para comulgar dignamente. Nos abstenemos de promiscuar, es decir, de comer en una misma mesa IP. carne y el peje, porque en esta mezcla solo se interesa uuestro apetito, que querem11s mortificar. En una pnlabra, ayuuamos, pura ser puros de corazou, rcfre11ando Ja concupisct.:ucia de la carne: ayuuamos para aprenderá amar mejor á Dios J á nuestros prójimos: a Dios, porque el ayuno, levantando nuestra alma sobre los sentidos, 09s permite contemplarle con mas lucidez; á nuestros prójimos, porque lo que cercenamos de uuestro nlimeuto, nos sirve para socorrerlos en sus necesidades; tal es la enseñanza de la Iglesia: tal la prática que han seguido siempre los verdaderos cristianos de todos los tiempos. En el discurso de Sun Leon que hemos citado, se leen estas palabras: sed quia non solo :jeju11io animarum nostrarum salus a,dqtLiritur: :jefunium nostrum miserfrordiú pauperum suplear11us, impemdamus virtuti quod subtrahimus voluptati: h:at refectio pauperis, abstinentia §e:junantis. «Pero, porque no » adquirimos únicamente por el ayuno • nuestra salvacion, suplamo"I lo que .' le falta con nuestras limosnas á lo:; • pobres, eroguemoB á la virtud lo que • sustraemos a los placeres de la mesa, • que se convierta en alimento de los • pobres la abstinencia de los q!•e ayu- » uan.» Ved aquí el ayuno cristiano transformado en brillante principio de Economía social: que reflexionen sobre esto los propagadores del cristiuuismo sin ayuno, cuyos fun,<lndores han creado, sin sospecharlo, la mas horrible de las plagas sociules:-«EL PAUPUUS1\10.» Ahora bien ¿en dónde está aquí fo. mentado el fanatismo y la preocupacion? ¿Eu la dureza é i11flexibilidnd de la ley? sin duda que no. Ved á cuántos y á quiénes e:3cc ptua la ley del ayu• no. Desde luego, µougamos aparte a nuestros indios, á quieues por disposicion del Se11or Puul0 111 solo se les obliga a ayunar los Viel'Ues de Cuaresma, el Sáuado santo, y la vijilia de la Nati'ridad del Señor: separemos tambien á los esceptuados de la abstiue1Jcia de la carne, por la Bula de la Cruzi.lda, y luc- \ go a todas estas escepciones, agregadá los que auu no han cumplido 11 uüos: á los mayores de 60: á los e1ifermos y f convalecientes todos: á las mujeres em- ¡ harazadas y á las que amama11tiln á sus hijos: a los pobres que carecen de lo preciso para proporciouar~e uuu comida suculenta: a los que por esperieucia conocen que el ayuno les ocasiona un grave mal: á los militares en campa11a -v aun acuartelados: á los herreros, carpioteros, á los trabajadores del campo, á los que caban la tierra, á los cultivadores de viñas, á los cocheros publicoc:, á los cargadores de oficio, á los picapedreros y á todos los que se ocupan la mayor parte del dia en trabajos récios; auu los prensistas y los que compajinnn tipos de impreuta, en los días que ejercen su oficio, si tienen que ocupar muchas horas; á los que hacen largos viajes, sea cabalgando ó á pié; á los cantores y músicos en los días que se ejercitan, sí por el ayuno pierden, los primeros su voz, y los segundos su fuerza para tocar sus instrumentos; á los profesores de ciencias que necesitan de lar- - go estudio para enseñar; á los que sir- "Ven á los enfermos, sea en hospitales públicos ó en casas particulares, cuau do su asistencia debe ser asidua; a los , sacerdotes que se dedican al púlpito ó al .confesonario, cuanao tienen que ejercer muchos dias consecutivos su ministerio. ¿Qué mas? Agregad todavía el recurso que queda para los casos dudosos de pedir la dispensa al Obispo ú al Párroco, y aun de consultar «l confesor para que declare si nos hallumos ó nó en alguno de los casos escepcionados. ¿Puede darse mas equidad? Volvemos á preguntar ¿en dónde está aquí el fanatismo? Cierto, que no se