La Iglesia puneña : órgano del gobierno ecleseástico de esta diocesis/Título posterior : La Iglesia Puneña periódico semanal. órgano ofial del gobierno eclesiástico de la diocesis(desde N°37)/Título posterior: La Iglesia puneña: publicación eventual. órgano de dcoumentos, doctria y hechos (desde n°180) - Año Nº1-18,/Nº19 Ene 12/Año 2-Nº2/Año 1,Nº3/Año II-Nº 23-51/Año III Nº52-79/AñoIV Nº 80-99/100-116/ Año V-117-136/Año VI 137-148/Año VI Nº149-172/Año VII-Nº175-184

terrenal, ya decía lo mismo á la pobre Eva: «No temas; escúchame, y sereis como dioses.» Ya sabeis en ffUé especie de dioses nos hemos trasformado. Los pueblos que escuchan a la Revolucion, se ven pronto castigados pQr aquello mismo por que pecan; ii las ciudades se embellecen, . a;i los ferro-carriles se multiplican (lo que no es, digámoslo bien alto, la obra de la Revolncion, sino el simple resulLado de un progreso natural,) la mi~eria pública aumenta por todas partes, la alegría se va, todo •e ~aterializa, ]os impuestos se aumentan de un modo enorme, todas· las libertades deiaparecen; en nom- :hre de la li6ertad, se va retrocediendo poc9 ll poco hácia la esclavitud brutal de los ,paganos; en nombre de la civilizacion, ie va perdiendo todo el fruto de las conquistas del cristianismo sobre la barbarie; en nombre de la ley, una autoridad sin _freno y que .nadie contiene nos impone todos sus caprichos: ahí ,teneis el progreso. Por · otra parte, 4cómo podría salir el bien del mai? Y ¡,como seria ca paz de edificar cosa algunl\ el priucipio de destruc~ion? «Nuestro principio, ha dicho un revolucionario atrevido, es la negacion de todo dogma; la incógnita que buscamos, la nada. Negar, ne.:. gar siempre; allí,está nu:stro méto• do, que nos ha conducido a poner como principios: en religion, el ateismo; en política, la anarquía; en economía política, la no propiedad (1)7• • ,- ¡Desconfiemos, pues, de la Revo- ]ucion; desconfiemos de Satanás, ocúliess bajo el nombre que quiera! ¡Pobres ovejas! ¿Cuándo escuchareis la voz del buen pastor que os quiere defender de los die'tltes del lobo, y que quiere arrancar a la bestia malvada el vellon suave bajo cuya meo tida ~ubierta penetra hasta lo m•s interior del aprisco! X. La Pr1n1a , la l\e,olucion. La pren&a, en ~i misma, ni es hn6na, ni mala. Es una poderosa invencioo, que tanto puede senir pal'a el ,bien como para el mal: todo· depende del uso -que se hace de ella. . . .. Preciso es, sin embargo, confesar que á consecuencia del pecado origi1111, la prensa ha servido mucho mas para el mal que para el bien, y que se abusa de ella en proporciones formidables. · En nuestro siglo, la prensa es la gran palanca de la Revolucion. Para no hablar mas que del periodismo, que es el estado de la prensa mas aolivo y mas influyente, nadie .... podrá negar que loe periodi<;os son el peligro mayor para los tronos y los altares. ·Sin salir de Francia, de quinientos cincuenta periódicos, puede que no haya treinta que seanverdaderamente cristianos. Para ochenta o cien mil lectores de papeles pu- [1.J Proudbon. LA IGLESIÁ .PUNEÑA. hlicos que respeten la fe, la Iglesia, el poder, los prineipios, hay cinco o seis millones de hombres que beben sin cesar el veneno destructor que les ofrecen en abundancia los periódicos impios. Perdóne~eme esta comparacion: la prensa es en manos de la Revolucion un gran aparato para formar los hombres á su gusto. Cuando_ se quiere enseñar á un canario un canto cualquiera, se le repite este canto diez y veinte veces al dia con un organillo ad lwc. Los jefes del partido revolucionario, para formar lo que dicen la opinion públi"ca, para , introducir en ]as cabezas sus fatales ideas, recurren á la prensa; ca<ia dia dan vueltas á ]a llave del organillo, cada dia ·repiten en sus periodicos el aire que quieren enseñar al publico, y pronto éste lo m~nta, como los dichos canarios. Ah} teneis la opüiion pública. Para la Iglesia, que no quiere aprender este aire, se emplea otro medio. La Revolucion procura adormecerla. Pretende, como to~os saben, que la Iglesia católica ya no está á la altura del siglo. Con una bondad hipoorita finge querer armonizarla con las ideas modernas; pero en realidad quiere matarla. Se