La Iglesia puneña : órgano del gobierno ecleseástico de esta diocesis/Título posterior : La Iglesia Puneña periódico semanal. órgano ofial del gobierno eclesiástico de la diocesis(desde N°37)/Título posterior: La Iglesia puneña: publicación eventual. órgano de dcoumentos, doctria y hechos (desde n°180) - Año Nº1-18,/Nº19 Ene 12/Año 2-Nº2/Año 1,Nº3/Año II-Nº 23-51/Año III Nº52-79/AñoIV Nº 80-99/100-116/ Año V-117-136/Año VI 137-148/Año VI Nº149-172/Año VII-Nº175-184

LI\ IGLESIA PUNEÑA. en su periodo de oro, segun !.is manifestaciones que ha merecido ahora. Dlgalo el fúneLrc crespon con que_ se cubrío presuroso todo el pueblo calólico de Lima al haber oido el primer tañido de la campan&, que anunció la muerte de su pastor. Díganlo los rasgos patélicos, consagrados á sn memoria por las prensas de todo color, sin haberse eximido las gobernadas por exajer~das doclrinas del liberalismo. Dlganlo los acentos sublimes del púlpito limeño, que el dia de la. ínhumacion de· aquellos venerandos restos, derramó raudales de luces del esplritu divino. La verdad, los sentimiento~ puros del cristiano, no son aislados: se difunden siempre como la· luz del sol, desde que nace; afectan todos los corazones preparados por las Santas Escrilul'.as, y aun por la s,ma razon. Asi es que hasta hoy todas las iglesias, todos los demás pueblos del Perú han hecho sin duda lo que este pueblo liizo el H del quccursa, con todas las corpor1teiones religiosas, polllicas, civiles y mililáfes, elevando en la San·ta Iglesia Catedral sus fervicn tes plegarias al Cielo, á fin de que se franqueen sus puertas al alma de aquel príncipe de la Iglesia Católica, á quien le fué concedida, una longevidad especial por los arcanos de la Providencia. · E.x;pliquemonos. En aquellos tiempos dichosos, _e1_1 que los hombres se eterninban, cual parllc1par!les de la juventud del mundo, esclai:na~a, sm ~mbargo, el salmista: Anni nostri .rn:ut aran~a medit habuntur: dies annorwn nostrontm zn ipsis septuaginta anni. (Ps. 89, v.1O)._Nuestra vida e~ como la frágil Lela de la arana, que se deslru)'e de u_n spplo; el número de nuestros años, segun el aviso ordinario de la naturaleza, no pasa de setenta. El Rey inspirado por el Señor, habló tambien segun el órden de la naturaleza. Con arreglo á las leyes de ella, así corno las cosas perecen masó menos pronto, a proporción de que son mas ó, me110s trabajada5; asl t~mbien se acorta el período del hombre que piensa Y obra mucho. Monseñor Goyenechc ha sido una de las escepciones de semejante generalidad de la naturaleza. D~lado de un plngue patrimonio, colocado en posiciones sociales lle alto rango desde su nacímien.to en la epoca de las nol.Jlezas hereditarias, se hallaba escento de l,~s duras nccesrclades que le obligasen a servir á la sociedad para vivir, para ser rodeado de honores. Renunció a la vida muelle que adoptau los hombres favorecidos por las condiciones en q' él se enconlraba, los egoístas que niegan sus fuerzas y sus luces á 1a sociedad, cuando son .afortunados, por no quitarse la vida, como dicen: Qui auteni fescerit et locuerit ·(Math. cap. 5J. Mas, el lltmo. :;r. Goyeneche hizo y habló inmensamente, durante su largu'tsima vida, Vease el diario de sus lr'abajos en el transcur,o de mas de quince lustros, pensando, sintiendo y ajilándose desde que fué profesor de Teología, abogado, funcionario civil, cura dé almas, hasla haberse elevado al último rango del ar-wbispado, J hasta conseguir la dicha de ser el decano de los obispos del mundo católico, ascendiendo sin traspasar la escala gcrarquica de lff Iglesia. Y este obrero evangelico no solo cultivo los -0ampos que exclusivamente fe fueron señalados. Por pcrn;iision de su Seflor, t1:abaj6 tambieu en otros campos mas dilatados, que por explicarnos asi, estaban vacanles. Nos referimos á la epoca larga de las vicisitudes polilicas tlet continente Sud Americano, en la cual, quedaron viudas ocho iglesias, fl las cuales jamás negó el lltmo. Sr. Goyeneclie los oficios episcopale5 que Je demandaban. Tampoco olvidó jamás este Prelado ejemplar que era ci1.¡dadano del Pcru. Al lado de los asuntos con.cernícnt~s a los oficios y f)ignidades eclesiasticas, lenia presente la h~inra y los intereses de la pitlria, como lo comprueban los actos conciliakorios que intenló en la guerra civH de 1867, la pasloral con que reanimó el valor de los peruanos, é hizo resplandecer la jus.Li.cia de su causa, conlril.Ju- ,vendo asl al incoroparal.Jle triunfo del 2 de May_o. Recelosos de empal'rdecer c-on nuestra tostecimiento!5 extraordinarios, los vemos, los oímos, corno palahras elocurntes, que Dios Nuestro Seúor dirije á la humanidad, cuando le plac~. Y con eslas palabras se digna iluminar nuestra fe-de que l:i Iglesia C,1 lólica y sus lieles hijos se han de s,•lvar de en medio de toda clase de tormentos, conservándose h!lsta mas allá de la exisleucia humana, de la existencia maLerial, y que son merecedoras de estos privilegios las crialuras animnd,is de ardie11le fe, de profunda humildad y de sencillas coslumbres, como lo fué el lltmo. y Revcrendlsi1110 señor Arzobispo de Lima. Deseamos,, pues, que el mejor er,ilafio de su tumba sea la luz de la /é que alumbre siempre á todos los que se acerquen a contemplat·l :1 de buena voluntad. Et lux perpetua luceat eis. INSERCIONES. !LO§ LIBERAi.E§ SIN lll ,UiCA.H,-1. CAPÍTULO IV. I. EL PERIODlSMO. 1 La tribuna es una de las palancas del mundo moderno; pero ¿qué seria la lribuna sin la prensa!' ¿De qué se:·viria la palabra ele los Parlamentos· si las máquinas de imprimir no vomitasen diariamente miles y miles de reproducciones escritas de aquella palabra salvadora y 1 uminosa? Ambas palancas se/ completan: forman parte esencial del mecanismo de los gobiernos representativos á la modern'a, y una y otra necesitan de mútuo auxilio para moverse. Cuan¿o los Parlamentos esláu cerrados, los periédicos no tienen interés; cuando los periodicos no reproducen las sesiones, los Parlamentos no tienen vida. El gol pe que se dá á cualquiera de estas institu, ciones hiere idénticamente á la otra. Un mismo jugo las mantiene; un mismo fin las mueve: iguales son sus triunfos y sus revesei. Por aqt?,í se comprenderá la razon de que los periodistas sean diputados, y los diputados periodistas, y mu0hos sean ú la vez periodistas y d:putados. Son dos cosas idénlicas e::i el fondo, que solo se diferencian • en la categoría. El diputado influye mas que el periodista en el ~obieroo y en la opinion: en el go:.. hierno, porque puede derrotarle con su voto; en la opinion, porque la voz del diputado se esliende mas q' la del periodista. Pei;o, en resolucioo, siempre venimos á parar en q' un diputado no es mas que un periodista que habla, así como un periodista no es mas que un diputado que escribe. 1 ca pluma los brillaules episodios de la biografia de Monseüor Go_yeneche, nos tletenemos ar¡ui en materia de hechos; y nos enlregamos á los raptos de nuestra fé calólica; única luz que nos aluüibra en medio de nuestra escasa instrnacion. ••~ La longevifkld del llt.mo. Sr. Co_yeneche, en medio de los eoníliclos que le cansa.ron los di .,lintos y arduos ministerios que ejerció, las angustias y penalidades que su.frío e11 medio de las guenas que a la Iglesia Católica le Conste que no repruebo absolutamente el periodismo, como no repruebo en absoluto la tribuna. Para mí, lo malo de estas cosas estriba en el espíritu liberal que las i nforrna. Privadas de este esp1riln, el periodismo y la trib11na pueden ser Lnenos, ◊ por lo menos indiferen les. Si son buenos, viven y florecen; si son indiferentes, sucumben, porque lo indiferente en la existencia social eslá condenado á muerte inevitable. · han hecho, por d.oquier, los rjércitos de la impiedad, los proseliLos de los reformadores del Catolicismo, los adc~Los del Cesarismo, cuLiertos con el manlo 1lel rnpublicano celoso por los derechos naciuti>alcs; esla longevidad , uecimos, no es.. J.l,ll'a nosulros una cosa insigpilic~utc, , p"1' t•JUC los graudes h1;d1os, lQs aconHecha esta salvedad para cerrar la boca á los censores de mala fé q' desde el trípode de su eslupida vanidad suelen lanzarnos al roslro el insulto de que somos enemigos de la ! ciencia y de la luz, m:e permito continuar diciendo lo que juzgó del periodismo en general. Los liberales le llama~ el cuarto · pocler del Estado. Paréceme que ocupa muy modesto lugar en el escalafon de los numerosos poderes q' se conocen en los estados constitucionales. Yo <liria que es el primer poder, y el mas tiránico¡ y el mas astuto, y el mas venal, ~ el mas temible. Tiene gran sel,ja11za con el mayo1· enemigo de , ueslra alma inmortal, con la ca ne, de la cual no podemos separa os nunca. Así el periodismo está I siempre á nueslro lado, brindándolos con la no,·edad de sus not_ícias, ·on el in_lerés de sus polém1cas, 'On el rn- . cienso de sus elogios. A onde quiera que vayamos y el perió ,ico no,s sigue como una necesida de nuestra vida, y, si se me permHe la frase, como la carne de nuest o espíritu. En el trabajo, el periódi o nos sirve de dislraccion ó nos ofrec(j algun documento importante qu convenga a nuestro propósi lo. En la soledad, tiene el ai·te de ponernos en comunicacion con el mundo en lero por medio del telégrafo, qtH no guarda secretos para el periódi o, 6 de las correspondencias eslranj fras, q' sou su , mas nutritivo ali1rnm~o. En la calle nos sale al encuentro á cada paso solicitando una exig:ua cautidad de nueslro dinero, 'º el café, nos hace compaiiia para esperar con menos impaciencia. En el teatro, acecha el momento en qnP. salimos á respirar un poco de aire pm~o para colocarse delante de nosotros como diciér:donos: <1V c1mos ú tener un ralo de conversacion .>> El homLre del siglo XIX eslú condenado á vivir- con el periódico, como el hombre de Lodos los siglos está condenado á vi,·ir con sus pasiones, El periodjsrno es la pasion del siglo XIX. Esta pasion está perfeclamen Le de o cuerdo con el carácler de nuesLra época. La vida íntima de familia casi ha desaparecjdo por completo: en su lugar gozamos de la vida de la plaza pública, propia de los an Lignos griegos y romanos. Pues el periódico no es mas que el resultado ·de esta publicidad constante en que vivimos. Los hombres del siglo XIX no tenemo.;; casa; Lenemos calle. Y como todo lo hacemos en la calle, natural es que el periódico exida, como · una necesidad ineludible. ¡,Qné PS el periodico sino el eco de la calle? NuesLros peosamien tos políticos, nuestros trabajos literarios, mwstros negocios mercantiles, hasta nuestros fiestas domésticas, hasta nuestra honra, está encomendada á la locuacidad del periodico. A tal punto ha llegado el poder del periodismo, q' no veo modo de que en las actuales circunstancias del mundo pueda presr.indir absolutamente de esa fuerza un gohierno cristiano. En Roma, el periodismo es una · fuerza de resistencia con Lra el periodismo revolucionario, que es uoa fuerza de demolicion. Lo mismo que en Rol ma Leoia que ser en cualquier otro J país calólicamenle constituido. Por uno ú otro concepto todos· hemos menester del periódico. Es· una voz constan te q' p_regona desde los méritos del ministro hasta la virtud de las píldoras Holloway. Con el periódico se forma;J. reputaciones falsas y se roba el honor ajeno; se eleva á 'los hombres hasta el pináculo de la gloria, o se les rebaja hasta el lodo del desprecio publico: del periodismo salen los · gobiernos y las conspiraciones, las adulaciones y la calumnia. El periodico da la ciencia y el arte á pedazos, ó, mas propiamente, hechos pedazos. Lo que un sábio dice en trescientas páginas de un in/olio, lo dice un periodista en col u moa y media de un artículo de fondo; verdad es que aquel dice lo que sahe, y sabe lo que dice; en cambio,· el periodista, ni dice lo q' sabe, ni sabe lo que se dice. · Mas no importa: el perio(l,ismo es una fuerza social en el mundo moderno, v las fuerzas sociales no se deslruy.~n: se dirijen. Soy el primero en reconocer sus inconvenientes; mas ¡Dios ·me libre de aconsejar á oingnn gobierno que aniquile esa fuerza! El gobierno que tal intentase, perecería víctima de su temeridad. El periodico viene todos los dias á visita1;nos á la misma hora, y todos los días á la misma hora nosotros le esperamos con impaciencia: ¿pór que no lo hemos de confesar? Pues esa impaciencia con que le esperamos prueba que hemos contraído una costumbre; y, en efecto, el periodismQ es ya una costumbre general: ¿y sabeis lo que cuesta arrancar una costumbre del corazon de los pueblos? No fallará quien iuzgu.e punto menos q' imposible dirijir esa fuerza que lo •orrastra tq,do en su desenfrr.nadu carrera. A mí tamhien me parece difícil; pero lo era asimismo dirijir la fuerza del vapor, y siu embargo_, el vapor, encerrado hoy en una caldera, es docil instrumente> que arrasLra moles inmensas, ya desliz~ndose a lraves de valles y montañas sobre el delgado lomo de dos ra1:ls, ya corlando, pese á la furia de los vieo tos, las rizadas ondas de los mares. Difícil era dirijir la fnerza de la electricidad, y sin em- · bargo la electricidad, obediente como una niña bien' e:lucada, recorre todas las parles <lel mundo por medio de un sencillísimo alambre, que la mano del hombre estiende en los aires. Búsquese la caldera que ha de contener el vapor de la palabra escrita en el periódico, el alambre que ha de conducir rectamente esa electricidad, y el problema quedará resuelto: la fuerza destructora del periodismo, ·el royo que boy nos abrasn, se converLirá en maravilloso conductor de la voz de la jusLicia y de la civilizacion verdadera. No: no ha nacido el hombre para aniquilar sus fuerzas: ha nacido para dirijirlas. Imprenta «LA lf;LESIA PUNEÑ..\,, de l\L\.HU :'.'iO C MAllTT"iEZ. . -

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