podemos hacer en su favor es fécilitarle los medios de venir á los suyos, llamarlos y recibirlos como hermanos no podemos hacer mas, pero debemcs hacer eso. Tal es, señores, en resumen e 1rnchuroso campo que diariamente pte<le recorrer el periódico católico. 6mo nadie tiene facilidad para propagir estas ideas salvadoras. Para hacerlo!on fruto necesita, despues de estar firnemente pas~sionado de l_os principios religiosos, onrar las cuest10nes sociale~a la luz clara y sublime de las ensefiauz,s de la Jglesitt. y regalar lo demas-lo m~ramente político-al lugar secundarioque por su naturaleza merece. .En cuarto al iuter!!s de círculo~ de banderüi, fobe encontrarse etermamente proscrito de su colwnrnas. Lenntar muy alto en ese s:!ntldo el estandarte ~atólico; llamar á h lucha á todos los hombres dignos, á 1~ que no p!deu á lo~ destiu?s pú.blicos si1.ó al propio trabajo sus bienes y su influencia á )~s que t_ienen ~n vista ele,udos priuci~ p1os; llamarlos a la ludrn, mostrarles la obligaciou en que se encuentran de combatir eu favor de la buena causa; mostrarles que desconocen los primeros deb~res del ciudadauo si cou su ubstencion dejan á la sociedad eu poder de los menos dignos de dirijir sus destinos y la colocau así en ht pendiente de la desgracia y la ruina; cooruiriar los esfuerzos de los buenos y utilizar !Hh sacrifi: cios: be · ahí, sefiores, la hermosa mi:üou políticll del pel'iódico caLulico. v. Del último de los deberes del periódico católico no diré, seliores, sino una palabra; porque no necesito entrar en muchos razouamieutos para probar la perfecta y entera sumision en que debe estar de sus prelados. El periodista 110 es en la Iglesia de Cristo ni uu jefe Qi siquiera u11 caporal: · c:s un soldado, y su deber está todo eri la obedienciu. Hijo fiel de la Iglesia, 1 apreciará en mucho la noble tartla de defeuderla .contra los continuos ataques de la impíe• dad; pero tampoco olvidará un momento que· n~ ha r~c_i.~id? _mision alguna par'., aconsejar, dtr1J1r o Juz~ar á sus super10res, á sus padres eu la fé. Lo demas s~ria t_rastorua~ el órdeu establecido por ~)10s, rntroduc1r en la Jglt;isia funcsti,s Jérmenes de rebetion y causarle, males n~ucho IIJªS graves que el bieu íJUe pudiera haber obtenido en vicJ11 entera de lucha contra sus enemigos. «En este particular, dice el Obispo de Orleaus ~Ig~. Dupanlo~p, en este particular m el celo, nt et talento, ni la abcegácion misma pueden autorizar n&da; porque esta de po..r medio un gran principio católico: en la defensa de la -verdad y en la direccio11 de las cos¡1s l'f!- lígiosas, cuando se haga contrariando el órdeu gerárqui.co establecido por Jesucristo, cuanto contrarie la~ relacioues natu~ales y la subordiuacion lejíl.ima de las diversas partes de la Iglesia, otro tanto concluirá siempre por producir· el mal, J)O!. ~ia_s hermosas apariencias que al pr10c1p10 presente,» ( 1) Cu~le~quiera inconvenientes que en la pracl1ca ofrezca esta sumision, ella es de absoluta necesidad. El periódico de~e. ser el ~co de las ideas del partido catohco, s_u organo y _represe11tante parn c_on amigos y enemigos ¿cómo puede entonces te_uer su díreccion religiosa otro que ·el Je~e natural de ese partido, esto es, el obispo? Quén si nó él ha de mostrará sus hijos la línea de conducta c.1ue d~ben s~gui~, los peligros que han ~e evitar, el fin a que es menester diri3au sus esfuerzos'! Lo contrario seria P?uer en manos de los legados la direc- _e1on de la Iglesia; seria destruir la obra de Dios. (1) Pastoml del obispo de Orleans, fecha30 de maJ o de ·18t>2. LA IGLESIA PUNEÑA. Y no se crea. por esto que coloco al periodista en situaccion lamentable: se bailará en la condicion de todos los fieles, ni mas ni menos. Libre en cuanto no se refiere á la religion; súbdito sumiso en lo que á ella mira. No necesito insistir en un pnoto de toda evidencia, y que el gran periodista