bastante. ¿Regicida? No es bastante aun. ¿Parricida? ¡Sí, hé aquí la palabra, )a he encontrado al fin!.. ; Cuando pienso que hai un partido ~n_ Euro~~ que por un pensamiento parr1c1da qms1era destronar á Roma, arrebatandole Roma, destronar la humanidad decapitando la Iglesia! ¡Ah! en verdad que Jff, cuyo corazon uo esta hecho para odiar; yo, cuyos lábios no están hechos para maldecir, en presencia de tanta audacia, con tan criminales esperanzas, yo siento mi ·corazon de católico, de sacerdote y de hombre, sublevarse en mí mismo, hasta el punto de que este corazon para no odiar, esta boca para no maldecir, tienen necesidad de e vocar el recuerdo de las lágrimas de perdon que he visto en los ojos de Pio IX, y de esas otras lágrimas que el mundo vé hace diez y ocho siglos sobre el rostro de Cristo, espirando y esclamando en la cruz antes de morir: • j Pater dimitte illis: ¡Padre mio, perdónalos!» Yo no puedo, ni quiero, ni debo discutir aquí en este momento el por que y el cómo de los atentados que este siglo ha visto en contra de la soberanía pontifical. Como hai en la vida privada crímenes que por su grandeza misma son del resorte de la mas alta jurisdiccion, como los decretos de muerte no pueden ser firmados sino por los príncipes, así hai en )a vida de los pueblos crímenes famosos, causas célebres que se escapan a nuestros juiéios individuales, y cuyo proceso pertenece á la historia, cuya jurisdiccion pertenece a los siglos y cuya sentencia está reservada a Dios. En cuanto á nosotros, cuya débil voz, igualmente impotente para profetizar y para reprobar, DO puede sino preguntarse con angustia si estamos en, la víspera de una de esas crisis que cubren de luto las almas y que espantan al infierno mismo, no podernos sino apelar á los grandes ecos del pasado, así como á los del presente y del porvenir. Por eso esclamamos en este momento: ¡Grandes manes de los héroes de fa antigua Roma, sombras sagradas, vírgenes ensangrentadas, apóstoles martires, polvos inmortales, salid de vuestras tumbas! Y hasta vosotras, piedras inanimadas de la Ciudad, que despues de haber sido la capital del mundo no puede ser en el porvenir, como lo fué en el pasado, sino el trono de Dios; y vosotros, en fin, ángeles de Dios, que habeis detenido por invisibles muros a Atila y á sus hordas á las puertas de la villa Eterna, ¡uníos todos! Y si algun dia la demagogia revolucionaria, que no hai que confundir con la libertad, si algun día, en los progresos de su marcha triunfal se aproximase de nuevo á las siete colinas, levantaos y decid á los -vandalos modernos, como en otro tiempo á los antiguos hunos: «¡l\forchais contra lavoluntad eterna de Dios, jamas vencereis!» Y aun cuando la sabiduría impenetrable de Dios permitiese que llegua una hora de vértigo, una de esas horas en que el genio del mal, cubriendo con un velo la estátua de la justicia, entona sus cantos de triunfo, á los cuales Dios permite resonar un instante, porque puede hacerlos callar repentinamente cuando quiere; aun cuando para desgarrar todos los velos Dios permitiese á la fuerza brutal apoderarse con sumano de hierro del anciano sentado en el Vaticanor arrancar por la 48 vez en el curso de 18 siglos al Vicario de Dios, de su trono sacerdotal, y arrastrar con él en la cautividad ó en el destierro la vida católica que late en- su pecho, lejos de creer en presencia de ese espectáculo de hurnillacion i1Jdecible y de lastimoso dolor, en la derrota de la Iglesia, creeré entonces, mas que nunca, ~n su inminente triunfo. Porc¡u-e yo sé que la paciencia de Dios , infiuita como él mismo, se cansó, sin embargo, en o~ tro tiempo cuando Baltasar y sus jcuízaros, llegados á la altura dou<l c los desórdenes del orgullo se co u,\fi erten LA IGLESIA PUNEÑA . . en desórdenes de demencia, donde la soberbia se convierte en locura, hicieron traer á la mesa de su festin los vasos tomados en el templo de Jerusalem para beber en esas copas sagradas el vino impuro de la orgía. Lo que sucedió ·eo ese momento lo sabeis. Así, si fuera dado al siglo XIX oir la risa de los soldados, el sonido de los sables, el ruido de los espolines y el cauto triunfal de una sacrílega victoria bajo las bóvedas de San Pedro de Roma, yo, con el presentimiento de una victoria infoli ble, esclamaré: ¡Alegrémonos! porque pronto vá á aparecer esa mano fantástica que escribió á la vista de Baltasar el decreto de muerte pronunciado por la paciencia de Dios apurada; y puesto que hoi la misma iniquidad ha cansado la misma paciencia; la misma pluma se encargará de