aparentes y de triunfos positivos. Lu• chando siempre con enemigos cien veces mas numerosos, los babia vencido a todos, aunque todos se jactaban de haberlo destruido. Guardian de una ciudadela, de la que se ha conrotituido Dios protectur, se reia de los asalto~ qua le libraban las potestntlcs de la tierra; y Ja inutilidad de los esfuerzos que Jos mas terribles conquistadores habian hecho para sojuzgarlo, lo autorizaba para mirar con desden los nuevos ataques á que todavia quedaba expuesto. Pero hé aquí que el e11emigo, desesperanzado de vencerlo por la fuerza, recurre á una infernal estratagema. Se dirige á los defensores de la ciudadela -y les confia el encargo de demoler sus fortificaciones y de abrirle las puertas. Para obtener de ellos su concurso se guarda inui bien de proponerles abiertamente una traicion que estaba seguro recbazaria su lealtad, y se conduce con astuta maña. Recurre á su generosidad; los persuade de si ellos tienen derecho de defender su ciudadela, igual derecho tienen sus aq_versarios para atacarla; y que la justicia exige que en vez de emplear todas sus fuerzns en rech11za r esos ~taques, tomen In defensa del derecho de los asaltadores. La artimaña no pudo tener 1iiejor .resultado: en el seno de ese ejérci_to, que babia hecho inYencible su unfon, se forma un numeroso partido que toma por divisa de guerra la Jibertad del a taque; y á los que no quiere11 afiliarse e11 e:sc pnrtido los haceu blanco de sus iras sos mismos hrr111anos de armas, hostilizándolos á veces mas encarnizadamente que al eoemigo comun. La hostilidad se ex.- tiende hasta el jefe escojido por el mismo Dios para mandar el ejército; y sus propios soldados se atreve11 á disrutarle las prerogativas de su saprema nu, toridad, á causa de la fir.meza con que sostiene en su ejército la disciplina que constituye su pujauza. No habrá uno solo de nuestros lectores que no haya p~netrado el trasparente velo de . e'sta alegoría y que no descubra en ella la imaje11 de los peligros que hace correr el liberalismo católico al ejército de Jesucristo. Esta es en efecto, la zizaña sembrada por el hombre enemigo en el rampo del padre de familia; este es el lazo en que nobles corazones se han dejado coger: esta es la estratagema á quien debe el inmortal adversario de la verdad ventajas que nunca habria podido procurarle la violencia. A tres capítulos' principales puede reducirse esto~ 1lamentables efectos del liberalismo católico: él <lestfuye la disciplina del ejército católico: debilitando la autoridad de su jefe; él le arrebata, cpn su union, la fuerza que ella engendra; por último, él le entrega --sin defensa á sus enemigos, despojá11dolo- de las armas sin las cuales Je es imposible resistirles ni .menos vencerlos. 1.-El liberalismo comienza por romper el nérvio de la disciplina en el ejército católico, privándole con eso de todas las co11diciones mas esenciales de buen suceso. Un ejército que no obedece á su general está ya vencido án- · tes de pelear, ó mejor dicho, ese no es un ejército. porgue lo que distingue un ejército de una turba desordenada, es la disciplina, la sJ.mision de todos á un jefe único. Pero esta subordinacion, indispensable á los ejércitos que combaten p~r intereses puramente temporales, todavia lo es mil veces mas al que defiende ~n la tierra los derechos de Dios y los · intereses de Jesucristo. Porque el primero de esos derechos divinos, cuya defensa está confiada á los católicos, es la autoridad suprema del Criador, ejercida acá en la tierra por su Vicario; la sumision de todas las almas_ á esa autoridad es el primero de los rntereses que Jesucristo ha recomendado á su Iglesia. Y al hacernos dr. esa sumision una "" LA IGLESIA PUNENA. obligacion