no, que fuese dado á nuestra humilde persona realizar uoa obra tan natural y universalmente deseada por los · hombres sensatos! No tendrían límites nuestras acciones de gracias á la Divina Providencia si se dignase servirse de nuestro ministerio y de nuestra cooperacion para procurar á francia tanto bien. Mas para alcanzar ese Lin anhelado y poder, á, medida de nuest.ros deseos, hacer cesar calamidades demasiado largas y crueles, es necesario que los espíritus se abrnn con docilidad á las miras de nuestra patermd solicitud, y que deponiendo toda recíproca -a11imosidad por una y otra parle, se acepten seutimientos de concordia y . de mutua confianza. ¿Y quién podría quitar al Vicario de Jesucristo la esperauza de ver realizada una aspiracio11 tan legítima, y por consiguiente, devuelta á la paz una parte tau considerable de Europa'? Hé ahí por que nos hemos dirijido á vos, venerable hermano, que sois Obispo titular de la ciudad do11rle residen una buena parte de los jefes del gobierno encargado de presidirá lo-; destinos de Francia. Con la mayor instancia posible os exhortamos á que os encargueis cerca de los jefes de ese gobierno, con todo el celo pastoral que os. distingue, de un asunto tao urgente y de tan elevado interés. Tambien tenemos la confianza de que nuestros colegas en el episcopado unirán á los vuestros sus esfuerzos y os secundarán con ardor en una causa tan digna de su carácter y de su virtud, y en que se trata de prestar un eminente servicio á la religion y á la patria. Poneos, pues, á la obra sin retardo, venerable hermano; emplead con los hombres la persuacion; recurrid á la oracion para con Dios; iuflamad, uniéndoos con ellos, el celo bien conocido de vuestros hermanos los Obispos. Por nuest rn parte, tenP.mos · Ja com¡ileta seguridad de que Dios prestará la gracia de la forma ~ vuestras palabras-, y de que, con su auxilio, volverán los corazonl:!s á su natural generosidad J, por amor al bien público, uo rehnsaráu en~ trar en nue:itras miras y seclin<lar nuestros deseos. Y aquí, venerable hermano, viene un ruego y una exhortacion que estamos obligados A dirigiros, con todo el celo y exactitud de una ternura pnternal, á vos y á los demas Obispos de .Francia, ' y es, que no dejeis de dar á esa nacion, cuyo carácter heroico y valor mili ta r no ha pod.ido ·disminnir la ach'ersidad, el prudente y sério consejo de no prestar oidos á las perniciosas doctrinas que propenden á <lestrujr el órdcn público y que no cesan de propagú en su seno los hombres del desorden, acudidos á ella so pretexto de presentarle el socorro de sus armas. La difusion de esas doctrinas no puede te11er otro resultado que ·aumentar la discordia, multiplicar las calamidades y retur<iar el triunfo de la sana moral y de la justi-' cia, única base en la cual puede apoyarse esa ilustre nacion para hacer que reviva el antiguo honor de sus a11tepasados, afiadiéndole el .bril!o de nueva gloria. Muy bien sabemos, por otra parte, que proseguiríamos en vano lu, grnode obra yue nos preocupa, si nuestro pacífico ministerio no encontrase un apoyo suficiente é inteo"iones favorables en la justicia y elevacion de animo del principe que en las armas ha obtenido tan sefialadas ventnjas. Por esto no hemos VHcilado, venernple hermano, en encargarnos del cuidado de escribir una carta con dicho objeto á S. l\I. el rev de Prusia, recomendando con instancia á su humanidad ese minü1terio de paz que deseamos llenar. No queremos indudablemente t1firmar nada de cierto sobre el resultado de nuestra intervencion oficiosa cerca de LA'. IGLESIA PUNEÑA. S. M. Pero tenemos lugar á esperar, porque en otras circuo~tancias ese i\fonarca ha manifestado buena voluntad eu lo que á Nos respecta. Vos, venerable hermano, confiado en el auxilio del cielo, poned toda vuestra atcncion en la grave y urgente mision que os está confiada, la cnal podreis cumplir con tanta mayol· facilidad y prontitud, cuanto que cjerceis en vuestra morada epjscopal los deberes de la hospilali<lad con los mismos á quienes tendreis que dirigiros para Hc11ar, en nuestro nombre, un ministerio de paz, muy tligno de vuestró augusto carácter. Mas porque, segun la Escritura, ni el que planta ni el que riega son 1rnda, J solo Dios puede llevar á feliz cumplimiento nuestros deseos, es preciso,! veuerable hermano, que con toda humpdad y confianza, prosternados delant~ de Dios, sol~citcrnos su divino corazon, marrnotial inefable de misericortl/a y caridad, y que, con únimo cont\·ito y nrrepentido, de comun a-cuerdo cbn touo el pueblo fiel, no cesemos ,rle clamar: ¡Pre$e·~vad; Se'ñúr, preservacl a nuestro pueblo! Esperando ese bcueficio de · la misericordia divina, por nu