La Iglesia puneña : órgano del gobierno ecleseástico de esta diocesis/Título posterior : La Iglesia Puneña periódico semanal. órgano ofial del gobierno eclesiástico de la diocesis(desde N°37)/Título posterior: La Iglesia puneña: publicación eventual. órgano de dcoumentos, doctria y hechos (desde n°180) - Año Nº1-18,/Nº19 Ene 12/Año 2-Nº2/Año 1,Nº3/Año II-Nº 23-51/Año III Nº52-79/AñoIV Nº 80-99/100-116/ Año V-117-136/Año VI 137-148/Año VI Nº149-172/Año VII-Nº175-184

del bien en general. Mucho nos dolemos de todos aquellos que incluyen _de un modo implícito el bien metafís1co entre los fenómenos de la inteligencia, y esto sin mai pruebas que ' ta $encilla rcuon, dicen ellos, de ser el bien metafisico una idea abstracta: si asi fuese, el bien metafísico ne tendría una existenda absoluta ea Dios, sino que su razon de sér, quedaría á merced fle la caprichosa y fenomenal represeotaciou iuteucional del YO. Tambien las ideas de lo iuflaito, eterno, inmenso, perfecto, etc. )as consideramos eu abstracto ¿y por eso diremos que ellas son meros feo ómenos de la inteligencia? No, y mil veces no; no es esto á lo que nosotros darnos. el nombre de fenomeno del alma, sino á aquellos hechos que en ella se realizan y que ejercitando ella la actividad de sus facultades advierte su mauifestacion representativa. Lo infinito, lo eterno, lo inmenso, lo perfecto, etc., non cualidades de las cuales podemos hacer abstraccioo,. no lo negamos; pero es cierto tambien que ellas son atributos que existen en Dios, con una existencia plena, y como perfecciones de la diTina ' esencia: todo lo cual es objeto de aquella parte de la metafísica conocida bajo el nombre de Teodicea. Semejante modo de filosofar está refutado anticipadamente por esta proposicioo que sienta el sábio Padre Ventura: •Todo lo que es nuevo en filosofía es absurdo.• Bien moral en general es una perfeccion con•eniente á Ja naturaleza del hombre. Es de dos maneras; por esencia y por participacion: el t. 0 conviene á solo Dios por cuanto en EL se eocuentra la moralidad absoluta; el 2. 0 ae manifiesta en todas las criaturas: és- \e; uno es del cuerpo como la sanidad y 1e llama corporal; otro del alma, como la ciencia, y otro de la fortuna como el dinero (bienes de f-0rtuna). La -virtgd se considera como un bien- moral, por esto los moraliitas dan el nombre de bondad moral á las ncciooes humanas cuando ellas estan conformes con el órden querido por Dios: por cooaigu.iente la bondad intrínseca de una accioo en su conformidad con lo que exige la soberana perfecciou de Dios, ó con lo que dicta el amor divino: la bondad extrínseca es su conformidad ~on la ley. La doctrina revelada, nos ha dado la verdadera nocion del bien moral ó de la moralidad de nuestras acciones, haciéndonos ver en Dios un so- .berano legislador, que ha ejercido esta sublime funcioo desde la creacioo. Los filosofos han disputado en vano 1obre Ja regla de las costumbres; por separarse de esta idea luminosa y primitin, aolo hao encontrado errores , tinieblas. (Contiouuá.) INSERCIONES. RL PERIÓDICO C.ATOLICO. DISCURSO LEIDO POR EL PRESBÍTERO DO~ CRESCENTE. ERRÍZURI~ EL DIA 29 DE AGOSTO DE 187~, .EN EL ACTO DJ: SlJ INCORPORAClO~ A LA. FA.CIIJLT.1D' DE 'JJ:0LOG}A. .Estas no i;on,. bien- lo sa.beis,. sellores-. -vanas teOJia.s.. La histoJ1ia de la Iglesia, tomaoo. en, cualqo iera de sm épooa11, su.mm1st11a, pruebas ooncfoyentes á. ~ . ia.mbras. ¿~uándo ta verdad no h,a sido.tJellr.iblemente combatida?' ¿_Cuántas_ "\:eces. eL católic~ viendo el horiio.ute. del todo ca.bierto por negras t1ubes y sintiendo