Wi:Ziih})W, se reunen cu el templo mas espléndido que hao erigido los hombres á la gloria de Dios para ocuparse de los intereses permanentes y mas sagrados de sus semejantes, y aspirará rejuvenecer la sociedad por medio de la sola pacífica y noble conqt ista de las almas. No es necesario tener fe; basta amar verdaderamente la dignidad humana, y tener un corazon de suficiente temple que lSe eleve sobre el lado vulgar de las cosas, para sentirse vivamente conmovido ante un hecho semejante. Pero los que tenemos la dicha de crer, hemos <lebido espcrimentat' mns dulce impresion. Sobre esta rcunion de hombres, que son los padres queridos de nuestras almas, va á posarse el Espíritu de eterna verdad y del amor perdurable, y si considerados privadamente, npesar de la virtud que atesoran, de la ciencia que han adquirido y consumada prudencia que les distingue, estan todavia sugetos a desfallecimientos propios de nuestra naturaleza; es imposible que así suceda mientras reunidos en sínodo nos marquen la norma de las creencias. Dios velará sobre ellos _y estamos plenamente asegurados de que es Ja misma palabra di,•iua que la oiremos de sus lábios. Y e5a palabra no quedará estéril: sino que aun contra todas las apariencias, filtrará poco á poco en la lmmanidad y por secreta y sobrcnatul'Ul eficacia mejorará la condiciou moral de los pue'.>los, acabando por triunfar de cuantos obstáculos le suscite el necio orgullo del hombre. Estas son las promesas de Jesucristo que la historia ha confirmado en toda la prolongaciou de los siglos. Y es el espectáculo de esa reunion que el mismo Dios vi~ifica el que se nos acaba de ofrecer en la solemnidad de esta mañana, rodeado del esplendor eón que se sabe revestir en Roma la belleza espiritual. La ceremonia ha principiado por una procesion que partiendo del átrio supeI'ior de San Pedro y descendiendo por la escéllinata régia ha terminado en el altar papal de la Confesion. Se componia de una diputacion de cada una de las corporaciones eclesiásticas de Roma, los empleados de la corte pontificia, los l'ladres del Concilio, el Papa llevado sobre su trono, los oficiales del propio Concilio, y la cerraba el Senado y conservadores de la ciudad. Es imposible describir el incomparable efecto que producia el -verla pasar lenta y majestuosamente por la inmensa na ve central de la Basílica entre los sagrados cantos y al traves de las oleadas de una multitud innumerable, conmovida y entusia&ta que llenaba el templo. La vista se gozaba en contemplar esos centenares de obispos en cuyos rostros se descubren todas las variaciones que la diferencia de raza, climn, carácter y manera de vivir pueden imrrimir en una fisonomia; pero que conservan, sin embargo, un fondo comun propio del obi po católico que el ejercicio de unas mismas virtudes evangélicas marca en el semblante como un sello de distincion. Y ese rasgo característico se destacaba mas pronunciado todavía en el dulcisimo rostro de Pio IX que en el estremo de aquel larguísimo cortejo avanzaba sereno y risuefio haciendo con su presencia vibrar las fibras mas delicadas del alma cristiana. Concluida la procesion, cuyas últimas oraciones ha cantado el Papa sobre las relíqnias de San Pedro y San Pablo fraternalmente reunidos en un mismo sepulcro, se han colocado en los sitios preparados en el recinto de las sesiones, y sobre un pequeño altar erigido en medio ha celebrado la misa eI cardenal Patrizi, subdecano del sacro colegio. Al oír alli lás augustas afirmaciones del Credo formulado en Nicea, involuntariamente el pensamiento se preguntaba qué babia permanecido en pié del siglo lV <le nuestra éra. ¡Al1! costumbres, instiuciones, hombrer,, ~osus, todo LA IGLESIA PUNEÑA. ha desaparecido. Y sin embargo los breves artículos definidos por aquel primer Concilio Ecuménico ahora los oíamos, integros, mas desenvueltos sin duda, pero ni en un tilde conegidos y firmísimamen te aceptados por centeuures de millones de hombres que en creerlos y practicarlos flan la paz de su alma. Así será la obra del presente. Cuando de todo Jo que ahora existe solo la historia conserve algunos helados restos, las solemnes definiciones del actual Concilio serán vi.va s todavía, y unidas con denSd. ti·.:ilrnzon á las anteriormente pronuuciu<las poi la Iglesia formarán el cimicuto moral inconmovible sobre el que se lrT a.:iteu las futuras sociedades. Despues de la misa, ha pronunciado el discurso de apertura el sabio arzobispo rHonseüor Precher Pasavalli, publicllmio al íL1a! una indulgencia µlenaria en nombre del Papa. Este ha dado la bcndicion, y luego, mudando las vestidura3 y tomando las mus ricas del ponti.fic:il, ha rccíLido la obediencia de los Padres. Los miembros del sacro Colegio le han besado la mano; los patriarcas, arzobispos y