acerca, pues, a ]a Iglesia y le presenta su pérfido aparato, la prensa; la dice palabras dulces y hermosas, 1ft hace declaraciones piadosas, y procura adormecer á los guardianes de la fé. La Iglesia desconfia, el Papa y los Obispos rehusan tales lecciones. Entonces la Revolucion . arroja la máscara, trasforma su aparato en máquina de guerra, y ataca ~ frente á aquella enemiga 'JU8 no ha podido ado~trinar ni ahogar. Y lo que digo del periodismo en Francia, debe decirse, quizá con mas .razon, de Inglaterra, Bélgica, Rusia, Alemania, Suiza, y sobre todo del Piamonte y de la pobre Italia. Cerca de mil quinientos periódicos son los q'ue diariamente ven la luz del dia en Europa; de este numero, ¿cuántos hay que sean amigos verdaderos de la Iglesia? Se compl'ende fácilmente que no puede' ser de otro modo, si se penetra un poco en los misterios de la redaccion de los periódicos. Salvo algunas escepciones honrosas, y por desgracia harto.raras, los periodistas de profesi9n ejercen un verdadero comercio, en detrimento del público. No tienen ni convicciones religiosas ni poB.ticas; su conciencia está en su tintero, y venden la tinta al que mas la paga. Segun el interes de su holsill0, harto vacío, regularmente por mala conduela, pleitean con noble «rdor por el pro y por el contra, riendose de sus crédulos lectores. Halagan al espiritu de oposicion para aumentar el número de sus abonados, y los periódicos mas malos y mas insulsos son á veces los que dan mejores resultados á sus redactores. ¡Y estos son los maestros de la sociedad! ¡En qué manos ha venido á parar lit conciencia pública! A impulsos de las sociedades seeretas, el periodismo revolucionario hace guerra con todas sus plµmas á la Iglesia, y hará perder la fe en Europa, si Dios, en su misericordia, ng se apresura á desbaratar esta conspiracion vasta é infernal. LOS LIBERALES IHN B.6.liCAB&. CAPÍTULO VII. S II. EL PRiNCI-PE LIBERA.[,. La Iglesia y los Tronos, la autoridad de Dios y la autoridad de los hombres, procedente tambien de Dios, son los objetos contra los cuales preferentemente dirije la revolucion sus tiros. Sea cualquiera la autoridad, basta con que sea autoridad para que la revolucion la haga blanco de sus ódios •Y de su encarnizadl guerra. La razon está en la esencia misma del Jiberalismo, que' es la rebelion del espíritu y de la carne contra el fin propio de la naturaleza del hombre. Pues esto, que es evidente, hace incomprensible la existencia del tipo que en el párrafo anterior hemos señalado, y del que en este vamos á delinear. ¡Aliado de la revoluciou, y revolucionario él mismo, un sacerdote! ¡Protector de la revolucio·n y él mismo revolucióoario, un príncipe! Es decir, uno y otro aliados de sus enemigos, y, mejor aun, enemigos de sí mismos. Dicho esto así, y así es la verdad, parece utópico, y nada. sin embargo, es mas real y positiTO~ Como hay sacerd9tes enemigos de la Iglesi.i, hay príncipes enemigos de los Tronos; y, lo que es mas triste, los padres de la re,olucion moderba, esencialmente enemiga de la Iglesia y de los Tronos, hau sido sacerdotes y príoci pes. Un fraile arrojó al mundo esa semilla de disoluciou que se llama el protestantismo. Los príncipes fueron los primeros patrocinadores de esta doctrina que minaba por la base toda autoridad divina y humana. Si la revolucioo, enjeodro fatal de aquella fatal heregía, no ha ido sosteniéndose constantemente por el apoyo de los sacerdotes renegados. es seguro que se ha sostenido por el apoyo de los monarcas liberales. Pensaron que la guerra á la Iglesia, comenzada en nombre de la conciencia libre, seria favorable para las monarquías: y mas se aferraron eu este erróneo pensamiento cuan!fo, á pretesto de sacudir el Jugo religioso de Roma, se apoderaron de los bienes que legítimamente pertenecian á las iostitucioues católicas. Este despojo es el primer acto político de todo monarca liberal, llámese absoluto, llámese parlamentario. Pero los hechos han venido á demostrar que era locura insigne ponerse de parte de la revolucion contra la Igle• sia, con el fin de contener á aquella en el círculo religioso. La revolucion ha avanzado lógicamente, y en su marcha destructora ha ido arrollando Tronos conforme