á su alrededor rujir lll tempestad no ha esclarnado con Sao Pedro~ «Seoor, sálvanos; perecemos! .. Y siempre la calma ha sucedido á la tormento., la victoria al rudo combate y mil veces ni ver siempre á la verdad triunfante, hemos podido creer q1 1e, LA IGLESIA fUNEÑA. como en el lago de Genezaret, el Sah vador uos decia: -¿Por qué has dudado?» En la lucha contra la impiedad tiene el escritor católico la incalculable ventaja de la fé. Dios ha prometido que su Iglesia, es decir, la -.erdad, ja- ·mas desaparecerá; y el cristiano, confortado con )a divina palabra, cierto que todo faltará ántes que ella nos engafie, marcha tranquilo y sereno al combate del deber, sin la incertidumbre de los demas combatientes, con la absoluta &eguridad de la victoria. Esta victoria no es una pequefia victoria personal: es el triunfo en el mundo de la buena causa, y á las veces el que en cien combates ha contribuido á prepararlo, no solo no alcanza á ".er el resultado de sus esfuerzos, sino que quizá ha pagado con su vida los servicios hechos á la humanidad. Los anales ,contemporáneos de grandes pueblos muestran en pájioas sangrientas que nada tiene que envidiar nuestro siglo á oio81!ºº de los pasados. Hoy, como en las peores épocas, el defen11or de la verdad puede divisar al fin de su carrera al verdugo y el cadalso. l'ero ese porvenir no asusta al cristi.mo; no es uu castigo; es su recompensa. Las injurias, la persecucion, la muerte misma no son sino laureles que coje para la eternidad; sus enemigos en la tierra no pueden nada contra el i.tnico que él se propone, la única felicidad á que aspira. Solo pueden adelan.. tar In, hora del premio y, combinando con los suyos sus esfuerzos, hacerlo subir á una altura mucho mayor que la que babia alcanzado sin su involuntario auxilio. Por eso el verdadero defensor de la religioo no tendrá que hacer ninguna violencia á sus propios sentimientos para cumplir con &us desgraciados adversarios el precepto de caridad proclamado en la cruz por el Salvador de los hombres. Y no es él solo quien coje el fruto de su trabajo. La verdad que él arroja al mundo no se pierde; tarde ó temprano enjendrará un cristiano que será el continuador de su obra. ~las si Dios, en su bondad, Jo hace digno de regar ese jérmen con icu propia sangre, esa sangre caerá 11obre la tierra cual rocío bieub.echor y la hará producir maravillosos frutos. Pero, senores, si es cierto que nlieote y eoérjtco defensor de la ,erdad no puede hoy creerse eu ninguna parte del mundo á cubierto del ódio de los malos, al menos entre nosotros, gr11cias á la religiosidad de nuestro pueblo, es este un peligro muy remoto y casi uo debe contarse entre los obstáculos que ha de vencer el periodista católico, en la obligacion que tiene de proclamar muy alto los principios ensefiados por la Iglesia. Hay otra clase de peligros, al parecer muy pequetios, que ·suelen tener decisiva influencia en la conducta de los escritores públicos y de los cuales el periodista católico debe guardar• se mucho. En nuestro si~lo ,no son los talentos lo que falta, sou _los caracteres. Para cien hombres de capacidad se encontrará quizá un hombre de enerjia. Y de esta especie de decadencia moral han resultatlo los mil sistemas de concilia~ioH eon que se pretende contentar á todo el mundo y conquistarse la simpat.ia nuiversal. El pronto desengaño que sigae siempre á s.us esfuerzos no ha sido l>astaute para cura·r á los inventore~ de estos maravillosos específicos, ni ha puesto en guardia á muchos escritores católicos que en diversas parte~ del muullo han