La Iglesia puneña : órgano del gobierno ecleseástico de esta diocesis/Título posterior : La Iglesia Puneña periódico semanal. órgano ofial del gobierno eclesiástico de la diocesis(desde N°37)/Título posterior: La Iglesia puneña: publicación eventual. órgano de dcoumentos, doctria y hechos (desde n°180) - Año Nº1-18,/Nº19 Ene 12/Año 2-Nº2/Año 1,Nº3/Año II-Nº 23-51/Año III Nº52-79/AñoIV Nº 80-99/100-116/ Año V-117-136/Año VI 137-148/Año VI Nº149-172/Año VII-Nº175-184

el punto de convertirse en esclavo de cuatro parlanchines miserables, que, traficantes de sa -honra y de sus riquez~, ~olo aspiran a divi'dir para reinar, a corromper para tr iunfar. Por esto, ni yo estraño, ni U. estrañará tampoco, amigo mio, el , lengnaje q' emplean algunos mandatarios políticos. Quieren afianzarse en su Trono 6 sea en su Silla presidencial; y para ello usan la jerga, el galimalias del liberalismo, esa jerga y ese galimatías, preñados .siempre de máximas tan abominables, como la que vengo refu - tando,-corrornper para reú1a,r . Cuando yo oigo de boca de algu· nos Reyes, Presidentes ó Ministros, que con tono enfé.tico y dándose de altos políticos, ofrecen en sus programas de Gobiei:no maximas lan antipolíticas, tan antifilosoficas (no quiero decir tan absurdas, porque ya se deja entendido) como la de q' « conviene para la felicidad de los pueblos que haya en ellos mas libertad y 1Jne1ws gobienw» . Este dislate, á todas luces injustificable, porque jamás se avendrá con la doctrina católica, que enseña la necesidad de obedecer para ser libres, 6 sea la. libe1·tad en la obediencz'a, doctrina opuesta a la enseñanza protestan te, que quiere la obecl1:enc1:a en la li'bertad, y que es el orígen d~ toJ.os los trastornos sociales. Cuando me apercibo, repito, de este principio y lo medito en el fondo de mi corazon, me apesaro, porque estrayendo su sustancia, lropiezo siempre con esta doctrina di~olven tecrYl'rompe1· para reúia?·. La libertad, como U. sabe, amigo querido, no es ni puede ser ab-. so]ula, sea cual fuere el aspecto bajo el que se la considere:-y corno quiera que ella es en el hombre la f¡icullad mas peligrosa, por lo mismo que es la mas noble, Dios ha querido ponerle un contrapeso en la autoridad, y lo ha q11erido, con tanta mayor razon, cuan lo que toda potestad .,solo emana y puede emamµ: de .El, segun aquella sen lencia del Espírit.:i Santo: Non est potestas nisi á .Deo. Pero el liberalismo no entiende de estas teorias bí1>licas: tan lejos de eso, que las desprecia, concibiéndolas como una doctrina retró!Jracla y oscurantista. ¡ Pobres liberales! razon tienen para ello. La palasra de Dios revelada es el mas espléndido anuncio del tl'iunfo del progreso; es el grito de alarma dado á la humanidad dormida en brazos de la proslilucion, para despertarla de su sueño de muerte, resuciL«11do para la práctica de las virtudes, y hacjéndose acreedora por esto mismo a la eterna bienaventuranza. ¿Como podrá pues complacer esto al liberalismo? Ami·go mio, ¿puede darse mayor abominacion que la que entraña la doctrina liheral?-Que cunda en los pueblos la máxima disolvente de que conviene para ellos mas l-ibtrtad y rnenos gobierno (y cuando hablo de pueblos, no me refiero únicamente al conjunto de individuos LA IGLESIA PUNHÑA. que componen las secciones SudArnericanas; aludo tambien á los Estados mas cullos de EurC\pa)-que cunda, repito, dicha máxima, y sus efectos se1án funestísimos, ya porque los Gobiernos, aprovechándose de ella descuidarán el ejercic"io de sus deberes, ocupándose única y exclusivamente de sus propios intereses; ya mas particularmente porque los pueblos, amando la rebelion y olvidando por completo la necesidad que tienen de obedecer para llegar á su tan suspirada l~berlad, vivirán en continuo trastorno y en una anarquia permanente. ¿ Y será esla la felicidad social que desea para la humanidad el liberalísmo9 Dios lo haga un santo. Por lo que hace a mí, renuncio la dicha y la~ prosperidades con que prrlende embaucarnos. De U. siempre suyo. DISC!VIUiO pronunci'aclo por el Seifor .D1·. IJ. Fedel'ico Panizo. EN . LA GRAN ASAMBLEA de los católicos de h ima, para protes ta1' contra la sacr ílega úzvasion , de tos Bstados Pontificios, perpetrada por el Gobi'erno del Rey Vlctor lllanuel II. 1 ' Señores: Invitado por el «Consejo Central .. de estn distinguida Asamblea, para hablaros desde esta tribuua el «lia de hov,- cl.ibeme la honra <le dirijiros la pala 0 bra. Si he <le deciros fra11c11mcnte la verdad, muy