escribir la misma condenacion; y puesto que beben el mismo vino en la misma copa, beberán en ella la misma muerte en la mi~rna cólera, y perecerán, en fin ... al rayo de la misma venganza. Despues de haberos hablado de la unidad católica, de su prindpio y de su doble orígen, ¿qué no hubiera podido decir de sus efectos, de su vida a través de los siglos, del crírnen de haberla destruido, de la desgracia de no pertenecer á ella y de rechazarla y combatirla, sin cesar de calumniarla? Yo podré hablaros de los regresos incesantes á esta unidad del seno de las sectas disiden tes, sobre todo en los rangos del sacerdocio (si me fuese permitido llamarlo asi), instituido entre nuestros hermanos separados. Yo podría, sobre todo, regocijar las almas creyentes hablándoles del renacimiento poderoso de la Fé en esa antigua Inglaterra, en el seno de esta grande nacion británica, á la cual Dios ba dado demasiado grandeza para no ponerla tarde ó temprano, como lo hizo durante tantos siglos, al servicio de la causa de su hijo, es decir, en el seno de la unidad católica, bajo el cayado paternal del Príncipe de los pastores y del Pastor de los príncipes: el Pontífice romano. Mas el tiempo me recuerda que es necesario callar todo esQ, para deciros algunas palabras de los frutos de esta unidad. No quiero nombrar mas que dos: la Fé en el respeto y el respeto en el amor; y para daros una indeleble demostracion, dejadme como último acento de este púlpito haceros la narracion de uno de los hechos mas inolvidables y de una de las horas mas dulces de mi vida. (Concluirá.) La lnOoencla religiosa. ( CONTINUACION.) Sefíalamos en el numero anterior las principales causas de donde dimanaba que el clero católico alcanzase mayor influencia sobre los fieles, que no la tienen sobre sus respectivos sectarios los ministros de otra religion cualquiera; indicando una, cual es, la incesante cornunicacion con la conciencia y la vida entera de los fieles; comunicacion cuyos motivos encontramos en la unidad y fijezo del dogma, decision, declaracion y enseñanza del mismo, esclusivamente reservadas al clero, sábia organizacion de la gerarquía eclesiástica, nervio de la disciplina, celibato del clero, vigilancia sobre las costumbres de los fieles, sistema de predicacion, esplendor y magnificencia del culto, y en los sacramentos, particularmente el de la penitencia. Vamo~ ahora a examinar rapidamente eada uno de estos puntos, haciendo ver corno se ligan con el principal, que forma nuestro objeto·. Unidad y fije za del degma. Esta propiedad característica de la Iglesia católica, y que en vano se bnscaria en ninguna de las otras religiones, ha debído de contribuir sobremanera á proporcionar al clero católico una influencia sólida y eficaz, donde quiera que haya podido establecerse esta religion divina. Cuando las creencias son diferentes, cuando varían á cada paso, cuando se las ye seguir el mismo flujo y reflujo de las opiniones humanas, teniendo por absurdo la generacion de hoy lo que reputaba como verdad la geueracion de ayer, los ministros encargados de la enseñan.za, no pueden presentarse á los ojos de los pueblos como enviados de Dios; y por mas que procuren acreditar su mision con vanos esfuerzos, por mas que se empeñen en pretenderse legítimos sucesores de los que los precedieron, traslucese siem• pre la tosca trama de la obra del hombre, cubierta con el Yelo de la hipocresia y de la mentira. Las preocupaciones, los hábitos, los intereses, la seduccion, la violencia y otras causas semejantes, sostendrán mas ó menos tiempo el dominio de la impostura, cerrando los ojos á los pueblos para que no reciban la luz de la verdad; la Providencia en sus inescrutables secretos, tendrá reservado para época mas ó menos lejana el que las víctimas del engaño salgan de las tinieblas y sombras de la muerte; permitiendo al genio,del mal que las mantenga largo tiempo en el error, y no las haga salir de uno, sino para precipitarlos en otro mas funesto; pero los alucinados sectarios, por mas ciegos que se los suponga, no dejarán de percibir algun tanto las inequívocas señales que siempre acompañan al error, no dejarán de seBtir cual se levantan repetidas veces en su espíritu vehementes sospechas sobre la verdad de lo que se les enseña; y no podrá menos de obrará menudo sobre ellos Ja indestructible fuerza de aquel argumento: la verdad es una, Jo que Taria no es la Yerdad. La comunicacion doctrinal entre el ministro y el fiel, queda, o rota ó muí lastimada, desde que la doctrina enseñada por aquel está sujeta á este