El arbol de lo, ciencia del bien y del mal: este es el liberalismo; fuente de todos los errores1 raiz de todas las iniquidades. -¡Vul"'aridad insigne! oigo decir al Jector.-Cierto· es una insigne vulgari- , ' ' d 1 dad; pero, entendámonos. lo os ~s males físicos y morales proceden del primer pecado; mas no todos con el primer pecado. El error, la enfermedad, la muerte, el crimen, son consecuencias de la cnida de Adam. El liberalismo uo es consecuencia; es pri11c1pto. No . procede de aquel árbol misterioso cuyo fruto mató la especie humana: es el árbol mismo. Es ¡la ciencia del bien y del mal! 1~fl medio del Pnrarso de la inocencia, hnbia un é\rbol magnífico, de frutos que eran a la vista hermo~os. «No toques ahi, dijo Dios al hombre, que morirás si tocas». •Cóme de ese fruto sabroso, dijo Satanás al hombre, y conocerás el bien y el mal, y serás como Dios,.. ¡Conocerás el bien y el mal, y serás como Dios! Véd aquí In fórmula esencial del liberalismo. ¡Morirás-! Hé aquí el castigo del conocimieuto del bi~n y del mal. Et hombre inocente no ignoraba el mal, porque la iuocencin no es la ignorancia. Sabia que el quebrantamiento del precepto divino era el mal: sabia los resultados de tal quebrnntamiento; pero no los sentia en sí mismo, no tenia el mnl dentro de si-, no le conocía propiamente. Por eso la éienéia del nombre inocente era la ciencia del bien solo, á la cual había consagrado toda -sil inteligencia y todo su cornzon. . m hombre no imn.g_innba siq_uieta que los derect1os del bien pudieran compa'rtirse con el mal, · 'Por eso no ttvo curiosidad de probar el fruto de la ciencia del bien y del mal hasta que el ángel rebelde vi110 á instigarle diciéndole: «¡Serás como .Dios!» Comió Adam, y; en efecto, conoció aquella doble ciencia, simbolizada en el arbol funesto. Conoció •que estaba desnudo; conocio que Uios había sid'O ofendido. La desnudez ern el mal inoculado en su sangre; Dios ofendido era el bien que acababa dé perder. ¿No veis en este sencillo cuadro la imágen de la sociedad cristiana cayendo en el pecado del liberulismo? La sociedad cristiana, como el hombre inocente, no ignora el mal, pero no le conoce. Sabe que el bien es el único que tiene derechos, y que hay un árbol al cual 110 debe tocarse nuuoa: el árbol de la ciencia del bien y del mal. El mal está fuera de la sociedad cristiana; ésta le vé, pero no le siente dentro de sí. El órden reina entonces, porque el órden en la sociedad es como la inocencia en el individuo; no la ignorancia del mal, digámoslo otra vez, f>ino su alejamiento. • Pero la voz rebelde y artera que perdió á nuestra razu viene á m'urmurar al oido de ln sociedad cristiana la frase ' tentadora: «Come <.le ese fruto, y conocerás el bien y el mal, y serás como Dios... .Es decir, abre las ¡:mertas á la lidertad; pon á un mismo uivf'I In verdnd y el error;, si tolera11te é ilustra• da; devora los frutos del ii:rbol de la ciencia, y te colocarás á Ja cabeza de Ja civilizacion y del progreso, Notese bien ta completa semejanza que hay entre h1s promesas con que el 1 iberalismo se abre paso eti medio de las sociedades, y las frases con que Satanás se abrió paso ha~ta el corazon del primer hombre. Por de pronto, estas frases y aquellas promesas se dirigen á halngar las tendencias mas uobles del corazon humano: el amor nl snber, el deseo de la grandeza, el sentimiento de la propia dignidad, todo eso qne da al hombre testimonio de su divino orípen y le iudicn su altísimo fin, fue esplotado por Sntnná~ para perder it AdnmJ y .sigue esplotü11<losc por el liberalismo purrí perder á la sociedad entera. Nuestro entendimiento va siempre tras de la verdad, esto es, tras de la ciencia, y solo en la verdad reposa; uuestro corazou va siempre tras del bien, y solo en el bien descansa y vive. Pero cnán fácil sen estravinr estas dos generosas iucliunciones del alma, dicenlo las espantosas caídas de elevados en~ tendimie11tos y de grandes corazones; dicenlo, sobre todo, los estragos que hace diariamente en la multitud la infatigable predicacion. del liberalismo, que se p!'csenta en todas partes como el upóstol de la ciencia y el legitimo depositario .del dien. ¡Fenómeno singul~r! Precisnmente el úuico árbol cuyo usufructo habia prohibido el Señor a nuestro padre, el árbol dP la ciencia, es el que el liberalismo planta en el seno de las sociedades, escitándolas á que toda" se cobijen bajo su sombrn, en la seguridad de que lleghrán á ser como dioses, invencibles en poder, ilimitadas én sabiduría, en progreso, en libertad, en ventura, -Vives, dice el liberalismo á 111 sociedad cristiana, vives sometida al ominoso yugo de un tirauo. Te ha e11cadenado la conciencia pnra que no saborees los goces que la uaturaleza pródiga ofrece /J tus sentidos; le ha encadenado el entendimiento para que no puedas recorrer los hermosos horizontes que sabe abrirse por sí misma la razon que el cielo te dió como único guia para descubrir la verdad; ha encadenado tu palabra para que no despiertes con tüs du·das ó tus curio5idades la duda y la curiosidad de los demas, ni arranques la múscara á esa autoridad, que pesa sobre tí como llila moatal1a de hierro, y te embrute.