mortificacion de Jesus en nuestros cuerpos, para que la vida de Jesus _se ma11ifieste en ellos» (2. ce ad. Cormt. c. 4.u); hemos olvidado que la oracion y el ayuno, son el único remedio propuesto por el Salvador para vencer al Demonio de la sensualidad: Hoc ge11u,s Demoniorum in nullo potest exire nisi in oratione et jejunio. (San 1\Iarc. c. 9). Y lo triste es que llega á tal punto nuestra ceguera, que viendo y palpando los estragos que hace tanto en los índívi- / duos, como en las familias, y en los pueblos, el reinado t.fe esta especiéd concupiscencia, continuamos tributándole culto, con gravísimo peligro de perder nuei-.tra vida, tant~ temporal como eterna,• ..Tenemos ojos para ver la abominacion y las infamias de la sensualidad, y no las vemo~: tenemos oídos para oir )as amenazas y los castigos fulmina~os por Dios contra los sensuales, y no Jos oimos: tenemos manos para practicar obras buenas, esas obras de penitencia que quiere Nuestro Señ.or Jesucristo que practiquemos á fin de no perecer eternamente, y nada operamos, nada hacemos para huir de los enojos de Dios; tenemos pies para huir de la prostitucion y correr en pos de la virtud, y no andamos, ó mejor dicho, corremos solo en pos de los vicios,» Asi déscribe al pecador, el mismo Espíritu Santo. Habent oculos et non vident: habent aures et non audíent; habent manus et non pa_lpab1int: habent pedes et non ambulabunt. (Psal. 113.) Hé aqui el secreto del apartamiento de los Santos Sacramentos de la confesíon y la Eucaristía. Ni . puede ser de otra manera, como vamos á demostrároslo aunque ligeramente. Para sentirnos dispuestos á confesar nuestras faltas en el tribunal de la penitencia, necesitarnos pensar alo-o en los bienes eternos: detenernos e~1 considen1r su infinita superioridad respecto de los bienes temporales; es preciso tambien meditar un tanto sobre nuestro pasado; contemplar con alguna seriedad el cuadro de nuestras ingratitudes para con Dios, cuétdro tanto mas horrible y desgarrador, cuanto que en él figuran los tiernos misterios de la pasion y muerte de Nuestro Señor Jesucristo realizados por amor á nosotros, para que vivamos con su vida, y tengamos en su cuerpo y en su sangre la prenda segura de nuestra dichosa inmortalidad: pignus futurre gluriae, como nos lo euseña la Iglesia. Mas ¿cómo podrán tener lugar estos sérios pensamientos en almas dominadas por las frivolidades de los sentidos? ¿Cómo podrá meditar eu la Eternidad el que solo vive para el tiempo? El que hace esfuerzos para ahogar los remordimientos de su conciencia yendo de abismo en abismo en la carrera del vicio, ¿gustara de examinar su corazon, para confesar arrepentido todos sus pecados? El que carece hasta de la idea de otros placeres que no sean los sensuales, ¿deseará comulgar? Pasara para estos tales la Santa Semana, sin dejarles recuerdo alguno de consuelo. El Jueves Santo, aniversario de la institucion de la Eucaristía, tiada dirá á sus coi:azoues. El Viernes Santo, cumpleafios de la pasion y muerte de Nuestro Señor .Jesucristo no revelará signo alguno de arrepentimiento; y el Súbado llamado de gloria por el recuerdo de la Uesurreccion del Salvndor, será para ellos, dia de fiesta profana, y de abominable prostitr1cion. La virtnd, hijos carísimos, semejante á una planta delicadísima, 110 puede jerminar sino en una tierra limpia y convenientemente dispuesta, y ei-;ta disposicion y aquella jerminacion (si creernos á la Iglesia, 'como debemos creerle á fuer de hijos SUj'os) se operan seguramente c1.,n el ayuno y por el ayun?. La Iglesia nos dice (y uos lo repite en toda la cuaresma): que Dios Padre por uuestr~ ayunos corporales LA IGLESIA PUNEÑA .. reprime nuestros vicios, ennoblece nuestro espíritu y