estra asiduidad en la oracion, muy afectuosamente y desde el foncto de pncslro corazon, como favorable presagio de la mision que QS está encnmendada, y eomo prenda d~ nuestra particular benevoh:ncia, os damos la bendicion apostólica á vos, vene able hermano, y a todos los fieles de 1, católica rn1cion francesa. Da o en Roma, cerca de San Pedro, el 12 de· noviembre de 1870, en el vigésin o áiio de nuestro pontificado. PIO IX, PAPA,» El ~rzobispo comunicó al gobierno la carta_1.del Papa, ncompañándola de un nota~le. despacho de remision. No se dice qué respuesta dieron los señores Gambctta, Cremieux y Gt~isBizoiu. Jl.'Jl' ,'l. lL~J!. El Papa ha contestado con e! si¡:rnicnte breve a la exposiciou de los obispos de la alta Italia. «Pio IX, Papa: Venerables hermanos y nmados hijos, salud y bendicíon apostólica. Annqne algunos de -vosotros, venerables hermanos y amados hijos, nos habeis espreRado vuestro pesnr por las sa<'ríl egas ofensas hechas a la Santa Sede y~ á Nos mismo, y hnbcis procurado con testimonios de afecto y de respeto alivia!' mis sufrimientos, sin emba r~o aco,i-.:mof; como una nueva y grata muestra de la solicitud y del cariño de todos la afectuosa exposiciou que juntos hubeis tenido á bie11 elevnrÍne. Nada tiene esto de sorprendc,nteJ pues qne para vosotros es dulce consuelo la fé y la piedad qye á todos os distingL1en, sentimientos que exnl ta dos por los último<; crímenes cometidos contra esta <'átedra de San Pedro y difundidos por todas partes, prueban claramente á los enemigos de la Iglesia cuán grande es la fuerz\ dt~ la religion por ellos atacada, cuán ·vigorosa existencia la anima, cuán estrechamente unidos y con qué unanimidad cooperan todos á sostener y defender los de.rechos de esta Sede Apostólica, comprendiendo que en las condiciones flctnales de la sociedad humana, el libri~ ejercicio de nuestro ministerio no puede prescindir de estos derechos que tanto protcjen la autoridad divina, en virtud de la cual los diversos mi-embros de Jesucristo dispersos en todo el mundo forman un solo cuerpo místico. Aceptamos, pues, con vivo júbilo y profunda gratitud los test imoníos de vuestra fidelidad, especialmente porqne afirmais que orais todos constantemente por Nos, es decir, que combatís por la Iglesia y por la Santa Sede con armas cuyo triunfo es seguro. Seguid, pues, venerebles hermanos é hijos queridos, junto con la grey confiada á cada uno de ' vosotros, orando cor1 perseverancia, seguros de qµe cuan• to mas terrible sea la tempestad concitada contra la Iglesia desde las puertas del infierno, mas espléndida será la victoria y mas admirable la Pªf" Esperamos con coufiauza este ac0ntecimiento, y con esta esperlza, como auspicio del favor divino y como preuda de nuestrn particular enevole11cia, os damos afectuosament: la ,bendicion apostólica á todos voso os, venen~bles hermauos, é hijos qu ridos, y al clero y á !u grey de cada uno de vosotros. Dada en Roma, en la Ba 'lica de San Pedro, á J '2 de Diciembre e 1870, de nuestro pontificado el 25. Pro IX P A.» CAPÍTULO PRIMERO. I. El militarismo, Allá en los tiempos de la E ad l\Iedia, tielllpos omiuosos y ose ros por cierto, eu que uo se vendía l· ciencia por las calles i.l <los cuartos 1 racion, las naciones estaban vilment sometidas a la fuerza de la espada. Las ideas, cucerradas con il llaves en el tenebroso claustro; y tigiladas por el Argc.s de la autoridad clesiástica, no influían en el mundo olitico y social, que gemia embrutecid bajo la planta audaz de los señores ue mas lanzas podían llevar al clamor so campo de la guerra. Era la fuerza bruta empera •ol'a del uni1;erso, srn que aminore In xactitud de esta verdaú el hecho de la con versio.nes de algunos rudos guerreros y de la dócil sumisiou de muchu::, fieros siw1nbros tí la palabra caritativa y pacífica de un humilde Obispo ó de un oscuro fraile. Podrá decirse que los fueros, franquicias y cartas pueblas otorgados por los ne , es á las villas y ciudades, son un indicio de que la t1ra11ía indomable del mas fuerte no debió ser tan feroz como nos la pintan ciertos historiadores de fogosa imagiuacion y fecunda inventiva: pero,' dígase lo qlle se quiera, está ya admitida como sacramentul la frase de tinúblas de la Edad Mcdfo, y dará menguatla muestra de su buen gusto, quieu no ia patrocine como espresiou de una verdad definida por el i11falible tribunal de la opinjon púb lica... ¡Opiuion pública! yo te suluclo )' paso adelante, siendo eco de tus soberanas decisiones. . Hoy que el sol de la ciencia esparce sus rayos itieslioguibles sobre la superficie del universo mando, la frerza de las ideas ha sustituido a la fuerza de la espada. El bombre, pnlido y