católico, cuyas palabras he citado al principio de mi díscurso, resume de la manera siguiente: «En otro tiempo había menester la Iglesia de· un brazo secular. Seremos nosotros esa voz. E.tamos de rodillas delante de Dios: ante los hombres de pié. El que nos impone el delJer de la obediencia nos dá fuerzas para resistir.» (2) He querido presenta ros, sefiores, el ideal del periódico católico que tan gran bien está llamado a hacer á la Jglesia y á la sociedad. Entre los diversos deberes que he notado, hay unos que son esenciales; á nadie, creo, se oculta la utilidad de los otros. i\Iientras mas los abrece en su conjunto, mas cumplirá el periódico con su alto fin y se hará mas acreedor á la gratitud de los católicos. Pon Mo.NSEi\'OR 8.EGUR. XI. Los principios de 89. Muchos son los que hablan de los pn)ncipiós de 89, y casi nadie sabe en que consisten. No es de estrañar: las palabras que los han formulado sou de tal modo elásticas, de tal modo indefinidas, que cualquiera las interpreta como mejor le parece. Las gentes .honradas , corlas de vista, no encuentran en ellos cosa alguna que sea precisamente mala: los demngogos rnn los que encuentran en ellos lo que quieren . Exisle en favor de e~los principios una emnlacion particular de cariño, eslando escritos en vein\e banderas rivales. Todos los defienden contra todos; y, segun dicen todos, todos los falsean. ó los comprometen, 6 les hacen t¡·aicion. Tratemos aquí, al resplandor indefectible de la fé ca tolica, no de falsearlos, ni:de comprometerlos, ni de hacerles traicion, sinode comprenderlos bien, medir sus profundidades, y descubrir en sus pljegucs mas ocul t¿s á la vieja serpiente, que es la alma verdadera de eslos principios. No exageraremos, sino que procuraremos examinarlo todo. Si contemplamos las obras de esos que_ se llaman con orgullo padres de ]a hbertHd, fundadores de la socjedad moderna, veremos, segun la espresion de Bossuet, (csí aquellos que se nos presm1tan corno los reformadores dP-] genero humano, han aumentado 6 dism1nuido. sus males· si es preciso mirarlos como reformadores que le eorrigen, o como azotes enviados por Dios para casligarle.>) En 1789, mientras quela asamblea constituyente destruía, por el derecho del mas fuerte, la antioua . . b c?nsl1t~c10n de la Iglesia en Francia; tmentra~. que suprimía, ~n 4 de Agosto, los Justos tributos que la daban la vida; mientras que en 27 (2) L~is Veuillot, Univers del i7 de Noviembre de 18-í3. de seLiembre despojaba las iglesias de sus vasos sagrados, en 18 de Oc- · tubre anulaba las ordenes religiosas, y, en fin, en 2 de Noviembre roba - balas propiedades eclesiásticas, preparando así el acto herético y cismático que se llamó Constituci·on ci·vit clel clero, y se promulgó al año siguiente, esa misma Asamblea c?nsLituyente formulaba en diez y siete artículos lo que se llama declaraci'on de los derechos del li01nbre, y que mas bien deberían haber llamado supresi·on de los dereclws de JJi·os. Estos artículos encierran principios sociales, y estos principios son los que se han hecho célebres bajo el nombre de pri'?icipios ele 89. Algunos calolicos, con el propósito muy loable de ganar para la Iglesia las simpatías de las sociedades modernas, han procurado demostrar, y no sin trabajo, que los principios de aquella célebre declal'acion no estaban en oposicion con la fé ni con los derechos de la Igle- " sia. Quizá pndíera sostenerse esta tésis, si en una cuestion tal, esencialmente práctica; fuera dado el atenerse rigurosamente al valor gramatical de las palabras, abstrayendo de ellas el espírilu que las anima, que las_dicto, que las aplica, y que espresa su genuino sentido. Desgraciadamente los principi·os de 89 uo son úna letra 1nuerta; hánse manifestado por hechos, por leyes, por crímenes eoormes, que no pueden dejar la menor dada sobre su verdadero carácter. La Revolucion, la Revolur.ion