esceptuao de :?'unar los ricos ni las personas LA IGLESIA PUNEÑA. que qisfrutan de algunas comodidades, ni las que goza a de una Sl'.llud robusta, ni los que pnsan su vida en el regalo y la molicie, ui los que se dedican a artes ó profc!:>iones lucrativas, sin gran esfuerzo; pero esto mismo realza lasabiduria, la equidad y la Justicia de la ley. Llámese, -si se quiere, á esta conducta de 1~ Jglesia preocupacion: en tal caso será la pr"eocupacion del bien, que ciertamente tiene la' Iglesia, dominnda como siempre se halla por el pensa• mieuto de nuestra eterna felicidad. No concluiremos esta nuestra Pastoral, queridos hijos, siu haceros algunas reflexiones á mas de las que llevamos hechas, sobre la importaucia de los preceptos de la confesion y comunion Pascual. En los primeros i:.iglos de la Iglesia, los cristianos asistian todos los dia6 al sa11to sacrificio de la !Uisa y comulgaban en ella. Esta comuuion diaria que la supouiau como uu signo de ~u fé, como un testimonio de su esperanza y como una prueba de su 11mor a Jesus, era sin duda precedida de la confesiou de sus faltas y de la absoluciou sacra• mental. San Pablo nos lo indica claramente, cuando en su epístola á los fieles de Corinto, ul hab!.1rles de la comunion, les encarga que se prueben a sí mismo5, para hacerse dignos de comulgar, porque de otro modo se harían reos del cuerpo y de la sangre del Serior: Probet ...... se ipsum homo ...... . quicumque manducaberit ¡1anem hunc vel biberit ca/icen Domini indigne reus erit corporis et sa,1guinis Domfoi. Esta prueba á que alude el Apóstol, es la confesiou prévia de los pecados, acompañada del arrepentimiento. Resfriada mas tarde la caridad, la fOmuniou se hizo me.nos free uen te, hasta que el Concilio 4. 0 de Letrnn fijó la obligacion de confesarse y co•n ulgar para todos l0s fieles, desde que llegan á la edad de la razon, una vez vor lo menos, en el año, salvo el caso de peligro de muerte, en C.UJO tiemµo urjeu con mayor molivo estos preceptos. Hay pues para los cristianos extricta obligaciou de cumplir estos mandatos de la Iglesia, so pena de pecado mortal, y las razones sou muy claras: citaremos algunas. Primera rnzon:-La de conservar la salud liil alma despues del Bautismo. Bien :-,abeis, que el sacramento de la penitencia se llama, por el Sto. Concilio de Trento, .. ta segunda tabla, despues del naufragio,» porque es el re- ' curso que queda al cristiano que peca, despues de i:.u Bautismo, pnra recobrar la salud de su alma, perdida por el pecado. Tampoco ignorais que en la Eucanstia se nos da nuestro Señor como un alimento espiritual, produciendo por esto mismo en nuestras almas, efectos analogos á los que produce en nuestros cuerpos la comida y bebida, J entre estos efectos, uuo de ellos es el de la salud. Segunda rnzon:-La de reparar las pérdidas que hacemos de la gracia por nuestros pecados. Es un lwcho que el pecado debilita nuestra fuerza moral, porque cometiendole perdemos la gracia que nos vigoriza. Pera al recibir los sacramentos de la Penitencia y Eucaristía, nos rehacemos á mérito de la gracia sautificnnte que confiere el primero y de la cibativa que nos comunica el segundo. · Tercera razon:-La de vigorizar el cornzon para que sostenga con denuedo sus luchas con las pasiones. Necesitamos de la gracia no solo para conservar b salud -y reparar las pérdidas que sufre nuestra ulrnn por al pecado, sino para sostener constántemeute una lucha cruel con los enemigos de uuestra-- salvacion; lucha que seria muy desigual, llevando ellos la ventaja, si nos faltara el auxilio de nuestro Seo.or con su gracia. De lo que resul tn, que si no q <t eremos sucumbir eu la pelea, · dellemos proporcionarnos e:Sta gracia por la confcstou y la comuuio1~. Cuarta