querido aplicar á las doctrinas religiosas los principios de la conciliacion. Comienzan por evitar toda discusion acerca de ciertas verdades é iustituci0nes de In Jglesia, que los reiterados y calumniosos ataques de la impiedad han conseguido presentar ante los liombres superficiales como dema:siado d-1tras y compromitentes; en todo lo q.ue n-o· es- l de fé abrazan el partido que menos· re·- J pugna a sus adversarios, _por esa- sola, 1 consiµeraciou;, hacen toda clase de esfuerzos por esplicar las decisiones- de la Jglesia, del modo mas aceptable para los que quieren pertenecer á ella; temen ser confundidos con los que ellosllaman violentos é imprudentes, porque prueban las verdades mns impopulares; y, si alguna vez se ven obligados a tratarlas ellos mismos, maldicen en privado á los que ocasionan enojosas co,ntroversias y las tratan cuidando se conozca, por las concesiones que hacen á la impiedad, que si en su mano estuviera no existiría ó no habria sucedido lo que el deber de catolicos les obliga á de• fender. En una palabra, son católico• mederados que aman lo~ grandes principios proclamados ~n los tiempos modernos y que cifran sus conatos en mostrar que no hay oposicion alguna entre el espíritu católico y el espíritu del siglo. Las mas veces son ellos mismos víctima de las ilusiones de su coraHn y creen sinceramente que sus pobres industrias van a hacer amar de los malos las verdades de la fé y á atraerlos al seno de )a I~lesia. Tienen buena intencion: hé ahí la uoica alabanza que de estos escritores se puede hacer. Sin ella debería llamar impíedad á sus pro,ectos que solo calificaré de ridiculos. En un católico ¿no es, á la verdad, suprema ridiculez el creerse en aj.titud de conocer de tal modo el mundo y las necesidades de los hombres que pueda él solo escojer las verdades que conviene di.vulgar y cuáles deben callarse? ¿No seria impiedad el suponer que la Jglesia perjudica con su enseñanza y que fuera mas oportuno guardarla para otras circunstancias ó uo decirla nunca? ¿Qué idea tieueo esos hombres de la v~rdad y de la religion? ¿Qué idea de.sí misnu,s? El hábito de evitar un consonante, encontrar una palabra feliz y redondear una frase, 1;10 basta para dar lecciones á la que Dios ha destinado para ser la maestra del mundo. La verdadera, la única prudencia del católico consiste en seguir puntualmente la línea de conducta que le traza la Iglesia, en proclamar los principios que ella proclama, en defenderlos como ella quiere sean defendidos. Todo lo demas sou mezquinos arbitrios de la prudencia humana con c¡ue procura cubrir su cobardía uua alma presuntuosa, y los resultados corresponden siempre á los medios de que se echa mano. Jamás conseguira ese escritor hacer amable á los impíos la religioo sin atraer uno solo á su seno. Recibirá, es cierto, muy ameuudo sospechosas alabanzas; pero esas alabanzas se dirijirán a sus negociaciones y debilidades, no á la:, verdades que confiera; lo que les agradará uo es la religioa sino las teorías religiosas que el católico conciliador se empeña en presentarles como favorables á sus errores. Lo llamarán ilustrado y dirao que nadie sabe como él trabajar en favor de su religion y haran votos porque el catolicismo entre en este camino y se ponga de acuerdo con las ideas del siglo;. ¿Qué hu avanzado, pues? ¿Cuál es el fruto que ha sacudo del minucioso y cobarde esmero con que procurara evitar cualquier discusion irritante? Nadie puede ser católico sin que conozca y confiese esas verdades impopulares; precisamente son ellas casi siempre las que marcan la