. LA IGLESIA PUNEÑA. liíiíiiii¡;¡¡a;¡¡¡¡¡¡¡;¡¡¡¡¡¡¡iiiiiiiiiii¡¡¡¡;¡;¡¡¡¡¡¡;;iiiiiíiiiii;;¡;¡;¡,,;;;;;¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡;;¡¡¡¡¡¡;¡;¡¡¡;¡¡¡i-i.....,¡¡,¡¡iíiiiall&íiiii---;¡¡¡¡;¡¡;¡;¡;¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡;¡¡¡¡¡¡¡¡;.¡..;;;;;;;¡¡;;¡;¡¡¡¡¡¡¡¡;¡¡¡¡¡¡¡;¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡;¡¡¡¡¡¡¡;¡¡¡¡¡;¡¡¡¡¡¡¡;¡¡¡¡¡¡¡¡¡;¡¡¡¡;¡ioiiiiiii¡¡¡,¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡;;¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡;¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡;¡;¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡;;,¡,,¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡iliiiiiíilliilil~;;;¡;¡;;;;¡;..._¡¡¡¡;¡¡¡;;¡;:;¡¡;;;¡¡¡~;;;¡;¡;;¡¡g-- suotos relativos al gobierno de la Iglesia; y esto, como US. verá, no es nada conforme con la doctrina católica. Para abstenerme de hacer esta suposicion, tendría necesidad de aceptar otra, que rechazo como ofensiva á nuestro Ministro Plenipotenciario; y es la d e su poner, que t ra baj a as tu tame nte para dar una sorpresa y coger entre sus redes diplomáticas al Padre comun de los fi eles ; lo qu e á to das luces . seria indigno y abominable. El Sr. Galvez termina su carta, insistiendo en su propósito, y manifestando que 1Jsla palabra privttda de su Santidad pue<ie ser para el Gobi e rno de un precio 1:ncalculable, si se logra la autorizacion del Congreso, y no como quiera; sino UNA AUTO - RIZ.\CIO"i AMPT.bIMA concebida en una clausul(l, general para fUe el Gobierno use de ella dentro de los límites posibles. Si no temiera prolongar demasiado esta nota, molestando así la atencion de US., yo espnsiera todo mi sentir y todo el desagrado .que me producen las palabras empleadas en este acápite por el Sr. l\liuistro Gal vez. Tengo couciencia de que mi razon católica no es quisquillosa ui atrabiliaria. Por la misericordia de DiQS, al travez de la luz de mi fé, veo claro todo lo que se relaciona con los intereses de la Iglesia Católica, que constituyen los úuicos intereses de mi alma. Yo no puedo apreciar, como la espresion de celo delicadí~imo por la gloria de Dios, y bien espiritual de los religiosos, esta frase del Sr. Ministro Gál vez: «La promesa_ de su Santidad puede ser de un precio incalculable.» Aquí, sin quererlo, mi razon calc1,la lo que mas ó menos puede creer el Honora - ble Sr. Ministro cerca de la Santa Sede como «de un precio incalculable." ¿Por qué dar tanto valor á un asunto de suJO fá~il y ~encillísimo, s iempre que baya srncer1da<l y buena fé por ambas partes'? Y luego ¿á qué instar al Gobierno para que exija de las Cá1naras una autorizacion en los límites de lo posible, relativa a este asuuto? ¡Ah! -en materia de posibilidad, bien sabemos hasta donde pueden ir los gobiernos poco afectos á la Iglesia Ca toJ ica en sus pretensiones respecto á ella; resultando de aquí, que surgirían nuevos y mas complicados disturbios, sinó de presente, atendidos los católicos sentimientos de S. E., por lo menos en lo sucesivo, pues que la San ta Sede resistiéndose, como naturalmente se resistiría á toda exajerada pretension, se vería espuesta á las quejas y ultrajes que en nombre de la ley y del Patronato, se le infirieran. Hé entrado en este ligero análisis de la carta del Sr. l\linistro Galvez, para hacer mas palpable á US., que ella es un argumento r.ontra producentem, y por lo mismo incapaz de tranquilizar la conciencia de los fieles, de los sacerdotes y ménos de los obispos. Concluyo, Sr. Ministro, asegurando á US., para que lo pon~a en conocimiento del Supremo Gobierno, que en mi Diócesis no se ha notado, ni espero que se note desórden alguno que pueda afectar la publica tranquilidad en esta materia; y por lo que toca á mi clero y á mí, una vez que este asunto há sido elevado al conocimiento de la Santa Sede, esperamos tranquilos su completa resolucion, firmem ente dispuestos á someternos a ella, como nos Jo exije nuestra fé y nuestros sentimientos católicos. Dios -guarde á US. JUAN AMBROSIO, Obispo de Puno.-(firmado.) Es cópia fiel~-J. R'._Candela-.