La Iglesia puneña : órgano del gobierno ecleseástico de esta diocesis/Título posterior : La Iglesia Puneña periódico semanal. órgano ofial del gobierno eclesiástico de la diocesis(desde N°37)/Título posterior: La Iglesia puneña: publicación eventual. órgano de dcoumentos, doctria y hechos (desde n°180) - Año Nº1-18,/Nº19 Ene 12/Año 2-Nº2/Año 1,Nº3/Año II-Nº 23-51/Año III Nº52-79/AñoIV Nº 80-99/100-116/ Año V-117-136/Año VI 137-148/Año VI Nº149-172/Año VII-Nº175-184

de so estado, y luego siente en su corazoo el vivo anhelo de satisfacer los apetitos que se despiertan, y oye. á la_ vez que el demonio de la demagogm grata á sus oidos: ¡ Igualdad! y º? escucha 1? palabra de Cristo que dice: •¡Res1gnacioo!» Y.... y ¿qué ha de suceder? Que se va formando un ejercito de desesperaenemigos del órden social, hidos por ven~arse de lo que ellos llaman insultos de la, fortuna. ¿Qué ha de s~ceder? Que la ciudad tien~ que convertirse en una fortaleza ocupada por tropas numerosas, destinadas, no á rechazar los asaltos del estranjero, sino á defenderse de los ataques, cada dia mas rudos y repetidos, del populacho demagógico. § V. Y ÚLTIMO. El hombre de la ciudad parece que está siempre bajo el dominio de las pasiones; el hombre del campo bajo la mirada de Dios. Allí, la obra humana por tbdas partes; el despotismo insoportable y necesario -lo confieso-de la polícia que regula hasta el aire que respiramos. Aquí, en el campo, la obra maravillo- .sa de Dios, la creacioo con todos sus esplendores y magnificencias, el césped •por alfombra, el cielo por techumbre. y )a libertad embelleciendo la vida•. Ali, no hay casa, ni hogar, ni iglesia. ¿Quién recuerda en la ciudad la ~asa donde nació, la pila en que fue bautizado, el altar á cuyo pié recibió por primera vez el Cuerpo de Cristo? Aquí, cada piedra, cada árbol es un recuerdo dulcísimo de alguo instal'lte solemne de la vida. Amais a la iglebia porque todos los dias veis vuestra pila de bautismo, vuestro comulgatorio, el altar en que Dios bendijo vuestro matrimonio, y acaso el sepúlcro en que yacen vuestros padres y abuelos. ¡El párroco! ¿Quién conoce á su parroco en lá ciudad? ¿Y quién no le conoce en el campo, si es el ángel tutelar de las familias, el maestro de los ignorantes, el cajero de los pobres, el juéz de )os mal avenidos, el padre de todos? No: no quiero que la piqueta, esa terrible piqueta que se ceba en las casas del Setlor con salvaje encono, demuela la ciudad. Pero no quiero que la ciudad sea el tirano del campo, sea el vien• tre hidrópico donde vaya á consumirse el jugo de la patria. La ciudad moderna, la ciudad paganizada, necesita cristianizarse de nuevo, si se ha de librar de la demagogia que la amenaza. · Para cristianizarse, comience por arrojar de·su seno las muchedumbres hambrientas, que soh~ en el campo recobraran la sencillez de goces y la docilidad religiosa, que son el , poderoso valladar de la miseria y la mejor garantía de p11Z. De todos modos, dejad que yo ~oncluya esclamando con nuestro iocompara- .ble Fr. Luis de Leon: ¡Qué de~cansada Tida la del que huye el mundanal ruido, J aigue la escondida senda por donde han ido los pocos sibios que eu el mundo han sido! L.A BBYOLUCl8I'I. Po.a MONSEÑOR SEGUB. XIII. Separaclon de LA IQLE8I.&. T DEL BST.&DO. Los que la piden de buena fé confunden dos ideas: di'sti'ncion '!/ sepa- 'f'acion. La Iglesia es distinta del Estado, y éste distinto de aquella; los dos deben unirse, sin confundirse. Tan absurdo es el querer separar la sociedad religiosa de la 'so- '}iedad civíl, comQ lo es el querer LA IGLESIA PUNEÑA. separar el alma del cuerpo. La Igle~ sia es una sociedad que emana de Dios, del mismo modo que el Estado es una sociedad querida por Dios; estas dos sociedades deben en tenderse entre sí para cumplir la voluntad divina, que es la felicidad temporal y eterna de los hombres. Su prosperidad y su fuerza dependen de esta union, como la vida y la fuerza del hombre dependen de la