mas indispensable que en las sociedades temporales, el divino Fundador de la Iglesia nos ha hecho mucho mas fácil su práctica. El soldado que obedece ciegamente á su jefe no tiene por toda garantía del acierto de las órdenes que recibe y que pueden costarle la vida mas que la experieucia y las cualidades personales de ese jefe. Por el contrario, el católico que sigue, en lo concerniente á los intereses de la Iglesia, la direccion dada por el Vicario de Jesucristo, tiene una garantía mucho mas sólida, á saber, la palabra de este Divino Sal va<lor, la asistencia especial que ha prometido á sus Iugar-te11ientcs, y la certeza que tienen ~us soldados de que obedeciénd~los, á El mismo es á quien obeuecen. Nosotros preguuta• mos; si un soltlado ó un oficial son diguos ue vituperio cuando tratan de sustí~ir sus propias iueas á lus órdenes del geueral en la direc•cion del ejercito, ¿cuánto mus vituperables serán los católicos que pretendieran dar á la Jgle• sía uoa direccion contraria á la que le imprime el Vicario de Jesucristo? Semejante preteusion no sera menos absurda qu~ crirni11al. Violando la órden de Jesucristo llevaría al católico á negar lo que lo hace católico. · Porque el católico difiere del protestante precisamente en que el primero reconoce la autoridc.d suµremn del Papa, en el gobierno d~ la Jglesia, mie ut ras que e l segundo protesta contra esa au torn.lad y le prefiere la de su razo11. ¿)o seria E.Sto lo que hnrian los cristiano:; que en la importa 1te cuestiou Je las rt- h· i<incs de la J¡;!lesia con las sociedades tl, 1,porales, se creyeran anlorizau os pnrn ¡1 re• ferir sus propias ideas, á la direc ,. · 11 del Vicario de Jesucristo? Y si e' 11 1 t~- ralismo católico conduce á ese re,ultn - do, ¿no cesaría por el mismo hech o de merecer el nombre de católico, v no vendria á ser un verdadero prote;tantismo? IL-De este primer peligro nace el segundo. Relajando el vínculo de sumision que debe u11ir estrechamente a t.o- <los los católicos con el Vicario de Jesucristo, el liberalismo hace imposible su múlua union; porque, en uua sociedad, la¡unio-i1 de los miembros entre sí no puede resultar sino de la union de cada uno de ellos a su jefe coman. ¿Que necesi ad tenemo5 de probar la realidad d este peligro? ¿Quién no lo palpa, qu én no lo deplora? Las ivisiones. de los catolicos que mas se hab· 1u dí!:.lingoido por su adhesion á la lgle ia- ¿no sou, muchos años há, el mot.irn del mayor duelo de esta l\Iadre de las a mas y el mayor triunfo de sus enemi¡, s? ¿Cuántas veces 110 se oye con estupo á hombres que participan de la misma fé y que se sientan al mismo banque e eucarístico, desplegar contra sus he manos una severidad .Y un rencor qu no se atreven á permitirse cou• tra los enemigos de Dios? Lo hemos dicho nada hay mas cierto: la intolerancia 011 los defensores de los principios, j1 nto con la tolerancia hácia los patrou s del error, es uno de los síntomas q mejor caraclcrizau el contagio lib ral. Es c· rto que los que nsan de esta intoler<ncia no dejan de motivarla con los peli ros que sus adversarios hacen correr la Iglesia. Persuadidos de que ellos so los únicos qne comprendP-n las nec sicl ades de su siglo, tratan de ha~er p, sar por agrcsor;s á los que ,les estorban efectuar entre la Iglesia y la socieda moderna la reco11ciliacion · que es el bla 1co de sus conatos; y pr1rn cstablecer~la paz,. P;~ponen un medio que les pare e se ncill1s1mn: que renunci en sus adv rsarios á combatirlos, qne la Iglesia eqtera abraoe el liberalismo, y cuando tal cosa suceda ya el liberalismo no será ia usa de div!sion en la Iglesia. Por desgracia, este medio es imprncticable. La ]glesia católica no ;pueJe abrazar el libe-ralismo sin