obispos la rodilla derecha, y los abades y generales de religiones el pié. Han empezado inmediatamente tres distintas plegarias para impetrar la gracia sobre el Concilio, al fin de las cuales ha dado una triple bendicion supra synodum. Entonces el maestro de ceremonias ha pronunciado la fórmula: «Sálganse tod0s los que no tienen lugar en el Concilio," y el secretario general, monseñor :Feessler, de órden de Su Santidad, ha leido el decreto de apertura. Los escrutadores han recogido indi vidual mente los sufragios de los Padres, habiéndolo emitido en pié y descubiertos los abades y generales, y sentados y con mitra los restantes. Traido al Padre Santo el resultado de la votacion, ha proclamado abierto el Concilio y entonado el Te-Dcum. Ha sido aquel un momento delicioso. De todas aquellas millares de personas que habian seguido con anhelante curiosidad las graves y solemnes ceremonias que acababan de tener lugar, se ha levantado un murmullo de gozo que parecia uu acompañamiento glorioso del canto sagrado. Por mi parte, eu mi "ida olvidaré el sacudimiento profundo que he sentido al resonar en mis oidos estas seucillas palabras: «Te pcr orbem terrarurn sancta con/ileti¿r Ecclesia.» Allí estaba palpando la verdad de estas palabras; allí oia la confesíon que elevaba al Supremo Hacedo1· la Iglesia universal por boca de sus pnstores reunidos en breve recinto para reconcentrar su vida por algun tiempo, á fin de dilatarla luego hasta las últi:1:rns estremidades de! mundo mas rica y vigorosa. Ln emperatriz de Austria, el ex-rey de Nápoles, el ex-duque de Toscana, el conde de Girgenti y su esposa, han asistido á la solemnidad en una tribuna reservada. Fuera del templo no se han hecho públicas demostrac·iones de regocijo, y ni ann en este se ha desplegado la mag~ nificencia que en otras ocasiones. Dícese que se reservan las grandes fiestas para cuando se realice 1a conclusion. En mi concepto, ha sido mucho mejor así, porque la grandeza moral del acto no se ha eclipsado con la exuberancia de los resplandor ~s materiales. (De «El Correo de Ultramar».) PI!U~ DHIV,UllA.. .EN VI.KNA, EN LA IGLESIA UE LOS ESCOCESES Pon EL ADHE Har.-i! -B-ern~n.•do l!I,u.:ue.a-. iJe la, existencia '!J de lci inmo_rtalidad del alma,. (CO.NTINUACION.) .El hombre no tiene ninguna ídea que . no ~(• dcr·ve, de u11 modo c 1alquie ra, de alguna cosa que existe realmente. Puede engañarse y se engaña á menu• do, acerca de la manera en qne arregla en su espíritu las relaciones de las diferentes realidades que couoce. Pero de la misma manera que no puede crear nada en el órden material, sino dar solamente nuevas formas á los elementos preexistentes I de la misma manera en el órden intelectual no puede mas que combinar diferentemente lo que existe, pero no crear, es decir, evocar de la nada lo que no existe de ningun modo. De ahí proviene la prodigio~a dificultad que tiene su inteligencia para formarse una idea poco exacta de la nada, ese polo opuesto, no solamente á todas las formas del ser, pero al ser mismo. Dejndme aclarar con un ejemplo lo q' acabo de decir. El hombre tiene idea de todos los colores que existen, pero con todo sa genio inventivo, le es imposible imaginar uno que no exista. ¿Por qué? Porque no puede concebir una idea que no saque su orígen en algun modo de alguna realidad. Otro ejemplo: El hombre conoce tipos innumerables y en esos tipos variedades infinitas de animales. Puede, es verdad, forjar en su imaginacion combinaciones arbitrarias, especies de creaciones fabulosas que consisten en la reunion imaginaria de elementos conocidos y preexistentes. Así es que, prestándole alas á un caballo, la antigüedad habia creado el hipócrifo mitológico; así es que dando al hombre las ancas del cuadrúpedo, había imaginado el centauro de la fábula; pero ni ella, ni ninguna inteligencia han podido nunca concebir un tipo ideal, que no pareciéndose mas que á él mismo, no fuese el calco vivo de ninguna realidad existente. Apliquemos ésta demostracion sin réplica á la tésis que estudiamos. El hombre posee de una manera clara y <lístiuta In idea del alrna, como un principio inmaterial que existe en él. El alma no es un co!Dpuesto de elementos que haya visto á su rededor; es una sustancia simple que no tiene partes. Tam• poco es la imitacion de un tipo visible, porque es invisible, una idea sin principio que no puede emanar de nada de lo que la rodea, porque es totalmente de semejante. Sin embargo, esta idea existe en el, existe en la humanidad. ¿Qué se deduce de esto? Evidentemente que, puesto que está demostrado que el hombre no puede tener ninguna idea-principio que no emane de una realidad existente, y que sin embargo tiene la idea del alma, es porque esta alma existe, y que es una realidad. Si hoi el famoso <• Cogito