nos otorga la gracia de la virtud, y el premio de la gloria; todo esto por los méritos de Jesucristo Nuestro Señor: Qui corporali jejunio vitia comprimís, mentes elevas, virhitis largiris et premia, per Christurn Dominum Nostrum. Ya sabeis lo que decía tambíen San Leon, apropósito del «Juno, coucibiéudolo como el alimento de la vírtud: sernper enim virtidis cibus jejunio fuit, Y si uos fuera posible recopilar aquí la doctrina de los Padres sobre este asuuto, notariaís en todos, una admirable conformidad; porque todos instruidos por la Iglesia, hobian comprendido como San Pablo, que solo mortificando nuestros cuerpos podemos renovarnos, transformái1do11os <le carnales, en espirituales: de vasos de contumelia, en vasos de eleccion: de hijos de Satanás, en hijos de Dios; y que únicamente á condicion de nsocíaruos por nuestra~ mortificaciones á la pasíon de Jesucristo, podemos tener parte en sus consuelos celestial~s: Sicut si;cii passionum estis, eritis et consolationis. (San Pablo, 2.::: ad Corínt.) Doctrina sublime de la Iglesia! l\~andamie11tos admirables, por su sabiduría y clevacion! Cuanto uo ha ganado la humanidad nutrida con estas ensefianzas y cumplieudo con estos preceptos! Y ¡cuánto va perdiendo á medida que se aparta en sus costumbres, de esas instrucciones y de estos mandatos! Una nueva escuela se ha contrapuesto á la tuya ¡oh Santa Iglesia Católica! Y en la cruda guerra que te viene haciendo, toma por arma para destruir tu pudor delicadisimo, su impudencia cínica. En efecto, hijos carísimos. La Iglesia, animada de los sentimientos de Jesus, é inspirada por el Sauto Espíritu, acoúseja y manda la vi'rtud, que no consiste en palabras, sino que surje del corazon: !a virtud que supone abnegaciou para ejercitar la caridad, resiguacion para sobrellevar los sufrimieutos, mortificacion para refrenar las pasiones, pureza para practicar la piedad, humildad para dar lugar al arrepentimiento, y gratitud para corresponder los benefic1e,s de Dios: en tanto que la doctrina que se le contrapone, enseña el egois • mo en la conducta para con el prójimo, la desesperac10n hasta el suicido, para hacer fre11te á las tribulaciones de la vida, los goces seusuales, siu privacion de 11i11~un género, para que las pasiones uo uguijoneeu, los desórdenes de la carne como único objeto de culto, el orgullo para no prostituirse hasta la degradacion, y el olvido total, completo, de Dios y de sus beneficios para mejor hourar)e, llev:rndo una viaa del todo animal. ¿Qu~ os parece? y ¿tienen alma los que se afilian a esta doctri11a? ¿En dóude estan aquí los pensamieu to,:; elevados, las concepciones sublimes, que marcan la difereucia eseucial entt·e el hombre y el bruto? Qué! ¿arrodillarse a11te una prostituta, dándole el título de Diosa <le la Razo11, como lo hicieron los llumado¡s filósofos del siglo pasado eu f raucia, es ser hombre'? ¿Desear el parni,;o de l\Iahoma, como si dijéramos una orjía perpétua, un libertinaje sin término, y esto, porque la mente no puede concebir otra felicidad, es pcusar con elevac1on? A mucho boaor debemos teuer, amados hijos. si es que conservamos nuestrn fé, las burlas que esta escuela 110s prodigue, por uuestros ayuuos, por nuestras coufesiones y comu11ioues v demas prácticas de piedad. El munct"'o tiC'ne siempre que 111irar mal y que perseguir á los que se aparten d'e sus abominaciones, como lo ha prouosticado el Salvador. Entre tunto: acordaos, carí8imos, que sois llamados á un gniu p.remio; que de vosotros depende el poder liaceros acreedores á la grande recompeusa del cielo, con tal que le queraís; trabajad pues cou denuedo y no os acobardcis. Es ley del órden moral, como dice el Padre San Gregorio, que solo pueden obtenerse