sencia ha de ser la santidad por esencia .... La mora!.idad en la criatura no puede ser otra cosa que una participacion de la moral dh•ina. La primera y principal de es~as particip~ciones _e.s el amor de la criatura it Dws. Dios a:ma el órden que corresponde á las c:reaturas conforme á lo que esta ea la sa.biduria infinita. La criatura amando este orden, ama lo que Dios ama, lo que está en Dios, y por consiguiente.ama en algun modo á Dios. Jnfrinjieodo este órden no ama á Dios, pues que obra. contra lo que él ama. Luego la criatura participa de la moralidad cuando procede con arreglo á este órden, y peca cuando le traspasa.» Los principios metafísicos que se acaban de establecer como fundamentos del amor y del órden moral, justifica la doctrina de Heignecio; hé aquí en sucintas pero sencillas palabras el pensamiento de este inteligente jurista, que determina el amor como principio del Derecho Natural: «Dios al crear al hom• hre no se ha propuesto su folicidad sino la de aquel, luego e3tá obligado á buscar aquella felicidad; pero como es- /ta consiste en el goze del bien, es de~ eir eú lo que conserva y perfecciona, -, el bien uo puede gozarse si no se ama,claro es que Dios nos oblig~ al amor, el cual es por consiguiente el principio del Derecho.» En uuest_ro humil• de concepto, el error de Heigoecio está, no en señalar al amor pomo el principio del Derecho, sino en determinar como objeto único del amor, el bien finito y limitado que nos conserva y p~rfecciona; en tal caso tendremos que el alimento que nos nutre, nos conserva; y la ciencia que ilustra la inteligencia, perfecciona nuestro ser; y por consiguiente, el alimento y la ciencia serian los únicos objetos del amor; siendo por una parte estos bienes finitos y limitados, y por otra, mas noble y elevado el objeto de nuestro amor: creemos, pues, que hubo razon al refutarlo y erigir al monton de nuestra trastornada naturaleza en principio absoluto del Derecho :Natural y de la justicia, Corno nuestro ánimo no ee robar la laudable ocupacion de los tratadistas que investigan cual pueda. ser dicho principio, nosotros nos limitaremos solamente a unas breves observaciones sobre este punto, por creerlo del caso )' porque tambien juzgamo8 5er el amor del bien absoluto el pri11cipio del Derecho por serlo de la iUoral. En primer lugar, decimos que el Derecho Natural es la norma que traza a la naturaleza humana lo:; verdaderos senderos de lo equitativo y justo; nivela su marcha aun eu las vias morales del deber; y por lo mismo ella se perfecciona en virtud de los fundamentos que el Derecho le establece. De otra suerte nue~tra naturaleza no hallaria su perfecc:10n moral en el derecho, sino qua el Derecho encontraria su perfecciou científica en nuestra naturaleza depra- -vactn, lo cual es falso en nuestro concepto. Cierto es que el claro conoc,- mieuto de nuestra naturaleza nos dá á conocer ~uestros dintintos derechos: pero ta~b1en es cierto que el importante estud10 del Derecho l\aturul nos dá la idea completa y adecuada de nue¡;tra própia naturaleza, de su origen, alta mision y destino último. Si el principio del Derecho Natural fuese la humana naturaleza, Lastaria el estudio ai:ialítico de ésta para quedar plenamente inteligeuciados en los pri11cipales elementos del precitado Derecho.l\fas en las ciencias Antrnpológicas y muy especialmente en la Psicología y fisiología hemos investigado las dos sustaucias que coustituyeu el ser y uaturalezn del hombre: y no obstante nos hallamos muy distante de poseer los primeros rudimentos del nerecho Na1tiral. Esto demuestr~ q,ne nuestra naturaleza e: el objeto del ))erecho, m_as no sn principio; de otra suerte tamb1en tendriamos que el priuLA IGLESIA. PUNEÑA. cipio de la Astronomía .serian los astros porque en ellos se versa: las plantas lo serian de la Botánica, los minerales 'de la lUineralogia, y así sucesivamente podríamos ir discurriendo de todas las ciencias;no es pues el objeto de las ciencias el principio de ellas. Ciert6 es que desórden no pueoe dar. Ot'igeo ai órden morill ni muoho menos sel' causa de la· justicia; sino examinaudo· la, .m1tenleza divina de Dios, ger¡nen-" fecundo de la justicia, manantial i~agotable de Saa.