renunciar á sus tradiciones y siu cesar de ~er la Iglesia católica. Por consiguiente, los liberales uos ponen en la necesidad de combatirlos mientras c¡ue persistieren ellos mismos en combcttir la doetriua tradicional. No hay, pues, sino un solo medio de hacer cesar las divisiones que tauto dafio nos causan: es i11dispensab le poneruos bajo la direccion del Pastor a quien Dios ha encargado que oos conduzca; es preciso repudiar todas esas nuev·1s Joctrinns, cow1 falsedad nos debería mostrar su mis~~ novcdarl; es preciso re11uncit1r á ser hombres del siglo para seguir siendo dis9irulos de la Verdad cierna y s.ervidore& de Aquel que se llama Re}' inmortal de¡ los siglos. Pues no hny que dudarlo: si rfrjamos á un lado las ilusiones individuales para considerar la doctrina en si misma, reconoceremos que el liberai:ismo cato• lico tiende á poner á sus 9deptos en oposicio11 co11 ~I Papa, en u~a cuestion qne evidentemente \es del resprte de su autoridad. Porque, ¿cómo nep1r que perte11ec~ a la Cabeza de la lglesia decidir rutiles son los derecho, y los deberes de esta sociedad divi1 relativamente a las sociedades temp rales? ¿Cómo suponer que, sobre un cuestion de esta importaucia, .Jesucris o haya podido dejar, durante siglos uteros, á aquellos a quienes ha pro etido asis - tir con sn Espíritu, bech.os resn de un fu11esto error, y que haya oufiado a hombres siu mision el cuida o de salvar á su lg-lesía extra v.iada y perdida por su Vicario? Pues seme ·rnte suposicioo, tan absurda como im ia, se ven obligados á admitir los catól os liberales, sí quieren sostene r su doctrina. Es ci0rto, eu efecto, que I s Jefes de !a Iglesia no han cesado de e señar uua doctrina contraria; es cierto que dL·sde el día que el liberalismo ome11zo a producirse en el mundo ha s o reprobado por las mas esplícitas condenaciones. Pio VI, Grcgorio X J, Pio IX lo l1<1n anatematizado; y parti ularmen• te este último Pontífice, cu a exaltacion hahia aplaudido con taut calor el líbernlismo, le dió el golpe nortal en la célebre Encíclica Quanta cu a. Parece, pues, que para los tólicos de buena fé no debería haber motivo . alguno de vacilacion: cualquie a que haya podido ser su ílusion ori0·nariame11te, desde el punto que se es ha demostrado que el liberalismo es , condenado por el rerresenlante de Jesucri-sto, 110 les quPda mas partid que abjurar t :in perniciosa doctrina reco11ócer generosame11te su error. Por desgracia, el liberalismo n es solo un error del cnteudimiento, es tamoien una verdadera eufcrmedadi del° a I ma; y los desórdenes orgá 11icos ¡ rod uciclos por esla cufermedad son 1hucbo mns difíciles de curnr que el oscurecimiento que resulta del e,Tor. El mas grave de csi:os desórdenes es la pl'etension de conocer mejor que uad'ie las necesidades de la época. Añad 1 id á esta pretension la antipatía respecto á los priucipios absolutos y la iutole¡ran- ~ia respecto á sus defensore&; la simpatía, al contrario, por los eaores moderados y la disposicion á transijir con 'sus patrones, á expensns de la verdad y de Jos derecho-; de Je:-;uc1·is1·0, y 1endreis el diagnóstico de la enfer,nedad liberal. Y no digo una simp 1e Encíclica del Sobernuo Po11lífice, todo un decre·o del Concilio gencr·nl no podrá, it menos que intervenga 011 1u iln~1·0, curar completamente las alnrns acomet idas de esta enfermedad, y Jevolver á la Iglesia las ventajas que tenia derecho á guardar de su Concurso. Quieren i,uedar católicos y por consiguiente no se rebelarán contra las decisiones de los Papas; ( ... ) pero aceptando teóricamente es• tas decisioues quedarán convencidos de. que en la prúctica hay que mirarlas como 110 expedidn·s. Si no disputa su ,·ertlad, se . negará so oportunidad; no se vacilará