ruzon:-La de rehabilitarnos, comunicándonos un nuevo aliento de vida, si hen:ios perdido la que teníamos por el pecado. Entre los fenómenos que se producen en nuestra alma cou ocasiou del pecado, se notan el de abati miento para continuar practicando el b :en, y el de una especial seduccion, para SPc1111dar el pecado cometido: apelemos e u e:Sto al testimonio de la conciencia q ue no uos engaliará. Y ¿cómo se evita una segunda caida, cuando de_sprestijiad6s & nuestros propios ojos por la primera, carecemos de aliento para volver sobre nosotros mismos? Ah! solo la confesion es el remedio, y la comunion el lenitivo de este achaque moral tan peligroso. Apesar de estas refl.ecciones tan concluyentes, ¡cuánto no se ha trabajado y se trabuja por desprestigiar el valor y la necesidad de estos sacramentos, especialmente desde que apareció el protestantisimo! Los autores de la reforma quisieron el cristianismo puro, tal y como lo ensefia la Biblia, y se cegaron hasta el punto de no ver en la Biblia la insti tucion Divina de ambos sacrameu tos, y la obligacion de recibirlos; no vierou que Jesucristo dió poder á sus Apóstoles para perdonar y retener los pecados eu nombre de Dios: poder que supone, para no ser absurdo, la confesion prévia de esos pecado:; (:,. Joan c. 20); porque ¿cómo se perdotia ó se retiene el pecado que no se conoce? Tampoco vieron que el mismo Salvador exijió Id cornuuion de su cuerpo y de su sangre, bajo lu pena de perder la vida de la gracia: Nissi manducaberitis carnem fitlii hominii el biberitis ejus sanguinem non habebitis vitam in vobis. (S. Joan c. 6.) y que en la víspera de su Pasion distribuyó á sus apóstoles el pan y el vino, transustauciado:; en su cuerpo y en su sangre, dáudoles potestad pura hacer esto mi smo hasta la cousumaciou de los siglos (S. Lucas c. 12); por manera que, ciegos como son, se empe11an en ser con su Biblia l0s conductores de tantos ciegos como prosélitos han hecho, sin leer éstos ni aquellos su reprobaciou en esa misma Biblia, que contiene esta seuteucia del Salvador: crecus si sreco ducatum prcestet ambo in foveam cadunl. (S. l\lthe. c. 15.) «Si un ciego guia á otro ciego eutrambss caen en elt hoyo.» Y como toda beregía es contajiosa, en fuerza de este coutajio ha venido a trasmitirse algo de ese vfrus protestante á muchos de los que se tienen por católicos. Venfaderameut~ causa estrañeza oir los alegatos que se hacen por algu• nos de estos hijos iugratos de la Iglesia para elutlir el compromiso obligatorio q' tienen cootraido de recibir, á lo meuos uua vez eu el at'i.o, tan iuteresantes sacramentos: dicen que la co11fosion degrada por lo que tieue de humillante: que la co1uuniou supone una pureza angélica impo:;ible de obtenerse en esta vida: que confesarse y comulgar y volverá cometer nuevo~ pecados es una farsa ridícula; y que por lo mismo solo se deben recibir dichos sacramentos, cuando se esté seguro de no pecar mas. ¡Oh, hijos carísimos, con qué astucia seduce el demonio á estos pobres pecadores! Temed por vosotros mismos el contagio de esta doctrina, que no encierra una sola palabra de verdad. El orgullo sirve de priucipio fuuJament.al al primer argumeuto, la sensualid1td al segundo, y la presuncion ni tercero. La confesion, léjos de degradar por lo que humilla, nos en,ioblece, rehabilitáudonos á nuestros propios ojos y á los de nuestros semejantes: lo que degrada es la vida disipada, la vida viciosa y criminal, \~uando se permanece en ella como en su propio elemento. ¿Ante quién se degrada el pecador que al confesarse revela con este aclo que detesta su vitla de desorden y que re~uelve reformar sus costumbres para lo sucesivo'? ¿No es un hecho que los mismos compañeros de sus vicios comienzan desde