- tí<lad. el Derecho Natural se desprende de •la naturaleza humana segun las cualidades con que Dios la enriquecio; pero de esto no se sigue que ella sea al pro• pio tiempa principio, orijen y objeto á la vez; porque entonces las demas ciencias humanas teodrian en la inteligen- · cia humana no solo su origen sí tarabien su principio científico. (v.g.) Conocida la ,natur~leza del alma y de cada una de sus facultades sabemos Psicolog!a, ¿y por esto diremos que el princip10 de la ciencia psicológica es el alma y sus facultades? No, y mil veces no. Esta otra inconsecuencia no es menos uot.able que )a anterior, puesto que nadie ha confundido el origen de una cien-· cia con el principio en que ella se halla establecida. Agréguese á esto, que una vez fijada la naturaleza humana como el principio del Derecho Natural, despojamos á éste de su caracter científico, y esto por ta sencilla razon de que el principio del Derecho, como el <le toda ciencia debe de ser una verdad general, un principio teórico, on axioma universal y especulativo, evidentemente claro é indemostrable; inter tanto milita todo lo contrario por parte de nuestra ~esgraciada naturaleza, la cual es una idea oscura, cuya esencia es desconoc.ida, si no de la totalidad del género humano, al menos de su mayor parte, quienes mas bien buscan los medios de conocerla y estudiarla, viniendo á ser el objeto de graves averiguaciones y como el gran problema que ocopa la reflexion de todo pensador sensato; y por lo mis• mo resulta el Derecho Nl\tural privado de su caracter de ciencia. Alguuos hao dich@ mas de una vez que el Derecho es parte de la moral ' y que las leyes morales se descubren examinando nuestra naturaleza; y que por lo mismo podemos venir en conocimiento del tnl Derecho en virtud de este mismo exárnen: de aquí concluyen que nuestra oaturale~a es como un medio y el principio que tenemos para conocerlo. Retorciendo esta demostracion nos valdremos de ella para sacar por analogia una conclusion que prueLe mas á nuestro favor. Amas dg que todos , admiten relaciones y diferencia entre ' el Derecho y la 1'1oral, por la que no es posible se confundan estas dos ciencias: diremos que aunque lai leyes morales estén grabadas íntimamente en nuestra naturaleza, no obst¡mte el pstudio de ésta, no nos da el conocimiento de aquellas, de otra suerte vana hubiera sido toda revelacion de las leyes positivas: der,ír pues que el principio de la l\Ioral es nuestra inmoral naturaleza, es lo mismo que decir c1ue lo recto se pauta por lo curvo, pues bien se vestigia el interezado empeüo de establecer por principio de la moral á la tan repetida naturaleza humana. Valga por todo los hechos, puesto que contra ellos no hay argumentos: los antiguos .Filósofos y trdas sus sectas aunque de sutil ingenio hicieron sérias investigaciones en el estudio del hombre .Y auu lor,t·aron poner en trasparencia muchas verdades acerca de su naturaleza é inn~or_talidad, si11 em~argo tu\'ieron conoc1m1entos muy complicados acerca de 1~ Moral. . Yamos á la retorcion prometida: uo siendo el Derecho Na toral una ciencia inmoral, será lo contrario esto