proponemos der_nostrar la exte~sio~ del peliaro que encierran las pubhcac1ones impías de la prensa libera_l, y la oblig~- cion estricta que todos t1eueo de evitarlo. l. Que la prensa liberal, y en especial Ja periódica, causa grande mal á la fé y á la moral católica, es eviden~e, si _se mira el fin que se propone el hberahsmo. Este fin, revelado tantas veces en los escritos públicos y en los parlameri~ tos por los liberales, sin que voz njnguna autorizada protestase en su centro, no es en el día un mi~terio para nadie, El .objeto quP- se proponen es, nada menos, que el arrancar de raíz la religion católica: y para salirse con el intento sacrílego,· combatirla en todos los terrenos y en todas las clases {}Ue pertenecen á su dominio. El medio mas universal ~· de mas seguros efectos es la prensa diaria, como la mas adecuada para abrazar en su circulacion á todo género de personas, y obrar ' sobre los entendimientos y voluntades, pervirtiéndolas poco á poco y lanzándolas nl error y al crimen con aquel artificio que suelen poner en práctica el espíritu de partido, ó la malicia transfo~- mada eu ciencia. Un destino se destina casi ~iempre á lectores de cierta cop.dicion; su volúmen y extension disminuyen la avidez de f;U lectura. Los periódicos, al contrario. cortos y fáciles de encontrarse á toda hora, poseen el atractivo de las noticias y el -encanto de la variedad; como con un ami~o complacient'e que gusta de entretener con amena conversacion al qne le escucha, sin que éste ten~a la ingrata tarea de corresponderle. Mas esto mismo, sin pretenderlo al aparecer, viene á ejercer paulatinamente un predominio tal en el lector, que sus juicios y tendencias van conformándose poco a poco con los juicios y tendencias del escrito que lee. Trátese, por. ejemplo. de un periódico liberal impre~nado de las · doctrinas y principios que forman el espíritu del liberalismo, ;,qué se puede esperar bueno en el individuo que hace de él su ordinaria lectura? Este, ó quedará, como frecuentemente sucede, penetrado de las máximas impías del periódico, ó por lo JI)enos participará de su espí~itu algo que sea suficiente para corromper y oscurecer los p'riocipios de la reli~ion y de.la moral. No creemos que haya quien niegue la exactitud de nuestro juicio .respecto del fin principal del liberalismo. Para despejar toda sombra de duda en esta materia, basta considerar el modo ordinario con que proceden los diarios liberales en todo lo que toca á In religion, y tendremos una prueba demostrativa y un resultado evidente de lo que aseguramos. En genf-'ral, puede decirse, que dichos periódicos profesan el indif~rentismo; un indiferentismo que, si bien protector de todo error, se declara intolerante contra la verdad y acerrimo enemig.9 de cuanto pertenece á- la religion católica. Por esto, en ef~.cto, se muestran los autores siempre bené\'olos defensores de los judíos, de los mahometanos, de los protestantes, de los cismáticos y de cualquiera s~ a religiosa¡ mas cuando se trata de Igleaia católica¡ la niegan el domiuio, tachan de supersticiosas sus prácticas, se burlan de sus gritos, nfecen y ele,an á sus es- · ca or , excitan á los ·gobiernos á la destruccion de las pocas institucione q11e aun restan, calumnian á los religiosos y sacerdotes, entregándolos al desprecio y ódio coman; finalmente., ·no perdonan blasfemia, escarnio ni befa óÍDA"UBá, cuando se dirijen sus tiros contra el Vicario de Cristo y su autorit:fad. · Esta obra de odiosa é inicua persecucion, iniciada por los maestros de la impiedad, que causan tao espantosos LA IGLESlA PUNEÑA. males, no es tanto el resultado de su furor indh·iJual contra el catolicismo, cuanto uua cousecuencia natural del liberalismo. Lo cm,1 equivale á decir, que la palabra liberal hace uecesaria y eseuciahnente á sus secuaces enemi~os natos de la religiou católica. Recordemos brevemente ios principios teóricos y prácticos del liberalismo. Como basa fu11dame11tal se vé á la libertad humana, sola, sin sujecion ninguna á Dios ni á la auto, idad que le represe11ta en la t.ierra. E11 seguida, contra el principio de la rliviua autoridad se asienta de la aul.onomía <le la razon individual, soberana en religion, y por esto mismo i11veslida del <lerecho de elejir ó desechar ' cualquier culto; y en consecuencia, la sobera11ía popular sobre toda potest11d humana lejit~mamente constituida¡ máquiua -excelente para barrer, por una parte, todo obstáculo de un poder incómodo, y por otra de facil mecanismo para convertirla en escarnio del mismo pueblo. La potencia para ponerla _en movimiento co11siste en la persuacioo universal de los principios mencionados, y el medio mas activo para su logro es la prensa periódica. Este es, en pocas palabras, el sistema·del liberalismo; el cual por poderoso que sea, uo deja de t~ner un obstáculo terrible en el catolicismo: obstaculo en los principios, pues diametralmente opuestos á los de la Iglesia, han sido enérgica y esplícitamente condenados por ella: obstliculo en su práctica, pues mientras dure el magiste· , rio de la Iglesia y su influencia soberana de autoridad sobre la multitud, desechará firme é incontrastable el charlatanismo insensato de los liberales. De esta oposicion vigorosa nace en el liberalismo la absoluta necesidad de echar mano á todo medio, para destruir In Iglesia; y si tanto no es posible, á lo menos para aminorar su accion, desacreditando su doctri11a, calumniando su moral, restri11guiendo la libertad de su Jefe, abatiendo las órdenes reli¡:üosas, que son sus operarios mas valerosos, e11vilcciendo al clero, y reduciendo su númerÓ: en mm palabra, usando, contra ella todas las fuerzas de la violencia y de la traicion, que vemos couti- ' nuarse sin interrur,cion desde que el liberalismo ha tlf>gado A poseer el sefiorío tiránico de las naciones. Esto supuesto, ¿nó es lógico que el Ji. beralismo combate por medio del periodismo liberal á la Iglesia Católica? No es verdad que la prensa liberal es el sosten mas sólido del liberalismo? No es casi el instrumento único de su actividad, para propagar sus doctrinas, difundir sus maxirnas, inculcar sus fines y atraer á los pueblos para conducirlos á sus infames fo ten tos? Mas, la Iglesia Católica será siempre el mayor estorbo q' podrá encontrar el liberalismo en una obra de subversion¡ y por esto es hoy el blanco al cual acestau sus tiros todos los periódicos que militan bajo la bandera del liberalismo. u. No hay diferencia alguna en el fin qne se proponen los dos partidos mencionados: solo se nota una disti11cion en la forma y en 1~ manera de emplear sus medios. Los liberales, llamados intemperantes, desplegan sin embozo su bandera de irreli~ion y explicau públicamente su intencion de aniquilar la' Iglesia: eu consecuencia, sus ataqt1PS contra los dogmas y doctrinas de la Iglesia, contra su organizacion gerárquica y sus leyes disciplinares, se realizan en plena luz y con un ímpetu directo. La estrategia de los moderados es diversa: veamos cómo lu explica en s'u Pastor·1l, y con toda exactitud, el Arzobispo de florencia. «Estos, dice. estudian el modo de ocultar artificiosamente la perfidia que guardan en su ánimo contric\ la religion. No la cowbaten en campo abierto ni de frente, sino de lado y por la espalda: esparcen falsos principios que lleven á los áuimos la sospecha; en se~uida, ciertas dudas de una apariencia honesta, que encierrau consecuencias v de<lucciones fahces. Pueden ascmcjirse á esos mercaderes sin fortunn, que, para despachar sus efectos de mala entidad, echan mnno de la astusia y del engaño con perjuicio. de los compr,1dorcs sf'ncill us. QuiPn lt•s oye, c¡11ecta co11vencido del re~pPto y veneracion que~ clicen profesar á la fé; pero In querrian á ésta tan JJurgndci de preocupaciones, supersticion y fana,tismo, que al fi11 solo d'e ella queda- , ria el nombre. Los e11comios del Evangelio no tienen término en sus lábios, exaltándose ent.nsiastas por su excelen:. te y pura moral; pero considerándole como un libro nada mas que human(¾ lo trasforman y pervierten con sus sofis.mas, y lanzan sus chistes y grasejos sobre todo lo que él contiene.» A cualquiera, pues, de estas dos clases á que pertenezca un periódico ó diario liberal, siempre seri indudable que es enemigo verdadero de la Iglesia de Jesucristo, y con el fin idéntico~ de aniquilarla ó pervertirla. Ahora bien, ¿quién no v,e el peligro evidente á que se expone de corromper ó perder su fé los que se entregan al placer habitual de leer esta clase de publicaciones? Dejemos hablar en este punto al elocuente Arzobispp ya citado. «Pensad, dice á los fieles, cuántos y cuán graves males pueden causaros la lectura de esos periódicos, cuyos redactores, animados de un espíritu de ódio contra la Iglesia, ignorantes en materias eclesiásticas y completamente idiótas en las teológicas, ensalrt110 en sus ideas toda clase de despropdsitog, y explican coa proterva impudencia errores groseros, propios para envenenar la conciencia de lectores incautos y eencillos! ¿ Y sera posible que la reffe1ion corrija ó destruya en ellos los absurdos ó errores que contienen dichos pe: riódicos, cunndo es cobtumbre, y casi , necesidad de leerlos sin detencion Y con inconsulta rapidez? Para desenredar su artificio y destruir esa trama iuícua que urde la maldad y la ignorancia maliciosa, seria necesario que todo lector estuviese instruido en l11 divina economía de la Iglesia y en los grandes destinos que tiene sefialados por Dios; seria necesario que poseyese una clara y firme idea del derecho que la compete para ejerce1· su saut11 y sublime mision, conociendo perfectamente sus relaciones con la potestad terrena y la sociedad civil¡ seria necesario, en fin, que tuviese u11a ciencia profunda d_e la disciplina sagrada en la amplitud vasta de sos aplicaciones, y se hubiese adiestrado de antemano en la palestra intelectual. Mas esto es de mu.v pocos, y seria locura suponerlo en el comun de los lectores ....... nesulta, pues, que la rnayo1· parte de los lectores, que en verdad uo pueden teucr estas dotes, solicitados por la superficialidad del lenguaje que usan los periódicos y · las atr11ctiv.11s formas con que engalanan sus conceptos erróueos, Vt-~nrhau lentamente á apropiárselos y abrazar por fin, sus pe:-.tíferas doctri11as.» Ni puede suceder dé otra manera; pues, como ántes noti'tbamos, con la lectura co11tinuada el espíritu del escritor se trasfu11de eu el del lector, y como aconte• ce en la amistad, que crea la igualdad de se11timientos y de afet~os, de la misma suerte, no se puede conYersar mucho tie111po con un autor, sin que se participe de sus ideas y ter:i<le.aci?s· La familiarida<l de dos perso11as rnd1cn comu uidad de intneses; así, de ordinario, sucede tambien que es una selial de liberalismo en los lectores el uso frecuente de los periódicos liberales. JI[. Se pregunta ahora: Será lícito á un católico fa lectura de los periód,icos liberales? Y si no Jo es, ¿cuál es la ley que lo prohibe, con qué extension y bajo que penas? Esta es una cuestion que enlazándose naturalmente con lo que hemos dicho, exije una respuesta clara y precisa; ya que por una parte hay católicos, piadosos tal vez y observantes, que no es. r.rupulizan en perder largas horas de tiempo en leer dichas publicaciones, y por otra, no creemos que su buena fé, que acaso piensan tener, sea un moti- ~º suficiente para evitarles la culpabihdad de su. lectura, tratándose con especialidad de las fatales consecuencias que de ella se originan. Ateniéndonos á las reglas generales respondemos, que la lectura de malos periódicos, esto es, de los abiertamente irreligiosos y de cuantos promueven los principios, ideas y fines liberales· esta lectura, decimos, es gravemente iiícita, y por esto el que se ocupa en ella, es reo de grave delito ante Dios. Esta resolucion proviene inmediata y necesariamente de lo que ántes hemos demostrado. Los tales periódicos exponen _á grne peligro la fé, la religion y la moral que los lectores profesan como católicos. Por consiguiente, es de derecho natural, y obligaeion imprescindible, que cada uno e,ite los peligros de ~u penersion; y con tanta mayor necesidad, cuanto el daffo espíritul\l 'sea mas sério y mns trascendentales los resultados del peligro. Aquel, pues, que Tolunta-riamente y Do obstante la ,oz de tm conciencia, expone su 11lma al mayor de lm1 peligros, ocu- ·pándose en la lector& de periódicos que corrompen la fé y lM costumbres, no puede ciertamente dejar de incurrir en grave culpa. El irgumento ft8Í expuesto no puede encontrar dificultad alguo11, Do siendo posible dudar s6. de la obligacion natural, de uitar ·et peligro de 111 perversion, ni de 111 realidad del peligrQ que ofrecen esos pe-riódico1. Y en ninguna circunstancia han bablodo de otra manera sob-re el puticul-Ar los obispos, sea que de propósito ó de iocidéocia hayan exp-licado este ugumeoto. Valga por todas la auterid1td y el sentir del Padre Saeto, quien, en ltt carta citada á su C11rdenftl · Vicario, despues de haber lamentado los estngos de las el mas, causados en la Ciudad santa por los infames escritos d.e los diarios liberales, orden11 que se pongft remedio con una absolutA prohibicioo. Dice así: •Entre tanto, para poner un reparo a tantos males, el seffor Cardenal pasará una circulará los Párrocos, para que ad,iertso á sus feli,ireses; que les está enteramente prohibidn la lectura de ciertos diarios y periódicos que se imprimen, especialmente aquí en Roma, y les haga conocer que la intim11cion de esta prohibicioo es tal, que su infraccio[\ por cualquiera, constituye una culpa no -Yenial, sino mortal.• Héaquí como el Cardenal Vicario, indudablemente con aprobacion d~I soberano Pon- . tífice, comunicó á los Párrocos sus intenciones. «Es -Yoluntud, dice. del Padre Santo, que ellos (los Párrocos) adviertan en público y en privado a sus parroquianos, que no den oidos á los miwstros del error, quieues, bajo el pretexto de política y progreso procuran de~pojarles de su mas precioso tesoro, esto es, de la fé católica, constituyendo en sus áuimos el ateismo ó la tolerancia religiosa; prometiéndoles, c_omo dice el Apóstol San Pe<lro, la libertad, siendo ellos mismos siervos de la corru pcion, libertalem i_llis_ pr~mittentes, cum ipsi servi sint corruphoms (Ep. 2, c. 11, v. 29.) Los órganos de e,stos__li~ertinQS é incrédulos son ciertos per10d1cos que se publican aquí en Roma, l~s cua~es , con la detraccion y la cnlumma no tienen otro fin que el 'de ridiculizar cuanto hay santo y sagrado, n~gando. tas verdades reveladas por el mismo D101,_. Al efecto, se estampan en ellos. imá-
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