grandes recompensas, cuando para abtenerlas se soportan grandes fatigas y trabajos: ad magna premia perveniri non potest nisii per magnos lab_ores; y ya que por nuestr~ fé nos sent1.mos atraidos y cautivados por la magllltud del premio eteruo, natural es que no · nos acobardemos ni retrocedamos ante las fatigas del combate: delectat ergo mentem magni"tudo praemior-um, non deteneat certamen laborum. ¿Qué son, en efecto, 1iuestros ayunos y todas nuestras mortificaciones, qué valor pueden tener si se las compara con la eterna bienaventuranza? Oíd al Apóstol San Pablo: non sum cúndigne passionis huyus ternporis ad futuram gloriam qz¿ae revelabitur in nobis: no hay, ni puede haber punto úe comparacion entre el cielo J la tierra. entre lo temporul y lo eterno, entre lo carual y lo espiritual; es preciso ser muy menguado de euteutlimieuto para dejar de conocer esta verdad. De lo que resulta, que cuaudo prescindimos del ayuno y nos burlamos de el, no solo p,·escindimos de la Jglesia y nos burlamos de élla, ó sea de l\uetitro Señor .Jesucristo, su fuudador, si110 que creemos, contra el sentido com11u, poder salvarnos con nuestros crímenes, sin necesidad de mortificarnos m de arrepentirnos. ¡Oh Dios, hasta dónde lleva la ceguera que produce el amor al pecado! ¡Y se pretende traducir como ra· cional y como civilizadora esta conducta! Con efecto: habreis oído decir á muchos de los que hoy se tienen por ilustrados y progresistas, que la ley del ª)' llOO, es una de las tantas invencio11es de la Iglesia, para fomentar el fam1tismo y la preocupacion: como u11 comprobaute de este aserto, afirman, sin trepidar, que Dios no puede ci;implacerse en nuestras mortificaciones sin tran sformarse en un ser crnel y contradictorio; que, de otro lado, nada gana Dios con uuestros <1yunos, y nosotro~ perdemos fuerzas y salud; (JUe por último, habiendo satisfecho Jesucristo por nosotl'OS, era riJículo y basta ultrajante para Dios el suponerle que exija á los Cristianos el ayuno y demas mortificaciones, como lo guiere la lglP.- sia. Parapetados con estos argnmentos, insolubles á su juicio, 'se echan á predicar en contra de la mortifici1cion cris!iaua en general y del ayuno· en particular. ¿Por qué privarnCls, dicen_, del alimento ordinario, o~ligandonos á comer ulla sola vez en el dia, y esto por cuarenta días consecutivos, con grave daño de Ju salud"? ¿Por qué exijir que uos abstengamos de comer durante estos dius, la carne y el p<'je en una misma mei;a? ¿No lo ha creudo Dios todo para el sustento del hombre? ¿Por qué ......... ? Hijos carísimos, al oir este por qué, tau repetido, se nos viene á la memoria aqÚel «por qué» funesto, el primero que sono en el mundo, y que prouunciado por Luzbel, ocasionó la ruiua de nuestros Padres y la nue¡;tra. Pero hagámonos cargo de estos argunmentos y veamos lo que ellos ticueu de racional. Primero:-Dios se complétce en uu estras mortificacioues, uo porque se g9ce en atormentarnos, sino porque con ellas le probamos libremeute uuestro arrepeutimieut_o y nue!'\lro amol'. Así, todo ser que ama se goza en los sacrificios t¡ue hace el objeto amado para correspouderle su amor, y á nadie ha ocurrido jamas que este goce tenga por objeto directo el rnal del amad o; antes bi~n todos co11c1be11 que el sacr ificio, es la prueba 111a-; esplendida de lo verdadero, lo subiuo, lo delicado, por (j ¡, cirlo así, del amor. ¿Quién uo reco110ce corno sublime este rasgo del am or espresado por Nuei;tro Señor Jesucristo, cuando dccia: j~f ajorem charitatem nemo hnbet iü animarn suarn ponat quis amicis snis? Amu r :;in sacrificio, es amar sin ubnegacion, es amar de uua manera egoista, ó lo que equivale á lo mismo; no umnr, sino amarse; no amará otro ser, sino amarse á sí propio. De lo que resulta, que toda doctrina contraria á la mortificacion, anula la caridad, sostituyéndola por el egoísmo. Segnndo:-Dios gana con nuestros ayunos ¿sabeis qué?