ataque: serán a lo mas un maestro y un discipulo, nó un enviado del cielo, y un hombre que recibe con acatamiento sus oráculos, Entonces las doctrinas y los motivos ó razones en que se las apoya, llegan con mas ó menos fuerza al entendimiento, producen mas ó menos con• viccion: pero no se engendra de esta suerte la fé religiosa, no se cautiva el ánimo del oyente, no se le inspira aquella profunda veneracion con la cual señoreado el espirita se humilla a la presencia de Dios, que se digna comunicarle los arcanos que en los siglos anteriores comunicára tarnbien á otras ·generaciones. El ministro de Ja religion tendrá menos este caracter que el de un filósofo mas ó menos sábio, que el de un hombre de bieu mas ó menos celoso de Ja salud de aquellos á quienes se dirige; cosas impotentes para dejar en el entendimiento y en la voluntad aquella impresion fuerte, duradera, que no se borra al primer soplo, que levanta al hombre á una esfera mas elevada, y le dispone para el ejercicio de aquellas virtudes, cuya practica vanamente se busca entre los que se atienen á · medios puramente humanos. ;.Y que veneracion puede inspirar un ministro que viene llamándose sucesor de otros, y sin embargo enseña una doctrina muí diferente de la de estos? ¿Qué importa que se apellide con el mismo nombre, que ocupe el mismo puesto, que disfrute las mismas prerogativas, y que la sociedad le haya otorgado las mismas ventajas'? La veneracion reliaiosa no pende de la voluntad de los h~mbres, no se prescribe con decretos, no se alcanza con vana ostentacion, no se obtiene con el oropel de fascinadores títulos, ni se inspira con engañosas palabras; esta veneracion si ha de ser fuerte, profunda, permanente, neccsario es que dimane de la verdad, constantemente enseñada, dado que este es u_n carácter que no puede ser largo tiempo remedado por la astucia del hombre. Hállase en esto la razon de la consideracion y respeto que en todas pa_rt_es han inspirado á los pueblos los 1111 mstros de la Religion católica· pues que su enseñanza de hoi es su e~sefianza de ayer; y est_a la de todos los siglos desde la fundac10n de la Iglesia. Y ni aun allí se intirrurnpe la cadena de la tradicion: el fiel que sigue atentamente al ministro de la Religion en la enseñanza de los sagrados dogmas, _se ve remontar todavía mas alto, se halla conducido a las épocas anteriores á la venida de Jesucristo; los principales acontecimientos que en las mismas figuran, los mira enlazados con las verdades que se proponen á su creencia, y subiendo de generacion en generacion, de siglo en siglo, encuentra la cuna de la religion cristiana eu los primeros tiempos de la creacion, descubre el orígen del misterio de Ja reparacion en el misterio de la caída del humano linage, y con esto al Hijo de Dio11 hecho hombre para satisfac~r á la diviua justicia y reconciliarnos con su padre, y la fundacion de la Iglesia donde se conservaran la.s augustas verdades que Dios ha querido comunicarnos, y donde se hallasen los medios po'r cuyo conducto se complace en inundar la tierra con los raudales de su gracia. Asi la voz del ministro de la Jleligion, es el eco de la voz de los apóstoles, que enseñan lo que oyeron de boca del mismo Hijo de D~os, quien á su vez era el cumplimiento de todas las profecías, la realizacion de todas las promesas, el término de todas las esperanzas; promesas y esperanzas que resonaron sin cesar en los anteriores tiempos, transmitiendose de profeta en profeta como una seña misteriosa qtie se halla á cada paso en la carrera de los siglos, para que el hombre pueda conocer los caminos de la infinita sabiduría. (Continuará.) Por todo lo no firmadoIGNACIO FERNANDE'Z. ANUNGI_OS. SEMINARIO C. DE SAN AMBROSIO. Por disposicion del señor Reotor. se pone en conocimiento de los padres ó apoderados de los alumnos del Seminario, que 1a matrícula queda abierta desde el dia do mañana 20, y podrán apersonarstl en el local del Colegio, de doce á una d0l dia, los que quieran _q~a sus hijos o recomendados sean mscri tos en la matrícula. Asimismo, el dia designado para la apertura del quinto año escolar es el . .20 del próximo mes de Febrero, deh~endo estar, en dicho dia, recogidos todos los alumnos internos, para que se de principio á las labores escolares el 21.-Puno., Enero 19 de 18 7 O. Franci'sc~ Landaeta.-[Secretario]. EL CALENDARIO ECLESÜSTICO-PARA 1870 se ·halla de ,-enta en la Librería Católica, ni precio de dos pesos ejemplar. Imprenta «LA IGLESIA Po:(EÑA» de 11. C. 11'
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