eu decir que los Papas 110 han comprendido su tiemro, que ellos han tomado al reves las sociedades moder11as; y despues de esto se creeran rnui en regla con su deber de católicos, porque no uiegun abiertamente niuguua verdad defiuida por la autoridad doctrinal de la Iglesia. Sin embargo, es de f'ó que estas dos autoridades son igualmente soberanas y que el Vicario de Jesucristo tiene tan plena potestad para rejir y gobernar como para defiuir y euseñar. Por consiguiente, es de fé que. un católico no llena sino la mi• tad de so deber, si adhiriéndose á las decisiones dogmáticas del Soberano Pontífice, no acepta cordialmente su direccion en todo lo que mira al bien de la Iglesia. • Si á despecho de las reiteradas advertencias del Vicario de Jesucristo, los católicos liberales perseveraren en su error, sepan de una vez por todas, que ellos serán los únicos responsables de la desunion que origina este error y de las ven t¡ijas que procurarán á nuestros comunes enemigos. UI.-Tal es en efecto la tercera consecuencia del liberalismo católico; desarmando á los defensores de la verdad, procura á sus adversarios mayor facilidad para hacer triunfar sus errores. ( .. )-Hay que reconocer, sin embargo, que el liberalismo posee el mas extraúo poder de fascinacion para conducir hasta a la heregia manifiesta á los hombres que al principio de su carrera eslaban animados de las mas rectas intenciones y de la mas sincera piedad. Esta fascinacion fué la que perdió al infeliz abate Loyson; y ¡cuántos otros se han dejado extraviar por esa necia pre tension de comprender mejor los intereses de la Iglesia que la Cabeza de la Iglesia. Hemos oído á uno de los mas celebres escritores de la escuela liberal, á quien se le indicó en una de sus obras una proposiciou condenada por el Papa Leon X, responder con e~tas extrañas palabras: «Todo lo que se es que mi doctrina ha sido definida p~r el Pa-r , pa san Siricio; ¡si los Papas se contradicen, á mi no me Loca ponerlos de acuerdo!" Pues bien, la definicion del Papa san Sirico en que se apoyaba el escritor liberal, no se encuen tra eu ninguna coleccion auténtica; el texto, si alguna vez fué promulgado, no existe Ja hace siglos; y los teólogos que hablan de esta decision, convienen en darle un sentido del todo diferente del que le atribuye nuestro liberal. No era, pues, ni sobre un texto cierto, ni sobre un sistema de -escuela1 sino unicamente sobre su opinion individual sobre lo que éste último se apoyaba para destruir el texto perfectamente clan, de una constilucion dogmática recibida por la Iglesia entera. Como aquel á quien se diri_gla manifestaba el estupor que le causaba• oir semejante doctrina de boca de un hombre á quien hasta entónccs se babia mirado como uno de los mas firmes campeones de la iglesia, el respondio: aSi la Iglesia ha de 1-alvar á las sociedades modernas, es necsario que antes de que muramos, defina la doctrina q~e yo sostengo.» La Jglesia se ba reunido posteriormente en Concflio, y en vez de definir la doctrina liberal, se aparejaba a condenar solemnemente esla doctrina. Esto e:xplicíl la tenaz eposicion hecha h las primeras decisiones del Concilio por el escritor de que hablamos en este momento y por oIros escritores de la misma escuela. Si estos publicistas, muchos de los cuales habían profesado la infalibilidad del Papa, le han heclw tan ft.¡riosa guMra, no es á causa de la infalibilidad misma, es a causa de la contlenacion del li beralismo , que debia ser la consecut>neia de esta definicion. A los ojos de esos católicos, habia cesado de ser inefable, desde que por la Enclclica Quanta cura .Y el Shllabus habia condenado su liberali,;1110.
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