los Tronos hao abierto los brazos á la revolucion. ¡Castigo terrible, pero justo, á la apostasía de los monarcas! Horror causa el cura liberal que abre cd enemigo las puertas de la ciudad; lástima y desden inspira el príncipe que miserablemente se arrastra á los pies del populacho para pedirle una Corona, ó -bajamente adula á una Asamblea de charlatanes y merodeadores para que preste su apoyo á un, Trono secular y, legitimo. No es de maravillar que la monarquía haya perdido su -antiguo esplendor desde quo bay monarcas liberales en el mundo. Imbéciles ó descreidos, no han teuido valor para sucumbir con dignidad, y al fio tienen que sucumbir revolcados ea el cieno. Conservando 19-- ·integridad del pod~r, los Reyes hubieran podido ser -víc• timas del furor de la demagogia, que les hubiera arrebatado el cetro, pero no la honra. Dóciles á las ·brutales ex.igencias de la revolucion, han perdido el cetro y la honra á un tiempo, dificultando cada vez mas el restablecimiento de la monarquía cristiana, ideal de gobierno. ¡Pobres Reyes! Al ceder la verdadera autoridad suprema á media do• cena de mandarines impuestos por una m-ayoría parlamentaria, se han contentado con fa irresponsabilidad que las Asambleas han tenido á bien consignar en las Cartas constitucionales. Al poder sumo se le ha declarado en perpétua minoridad; mejor diríamos, se le ha declarado loco por la -voluntad soberana de Ja nacion. Porque, en efecto, todos los ciudadanos y todos los podere.s son responsables de sus actos ante un poder superior. Solo el poder real es irrespon• sable. Los ministros, sus tutores, responden ante el país reunido en Corte• de los actos del poder. Cierto que el Rey no pueae responder ante nadie inferior á él; pero en las monarquías no liberales, al Rey se le conceptúa responsable ante Dios, ante la Iglesia, órgano de la verdad, y ante la conciencia del pueblo, que mira frente á frente á su Rey sin necesidad da pantallas ministeriales. En las monarquías por derecho popular, en que la mayoría parlamentaria es el verdadero soberano, es el dios del gobierno, el Rey no responde, porque el Rey es el ünico aubdho de la nacion. Sin embargo, notad que los Reyes· irresponsl',bles son los que en la sociedad moderna, ó han perecido en el cadalso, ó han l'isto caer de su cabeza la corona que el derecho hereditario pu- &iera en su-frente. Eo cambio, los Reyes responsable& ante Dios y ante la Iglesia h1tn resistido, mejor los embates de la revolucion. y casi siemp1·e han abogado al mons• truo que amenazaba devorarlos. Y si en el último estremo han caído al verse abandonados de los que debieran prestarles su apoyo, ellos son los únicos qlle han sabido conservar incólume la dignidad de la regia púrpura. Degradada la institucion monárqni... ca por el liberalismo que en ella se ha infiltrado, el carácter de los príncipes ha sufrido una degradacion semejante. No son, por lo general, los príncipes liberales aquellos caballero1t., sujetos, como todo el mundo, á las flaquezas del humano linaje, pero esclavos del honor, modelos de caballerosidad y de hidalguía, magnánimos y generosos siempre, y casi nunca capaces de cometer una traicion. ¡No! El príncipe, al hacerse liberal, se ha encanallado. Viénense á la lengua los nombres de esos principes, hijos de la revolucion, que tienen como el menos grave de sus defectos el de rendir culto repugnante á todos los vicios que conoce el refinamiento de la sensualidad. Y en verdad que es el menos grave de sus defectos, porque con ser, por regla general, causa y origen de la mayor parte de los errores en cuanto supone debilidad ó carencia del sentimiento r~ligioso,_ como es el defecto mas comun entre los hombres, fácilmente corruptores y corruptibles, no causa sino el or.dinario disgusto que producen todas las cosas repugnantes. Pero los crímenes sociales, políticos y privados, que son· los medios usuales entre los augustos secuaces de la revolucion, causau algo mas que asco, y revelan algo mas que flaqueza de la carne. Parece que la historia se ha complacido en dibujar con perfectos y acabados detalles el tipo horrible del príncipe patriota y revolucionario.

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