mucho he I itubeado pura aceptar tau delicado encargo; por una parte, la consideraciotll de lo di~110 que debe ser el home11aje que ua auditorio tan ilustrado como el presente se merece, y, por otra, la de la importancia de los asuntos que se exponen en esta esclarecida sociedad, hu11 producido la vacilacion en mi ánimo, al tener en cuenta la pobreza de mi inteligencia, ~· la escasez de mis conocimientos. Pero vosotros sois bondadosos, y sobre bondadosos, indulgentes: os habeís congregado aquí con uu objeto religioso, y así es que, 110 ansiais por aquellas bellezas literarias que encantando el espíritu subyugan el entendimiento, siuo por la buena y sana doctrina, conte11ida en la profunda Filosofia del Cristianismo. No voy pues á haceros aspirar el pe rfume de -aquellas flnres c011 que las brillantes imaginaciones engalanan sus discursos; 110 ,·oy tampoco á exhibiros la verdad matizada de aquellos lucidos colores con que los talentos distinguido~ snben pintar sus sul>limes concepciones; 110, señorei;:, no soy yo quit!n puede pretender, ni tan siquiera concebir, el deleitaros con la be lleza de las formas, Ni el seduciros con la el egancia <.le[ estilo. Al disertar con vosotros, procurnré presentaros la verdad sencilla:,¡ clara como de s11,vo es, y esta circuustancia me anima al levantar mi voz en e ste sitio ; porqu e esa claridad qu e os ha de iluminar, y vuestra induljencia que desde luego imploro, os harán fijar mas ea el asunto de que voy á hablaros, que en el discurso e11 que su ex.ámea se contiene. Yo pienso, señores, en el estado pre:-ente de la humanidad, y me confu11do: yo r eflexiono S()bre lo pMvenir de ella, y lo diviso á lo lejos sombrío, oscuro, tenebroso. No parece, si110 ó que el género humano pasara- por una época de crisis, ó que acercándose al término de su carrera tratara de hacer todos los esfuerzos que hacen los, moriLundos en el extertor de su agonía, notes de exhalat aquel último suspiro que determina el postrer momento de la vida. De cualquier su~rte que sea, el dilema es horribilísimo, señores: ya consideremos los días que corren de presente como de expiacion ó de castigo, ó como de buena y exhuberante cosecha para el autor de todo mal; ora veamos ea ellos á los precursores tle aquellos otros, terribles y espantosos dius, pasados los cuales no habrá virtud • que no tenga recompensa, 111 iniquidad que quede sin castigo; de cualquier modo que sea, el alma se llena de congoja y la ibteligeucia se confunde al meditar sobr lo presente y porvenir de la humanidad. Y ho'y que 11Os hem0s reu 1ido en sesion extraordinaria, para ¡atestar enérjicamente de la invasion as inicua y mas abominable que jama han presenciado los siglos; hoy que la Iglesia toda levan tu su voz con va entía para execrar en nombre de la Ju licia y del Derecho, la espoliacion ma iuaudita, cometida á la foz del mun o entero; en estos momentos ea que nuestras almas suspiran suavemente, acariciadas por la esperanza mas cierta de que la declaraciou de la Infolibili ad Pontificia va á dar la paz á mult~·ud de int e lijencias v el reposo á in uidad de corazones: ~1i estos tiempos n que parece que hubiera pasado de m da el ser · creyente, y en que está en o el discurrir como libre pensador: hoy, repito, que el mundo se ajita velozmrnte, azotado por el vieato de la incredulidaJ racionalista, por descracia rex1ante en nuestro siglo; en estas circu stancias, señores, me ha parecido opo uno, me ha parecido necesario, invitar~s á reflexionar coumigo &obre los car,cteres y dolencias, que, por decirlo asi, J8e dibujan ea la fisouomía de nuestra é~oca. l. Scfiores. El siglo XlX es en mi concepto, a centuria de los grandes progresos y de los atrevidos y levantados pensnmi~ntos, asi como tambien tengo para mi, ~ue es al propio tiempo el siglo de las gr ndes abomi11acio11es, Como los indivi,luos, cnda siglo ~ene su tendencia: como se rehliza or~inarinmente entre estos, cnda edad re~ibe de la que la ha precedido, In hereicia de sus virtudes, ó el legado asque so de sus vicios. La última pájina del libro de la istoria, de ese libro en que se cuentan os rlias del gé nero humano, tiene pnra el hombre pensador dos manchas que 10 se borrarán jamas: e1 nacimiento d l autor de la «Enciclopedia Filosófica,» y, 1 haber la Francia segun la sublime espr - siou de un escritor de nuestros dia, arrojado al mundo como gu,rnte la cabe de su Rey. Voltaire y sus correligiouirios, y el enjendro de nqu e l rnon~truus gigante llamado Hevolucinn, cuJa cabcz ensangrentada sobresaidra si empre ec medio de los siglos, para aterrar á la generaciones C8paotadi1s, ved ahí los do borrones, qu e en11c~recen la páO'ina en que esta escrita la Historia del siglo de la Filosofía. Hasta entónces, senores, se había temido á Dios y rcsp~tado su Jgl esia: graves exicioues había tenido esta, pero apesar de ellas, todas las sec ta s se disputaban la posesion de Jesucristo, reuniéndose en un nombre comun, la Cristiandad. Pero destle que Voltaire lanzó su inmundn baba sobre el rostro purí8imo de Di,is; desde que los Revolucioa11rios del 89, principhron á adorar a la Diosa Razon y al Ser Supremo; desde que se declc1r,1ron losDerechos del liornbre, é invocándolos, se hizo rodar por el pal íbulo la cabeza del mas áesgraciado de los Ilorbones; cu una palabra, desde que el príncipio revolucionario s~ encara~', el cielo antes sereno y apacible, cubnose de densas y amenazadoras nubes; rujió la tempestad, y hasta aht1ra mismo ruge como nuaca, terrible y espantosa. .Es tos acontecimientos, en gran manera graves, y sobre -graves, de trascendental y altísima importancia, para la Religion y para la Sociedad; ellos Y los hombres que en su realizacion intervinieron, fueron los que dieron paso al siglo en que vivimos, apellidado tambien de las luces y de la ci1J1.lizacion. El principio revolucionario, ncojido y acariciado por Voltaire y por los hombres del 93, afectando ya las formas de un coloso de desmesuradas proporcione~, de pié sobre el pedestal que se le habia construido primorosamente, con la sangre y con los huesos de las víctimas de la Revolucion Francesa; ved ahí la primera figura que saludó alborozada la entrada triunfal del siglo XIX. Un templo reducido á escombros, un trono hecho pedazos, y, una multitud de libros, en los que con el mayor cui- , dado se habían reunido todas las malas doctrinas desarrolladas por los li'ilósofos del siglo ·pasado, ved ahí tambien el legarlo que hubieron de dejarnos los hombres de aquella nunca bien rememorada época. Pero mientras que en el órden moral tenia lugar esta conflagracion terrible, producida por causas que la entrañaban necesariamente, en el órden material, por una ley de filosofia de la Historia, estaban, por decirlo así, en estado latente y próximos á convertit·se en completas realidades, todos los principios que determinan los adelantos que en las ciencias naturales nos maravillan de presente. A nuestro siglo estaba reservado utilizar el vapor hasta el grado de ence,rrarlo obediente en un caldero, y hacerlo llevar la civihzacioa á los mas escondidos lugares de la tiem¡: á él habíale cabido en 5Uerte hacer servir á la madre de la centella y del trueno, para unir mas estrechamente á los hombres ent,e sí: á él estaba encomendado el difícil trabajo de deshacer istmos foTmados por la naturaleza: y de construir tuuele~ y viaductos para dar paso a innumerables vías férreas, que como otras tantas arterias distribuven la civilizacion por todas partes; y,"de canalizar los rios, y. de unir océ,111os, y, de explorar las heladas regiones de los polos; y, de escalar, por último hasta los cielos mismo5, con las atrevidas ascensiotlés aereostáticas. ' Yo abro la historia, señores, revuelvo sus p.ijinas, y apenas hallo en el siglo XV un pálido reflejo del nuestro, respecto á adelantos materiales. Yo no conozco una época, que, como la 'en que vivimos, haya sorprendido mas sec.retos a la uaturaleza, mas perfiles á lo bello, ni mas arcanos á los cielos. Sus hombres se mueven, y se mueven· ve-. l0zme11te, en co11fuso v revuelto torbellino. ¡Adela?1te! ¡Adelante! esta es la 1 palabra que los entusiasma, este es el grito que los enardece y. los anima. Ahora bien; si le preguntáis á dónde vá á esa multitud que sía cesar grita ¡Adelante!; si le exijí s que os diga á dónde se encamina impulsada por la repeticion constante de esa palabra, acaso no sabrá qué responderos, acaso os diga que corre presuro,;a hácia el progreso; hácia el progreso si, tal cual lo er1tiende, indefinido, ilimitado de la humanidad. Si le pedís que os diga cnál será el resultado <Je ese bullicioso movimiento, os responderá coa un ilustre escritor contemporirneo: «perdonad, no puedo ocuparme « en eso, teugo en construccion milla- " res de kilómetros de ferro-carriles y " muchos navíos y cañones sin cuento; « no puedo detenerme á hablar con " vosotros lo que pensiJis, voy á todo « t'apor, voy mas allá.»

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