Qniero suspender hoi la esposicion de las -verdades doo-máticas, que son el objeto de estas confere11cias, para consagrar la presente á respo11der á es_a cuestion formidable á que nos convida tan eficazmente la fecha de este dia y el grito íntimo de nuestr0s corazones. ¿Cuál será el porvenil'? Si se trata de un porvenir limitado co~o lo es el ~- iio, la cuestion es demasiado pequena para la catedra en donde _habla, aunque por medio de lábios débiles, el Verbo de Dios. Porque de la misma maner~ que de la cima de los mon trs se d1stmguen las ciudades construidas por los hombres, los continentes creados por Dios, así del alto de esa cátedra se ven los años divididos por el hombre, el porvenir por escelencia, el porvenir de Dios, los mlos eternos. De este porvenir es del que voi á hablaros. ¡Atrás los límites estrechos del tiempo que se acaba! Hablemos hoi del tiempo que acaba los tie!llpos, p~ro q' él mismo no se acaba. Este horizonte es vasto, convengo en ello; pero por eso el cristianismo se encuentra bien en el, porque respira allí su aire natal) el aire de la eternidad. I. ¿Hai para el hombre un porvenir q'. tiene fin y un porvenir sin fin? ¿Htn una vida eternn? . Antes de responderá esta cuestion, sin duda la mas grave que el hombre pueda hacer al hombre, ó que é! pueda hacerse a sí mismo, quiero definirla mas claramente. Pero antes de definirla tengo necesidad de justificarla á vuestros ojos, deciros porque la he hecho en este púlpito, á cuyo pié escuchan tantas almas cristianas, que se admiran quizás al oírme formular como objeto de una cuestion lo qne para ellas no es objeto de ninguna duda. Hai en este momento en el seno de nuestra sociedad europea, tan prodigiosamente sábia; en las cosas wrn se ven y que se palpan, tan prouigiosamente olvidadiza ó ignorante en las que no se ven, o al menos no se ven aun; hai, digo, en el seno de esta sociedad muchas almas que responden á esta cues~ tion, las unas por una duda tímida y asola<·ora, las otras por una brutal negacic... Y no es solamente fuera de la Iglesia católica (la única que tiene certidumbres que oponer á todas las dudas, soluciones para todas las dificultades, y fo era de la cual esas dudas y esas negaciones son, no solamente naturales, pero inevitables, puesto que cualquiera que no es llevado por el navio debe ser el juguete de las olas), sino tambien en el seno de la misma Iglesia, almas que ella ha bautizado en la sangre y en la luz de Dios, almas que han conocido los dos amores mas santos y mas reveladores que hai aqui abajo, el de Dios para el cristiano y el del cristiano par11 su madre, y que deberían estar iluminadas, por consiguiente, por los serenos resplandores del Verbo divino, esas almas tambien formulan eRe credo siniestro del materialismo que lleva consigo todos los errores y todos los vicios: «Cuando el cnerpo muere, todo se acaba con él, la tumba es la nada; uo hai vida eterna.» El solo anuncio de ese símbolo demuestra á la vez la exactitud de mi afirmacion y la dolorosa oportunidad de este discurso. La exactitud de la afirmacion, porque hai muchos entre vosotros que han, si no profesado ellos mismos, al menos oido profesar, quizas ayer, quizás hoi, por una boca amada ese dogma siniestro de la iucreencia absolutu. La dolorosa oportunidad dL~ este <..liscurso, porque, como nos será facil reconocerlo, el hombre que profesa tales convicciones, si por una togicu fotal pone su villa en armouia -cou ::;u LA IGLESIA PUNEÑA. doctrina debe ser á la vez el mas abeJecto y el mas desgraciado de todos. Diré mns; debe ser, si es consecuente C'Onsigo mi smo, el enemigo jurado de la causa pública y como un traidor a la patria comun de toda crialura. Porque si algun dia, por un fenómeno posible, tales doctrinas llegasen á formar una humanidad á la imágcn de sus pensamientos; si llegasen a reflejar su estado mental y religioso en un estado social y político qne se correspondiesen fielme11tc .... ¡Ah! eso sería mas que el camino y el pórtico, ese seria, al gran dia del Rol estupefacto, la imúgen viva del infierno, y Dios para castigarlos no tendría que hacer mas que bajar entre ellos desde su eternidad. Creo haber justificado la oportunidad de la cuestion: voi ahora á plautearla con mas claridad. Si l~ai para el hombre una villa mas nllá d1J la tumba, 110 puede ser evidentemente si no la co11tinuacion, la cousecucncin, el desenlace, en fin, el fruto maduro de la vida presente. Preguntarse si hai una vida futura, y lo que sera, es preguntarse implícita y préviame nte lo que es en realidad sustancinl la vida presente. Pero la vida presente, l'IO siendo mas que la dilatacion cnnlínua y la palpitante actividad de lo que somos, cunndo se profundiza la cucstion hasta el misterio mas oculto en donde toma raiz, encoutramos que se reduce á esta.