es, será moral, pero lo será á mé1ii: to de estar vasndo r n principios morales; luego si el Derecl10 pc1rte de la moral, una ver, hallildo el pri11cipio de éstn ba,)femos descobierto el principio del Derecho Natural: y en efecto fo hemos descubierto investigando 110 la natutur11lezu del hombre, que sumida en el Además u'n principio teórico debe seT uno y universal, claro y al propio tiempo evidente, invariable y facü de ser conocido: mas la naturaleza l.lumana,. si. bien es una y siempre la mism¡t, pero 110 reune las demas condiciones;- inter tanto el amnr del bien absoluto las reune todas; J sino, ¿quién ignorn que el bien absoluto es el bien sumo y amable'? ¿quién no se siente sediento por él? ¿quién no lo desea . y aspira por él? ¿quién 110 ama el bien? y ¿qniéo no ha S<.'ntido las inspiraciones de este amor? El amor del bien absoluto es el principio primario de la justicia; el se trasforma eo los siguientes axiom_as teóricos y especulativos: kas el bien. y evi• ta el mal, vive houestamente, no hagas mal á nadie, dá á cada uno lo que es suyo; en una palabra, has con tus semejantes lo que deseas que tus semP.jautes hagan contigo, al contrario, no hagas á nadie lo que no deseas hagan con - tigo. Estos priocipios entrai'íados en el amor, !Solo pueden realizarse por el amor, y sin el amor su cumplimiento es ilusorio y quimérico, ó en otros términos, hipócrita, y si no: dígaseoQS ó señálesenos. ¿Quién ha evitado el mal de cualesquier género que sea sin amor al bien? ¿quién ha · vivido honestamente sin amor á la honestidad? ¿quién ha dado á cada uno lo suyo sin amor á la justicia? Finalmente ¿quiéu sin amor á sus semejantes hu dejado de . hacerles mal por hacerles 'lo contrario, es decir el bien? Tenemos pues que en el órden moral nada bueno se hace sin el amor al bien, porque, condicion ele todo bien es el amor al bien. Luego, si no nos eogañamos, razon hemos tenido al establecerlo como el principio del órden moral y del Derecho Natural. El hombre ha sidú creado para conocer, poseer y amar el verdadero bien, el bien absoluto, y para ser feliz unicameate por él; su entendimiento por esta misma razon tiene por objeto la ve:dad absoluta, la única que pi1ede deJarlo plenamente satisfecho: de igual modo su voluntad aspira por el bien absoluto, su único objeto que puede lleitar sus inmensas aspiraciones. Este behemente deseo impartido por la Divinidad al hombre jamás puede ser frustrado. Dios, que es la verdad absoluta y el bien absoluto, cuida de reo• lizárselo mediante esta sola condicion: que ame el órden amado y establecido por él: este órden no es otra cosa que el amor á Dios, á sí mismo y al projimo. Si estos tres amores son la brújub luminosa que conduce a la human_idad al Norte d.e la amada Sion; preciso es que hablemos de la benéfica influencia que ellos ejercen en la suerte de la gran familia: el primero es el amor religioso, el segundo es el amor natural, y el tercero el amor social. Se ha dicho que el objeto del amor son: Dios por ser el bien sumo, y la bondel Universo que comprende todas las cl·eaturas; siendo Dios el bien por excelencia ó la esencia del bien, en todo caso Dios es amable· y por lo mismo es ~I primer objeto de la voluntad y el uutco de nuestro amor, por esto ocnpa el primer lugar. Amor de Oios. El amor Je Dios toma el nombre de caridad c,uando él es~á cien ordenado, y se la denue:» una virtud por la cual. amamos á Dios por sí mismo y á nosotros v al prójimo par amor <le Dios. De tal.modo que la caridad perfecta comprende 1anto P.I amor de . Dios como el de nosotros y el de el prójimo § JT. 1 El objeto material primario de la caridad, es decir lo que debemos amar, es