LA IGLESIA PUNEÑA. ---r,-y¡ W##WDif4W4if&didRil tet Ff±f ~r,a~➔@tMi.\'3:fAM1H@1ikMti!7:i!&l/1M@RdfM#i H á la augusta Sede, por fin, del anciano entre los ancianos de Jsrael.-A semejanza de Eleazar uno de los pr.imeros entre los maestros de la ley, estaba pronto á dar su vida, antes que permitir siquiera que pudiese dudarse de su fidelidad á las santas tradiciones de sus mayores. Sacerdote, Teólogo, Jurisconsulto, Abogado, Obispo, su fé fué siempre pura y tranquila, y para él, ~egua la admirable frase del Obispo de Hipona, la palabra de Dios no tuvo, ni secretos, ni dolores. Noble, y acariciado por la fortuna, anciano y lleno de autoridad, fué siempre, por su fé, un dócil niño, capaz de entrnr en el reino de loi Cielos. Adherido firmemente á las enseñanzas de la Iglesia, creyo siempre con sencillez cuanto ella nos manda creer, y practicó con sumision cuanto ella nos manda practicar. Como pastor, instruyó á su pueblo en la verdad católica; acércose siempre al centro del~ unidad~ á la fuente de la doctrina, para dnr de ella á su grey amada el agua saludaLle, que apaga la sed del entendimiento y refrigera dulcemente e.! corazon. No una, sino dos -veces, promulgó la definicion dogmática del Concilio Vaticano, rel,ativa almagisterio infalible del Romano Pontífice, Y para cumplir este deber sagrado, no tuvo que hacer sacrificio ulguno.-La definicion de la Iglesia no era para él una verdad nueva, sino la verdad antigua, solemnemente declarada por el Concilio.-Veia en este dogma lo que siempre, lo que en todo lugar, lo que por todos los católicos se ha creido(3) acerca del magisterio del Vice, gerente d.e Cristo en la tierra. En una extensa carta, dirigida á su puebl_o, dióle, como Pastor, las instrucciones convenientes y vindicó, como Doctor, la verdad dogmaticá, que trataban de oscurecer la ignorancia presuntuosa ó la corrupcion depravada. El vió caer algunas estrellas del firmamento¡ lloro su caida, mas, su luz fué siempre plácida, siempre inalterable. Para sa.lvarse no ha necesitado lavar la mancha de la incredulidad ó de la duda en la sangre del martirio, ó en ias aguas amargas de la penitencia.-El martirio . )o habria sufrido, ¡:reneroso, para sellar su fé; el llanto lo derramó, compasivo, por las tribulaciones ele la Iglesia, y por la ruina de las almas extraviadas. Si me preguntais ahora el secreto de esta fé, el secreto de su conservacion en tiempos de duda, de diferencia, de impiedad y de blasfemia, os diré, antes que todo, que la fé es un don de Dios; y que plugo al Padre de las luces, al Autor de todo don perfecto, cerca del cual no hay mudanza, ni sombra si• quiera de vicisitud, ( 4) le plugo, repito, enriquecer el alma de nuestro Pastor con esta dádiva excelente de su Bondad. Tal vez no ~ué solo un designio de predestinacion: El, á cuva mirada todo está· patente y sin velos, (5) queriendo preparar lo porvenir, previno al sacerdote y al Obispo con bendiciones de dulzura., (6) que habian de derramarse en ~•. seno angustiado de su grey. Las Iglesias de Arequipa y Lima, que el Venerable Obispo ha regido, por mas de ocho lustros la una y cerca de trece años la otra, tienen nobles estímutos en su ejemplo para perseverar fielea a su "?cacion: imitami7ti fidem, Nosotros principalmente, señores, que, al aclimatar ·en 'nuestra sociedad la civilizacion gastnda .del viejo mundo, tul vez lo sacrificamos el rico tesoro de nuestra fé, y abandonamos así á Dios por un pedazo de pan; (7) nosotros, que asi rompemos nuestras gloriosas tradiciones, olvidando que la fé, hoy tan vilipendiada, lrn hecho . brillar en el firmamento de nuestra Iglesia cinco estrellas de pri1:11era magnitud .. ,.. ¡Seáme permitido, ilustre Toribio de l\fogroyejo, al cubrir con un crespon de duelo tu c~tedra va- (3)-Conmonitorio de S. VicenLe Lerinense. (-4)-Ep. de