~e y te ahoga. Ese tir~no quiere abusar de tu ignorancia¡ quiere que seas una máquina miserable, obediente á sus cHprichosas leyes; por eso te ha prohibido que toques ni árbol de la ciéncia, de la ilustracion, rlel progreso y de la libertad. Sabrías v serias tanto como él si infringieras s~,s despóticos preceptos. Entrarias en el concierto de las sociedades ~iviliza<.las; marcharías á par de ellas poi· la senda dél •progreso, y llegarius á ser como Dios; aun mas: ¡llegarías á ser Dios! ¡Oh! sí; el liberalismo promete \a di- ,•inidad ·á las sociedndes ilustradas, que rompen el yugo de todas l_as leJes morales, oue ponen la razon humana allí dondé debe estar la Razon eternit, y se lanzan, como torrente desbordado, á perseguir la realizncion de esn sotiada libertad que justifica todos los errores y ampara todos los crímenes. ¡Sociedacj desdichada la que ha oido complncientemente las seductoras é infames palabras del án¡:rel tentador, y llega, en 111 locnrn del 011gullo, á alargar la ávida mano hácia el fruto prohibido, y concluye por devorarlo coi, frenético anhelo! ¿L'o habeis visto mil veces en nllestra época los efectos inniediatos de e5a rebeldía contra la ley del órden, dada por el Ctiador al universo? ¡La sociedad, como AJam, npenas ha mordido la fut:il manzana que debin abrirle las puertas de Ja ciencia, ve que está desnuda! Si;. d~snuda de fé, desnuda de nutoridad, desnuda de órden, desnuda de cie11cin mismn, tras de la cunl parecía ir con loco empe,io. Desnuda, porque al sacudir ese yugo .suavísimo que no le permitía estravinrse; ni destruir los altares donde la Hostia inmaculada se ofreciu en incruento sncrificio por el gépero humano; al derribar los Tronos que la encaminaban por la senda de la justicia; al pulveriznr las antiguas instituciones formadas al fecundo calor del cristianismo; ni romper los diques naturales de la ciencia y colocnrla encima de la fe, la sociedad se vé pohre, miserable. ig-norante, odiosa, tal como es cu sí cunndo la sombra <.le Dios, bajo la cual todo se engrandece y fructifica, se aparta irritada y deja que el mal estieuda sus deformes y negras alas sobre el mundo que niega á su Criador. ¡~o ha de estar des11nda, si ha rasg.ido la túnica que cubria, y al mismo tiempo purificaba, la hediondez del barro de que fuimos formados! Esa túnica, semeja11te á la inoceucia, cuya pérdicla hizo ver á Adam que estaba desnudo, es la fé, es el catolicbmo, es la lglcsia <le .Jesucristo, sin la cual, la :-ociedad como el hombre, se quedan en lastimosa dcimuclcz. Y si por ventura Dios misericordioso llama á la sociedad con el acento del amor, y le pregunta: .. ¿l)onde estús? .. la sociedad a\'ergonzada de su crímeu, oculta entre las ruinas de las viej-as instituciones derrocados por el huracau rcvolncio11ario, contesta con voz trémula: .. Estoy aqni, llena de rubor al verme desnuda, y 110 sabiendo cou qué cubrir mi cuerpo corrompido.» ;Oh! el dia en que Ju sociedad llega á )iacer esta coufesion, es ya digna de. rehabilitarse: pero ¡cuántas iniquidades, cuántas amarguras, cuanta desolacion antes de que llegue ese diu! Ciencia del bien v del mal he dicho que era el liheralis~no. l>cro así como Adam, despues de quebrantar el pre- _ cepto diviuo, no c0noció la ciencia del bien sino e11 cuanto le habia perdido, y en cambio si11tió todo su ser hinchado de la ciencia del mal, como <liria San Pablo, así el liberalismo da á conocer 'á la sociedad cristiana el bien que pierde y el mal que viene á hincharla y embrutecerla. No creais que el fruto del úrbol prohibido dé la ciencia del bien, porque esta ciencia no se aduna jámas cou la ciencia del mal. L,i tenaz porfia con que el liberalismo sostiene que la veroad y el bien solo sou posibles enfrente del error y del mql, y que de la lucha de aquellos cou estos ha de brotar necesariamente la victoria de quirn deha vencer, esto es, del bien y de la verdad, no denota otra cosa mas que el deseo de pouer et\ iguales coudicioues a las dos cie11cins, y de que se reconozcan