entóuces á respetarlo, siendo de esto una prueba las mismas burlas y seducciones que emplean µara atraerlo de uuevo á la prnstitucion? No existe pues tal degradacion: lo que si hay de positivo es, ' que · el orgullo se resiste á descubrir el número sin número de pecados horribles que agravan la conciencia: el orgullo se resiste á aparecer á los ojos del confesor, como un hombre mónstruo, por sus fraudes, los adulterios, los incestos, las violacioues, las venganzas secretas, las calumnias y mil y mil otras abominaciones cometidas en el trascurso de los atios. Se teme al confesor y no se teme á Dio:i: se teme al sacerdote, que se halla obligado por el mas sérío de los juramentos á uo violar jamás el sigilo de la confesion, y no se teme á Dios que tiene ofrecido para el dia del juicio final, á los pecadores impenitentes la pública manifestacion de todos sus crímenes. La comunion no impone en el que comulga una pureza angélica, sino el deseo de adquirirla. A ao ser ast, Nue.,;tro Señor Jesu-Cristro no exijiera de nosotros, como habeis visto, que nos alimentaramos de su cuerpo y de su s,angre; lo extje, pues nadie mejor que El conoce nuestra miseria y debilidad. Y aquí, hijos carísimos, vuelve á mentirse la iniquidad a sí misma, sin quererlo sin duda: se profesa por orgullo la doctrina del apartamiento de la confesion y se declara de uua manera verdademmenle humilla-nte,,. que ias inmundicias del corazon forman el estado normal de los que aparentan este falso respeto á la Eucaristía. ¿ Y qué diremos de los que exijen la impecabilidad des pues de la confesion y comunion? Escudriñando el fondo- de este pensamieato al través de una ·secreta presuncion en sus propias fuerzas se ostenta el amor ciego á la vida de pecado, la mas triste esclavitud bajo el tiránico imperio de las pasiones. No se quiere comulgar porque se teme que la gracia recibida en este sacramento, rompa las ligaduras con que el vicio nos retiene; no se quiere comulgar porque se tiP.ne horror á la vir- , tud-esto es todo. Se sabe que la confesioo y comunion transforma á las Magdalenas pecadoras en almas penitente3, á los santos perseguidores de la Religion, en Pablos apóstoles de la verdad; á los Lázaros corrompidos ya en el sepúlcro de la prostitucion, en Lázaros viYos por la palabra y la gracia ~isericordiosa del Salvador: y faltos de dignidad y de respeto á sí mismos y á la sociedaú en que vi ven, se esfuerzan por anular la acciou vivificante de estos Sacramentos, sin reparar que á su accion deben los pueblos, hace 20 siglos, todo lo que tieueu de bueno y de noble en materia de probidad, de honradez y de justicia, de caridad y de abnegacion; sin tener en cuenta, que los mas grandes talentos han rendido su tributo de homenaje á estos grandes ajeutes del mundo moral. Hijos muy amados: cerrad vuestros oídos para no escuchar seducciones tan diabólicas: y si por vuestra miseria habíais olvidado algun tiempo estos deberes cristianos, apresuraos á cumplirlos en • esta cuaresma. Que no se pase un afio mas en el pecado; no sea que .. se abrevie para vosotl'os la mano del Señor,» por manera que yn no tengais mas tie_mpo para el arrepentimiento. Trn~aJad en estos «dias de salud» por destruu· en vosotros el hombre viejo, que, como lo llevamos dicho, no es otra cosa que la funesta herencia de Adau, y revestío» del hombre nuevo eu Nuestro Señor Jesucristo, empleando para esto con_10 m~dios eficacísimos el ay uno y la pemtencia. Dada cu nuestra residencia accidental, en la Villa de Chancay, firmada por nuestra mano, sellada con el sello de nuestras armas,y refrendada ¡:.or nuestro infrascrito Pro -:.ecretario de Cámara Y Gobierno, á los dos día del mes de Fe-
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