anticristiana los proclama como sus principios propios, l . atribu_yéndoles la gloria de sus pretendidas hazañ-as; los revolucionarios no · dejan de invocarlos contra f la Iglesia. ¿Como, pues, no horrorizan estos principios a los hombres honrados9 Es porque en ellos se encuentra la verdad hábilmen le confundida con la mentira, y esta pasa ahora como siempre, á la sombra de aquella. En efecto, entre los JJrincipi·os de 89 se encuentran algunos que soq verdades an liguas del derecho francés, ó del derecho p~1ítico cristiano, pero qne los abnsos del cesarismo galicano habían legado al olvido, y que la pueril ignorancia de nuestros coosti tnyen tes hizo lomar por un descubrimiento admirable. Muchos otros son.verdades de sentido comun, que nadie se atrevería hoy día á furmular seriamente; pero todas esta3 verdades eslán dominadas por 'Un ,, principio, que da el verdadero carácter á esta dei:1en.wion, y es el principio revolucionario de ~a úidependencz"a absolitta, de la sociedad: principio que rechaza para en adelan te toda direcciou cristjana, que quiere que el hombre no dependa mas que de sí mismo, Di tenga mas leyes que su voluntad, sin ocuparse de lo que Dios manda y erseña por medio de su Iglesia. La vol untad del pueblo soberano, sostiluida á la def Dios soberano; la ley humana, pisoteando 1a verdad revelada; el derecho puramente natural, ha - ciendo abstraccion del derecho catolico; en una palabra, el poner esos pr~teudidos derechos del hombre en lugar de los derechos eternos de Jesucristo, hé aquí la Declaracion de 1789. Hasta entonces se había reconocido á la Iglesia como el organo de Dios respecto á la sociedad y á los indiv.iduos; y si bien es verdad que de algunos siglos acá no se le quería reconocer este derecho de direccion suprema en la práctica, jamás llegó la osadía hasta el punto de negárselo formalmente. Así, pues, los principios de 89, considerados uno por uno, estan muy lejos de ser enteramente revolucionarios; pero en su conjunto, y sobre todo ~n la idea que los domina, constituyen una rebeldía atrevida del hombre contra Dios, y un rompimiento sacrílego entre la sociedad y nuestro Señor Jesucristo, Rey de los pueblos, Rey de los reyes. En los principios de 89 solamente atacamos este elemento de rebelion anticristiana; lejos de repudiarlas, defendemos como nuestras estas grandes máximas de verdadera libertad, de verdadera igualdad y fraternidad universal, que la , Revolucion trastorna y pretende haber dado al mundo. En conciencia, no puede un cat~lico admitir todos los principios. de 89. Todavía menos le es permitido entrar en el espíritu que los lictó, y que los inLerprela y aplica desde su aparicion en el mundo. Pero siendo este asunto muy complejo, vamos aun á precisar mas nue:;tras ideas acerca de él. LO§ JLIBEl.m.ALES lliilN ll..4flCAB.&. Pon D. VALENTINGO.MEZ. CAPÍTULO VII. § III. EL ARISTÓCI\ATA LIBERAL, Ningun hombre sensato se atreverá á decir que menosprecio la Religion -y la monarqu1a, á cuya defensa he consagrado mi vida, porque acabo de indicar al benévolo lector las dos figuras repugnantes de de los dos mayores enemi gos de la monarquía y de la Religion: el príncipe y el sacerdole liberales. Espero, por lo mismo, que no se me creerá enemigo de la nobleza porque manifieste aquí, ' con la ruda independencia del que ama y admira todos los grandes caracteres, y de,LesLa todas las grandes ignominias, el desprecio que siento hácia el hijo de antepasados ilustres que llenaron quizás el mundo con el ruido de sus portentosas hazqñas, llevadas á glorioso lermino en nombre da la Religion y del Rey, que arroja los pergaminos ie su nobleza á los pies de las turbas que vociferan libertad é igualdad. No es de las menos vergonzosas escenas de la revolucion del 89 aquella en que los nobles de Fran0ia, embriagados y corrompidos por el
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