-¿Qué es el hombre? La vida es un drama del cual es á la vez el autor, el actor y el teatro. Es desde I uego el nudo misterioso en donde se encuentrnn todos los hilos que se trata <le desenredar. ¿Qué es él? De lo que él es, de su esencia dimana la esencia de su vida presente, y de su vida presente dimana su vida eternn. Hé aquí, pues, la cuestion verdadera. ¿Cuál es la esencia del hombre, es decir, la causa <le su existencia, lo que él es? Si no es mas que un organismo movido por uu reso rte material, si verdaderamente, solo lo ha dicho una escuela á la que nuestro siglo no se h" a vergonzado de dar cierta celebridad, si ,•erdaderarneute, apenas me atrevo á decirlo, no es mas que un tubo digestivo abierto á sus dos estremidades, evidentemente. que no siendo mas que un organismo material, la disolucion de este organismo debe ser indudablemente su suprema catástrofe, y en la ncepcion mas absoluti como en el ~entido mas atroz de la palabra, su fin, su muerte. Y mas allá de esta muerte no hai ni puede haber entonces para él mas f]Ue esos tres grados descendientes de su iufüiita miseria. ¡La podredumbre, el polvo, la nada! ... ¡Ah! Si es ese el verdadero epitafio de la huma -• nidad sepultada, desapareced, mentiras pomposas, que en uuestras piedras tumulares prometeis á los muertos el recuerdo, y á los vivos el volverse á ve,·! Porque ¿qué se debe al poi vo sino el olvida, y qué puede prometer la nada que pueda cumplir? ¿)las si el hombre con su cuerpo tiene tambie11 su alma? ¿Si esta alma es inmortal? ¿Si esta inmortalidad c,.:,ngtituye para él una alternutiva inevitable de felicidad infinita ó de infinita miseria? ... ¡Ah! como repentinamente se trasfigura todo, como en presencia solo del anuucio de ese principio inmaterial, soplo divino que palpita en su interior, que escapa y sobrevive á toda destruccion. 1.as cosas cambian de figura y las palabras cambian de sentido. La muerte se trueca en ,•ida, Ju vida llega il ser casi la muerte; la tumba cu donde todo se acaba se convierte en un lugar donde todo comienza; y por encima de todos esos fantasmas lúgubres que no ha mucho, bajo los nombres desco nsoladores de podrerlumbre y de polvo, de nada y de silencio, ele vacio y <.le ol\'ido, parcciun contener la suprema solnciou de los sn44 premos misterios de la vida, aparece, semejante al Rol que desde la altura del ciclo mira sin conmoverse los restos flotantes de llll naufragio, esa palabra radiante: ¡Eternidad! ¿El hombre tie,ne un alma? ¿Esta alma es inmortal, es decir, está dotada de otra facultad de s9brevivir mas allá de la tumba? ¿Que será esta inmortalidad? Voi il responder ilesas tres cuestiones, de las cnnles la primera 0ontiene la sol uciou casi completa de las otras dos. Hai para los hechos ó para los fenómenos que no pert e necen al órden corporal, solo susceptible de una demostracion que conduzcn a la evidencia por la certidumbre material, tres especies de pruebas que producen tres especies de c.ertidumbres. La primera 110s viene de In rnzon, y se llama ra ciona l; la segunda nos viene del sentimiento, y se llHm·a moral; la tercera uos viene de la fé y sellama supra-racional, sobrenatural ó mística. Dios ha querido que tuviéramos esta triple certi<..lumbre de la existencia y de la mortalidad del alma, como del dogma central de donde dimana, á donde todo s~ vuelve, y sin el cual todo el resto se destruye. Comencemos por la certidumbre rncional. Asombrare quizás á muchos de entre nosotros si afirmo que el hecho solo de discutir que hai un alma es Jª una prueba de que la hai. Estais en vuestro derecho considerando e:-to como una parndo_ja. Escuchad atentamente la demostracion siguiente; ella os obligarú, asi lo espero, á reconocer la rigo_rosa exactitud de esta proposicion en apariencia discutible. (Conti·nuará.) J.,a infllnen.ciia religio~u'l. ( CONTIN U A.CION.) Lr, sabia organi,¡.acion de la gerargui.a eclesiitstica, modelo de buen gobierno, donde se eucuentran todas las garantías de órden con las debidas pre..:auciones contra todo linng~ de arbitrariedad, donde la mul tiplieidad y com plicacion de lns relaciones se simplifica y desenlaza con la admirable unidad que les comunica su invarinble centro, do11de el fiel ve de una ojeada todos los trámites que ha de seguir para la aclaracion de una duda) ó la resolucion de un negocio, donde no se ve una autoridad aislada que ose obrnr por su