Santiago, C. 1, v. 17. (::S)-Ep. á los}lebr. C. 4, v. 13. (6)-Salmo 10, v. 4. (7)-Ezequicl C.13, v.19. cía, recordar á mi auditorio que tú brillaste sobre nuestro suelo como el Sol, y que resplandeces hoy con in~olito ful~ gor, en el firmamento invisíble de la Iglesia triunfante. O fé divina, que animaste á Rosa de Santa María, á Francisco Solano, á l\lartin de Purres, á Juan Masías y á innumerables siervos de Dios, que habitaron esta tierra de bendiciou; á_ esos, cuyos n',ombres no recordamos, y de los que e\ mundo no era digno. (8) O fe pura, qfe alumbrabas la inocencia de otros tiempos, y que solo has amenguado tus f lgores, porque la corrupcion ha heel o densa nuestra atmósfera moral, y e asi ha interpretado el antiguo y fácil e mercio entre la Jerusalen triunfante y la atribulada y militante Jerusalen. A tes que el hombre a))risionase el ray , para hncerlo escribir su pensamtent .en los extremos mas distantes de la ti rra, tu dubas alas á su pensamiento, lo hacías penetrar las nubes, .v reposar e el cieb. Hoy, encorvadas las socied, des, están buscando con ansia los see los de la materia en las entrañas del gl bo, y olvidan lastimosameute el see eto ,del espíritu, que solo puede ha11 lrse en Dios, en Dios, que lo crió con e soplo óe su boca, grabó en él su ador ble imajen, · y le espera, despues de e ta miserable vida, para vestirle con la galas fo la inmortalidad! 1Terrible mi3terio, Señores, el de nuestros tiempos, en los que parece que el hombre foera condenado á no gustar el fruto del árbol de la ciencia, sino perdiendo como en el paraiso terre11al, el derecho l nutrirse con el fruto del nrbql de la vida.-Ah! en el parais<? de la lglesia, Dios ha juntado estrechamente los d-Cls frutos en un árbol d~ be11dicion: Jesucristo, pendiente de la cruz, es la ..-erdad y la vida que se ofrece eu alimento á ,a humanidad, ávida de vida y de ciencia. Pero los hombres aborrecen la cruz, porque es símbolo de humillacion y ellos se adoran; la aborrecen, porque han doblado la rodilla ante el espíritu humano deificado en la razon, y no quieren boblarla ante la razoo divina humanada en la cruz; la aborrecen, porque se inclinan ante la carne del hombre divinizada en el placer, "J no quieren inclinarse ante la carne del Hijo de Dios inmolado expiatoriamente en el Cal vario. Hé nhí el secreto de las prevaricacio~ nes de nuestro siglo; y hé uhé tambien el se;:reto de la fidelidad de nuestro Venerable Prelado. Humilde y casto, se hizo acreedor á que Dios le dispens11se siempre su favor; que el astro resplan~ dec1ente de la fé se complace en quebrar sus puros rayos -sobre el modesto cáliz de la violeta y sobre el fragante y enhiesto caliz de la azucena. El Iltmo. y Rvmo. Señor Goyeneche fué un Prelado humilde. Elevado á tantas y altas dignidades eclesiásticas, des;; de el presbiterado hasta Ja silla Metropolitana de Lima; desde el Protouotariato honorario hasta el ·honroso y delicado cargo de Delegado de la Sa.uta Sede y -.isitndor de Regulares en el Perú; desde caballero de una órden conferida al mérito hasta el decanato del Episcopado Católico, que la divina Providencia otorgó á sus cansados años como una aureola resplandeciente, el Venerable Prelado atribuyó siempre al fnvor divino, jamas á sus merecimientos. tódas estas distinciones, todas estas pret:minencias. Yo le he visto, en mns de una ocasion, con los ojos humedecidos por el llanto de una · gratitud humilde, y le he o~do referir á Dios toda la gloria de su largo J honroso Episcopado, y luego, abatirse profundamente, confesando su pequefiez. De su sinceridad no puede dudar quien conozca otros d~tnlles de su vida, comprobantes de su humildad. . 1:Jno de ellos, el a~rado con que rec1brn siempre las indicaciones, que el ce- (8)-Ep . á los Ueb. C. 11, v. 38. lo de la casa de Dios inspiraba á alguno de )gs últimos de su clero.-El ilustre Prelado escuchaba atento, respondía con afabilidad, y aceptaba con entusiasmo y agradecihliento. estos servic_ios, que no suelen aceptar los qu , carec1end0- de humildad, ocupan un puesto ele- ~ado. \ Sus años, ~u. exp_erienc~a s,us. me ritos, su alto m11usterro, podia fac1l.mente haber creado un abismo ntre él y los s,acerdotes jóvenes de su _I lesia. Mas, uo fué as{: .{\requipa y Li a s.on testigos de la deferencia co'n q Je honró á todos los cooperudores de b ena volun• t.ad, que se prestaron á di dir con el la pesada carga del g-obieri pastoral. Y era edificante, tierno conmov·edor el ver á este Veuerab Prelado, escuchando el parecer de a uellos qne no habían 11ucido a la vid, cuando él habiu d,ido y'a frutos abund ntes de su fec.undo sacerdocio. Como I respetable Sacerdote Helí, no re azó nunca las embajadas que el Cielo se dignase , enviarle, aunque las sirvies de órgano ' el adolecente Samuel. Sab el Pastor ilustre que Dio5 busca, sob todo, para su servicio, volú·ntiides ócilcs y decididas, y que no lus rehus, el alto honor de cooperar a sus dcsig ios tan solo porque les falte la respet1ble nnreo• la de la ancianidad. Cono a el Prelado ejemplar que la v~jez v nernble no es la duradera, ni la comp]ada por el número de aüos: pues las ca1 1s del hombre, como ha dicho el Esp ritu Sauto, son sus sentimientos. Y In glesia, 11sist.ida por el mismo Espíritu, 1 enseñaba, en el Concilio Tridentino, ~ue In edad de trei11ta años rresta sufici ntes garantías, aun para ej~rcer el sag ado ministeri·o episcopal. 'Y hasta e,¡ su propia historia teni;i el Prelado il~~tre sobrados antecedentes para no vu llar, y tender resueltamente la mano á la juventud deseosa de salvar las 1tlmu::1. Asi el robusto y empinado ced1ro, prestando apoyo á la débil yedra, no desdeña- . ba vestirse con su tierno verdor. Y esta humildad, que cultivó con esmero en el cur5o de su largj1 vida, ha sido el custodio de su fé incorruptible .. Pastor humilde, 110 ha tenido ámenos el aprender, eu la escuela de los pastores, lo que debía enseñar á sus ovejas. Hermauo del sucesor de Pedro, del cual podia ser padre por la antigüedttd desusacerdocio, se apresuraba, no obstante, á recibir de él la co11finnaciot1 en la ~é, porque sabia el encargo, hecho · por el Diviuo fundador de la Iglesia rtl P11íncipe de los apóstoles, y en él n topos sus sucesores. Por eso se inclinaba ante su autoridad, con la fé y la alegria del niño; lloraba de gozo al recibir su~ carta:a:; e jmprimiendo eu ellas un óscu\o de umor y de veneracion con ¡:,us respetables lábios, renovaba los tiempos de l~rrnc1sco Javier, Apóstol de las lndins, arrodillaudose para leer ,las en rtas de su J>ad re y Maestro en el espíritu, del 1r¡ag11ánimo ]gnncio de loJol~. . , E11 111as de una circunstancia s::ilemne de su vida, hallaremos in~quívorn~ signos de esta humilde sumisiou, animada por el mas puro y filial amor.. Uno de ellos, su prbntitud y generosidad en so- l correr, de varios modos, la noble indigencia del Sumo Pon tí fice, 11 cuyos pies . hizo poner, últimame·nte, un 1 valioso cayado pastoral, obsequia<lole por su primer capítulo diocesano, y q~e era una prenda de honor de su Episcopado. Otro es In nfectuosa hospitalidad que ofreció al Excmo. Señor Delegado A posiólico, luego que supo que el lltmo. Prelado se disponía á trasladarse á esta ciudad • .Auciauo venerable por tantos títulos, reconocía en su jóven hermano la autorid,1d delegada por el Vicario de Cristo; y, sin dar cabida en su corazon á otro celo e¡' el de la casa de Dios, vió con aplauso un acontecimiento que elevaba otra autoridad sobre la suya; aunque no disminuia su respeto, y, en la efusiou de su alma, decía al Ilustre enviado del Padre Sau to: «·el Señor os ha traído para mi consuelo.,, No puede darse, Señores, una expresioo mas sencilla, ni elocuente, de su ejemplar ·sumision á la Silla Apostólica. Y cuando ·el Supremo Gerarca, en virtud de su Primado, convocó á todos los Obispos que se hallasen e~ comunion con la Santa Sede, para que ocupasen en la ciudad eterna el asiento preparado á los jueces de la doctrina, viéndose impelicl0 hácia la ciudad santa por tan eficaz precepto, hubiera atravesado los mares, apesar de su ancianidad, tal era su propósito, si voces autorizadas no le demostrasen que estaba exeptuado de esta obligacion, por el tenor mismo de la Convocatoria, y q'ue cumplía fielmente su deber, enviando un Procurador que lo excusase y representara, como se apresuró á hacerlo con ejemplar solicitud. Lü humildad del Iltmo. sefior Goyeneche, la sumision de su_espíritu a Dios y al que es su Vicario en la tierra, debía ser, y fué, en efecto, el reflejo de la pureza de sus costumbres. Sí, Señores: su vida fué pura, inmaculada, resplnndeciente y de 110 pequeña edificacion para cuantos le vieron atravesar el largo sendero que le separaba de la eternidad. Siempre brilló en sufrente u'ti sello de pureza, que jamás se atrevió á oscurecer el soplo de la calumnia! l\Iodesto, recogido, austero en sus costumbres, consagrado á las labores de su ministerio, supo concilia,r la afabilidad en el trato con los hombres con la dignidnd de los elegidos de Dios. Ha muerto, señores, sin tener que derramar una lágrima sobre el menoscabo de su inocencia, que supo conservar incólume por el eje"rcicio. fiel del ministerio sublime que se le .confió. Esta pureza '10s explica Ja sencilez de su fé. No •hallaba dificultades en el dogma, porque aceptaba la santidad de la moral; que nunca se esquiva el uno, sino para sustraerse á la otra, ha dicho un escritor contemporáneo. Con efecto, se1iores: es neces-ario convenir en que las .costumbres de los herejes no son un modelo de austeridad evangélica; y la razon que dió Beza á San Francisco de Sales, para no ·vol ve~ á la fé católica, no es digna de este lugar, ni de nosotr9s. La historia 110s muestra, en páginas e11lutadas, los desórdenes de Enrique 8. 0 , Lutero, Calvino y otrospseudo-_reformadores. Ellos se suble,aron contrn ra Iglesia, pero avergozaron tambien al ánge·I -del pudor. Porque esta es la Jey indeclinable que pesn sobre los soberbio'i; ley de vergüenza J de r€probacion! Cornie11zau por el espíritu, y acaban miserabl!:!mente por la carne, como nos enselia el Espíritu divino. Y, para deciros francamente todo mi pensamiento, yo no creo posible sino la castidad humilde, que busca amparo en los auxilios . di vinos contra los usaltos del espíritu de las tinieblas. Por eso no puede dudarse de la virtud de nuestro Venerable Prelado, cuya fragancia ha perfumado la heredad del Señor. Por el contrario, yo he visto á los filósofos paganos, entregados al sentido réprobo y á la ig11omi11ia de la sensualidad, en castigo de su orgullo, Así lo enseña el Apóstol San Pablo, en su carta á los fieles de Roma. r Yo sé que la sensualidad es la sobérbia de la carne, asi como el orgullo es la impureza del espíritu. Por eso, nuestro siglo tiene que deplorar tantas caídas, pues el orgullo y la sensualidad han hecho pacto para arrebatar á los hombres el tesoro. de su fé. Por esto es mas admirnble v digna de imitacion la pureza de este (lustre Prelado, guardada ·por su humildad, é ilu- - minadas ambas por unu fé, digna de eterno premio. , !Has, para que estas ví~tudes no desfallezcan por la debilidad de las humanas fuer.zas, ·es ,necesario que ·.las sostenga )a piedad, virtud que, segun , la enseñanza del.Apóstol San Pablo, es«util para todo', y encierra promesas de dicha para la presente y la futura vida ... Ahora bicu: la piedad, cousÍderada
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