idénticos derecho& á cutrambas. · ¿lmpórtllle acaso el triunfo del bien al liberalismo'! . ~o; sino, por el contrario, impórtale mucho tJue ante la sociedad, aute el poder y ante el indi• viduo, el bien quede rebnjado al nivel del mal, ó el mal se eleve á las alturas del bien. Que no hay distinciones entre uno y · otro: que 110 se reconozca ni acate autoridad ninguna q~•e di~,1: "Yo soy el camino": que la razon humnna sola elija como le plazca, y sea la única 11ntorcha que alumbre al linaje de Adam por entre los escollos, los abismos y los senagales de la vida. Tal es el primer objeto del liberalismo, y, unn vez logrado, el triunfo del mal es evidente, p<Hque el triunfo del mal 110 es otra cosa, en resolucion, sino el descaecimiento del ·bien. 1\o huy igualdad posible entre. dos prindpios que se contradicen, di¡¡a lo que quiera el gran sofista Hegel. Nivelar el ser y el no ser, la verdad .Y el error, el bieu y el mal, equivale á aniquilar el ser, á destruir la verdad, á corromper el bien. Y precisameute la fundame11tal del liberalismo consiste en una nb~oluta nivelacion de derechos pura todas las creencias, para tod1.1s las doctr in:i s y hasta para todos los actos. Solo que por un·a de esns felices contradiccioues, como dice Guizot, del entendimiento hnmn110, el liberalismo reprueba la comisio11 de aquellos delitos que atafien a la vida y ú la lrncieuda del ciudadano, µor mas que las turbns lógrcus del liheralismo, los socialistas, comunistas y terrori:itas, s111te11 por címa de ese ridiculo límite que han puesto los pontífices de la secta cóu el piadoso fin sin duda de conservar sus preciosas existencias y gm~ uó -me11ós precio, sas fortunas, adquiridas entre laj umargurns del poder ó por medio del humil, de y peligrnso 11postolado de la liber, tad. «Hay derecho al mal, "decía no há m·J· cho tiempo uno de riuestros constitu• yentes que se ha creído con derecho á una cartera ministerial, la ha alcanzado: ¡Huy derecho 111 mal.» Y esta frase, qne estremeció al farisaico doctri. narismo, no era mas que In síntesis d~ tódos los principios liberales. Los derechos del hombre, llamado~ ilegislables por nuestros demócratas, ¿qué son sino el derecho al mal, dividido en u11a serie caprichosa de clasiticaciones? Uesde Cromwell hasta Prim, el primer acto de todos !Ós movimientos revoJÚcio~ uarios ha sido la declaracio1,1 de a'quellos derechos. Libre la conciencia; libre la palabra; libre la ptu·ma; libre la asociacion; libre todo lo qu,e puede perturbar el entendimiento, todo lo que puede corromper el corazon; libre en fin, todo lo que· Dios ha limitado con reglas inflexibles, so pena de cumplirse la ter. rible sentencia dictada contra el primer hombre: «¡l\Iori1·ás de muerte!» Esta libertad que ·se concede en nombre del derecho·; esta nivelacion absur. da, antinatural 'y disotverite, ¿cómo s-e manifiesta en la historia_ sino por la esclavitud del bien? ¿No veis éle qué manera In libertad de conciencia está en todos los tiempos unida á la persecuc1on d,e los cntólieos? ¡Cuantos degolló Cromwell! ¡Cuá11tos degolló Danton.... ! ¡ Y quiera el ciclo que dentro de algo~ nos aüos no se pronuncie en una esclami,cion semejante el nombre de ningun español! Oe ·la libertad de asociarse te1. nemos muestras parecidas en la cspulsiou de los religiosos, hecha- en todos los ·tiem~)Os y lugares con ' los mismos caractéres, y á impulso <.le ídénticos móviles. No hay apenns escepcion histórica en este pun~ ·porque la escepcion aquí supóne una contra<.liccion filosófica. Sí; seria co11tradiccion filosófica otorgar derechos 111 mul y querer que se mantuvieran los der<·chos del bien. Pre• cisamente lo r¡ue para la generalidad parece contradictorio, no es sino profundamente lógico. ;,tie persigue al catolicismo cuando se ampara á las sectns, y esto en non1bre de. la libertad? l)ues esta persecucion es perfectamente lógica; porque ¿cómo se ha · de amparar á las sectas si 110 se persigue al catolicismo? ;.f.ómo ha dé tener · dererho el mal sino es á costa de los derechos del bien'? ¿No entendeis ·que1 el error en toda su l.atitud es. una 11egacio11 de la verdad, y el mal u1in negacion del bien? ¿Pues cómo ha de·· estenderse y propagarse la' n~gacion mientras la afirmacion subsista? Lo he dicho ya: no hay igualdad posible entre dos principios qué se contradicen. Querer nivelarlos es querer lo absurdo. Por eso es ab,mrdo el Hberalismo en teoría, y por eso en la práctica es forzosa é irremisiblemente tiránico. (Co1llinuara .) Imprenta "La Iglesia Puneña,, <le M. C. M,
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