capricho, sin que se pueda exigirle la debida responsabilidad note un legitimo ::;uperior, subien<..lo de unos á otros jueces ha sta llegar' al Sumo Pontífice, que ha recibido su autoridad del mismo Dios; esta organízacion, repetimos) ha hecho del clero católico ese cuerpo tan compacto, tan uno, cuyo semcj,1nte en vano se busca ria en todas Jns demas corporaciones que han existido. Desparramada por todo el uni verso la Jglesin católica, hubiera siclo víctima de la mas espantosa unarquín, á 110 estar dotad~t por su divino Fundador de UlHl org;,nizacion tan robusta. La violencia de las pasiones, el choque de los intereses, los amaños de las intrigas, la desidin en el cumplimiento de los deberes, hubieran bie11 pronto destruido, c11flnqnechlo, di\ id ido ese iurne11 so cuerpo, que por su propia naturaleza se halla expuesto mas que otro nlguno, á la accion disolvente de innumerables elementos. La Iglesia combate sin cesar la vanidad del súbio, el orgullo del poderoso, la sed de la codicia, el furor de la veugnnza; y no dejando en reposo ningun vicio, )'ª que 110 pueda extirparle, va cuando menos á turbar la falsa pnz del vicioso, lanzándole el a~uijon del remord irniento. ¿,Qué le hubiera sncedido, qué hubiera sido de ella ti 110 estar tan firmemente constituida por la misma mauo <..Id Todopoderoso? Nó, no habría po- ::::.:SS dido continuar en esa ·comuuicacion con 1~ vida _e1_1t~ra _del fiel, no se habría podido dmg1r rncesnntemente á su conciencia, sino que bien presto se la rechazara como _un estímulo importuno, y se desatendieran con desden sus santas amonestaciones. Pero ahora, cuando el simple párroco corrige, uo es él quien lo hace, sino la fglesia; cuando se entromete e11 algu_u negocio grave, no lo hac_e de autoridad propia, sino con a~tor1dad de la Iglesia. En pos del parroco ve el fiel al Obispo y en pos del Obispo ni Sumo Pontílice, v al re~edor del Sumo P_o~lífice, la Igiesia Ulll versal J .Y la trad1c1011 de todos los tiempos, y la autoridn<..I de los concilios, .Y el voto de los Santos Padres, y la práctica de los Santos, y todo or<..lenado, compacto, ligado, sin que en ning~ua parte divise al hombre solo, el d1ctáme11 de la rnzon aisla<..lo, el predorn1r110 <.le la voluntad i11dividual, si110 en to~o el cuerpo místico farmado por Jesucristo, nutn<lo con los rn~ritos de su 11,r~ciosa sang:e, amaestrado por sus sant1sunas doctnnas, guiatlo por sus c?nsejoR, rebosante del calor y de la vida de las le11guas del Cenáculo, y sostenido milngTosarnente por el poder de la diestra del Eterno. Asi, ocultándose á los ojos del hombre la accion de otro hombre, solo se le presenta la accion de la Jr,·lesia ó . . , • r,_ • meJor diremos la acc1011 de Ows; y ni se encuentra humilla<..lo en la sumision, ni envilecido en la obedieucia; porque se cumple de un modo admirable la condicion 11ecesaria para focilitnr la obediencia y hacer espontánea la sumision, r.ual es, el que 110 se halle el homb:e en presencia de otro hombre, y obligado á someterse a la simple razon, á la sola vol untad de otro de sus semejantes, sino que en aquel que enseña, decide ó manda, vea la p·ersonificacion de un poder superior, de un grande i11terés ó de un gran principio, ó lo que vale mas que todo, un representante del mismo Dios. Esto se verifica en la Iglesia católica: jnrnás, desde el último rni11iRtro hasta d Soberauo Po11tiGce, habla lladie en nombre propio: el encargado de la mas oscura capilla, es el vi'cario de su lejítimo superior, y el RllC'.eRor de San Pedro es el vicario de JesucriRto. Asi hay mia unidad admirable en medio de la mas complicada multiplicidad; nsi las partes no se· confunden, no se embarilznn, no se chocan, sino que obrando en la mayor armonía, fo11cio11an cada cunl ell su 1n1e,t0, llenando el_ oo.i ,eto de su sn11lo in:-tiluto, y cumpl 1e11clo los designo:-; <..lel Di viuo fundador. ( Conti"nuaru). Por todo lo 110 firmadolcNAUO frnlXANDEZ, ANUNCIOS. Se anuncia que se ha pri'lcipiado la publicacion de la importantísima obra ' 'LA POLl~mCA RELIGIOSA'',escrita por· el Iltmo. sefior Obispo de lu J>iócesis ·Dr. D. Juan Ambrosio Hnerta, la cual se darit ú luz en enarto maJor, teniendo como nuus trescieutas pñ¡!inas; invitarnos á los que quieran tener esta magnifica obra, para (]Ue se suscriban en la Imprenta «La lglesrn Punclia~, donde se les pondrá nl corriente de las coudiciones de la suscricion. EL CALENDARlO ECLESL\STICO-PARA 1870 se halla de venta eu LA LrnnERIA CATÓLICA, al precio 'de 2 pesos ejemplar. lmprcula «LA Icu:su PUNE~,\» de M. C. M.
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