charnlado por el brillante barniz de la civj ,izacion, ha relegado á los riucones de los museos el férreo casco y la acerada cota, y, cmpnuando la pluma, esa arma noble de la inteligencia, levanta y derriba instituciones, libra rudísirnas batallas, y ni unJ sola gota de sa11gre mancha el suelq fecundo de la madre tierra, regado solamente por tJ! generoso sudor del honrado campesino... ¿No es verdad, lector bcuévolo, que al repasar Ja.s líneas precedentes casi te ibas collveuciendo de que yo uo tenia el juicio sano y cabal? Pues por ahi veras cómo tienen el suyo los entusiástas admiradores de la moderna sociedad, que, cerrando los ojos á toda evidencia, cantan los prodigios de la pluma y motej,rn de bárburas J salvajes las épocas en que no se conocía sino el imperio de la espada. ¡La plnma, dicen, ha sustituido á la espada! ¡La idea á la fuerza! ¡La discusion á la imposicion! ¡La inteligencia al brazo ..• ! Preciso es convenir en que el progreso hubiera sido merecedor de eterna gratitud por parte de los infelices mortale1,; condenados perpétuamente á sufrir, por fas ó por nefas, los caprichos del mas fuerte; pero el daño está en que semejante progreso es una purísima ilusion de ciertos benditos publicistas, que hacen cáoalas infalibles, como las gitanas, parn demostrar que al siglo XIX corresponden forzosa é irremisiblemente el triunfo de la intelíg~ncia y ,de la civilizacion sobre la fuerza bruta y la barbarie. No diré yo que deje de corresponder al siglo XIX esa gloria, por la cual suspiramos todos los hombres pacíficos; pero tambien á los mencionados benditos publicistas les correspoude tener sentido comun, y no le tieuen. Cosa semenjante le pasa al siglo XIX: c~rrespondínle ,11c¡uella gloria; mas no la tiene, porque Dios sin duda la reserva para otro siglo mas afortunado, ya que no para otro mundo mejor. :Mientras el entusiasmo sale á borbotones por la boca de esos elocuentes papanatas, insoportables cantores asi de lo bueno como de lo malo d'e nuestros tiempos, nosotros, los simples mortales á quienes Dios ha dado la triste facultad de ·ver lo qne tienen delante de los ojos; nos sentimos forzados á declaror que hay un progreso indudable, debido á lus conquistas de la libertad moderna; pero ese progreso no consisté en el predominio de la inteligencia sobre la fuerza, de la pluma sobre la espada, sino, por el contrario, en el absoluto y necesario imperio dé la fuerza y de la espada, ineludfüle consecuencia de las brutalidades de la inteligencia y de la pluma. ' ¡Ah, sí, r_uiseiiores implumes de la civilizacion contemporánea! En tanto que vosotros estais encerrados en vuestros nidos, discurriendo por los fantásticos espacios de un progreso y de una libertad qne no pueden tener asiepto mns que en vuestras cabezas, un si es no es volatilizadas- por no decir de chorlito, que parece frase demasiado vulgar.- nosotros divertimos el nial humor visitando los grandiosos cuarteles, ó presenciando las grandes maniobras militares de París, Berlin, Viena, Madrid, San-Petersburgo, Florencia, &; penetramos en los ministerios de la Guerra, de estas grandes capitales; estudiamos el carácter esencial de sus gobiernos; sumamos ' las enormes cantidades destinadas para el mantenimiento de los ejér- ' citos permanentes; seguimos el hilo de la madeja administrativa, cuyo cabo.está siemµre en manos que empoOan el snble, J todo, absolutamente todo, nos indica que la inteligencia, en estos días venturosos que alcanzamos, há menester de un casco que defienda sus ilegislables der~cltos, y que la plumn •.. ¡la pluma necesita ser de acero para que tenga cierto parecido con la espada! Gritad cuanto os plazca, encantadores charlntaues; calumniad sin tregua Los r,asados tiempos de tiranía y barbarie; ponderad la escelcncia de nuestras costumbres J victorias aleanzadas por el hombre it;telectual sobre el hombre material: eut.re tanto, yo os daré la interesante noticia de q~e Prusia, en los momentos mismos en que escribo, acaba de fondar las sesta gran fábrica de armas, cada una de las cual€s_fábricas constrnJC t1'2,000 fusiles por año. Demostradme ¡oh elocuentes cotorras! que estos instrumentos son 4-2,000 con~ • dnctos anuales por donde se esparce a torreutes la ciencia, el progreso y la civilizacion; y sí, como es claro, os veis en duro aprieto para hacer demostracion semejante, probad al menos que estos maravillosos alardes de fuerza, desconocidos hasta hoy en Europa, no · son hijos naturales y lejítimos de las doctrinas que anda u en boga por el mun~ do cou el nombre de liberalismo. No lo probareis tampoco: en cambio, nosotros los católicos, hemos menester
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