línea de separacion entre los <los campos. ¿Cuál e!i el fin que persigue entónces con su conducta? Uno solo y muy peqnefio: su propia popularidad; el recibir los aplausos de los enemigos de su religion. Y este fin, qne-quizá engañandm¡e á sí mismo con el bien de la religion-se propone alcanzar por medios tan poco honrosos y á 'Costa de tantos sacrificios; este fin tan miserable pnra quien se ha dedicado á la noble defensa de la ve-rdad ¿podrá siquiera lisonjear&e alguna vez de haberlo conseguido? Nó,. señores; ese escritor será siempre sospee-hoso para los impíos mientras con• 1terve lazos- de union con la Iglesia de Cristo; sus coBcesiones serán mirada. como concesiones del enemigo; se le exijiráo cada vez may0res y, o dejará de ser católico ó ,endra !J)Omento en que como sus hermanos será tratado de fanático y de retrógrado y perdera de u~ golpe el fruto de sus tristes tareas. Sin duda, aerá esto l«;> mejor que pueda sucederle, y ojala que entonces •· prenda que el católico conciliador ni es católico', ni concilia á niogua enemigo. Aunque conciliador será siempre católico pura los libres pensadores y sera siempre rechazado; sus hermanos, los hijos fieles de la Jglesia, lo miran tambieo como sospechoso a él y al pequeño círculo que ba,a logrado for- , marse. ¿Qué preteodeis conciliar, les preguntarán? ¿Qoereis reconciliarnos con nuestros enemigos? No habemos menester para eso de vuestras lecciones: la religion nos maa1da no tener enemigo. ¿Quereis conciliar sus doctrinH con las nuestras, ea decir, el error con _la -.erdad? Os separais de la Iglesia; pe_rdeis vueatro tiempo y osespooeis a perder Tue1tr11s alma,. Vuestra pru'1e11cia n_o 01 aprovechll: á vosotros, no aprov.ecba al mundo, ni aprovecha á la Iglesia. Cuaq.. do toda la tierra yacía en 11111 ttnieblae - del paganismo el Hombre-Dio1, 101 Apóstoles y di■cípulos y J"os millone, de mártires que sellaron con su singre la prMicacion del Ennjelio, no conocieroa ni practicaron la prudencia que accm1ej ais. l•'ueron imprudentes 11egun el mondo y por e10 lo Teocieroo. El crite .. rio de la Iglesia no ha sido jami• el vuestro; sus doctrinas hao estado siempre en pugna con las doctrinas de todoa los siglos, y todos los siglos y sus {loctrinas han pasado y ella solo perm-an.- , , 1 ce. ¿Peosais que i la, teorías del 1i- ¡lo presente les e1ta reservada suerte distinta? No sois católico■ si_ereis que ellas deban 1obreponer1e • la lgle,ia. Nosotros lo somos; &abemo1 que jamát las puertas del infierno pre,alece1611 contra ella y sentimot un santo orgullo al proclamar ante el mundQ. lo que - constituye nuestra fuerza 1 oueatra dicha. · (Coftcluird.) ~ L.&. 8ftVOLUCle~. Poa llo.Rs1:1'on SzGtJa. . IX. Cómo la Revolucion, para hacer- ~e aceptar, se esconde haJO los nombres mas sagrados. Si la Revolucion se mostrase tal cual es, e~pantar~a á todas las gentes honradas, por esto se oculta haj o nombres respetables, como el Jobo bajo la piel de oveja. Aprovechando el respeto religioso que la Iglesia imprime hace diez y ocho siglos á las ideas de libertad, de progreso, de ley, de autoridad y civilizacion, la Revolucion se adorna con lodos estos nombres venerados, y seduce de este modo á una multitud de espíritus sinceros. Si . se la escucha, no parece sino la feli- . cidad de los pueblos, la destruccion ae los abusos, la abolicion, de la miseria; promete á todos el bienestar, la prosperidad, y no sé qué edad de oro, desconocida hasta hoy. No creais en sus palabras. Su padrtt, la anligüa serpiente del paraiso

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