union de su alma con su cuerpo. Siempre h~ de _haber distinc~on, pero en la umou; Jamás separac1on, y mucho menos confusion. Los hombres somos á 1a vez miembros de trP.s sociedades distintas, y pertenecemos por entero a cada una de ellas; así lo quiere la Diviua Providencia; Estas tres sociedades son: la familia, el Estado, la Iglesia. Yo pertenezco enteramen- _t.e á mi familia; soy al mismo tiempo ciudadano de mi pátria, y al mismo tiempo soy cristiano por entero, y miembro de la Iglesia. Tengo deberes · como hijo, deberes como ciudadano, deberes como católico. Estos deberes son distintos; pero están unidos entre si, y subordinados los unos á los otros: nunca pueden destruirse mutuamente, porque todos vienen de Dios, todos son para mí la espresion cierta de la voluntad de Dios; de Dios, que me manda igualmente obedecerá mi padre, en el orden de 1a familia; á mi soberano, en el órden civíl y tempo..- ral; al Papa y á los Pastores de la Iglesia, en la sociedad religiosa y sobrenatural. ¿En qué consiste una sociedad? En una reunion de individuos unidos entre sí por los lazos de una obediencia comun á todos. Este lazo, esta obediencia á la legítima autoridad es lo que constituye la sociedad y lo que forma su unidad, apesar del gran número de sus miembros. La familia ó la sociedad doméstica es la reienion de individüos unidos entre sí por la sumision á la autoridad paterna. El Estado, 6 la sociedad civil, es la reunion de los individuos y de las familias unidas entre sl bajo la dependencia de una misma autoridad pública. La Iglesi·a, 6 la sociedad religiosa, es la reunion de los individuos, familias y Estados someti~os á una misma autoridad religiosa. Estas tres sociedades existen por derecho divipo, es decir, por la voluntad formal de Dios. Dioses quien ha constituido la familia, para crear y educar los hijos; Dios es el autor de las sociedades civiles, cuyo objeto es la prosperidad temporal de los individuos y de las familias, por el mutuo concurso de las fuerzas; Dios es quien fundó la Iglesia y le encargo su santa mision, para enseñar a los individuos, familias y Estados lo que es bueno y lo que es malo, lo que debe hacerse y lo ¡¡ue debe evitarse, para conocer, amar y servir á Dios sobre la tierra, y alcanzar por este medio la salvacion · eterna, fin supremo de toda existencia humana. La familia depende del Estado, por cuan to es claro que el bien particular debe estar si'empre subordinado al bien público; el Estado depende de la Iglesia, porque el bien temporal, sea público, sea particular, debe estar si·empre subordinado al bien espiritual, que es la salvacion eterna de las almas. El padre de familia no debe mandar cosa alguna que sea contraria a las leyes del Estado; y si falta á esta regla, sus hijos no pueden obedecerle en conciencia. Por la misma razon, el poder civil nada puede mandar que sea contrario á las leyes y enseñanza . de la Iglesia . .Tales actos del poder paterno 6 del civíl serian ilegítimos, y desde luego nulos de pleno derecho; violarian el órden establecí• do por Dios, y para obedecerá Dios en este conflicto de autoridad, precioso es obedecer siempre a la autoridad superior. Esta es la regla práctica y segura que nos da el Aposto! San Pablo: Ornnis anima potestatibus sublirnioribus subdita est. (Rom., XIII.) Derivándose la elevacion de los diferentes poderes de su objeto final, y siendo la salvacion eterna evidentemente un fin superior á la prosperidad temporal, claro es, como la luz del dia, que la Iglesia es,un poder mucho mas alto que el del Estado, y que este, p0r consiguiente-, está obligado por derecho divino á sujetarse al poder de la Iglesia. Sabido es que lo que es de derecho divino es inmutable, y no puede ser destruido por poder alguno. Pero se me dira: «Esto sería 'la absorcion del Estado por la Iglesia.» Lo mismo qne seria la absorcion de la familia por el Estado. Es el órden que resulta de la union, y que deja subsistir la distincion, apesar de la subordinacion. Yo pregunto: ¿Absorbe acaso la Iglesia á la familia cuando aquella guia al padre para hacerle conocer y practicar todos sus deberes de jefe de familia? Pues lo mismo sucede con el Estado: la Iglesia, dirigiendo el poder civil y político para hacerle cumplir la voluntad de Nuestro Señor Jesucristo, y procurar de este modo la salvacion, de las almas, no usurpa en manera alguna ningun derecho del Estado; hace su deber, como el Estado hace el suyo prescribiendo á los ciudadanos y á las familias lo que es conducente á la prosperidad comun. Santo Tomás hace comprender de un modo admirable este orden y estas relaciones por una comparacion muy justa é ingeniosa. <<Cada Estado, dice, se parece á uno de los muchos navíos que componen una escuadra, todos los cuales, bajo el mando del navío almirante, navegan de conserva para llegar al mismo puerto. Cada navio tiene su capitan, su piloto; éste, aun cuando manda sobre el suyo, no por eso es independiente. Para quedarse en el puerto que debe ocupar, le es precisq maniobrar siempre segun las señal~s del almirante, para dirigir su navío al término final de la navegacion .» ll El navío almirante es la Iglesia, guiada por el Soberano Pontífice, Vicario de Jesucristo y encar~ado por éste de enseñar á todas las naciones y dirigirlas por el camino de la salvacion. lJocete omnes gentes. Los Soberanos temporales son los pilotos, los capitanes de cada uno de los navíos de la escuadra catolica. Estos tienen obligacion en co,nci'enda de facilitar la salvacion eterna de sus respectivos subditos, ayudando á la Iglesia á salvar las almas, y apartando los obstáculos que pudieran estorbar su mision espiritual. El Papa es, solo el Papa, quien, como Jefe de la Iglesia, les hace conocer lo que deben hacer en este punto. La Iglesia, pues, no absorbe ni el Estado, ni la familia con su direccion réligiosa; muy al contrario, ella for• talece la autoridad del Soberano temporal, así como la del padre de familia, santificándolas e impidiéndo- }as separarse de Dios. El poder civíl, aunque dependiente bajo este punto de vista, conserva, bajo todos los demas, una independencia completa. Una vez salvado el principio superior de la obediencia á la ley divina y á todas las demas leyes religiosas promulgadas por la Iglesia, el poder civíl puede, con toda libertad, formar todas las leyes que quiera, adoptar cualesquiera regla de política, tomar cualesquiera forma de gobierno, segun lo crea mas conveniente al bien general de la Nacion; en una palabra, es único dueño en su casa. Otro tan to debe decirse del padre de familia, relativamente al Estado. Que haga todo lo q' quiera, q' eduque y dirija sus hijos a su gusto; ni el Estado, ni la Iglesia tendr4n nada q' decirle por ello, siempre que sean respetadas por él las leyes de Religion y las de su país. Solamente a este precio hay órden, tanto en la familia, com() en el Estado, como en la Iglesia. «Pero ¡,es acaso el Estado un niño que necesita la direccion de la Iglesia para conocer la ley de Dios? ¿No tiene acaso su razon y su conciencia?» Seguramente que el Estado tiene· su razon y su conciencia; pero estas no le bastan, lo mismo que al padre de familia, para prac- , ticar la ley de Dios en toda su estension. Efectivamente, esta ley no es una ley puramente natural; es, ademas, y sobre todo, revelada y positiva; y para conocerla, precisa es la fé, así como para practicarla es precisa la gracia. Y en este punto solamente la Iglesia está encargada de derecho divino para dar la una y la otra al mundo. A ella sola se le dijo: «Recibid el Espiri~u Santo; id, enseñad á todas las nac10nes: el que os escucha, me escu?ha; el que os desprecia, me desprecia; yo mismo eE taré con vosotros hasta la con• sumacion de los siglos.» Estas palabras se aplican tan directamente á las sociedades humanas, como á cada hombre en particular. ¿Que es, en efecto, la s9ciedad civíl

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