ergo si~m (Pienso, luego existo)» de Descartes, ha llegado á ser un axioma filosófico, esta proposicion: tengo la idea del alma, por consiguiente la tengo, debe ser tan evidente corno la primera á las inteligencias que, familiarizadas con las leyes del pensamiento, conocen la formacion de la certidumbre racional. Esta verdad puede desarrollarse con mas entensiou y se encuentra mejor en un libro meditado en el silencio ó en la enseñanza de m:rn cátedra de filosofia. Lo que yo he dicho me parece capaz de despertar, al menos en los espíritus que lo necesiten, el <lcseo de buscar un desarrollo mas ámplio; yo debo suprimirlo aquí para llegar á un órdeu de ideas que, haciéndonos bajar de las alturas luminosas, pero árduas de la abstraccion, nos llama al centro de las fogosas regiones de la vida. Si por una parte, como acabamos de verlo, - la existencia de un principio in• mortal nos demuestra por las leyes mas incontestables y menos contradichas de la certidumbre racional la exi::;tencia de ese principio, aparece con la misma evidencia en el órden moral. El órden moral encierra dos fenómenos, que pod ri.1 llamnr los dos polos q' rigen el movimiento de nuestra vida. Se llama el uno el sentido íntimo, y el otro la conciencia. Veamos primero el sentido íntimo: Toda criatura humana que tiene conciencia de sí misma posee en el mas íntimo de su yo, y como en el centro de su ser, lo que se llama el sentido íntímo. Este puede definirse: una certidumbre absoluta, inconsiderada y fuera de todo razonamiento que tenemos de nuestra propia identidad; es el yo sintiéndose y dándose á él mismo, por una afirmacion muda y un testimonio constante, una soberana é invencible certidumbre. Esta certidumbre que el lenguaje vulgar espresa por esta fórmula tau incomparablemente profunda, sentirse a sí misrno, esta arraigada de tal manera en la esencia de nuestro ser, que solo la demencia, esa sepultura que precede la muerte, es capaz de arrebatárnosla y de destruir en nosotros el sentimiento ele nuestra propia identidad, así como los sacudiniien tos subterráneos que trastornan el suelo solo son capaces de destruir los sillares intimas que encierra en sus profundidades. Pues bien; ese sentido íntimo que en el órden material, aun cuando los ojos estuviesen cerrados y no pudiesen desde luego ver los diversos miembros de mi cuerpo, me da, sin embargo, la certidumbre invencible y el sentimiento forzoso de su existencia; ese sentido íntimo en el órden intelectual me da, aun cuando yo no pueda verlo con los ojos del cuerpo, una certidumbre tal de la existencia de mi alma, que en presencia del universo que la negara, riéndose ella de esta negacion se diría imperturbablemente: la mejor prueba de que existo es que me siento existir. El sentido íntimo es mas que una afirmacion psicológica: es, ha sido y sera siempre, en el orden de los hechos, el origen de ]as acciones mas sublimes que han honrado á la humanidad. Porque ¿no es, gracias á él) cómo el horybre, débil criatura, hecha de barro, es capaz de decir en presencia de todas las amenazas de la fuerza, á la boca de todos los cañones y con la cabeza puesta entre el hacha y el tajo: sea, herid, destruid lo que vuestras manos pueden alcanzar, rompedlo en mil pedazos, qué me importa? Hai una cosa en mí que no podeis alcanzar, que no podeis ni aun siquiera tocar. Y como el calor y la luz del sol pasan sin que podais encerrarlos á través del boato formidable de vuestro poder, así hai en mí una luz, un calor, un hogar, un sol interior que pasa sin que se le pueda coger, á través de todas las prisiones, á través de todas las bayonetas. Y aun cuando hubiéseis dividido mi cuerpo en fragmentos esparcidos acá y aculla, mi alma saldria intacta de vuestros impotentes furores y se reiria de ellos y de vosotros en el seno de su inmaterialidad. En fin, el suicidio mismo, ese crimen tan grande que podré llamarlo irremisible, atestigua, sin embargo, aun cuando culpable y cobarde, no solamente la. existencia, sino tambien la soberanía del alma que, levantándose á toda su altura en nuestro interior, no hdle otra cosa en el momento de dar el golpe decisivo, mas que decir al cuerpo, como el dueño que despide á su criado: ¡Me importunas, no tengo ya necesidad de tí, vete! Sin embargo, el sentido íntimo no es mas que uno de los polos de la vida moral; el segundo, mas capital aun, se llama la conciencia. El sentido intimo me dice lo que yo soi; la conciencia me dice lo que debo ser. Es uno de los fenómenos mas profundos de la vida moral el ver como ambos se corroboran mútuumente. Si Dios no me hubiese dado mas que el sentido íntimo, sin darme simultáneamente la conciencia, me hubiese hecho un don incompleto, porqnc me 1rnbie-
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx