$8$3 l\Iil veces lo hemos vi-;to en Espaüa; ahora mismo lo estamos vicuJo cou mas claridad que uuuca. No hay partido liberal que 110 deteste a los demas partidos liberales. El moderado aborrece al u11ionista; el uuiouista al progresista; el progresista al republicano. U11os a otros se la11Zan cuveuenadas saetas, 1:ie iujurian, se iufoman, se destrozan. El que está alejado del poder cons1jra cuutrn el que manda, sed111Je al ejército, ó ar:na al pueblo; y ul amn11ecer de u11 día vemos el repetido espectáculo de una batalla campal librada eutre dos ejércitos libe1·ales. El uno, por supuesto, grilará: ¡Viva la libertad! El otro, por supuesto, gritará: ¡Viva el ól'den! Si el de arriba es· liberal, el de abajo será forzosamente conservador: si el de arriba es conservatfor, el de abajo sera forzosamente liberal. Bien examinados, son, sin embargo, igualmente hberales é igualmente conservndores. No lo:; separa mas qne el canto de un duro, ó, si quereis, de algunos millo11ef. de duros: lo que eu el lenguaje político moderno se llama el presi¿piiesto. Perp que eu lo mas rel1ido de la batalla asome ¡>Ol' uno de los estremos del campo la bandera del cuemigo comun, esto es, del vérdaJcro órden -y de la verdadera libertad, y vcreis in contine11ti establecerse la paz entre los dos enemigos que parecían ciegos de coraje, y oireis salir del grupo de los co11servadores, como del grupo de los liberales, un grito unánime: ¡Salvemos el liberofisrno amenazado! ¡Salvemos lcts conquista de la civilizacion moderna! lié aquí la unidad del error. Hé aquí el punto en que couvergen siempre to .. dos los errores. Ódio iuestinguible á la vertad. Amor profundo al liberalismo, como et ladro'1r ama á su encubridor. ¡Liberalis1no, civilizacion moderna, prog1·eso! A11te· estas ideas fundame11taJes y cuasi iudiscutibles; ante estos nuevo:; dogmas <lefiuiJos por los frenéticos co11stituyentes de 1789, todas las escuelas liberales se inclinan respetuosamente; hasta la ~scnel11 católico-liberal,. escuela que, dicho sea de paso, está haciendo mas da!lo á la Iglesia, de buena ó mala fe, que los desenfrenados demagogos para quienes no hay otra cuestion que resolver, que la de la impunidad del pillaje y del saqueo, úl Lima e inevitable consecuencia de los libres de1·echos del hombre. He dicho, empleando un símil, qu e los errores aman al liberalismo cnmo el ladr0u ama á stt encubridor. Y este símil me parece muy ú propósito para concluir de esplicar, con un solo rnsgo, lo que Veuillot llama la unidad del error. · En efecto: cuando el liberalismo asegura que todas las ideas, corno procedentes <l~ 111 soberana é inviolable razon del hombre, son i~ualmente respetables é igualmente dignas del amparo <le las leves, no es sino un encubridor de las in°teligencias criminales que predican doctrinas contn1rias al ó1:dcn de la sociedad, en su tloblc aspecto religioso y politico. Uandido socinl, el error debe ser estermi11ado v sacrificnclo en ara!'l del derecho que ei entendi111iet1to humano ticue ú poseer la verdad. Pero si en vez de csterminio encuentra proteccion, ¿c¡uú ha de hacer sino mostrar su· ag-radeci111ie11to á quien le protege? Por e:'io los errores todos aman al liberalismo. Los bundidos ornan ú su encubri<ior. Mns ya ·sabeis lo que sucede en una sociedad en que los bandidos huelgan amparados por las leyes: qtte los hombres oe bien están en la cincel como perturbadores del órde11 .. Así, en una sociedad donde los errores huelgan, la verdad, como perturbadora y subvcl'siva, tiene una mordnza en la boca, ó arrastra la cadena del presidiario. Pero oigo la voz de la democrncia levantarse en contra de todo lo que. lleLA IGLESIA PUNEÑA. vo escrito. «~o es cierto, dice, que la esencia del liberuli:-;mo sea la libertad del error, y su triunfo consiguiente por otorgarle los mismos derechos que a la venfad,· segun dais á entender eu vues• tru esposicio11 del liberalismo. Si alguicu ha dicho que hay derecho al mal, sP. ha equivocndo: la dt;mocracia, que e-; el libernlbmo en toda su pureza, 110 ha admitido jamás ese principio absurdo y totalme11t~ con! rario a las prescripciout's <le la naturaleza. to '<.fue la democracia sofitieney cree es: primero, que los Jcrechos ilel individuo 110 reconocen mas límite que los derc>cho~ de su semt'ja11 - te: segundo, que la razo11 humaua, como la ct>11eie11cia, es la única autoridud positiva del hombre, y por lo ta11to es sobe1·a1l't é inviolnble; y tercero, que la liber ·nJ e11 la emision de las ideas es un dcred10 fundamental deducido de la soberan:a é inviolabilidad de la razo11.,, Me parece que he :i1· c::;cntado el fondo de la doctrina dernocrá Lic11 con toda la claridad y franqueza de un adversario leal. Pues así y todo, la cuestion queda resuelta de la misma ma11era; esto es, en contra del liberalismo. Veámoslo. «Los derechos del individuo no reconoceu mas límite que los derechos de su semejall'e.» Hé aquí una propo~icion que será verdadera desde el momento en qne !'le determine cuáles son los derechos del semejante . La democracia contesta sin vacilnr: «Los derechos naturales, como el de la vidn. el de la propiedad, el de la ciencia, &.» La democracin, en esta enumeracion olvida siempre los derechos del alma humana. Cierto que el hombre tiene derecho á que :;u vida y su haciencla 110 sean atacadas; pero ¿acaso su inteligencia y su corazo11 no valen mas nun q• la hacie11,la y q' la vida? Aquello~ derechos sobre objetos mntcriales ~011 en primer lugar negados por lns escuelas mas avanzadas de la demneral'ia. Los socialistas cliccn, como lo-; E111peradort'S de Roma, que la vida ,v la hacienda del ciudndano son propi1•dad del Estado. Los comunistas sostie111•11 q11e la lrnriP.nda f'S de todos los individuos por iirual. Ademas de esto, y sin ser comunistm, ni socialistas, todos convtnimo-; en que los ciuJadanos pncdrn ser privados de la hacie 11da, v a u~, de la vid n, cuando rl superior d~recho de la socit'daJ l1J reclame. L11rgo, ni ac¡twll<l'- derechoi, '-On iudi:-;r.utibles, ni ab..;olutos. En cnmhio, naclie pone en duda qne ltt inteligencia cid hombre tiene derecho á la verdad. Dudo. que somo-; libres e11 nu estro albedrío, y que, por consig-niente, podemos elc!!ir cutre la vel'(lad v el t'rror, entre el bien y el mal, no ~abe discusio11 en que la verrlad y el hicn deben sernos manific-.to-;, única manera de que podamos elegirlos. Y téngase er, c11cnta q11e es ele tal linaje este derecho, que .la socicrlad misma 110 ti(•ne otro superior que IP n1111le en ningun caso ni por ningnn motivo. . Ahora bien: si la inteligencia tiene derecho á la verdad, es evidente qne 11ac.li1• puede po.ner obstáculos ni ejercicio de este derecho sin cnmetel' un críme11, como se comete atentando á la , ,ida y á In hncienda tlel prójimo. El error es el primer obstitculo de la verdad. Luego 110 es licito emitir ui propagar el error. Pero «la rnzon lrnnrnna, como la conciencia, es la única autoridad po,.;ítiva del hombre, y por lo tl\11to es soberana é inviolable.» La razon hum1111a es falible; todo el mundo conviene en esta afirmacion. Lo falible 110 puede ser único orúculo positivo de la verdad. f.:,..to e,.; it111egable. Luego la raz0n humana 110 puede ser In úuica nutoridad positiva del hombre para el conoci1~1iento de la verdad. S1 tenernos derec!io á que la verdad nos sen manifiesta (la \'Crdad absolutamente necesaria para nuestro bien), fuerza es que 110 carezcamos de un medio seguro por doude pueda sernos conurnicada. Es así qtte la razon, por su 11ut11ral falibilidad, 110 es este medio, lu(•go <kbe exi~tir otro iufalible. f>ero l1ay mus: «la razo11, dice la democracia, es soberana é inviolable.» ¿Por qué'? Porque tiende nat11ralmente á la verdad: ¿Y por que la voluntad 110 ha de ser Lambie11 soberana é i11, iolnble'? Como la r,izon hacia la verdad, la voluntad tiende hácia el bien. Lue¡.:o no hay motivo para privar á é:..ta de: Lt svbera11ía é inviolabiliJad que á nqu<!lla !'le concede. f-i la razo11 es soberana en su pens11mie11to, la voluntad debe ser soberana en su volicio11. Si á aquella le es lícito abrazar el error, á esta bebe serle lícito querer el mal, Y ~i es lícito pen:-;ar el enor y querer el mal, no hay remedio, es lícito tamb1e11 111a11ifestur por medio de actos el pensamiento y la volu:1tad; en una ¡rnlubra: es lícito lfocer el mal. La democracia 110 se atreve a llegar á esta co:1closio11. Pero lll logicn es mas atrevida que la demoeracia, y no se satisface si110 en los términos finale~. Ya veis; rechaza la ac11-,11cion de que concede derechos al error y al mnl, y tQdos sus priucipios 110 son otra cosa que la declaracio11 de esos <lerechos. Cuando el demócrata ministro á que antes he aludido esclamó en plenas Constituyentes: «¡Hay derecho al mal!" dijo un enorme disparate, contrario á toda nocion de derecho n,1tural y positivo; pero ¡oh dcmócrntas ']lle os as11stais de la selvática rudeza de esa frase! aquel demócrata ministro, mal qne os pese, 110 hizo mas que condenar en una palabra la q11int1 esencia del liberalismo. Tercer principio: «Ln libcrtnd en In <'mision de las ideas es un derecho fu11damcntal deducido de la soberanía 6 inviolabilidad de la razon». Demostrnda la falsedad de la soberanía de la razo11, porque supone 111 soberanía de la volnntad, 110 es menester esforzarse mucho en refutar el 1111terior pri11cipio. Pero es bic1t qne notemos nna inexnctitud gra vísima e11 que i11e11 rreu todos los liberal<':.; á saber: en llamar derecho á la libertad. Si se trata..;e únicamente de aquellas libertades públicas otorgadas por las le- ) ' CS justas de un gobierno cristiano, 1111da lendríamos qne objetar. Estas libertades, en l'fecto, son , derechos, porque se fundan e11 las leves. Parn decirlo rl(~ 1111a vez: In libertad <'11 el ejercicio del bien e.:; d primer dered10 dci ho~- bre. Pero ¿r¡uién lrn llamndo nunca d1,recho á ht libertad del albedrío'? Esto li ••· ne otrn 110111brr.; tiene el 11ombre de faculta cl, como la inteligcul'ia, como la memoria, como el seJ1timie11to, &. Tanto valdría IIHlllilr derecho á cualquiera de estas tn•s facultades: errnr g1•osero • e11 que 11adi(', que yo sepa, ha incurrido jamú,~. «La libc·rtad, como dice :\Iartiqet, es la (cu:ultcut de elegir entre los seres y de aplicar 11uestra voluntad á la invest1gacion J estudio de u110s con preferencia á otros.» ¡ Pues si la libertnd del nlbetlrío es una facnl tnd, ta_mbieu debe serlp la libertad de emitir las ideas. Es tsí que toJas las facul ladea estan sujc11r á las leyes impuestas por Dios al hom~re para su eterna dicha, luego la f,cultad de emitir las idens esta limitada por aquellas le_ycs que regula11 todos os actos humanos. i'\o ha_y remedio: o es preciso admitir el derecho de hacerlo todo, /nalo y bueno, ó es preciso admitir que po hay d_ereeho 1rnra pensar, querer, ni\irnblar s1110 aquello que conduzca al ben del iudi viduo y de la soi.:icdad. Si el derecho de uno, como dicen los demócratas, está limitado pol' el derecho de otro, J si este otro tiene el derecho de no ser perturbado en la posesion de la verdad y del bien, es ~video.te que el derecho de emitir las ideas, sea cual r1uicra la forma en que se haga, está naturalmente limitado por la · verdad y por el bien. Creer, hablar, escribir, asociarse, &, · son actos buma11os. Todos los actos están :;11jetos á t'eglas inílexibles, como ya hemos dicho, set1aladas por el Supremo Legislador; luego la creencia, la palabra, la e-;criturn y la asocincion, llamadas derechos ilegislables del hombre7 están sujet;rs á las mismas leyes que todos 111-. <lemas actos procedentes de la libre vol·untad humana. De todo lo que llevo mnnifestndo se deduce que el liberalismn, descartado de su ampulo::;o ropaje de amor al pueblo, ot.lio á los til'a~1os, respeto á las creencias, dignidad humana y demas frases consabidas que iUelen declamarse en los P,: rlamentos ó en las plazas parn asombro de la ignorante y candida multitud, es pura y sencillamente el. derecho al mal: ¡el árbol de la ciencia! Considera, pues, 1oh benévolo lector! qué inílue11cia tan perniciosa no ejercerá en los humbres esta horrible dpctrina. Considera qué linaje de moralidad pública y privada puede ser la de esos que se adornan con el pomposo nombre de emancipadores }' civilizadores de los pueblo::., y pasan plaza de profetas y semidioses entre las estúpidas turbas que forn1an el cortejo natural de todo aquel que halaga los depravados instintos de la naturaleza pervertida. Parn que lo co11siJeres, y para que e..a consideraci1)11 le libre de caer en el feo pecado del libernlis1110, he compuesto la presente obra. Quiero que pasen por delante de tus ojo,.; los tipos que ha formado el liberalismo en esta 11acion desventurada, muy semejn11 tes, por cierto, á todos los ele lns demas naciones del orbe liberal. l\Iititares, periodistas, diputados, ministros, electores, caciques de pueblo, literato'l, des:1m1,rtizadorc:1, incautadores, empleaJos, todo ese ejército numeroso \le sanguijuela~ que ch11p11n la ~un- ~re de la patria, de 011lca1 ras que venden el elíx.ir de la civilizacion, de demócrntus que beben los vientos por títulos y ho11orcs, de aristócratas que re11ieg-an de ~11 11om1i1·e, ·" de sábios que ilustran al mundo ¡,or quinientos reales al mes, u1•s(ilarú11 delante de lí en ordenada procesio11. como fantasmas evocados por la varilla misteriosa de un mago. Parn qoe este espectáculo no te produzca los efe1·tos propio3 de todo espectáculo repugnante, procuraré refrescar tu ánimo con las brisas suaves y perfumadas del cristianismo. De vez en cua11do,ofreceré á tu benévola ate11cion algun cuadro trnnqntlo y apacible, que sea como un oú~is donde tú y JO descansemos de las fatigas y angustias de lllH·:stro viaje a traves del desierto liberal. .¡Plegue á Dios que halles en tas páginas de este humilde libro algo que escite tu amor á la ver<lad! ¡Plegué á Dios que estas pági11a~, directa ó indirect-imente, redunden en pro de mi Santa l\Iadre la Iglesia católica, en cuyo seno quiero vivir y morir, y á cuya di-• vina autoridad someto ahora ,v siempre cuanto brote de mi tosca pluma! (Continuará). Imprenta «LA IGLESIA PUNEÑA» DE l\lARIANO C. MARTI~EZ.
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