-La realizacion de su voluutad en nosotros, por la que quiere uuestra santificacion, como nos lo ensefia el Apóstol, y gana por esto mismo la salvacion de nué.stras almas, objeto de su am0r: mas ¿cómo gana todo esto? Ya lo hemos dicho aludiendo á las palabras de San Leon:. el ayuno refrena nuestros apetitos car:nal~&,; pone a nuestro espíritu en aptitud de csti11Jar debidamente la virtud, prefiriéndola á los halagos de la concupiscencia, y eunobleciéndonos así, hasta ' hacernos acreedores al premio eterno de la gloria, como nos lo enseñ.a la Iglesia: virt·ute,n largirís et praemia. Lo que prueba qu,e el ayuno nos liberta del yago del vicio, y que los que lo rechazan; son partidarios de la mas torpe de las- esclavitudes, cual es la qe las pasiones tarnales; por lo demas, el ayuno conserva la salud del cuerpo; testig0s los anacoretas, los religiosos y los santos de todos los tiem~os; y comunica el verdadero vigor, la verdadera fuerza, que parn el hombre no consiste en la grosura del cuerpo, ui en el desarrollo de una musculatura Hercúlea. Hemos sido creados no para convertirnos eu cerdos, ni para ser athletas ó lucbadores,siuo para servir y amará Nuestro Señor, á fin de ser dichosos con Él cu ta Eteruídad. Dejemos pues á los modernos Epicureos cou sus teorías de la rouui,téz física, y aceptemos pura nosotros la teoría cri3tiaua del ayuno, te11íe11do en cuenta que Dios uo uos ha llamado por el Bautismo para la inmundicia, sino para la santificacion en Cristo Nuestro Señor como lo dice San Pablo: Non enim vocabi& 110s Deus in inmunditiam sed in sancti/ícationern, in Cristo Jesu Domino Nostro. Tercero:-Jesrncri5to satisfizo á Dios Padre superauuudanlement.e por nosoUos, muy cierto: pero de esto, lejos de deducirse la iuutilitlad de nuestra8 mortificaciones, se de<luce, por el contrarío, su absoluta necesidad; aqui no hay nada de misterioso ni de oscuro. Los méritos de la Rede11ciou no pueden se'rvir de título para continuar ofendiendo á Dios; esto seria absurdo; podemos si y debemos apro¡.iiárnoslos aplicando su valor á nuestras obras satisfactorias. Esto lo quiere Jcsus, puesto que nos encarga 11ue para seguirle renunciemos á nuestra voluntad depravada, y tomemos nuestra «cruz.,, es decir, aceptemos la mortificacion: tal es el sentido de estas palabras de Sau Pablo: adhimpleo in mernbris m~is ea qure desunt passfonem Christi.- «Cumplo eu mis miembros lo que faltó á la pasion de Cristo.» ¿Qué faltó? La aplicaciou voluntaria por uue~- tra parte de los méritos contra idos por esa pasion: falta que reparamos por nuestras mortificaciones y principalmente por el uyu110. Jesucristo ayunó cu11re11ta días en el desierto para prepararse á espiar u_ue~tras faltas: ayunemos pues nosotros la cuaresma, para preparu rnos al arrepentimiento de nuestros pe~ados, y aquel ayuno y este arrepe11t1mie11to, levaut.at.los á una altura de mérito infinito, por el infinito va~or del ayu110 y de la pasion y muerte de Nuestro Sal vatlor, nos valdrán el perdon de nuestras faltas delante de Dios. Esto es lógico, es rac1oual. Hechas las anteriores reflexiones, c'on• testemos á las preguntas rnsidiosas que la impiedad nos dirije: comemos uua sola vez e11 los días de ayuno, porque vastando para mautener la vida del cuerpo, aspiramos á vivificar nuestro espíritu. Procedemos itsi en tocta la Cuaresma, tanto para imitar el ejemplo de Nuestro Seiior Jesucristo, csauto porque debemos prepararnos en este santo tiempo á confesnr nuestros pecadoii,
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