-Oficial 11 ' LA IGLESIA PUNEÑA. P UNO, JUNIO 24 DB 1873. LA IGLESIA PUNEÑA al Inmo r ta l P ontífice Plo IX. Tras las indecibles angustias q' hemos esperirnentado con los infaustos rumores que han corrido en los días pasados respecto de la grave enfermedad y aun de la muerte de nuestro Santísimo Padre, viene hoy á consolarnos la fidedigua noticia del restablecimiento completo de su salud. Oh! cuánto agradecemos al Dios de las misericordias la bondadosa providencia con que viene cuidando la interesantísima vida de uno de los mas grandes Pontífice~ que han regido su santa Iglesia en la prolongada serie de veinte siglos! A. penas podemos escribir estas líneas pin una particular emocion, recordando que hoy, la -firma que salga de la pluma de Pío IX, marcará el vigésimo octavo afio de su glorioso pontificado. Sí, glorioso, no solo por el hrgo tiempo que cuenta, superando con mucho a todos sus dignos predecesores, á partir de] mismo San Pedro, sin0 por los relevautes hechos realizados durante su . gobierno pontifical. Con efecto, Pio IX comenzó por desenmascar~r á ese partido impi.o, que so preLeslo de libertad, tiende una red á las naciones pa ra devorarlas anarquizaodolas. A su elevacion al Trono Pontíficio <lió franqui cias á sus pueblos, se portó para con ell os como verdadero padre, escuchó sus reclamos y accedió á ellos hasta donde pudo coosenLirlo en conciencia- ¿y cuál fué el agradecimiento q' cosechó?-díganloMazzini y Garibaldi, esos dos corifeos del progreso liberal; díganlo las dragonadas del 48 en Roma, y por último la Ciudad de Gaeta, que tuvo el honor de cobijar á tan ilustre peregrino. A este hecho, de suy o tan sigpifi.cativo, agreguemos aunque sea en globo, los siguientes: Pío IX ha restablecido la ·gerarquía católica en Inglaterra, ha robustecido y desarrollado en gran parte esa misma gerarquía en Estados Unidos,- y ha cooperado con toda la eficacia de su celo pontifical al progreso de la Iglesia Católica, que es el progreso de la humanidad. En 1856 ha declarado como dogma de fé, la verdad tan consoladora para los catolicos, de la inmaculada Concepcion de María. Ha colocado en el catálogo de los santos á muchos varones ilustres por su virtud, entre los cuales figuran algunos religiosos, que consagrados á la obra sublimemente humanitaria de civilizar cristianizando, tuvieron la gloria de morir á manos de los mismos á quienes deseaban salvar en el ardor de su caridad. ¡Cuánto no hablan por s1 solos estos dos hechos de nuesti-o venerando Ponllfice! Ellos parece que dijeran al mundo moderno carcomido por la sensualidad y el egoísmo: ¿necio, has creido ser feliz revolcándote en las imundicias de la carne? pues sabe que la verdadera gloría consiste en mantener puro el corazoa: ¿has imaginado q' para lograr mejor tus in ten tos convenía emplear el lenguaje de la hipocrecía, ostentando caridad sin tenerla, y lejos de esto, empleando fórmulas de fraternidad para estrangular al prójimo? pues vé y al mirar confúndete notando tu infámia: observa á esos religiosos que bajo su miserable cogulla, que tu desprecias, llevan un corazon volcanizado por el amor; fíjate en ellos para tu mayor cohfus1on y contémplalos en medio de las salvajes poblaciones del Tonkin y de la Cochinchina: allí, ellos no asisten á clubs, no se congregan en sociedades tenebrosas, no charlan sobre la libertad ni los derechos del hombre, pero en cambio ofrecen su sangre y su vida por la salud de esos sus salvajes hermanos; y este mérito de su amor py.actico con que refutan vuestro matante egoísmo, es el que la Iglesia aplaude canonizando, para que sirva de ejemplo á la humanidad. Estamos convencidos de que estos hechos no se esplican asi hoy por la generalidad, ni se aprecia d~ la manera que acabamos de apreciar esta conducta del Pontificado; pero ¿qué hacer? No porque deje de entenderse una cosa existente, carece de realidad. Concluyamos. A Pio IX se debe el grande y transcendental _acontecimiento de la celebracion del Concilio Valieano Primero, el que en las pocas sesiones que hasta hoy lleva celebradas ha dado muerte á dos grandes P.rrores, que hace tiempo envenenaban e] alma de los fieles: el. Rac_ionalismo en Filosofia y el Gahcamsmo en Teología. De hoy mas, ya no será lícito, sin faltar á la fé, atribuir á la razon humana, derechos que no tiene, como tampoco será permitido sin incurrir en heregia, negar al Romano Pontífice en su condicion de Pastor universal de la Iglesia, la prerogativa de infalibilidad que Nuestro Señor Jesucrislo le confirio en la persona de Pedro,como garantía indi~pensable para la conservacion del dogma y de la moral. ¡Y el venerando Pontífice que tan si gulares bienes ha procurado al mundo católico se encuentra hoy asediado por el mismo bando impío que le armaba asechanzas el 46 , y permanece tranquilo, con su corazon rebozando juventud y amor á la humanidad á los 81 años de su vida!