " foco único, se manifestó ea rayos " múltiples: doctrina, culto, constitu- ., cion, organizacion esterior, influen- .. cia sobré los hombres en todas las » relaciones civiles y sociales, desde " las menores hasta las n,ayores, des- " de las mas indiferentes en la aparien- ,. cía, hasta las mas importantes; cuan- » do todo se hubo completamente desarrollado, la lu1, se concentró de nue- " vo en su. foco.» (Citado por Alzóc en el tomo 3. 0 de su Historia Universal de la Iglesia, pájiaa 93.) No es esto solo: si U. ha leido a Leibnitz, como lo supongo, habrá encontrado en la segunda carta que dirije á Mr. Grimasert, la siguiente reflexion: «por lo que hace á mi yo desearia que se estableciese eu Roma un Tribunal, cuyo Preside.nte fuera el Papa. Mas, para esto, entiendo que seria preciso que los eclesiásticos recobrasen su 11ntigua autoridad, y que un entredicho, ó una excomunion hiciese temblilr á los Reyes y á sus basallos, como en los tiempos de Nicolas 1.• ó d! Grt>gorio 7. 0» La gran inteli(Tencia de Leibn1t1, aum¡ue Protestan- te': le llevaba a la verdad. l\fos todavia, otro Protestante y jefe del ' consistorio

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