Dios; á Él debemos amar sobre todas, las cosas, como á nuestro ultimo fin:. el secundariG somos nosotros mismos ., el prój.im0, á quien debemos amar como á nosoLFos mismos, porque así lo 0rd.ena. Dios. Et. objeto formal d-e la caridad .. esto es,. el motivo por el cual debemes amar á Dios, es eu mi1ma bondad infinita, eo la cual se reunen todas l.as perf.eceio-nes. El amor debe ser propo1·cionado al bien amado, y" siendo Dios uu bien infinito, le ea debido un amor infinito;. pero este amor infinito solo puede hallarse en Dios que es infinito, y asi solo Di<,>s puede amurse _á sí mismo como es debido, ~Sto es, con un amor infinito. Las cria-' turas, como son limitadas, no pueden amar á Dios llino con un amor limitado: y aun este _amor limitado podrá ser perfecto ó imperfecto . . .Será perfecto, cuando la crentura ame á·su Creador tuuto,' que no pueda amarlo ma!'!, y tan continnamente que jamá1 cese de amarle; y a&i es como le aman los bienaveuturóldos en el cielo. Alli están amando á Dios con todo ~el amor de que son capaces, y tan incesantemente, que siempre 141 estén amando, y ~iempre , d·eseando amarle. Será imperfecto, cuando la creatura no ame á su Creador tanto cuanto puede amarle, ó no le ame tan continuamente, que nunca deje de ílmarle; y de este modo amamos á Dios los hombres en la tierra: pero si es cierto que solo podemos amarle imperfectamente en este mundo tambien lo es que debeqios 'amarle con todo uuer.tro amor. A1haremos á ·Dio11 en todas las cosas y sobre' todas las cosas. Le amaremos con todo uuestro corazon; pero esto es poco. 'Le amaremos con toda nuestra. alma; pero esto todavía no es bastante. Le ~ruaremos con todas nuestras potencia~ y con todas nuestras fuerzas, y aun así no es suficiente, pwes seria necesarié añadi.r mas, iii mas fuera posible, porque la medida de amar á Dios, es am~rlo sin medida. .Maestro: (preguntó un Doctor á_· Jesucristo en una ocasion que enset'iaba eu el templo) ¿cual es el gran mandato de la ley'? y Jestas le dijo: amarás al Sefior, tu Dios, de todo tu corazon y en toda tu alma, eu todo tu entendimiento. Este es el mayor y primer mandamiento, y á este se asemeja el segundo, amaras á tu prójimo como á tí mismo. De estos tlos mandamientos pende toda la ley y los profetas. Enseñaba en otra ocasion el Divino l\laestro, y otro Doctor le preguntó: Maestr.o, ¿que haré para conseguir la vida eterna, que está escrita en la iey? Le dijo el Señor: ¿Cómo lees tu? Yo· leo respondió el Doctor: nmarás al Señor tu Dios de todo ·corazon, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con todo tu entendimiento, y a tu prójimo como á tí mismo, Entonces le dijo el Scfior: has respondido bien. Haz tú eso y vivirás. Se cree comunmente q' guardar los pre-- ceptos de Dios, es amará Dios; pero esto 110 es precisamente así, sino tener una señal y una bella prueba de que se le ama. Guardar los mandamientos es hacer lo que Dios manda, pero no es amar al Dios que manda. La obligacion de amar á Dios es distinta de }_a obligacion de hacer lo que Dios manda. Sin embargo se dice que ama á Dios el que guarda sus santos mandamientos, porque la señal mejor y mas segura de que amemos á Dios es que guardemos sus santos mandamientos; esta es mas bien la señal del amor, que el amor mismo, porque es mas facil conocer los efectos del amor, que el amor; pues como todos saben, el amor se sient'e mejor que se esplica, y sus efectos se conocen mejor que su esencia. Amar, pues, á Dios, es dirijirle los afectos de nuestro coraz~n, es unirnos a ti con 101 deseos de nuestra voluntad; es entregarle y hacerle duetio de ·nuestro nm0r;
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