-y su imponen te figura se destaca radiante de luz en medio de las tinieblas que se ha esforzado por agrupar á su rededor una sociedad entontecida y loca. Oh! gloria al inmortal Pio IX, á nuestro venerando PontI:fice , al padre de todos los que, como nosotros, tenemos un corazon católico, y por lo mismo le amamos con la i;nas tierna efusion de nues - tras almas! La Iglesia de Puno, le ha saludado en la mañana de hoy,elevando su humilde ·plegaria al Todo-Poderoso porque prolongue inde:finidamente su tan preciosa existencia, colmándolo de bendiciones y de gracias. INSERCIONES. LA. BEVOLUVION'. Pon MONSEÑOR SEGUR. XVI. La ley. La· Revolucion sabe muy bien que en el fondo ~lla no es sino la anarquía, y que esta rnfunde terror á todos. Para d.isimular, su principio y darse apariencias de orden, se adorna enfiticamente con lo que llama legalidad, diciendo que solo obra en nombre de la ley. En 1789 minó el órden social, político y religioso en nombre de la ley: en nombre de la ley decretó en 1791 el cisma y la persecucion, y en t 793, siempre en , nombre de la ley, asesinó al Rey de Francia, estableció el Terror, y cometió los horribles atentados que todos sabeo. En nombre de la ley es que, desde medio siglo"' hace la guerra á la Iglesia, al poder, á la verdadera libertad. No será, pues, del todo inútil el recordar brevemente la verdadera nocion de la ley. La ley es la espresion de Ja voluntad legitima del legítimo superior. Para que uua ley nos obligue en conciencia a obedecerla, para que sea verdaderamente una ley, son precisas é indispensables estas dos condiciones: 1. "', que venga de nuestro legítimo superior; y 2. "', que no sea un capricho, una voluntad mala y perversa de este mismo superior. Por lo mismo dije antes una voluntad legítima, ¿Cuales son nuestros legítimos superiores? ¿Cuando son legítimas sus voluntades? Dos preguntas prácticas, fáciles de resolver. Solo Dios, propiamente hablando, es nuestro superior; y si estamos obligados, sobre la tierra, á obedecer á otros hombres, es porque Dios les ha confiado el poder de mandarnos. Ellos son · . nuestros superiores, como depositarios de la autoridad de Dios. Todo superior sobre la tierra no es mas que un delegado de Dios, un representante suyo, que no debe ;'amas imponer á sus subordinados una voluntad que sea opuesta á la voluntad de Dios. Este principio es el fuudamento de toda ley. Nosotros tenemos en el mundo tres clases de superiores: el, Papa y el Obispo, en el órden religioso; el soberano, en el órden civil y politico; el padre, en el órdeu de la familia. Cada uno de estos es 11uperior legitimo,- y tiene derecho de mandarnos en nombre de Dios; pero observando, por su parte, y ante todo, el órdeu establecido por Dios. Hemos ya dicho antes cual es este órden : es la subordinacion regular de la familia al Estado, y del uno y de" la otra á la Iglesia. Así, pues, para que una disposicion de mi padre me obligue en conciencia, es de necesidad absoluta lo que be afirmado; pero tambien basta para ello que no esté en oposicion evidente con la ley del Estado ó la ley de la Iglesia. Para que un mandato del poder civil me obligue á su vez, es preciso y basta que no sea contrario á una ley ó á la direccion de la Iglesia. Sin esta condicion indispensable no estamos obligados á obedecer, á lo menos en conciencia, y lejos de ser una ley, este mandato no es mas que un abuso del poder, uu capricho tiranieo, una violacion flagrante y culpable del órden dívino. En cuanto á la Iglesia, su garantía con respecto a nosotros descansa sobre
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