'ª" . c~al. Ella es como su esposo, ((Ca- :·1dad,> ; y se ha gozado siempre en rnculcar esta virtud celestial. Sus enemigos la qnieren confundir F1LANTRóPICAMENTE, y ella trabaja por converlirTos al órden CARITATIVA~IENTE. Sus enemigos pretenden encadenarla, espolimila y despreciarla, á fuer de TOLERANTES; élla, como madre prudente y 'en uso de su IN- '.I'OLERANCJA, no cesa -de hacer esfuerzos para anafema tizar todo error, condenar todo vicio, y dar á los individuos,. como á los pueblos, paz, orden y libertad. El que tiene ojos para ver estas cosas, las ve. Los hechos tienen una elocuencia mas _persuasiv_a que los discursos, y para el qu~ m ha esludiado, ni quiera estu~ar la su~1~ de principios que · ens_ena el Catohc1smo, queda la hislorrn-¡la historia, que protestantes honrad.os y de juicio severo , se en• cargan hoi de vindicar contra las calumnias de sus padres en el error! Ya hemos citado el juicio de a] aunos de ellos, relativamente ú la edad média; ahora nos complacemos en recordar los nombres de Rankce lfalthus, Coquerel, ,r oit, &, &, au~ tares que, igualmente protestantes, nos trazan la apología del Papado, nos habl:m de su influencia en la civilizacion, vindican fos memorias de algunos Popas calumniados atrozmente,_ dan~o con esto,_ una prueba de su sm_cendad, y al rmsmo tiempo una 1ecc10n d~ buen sentido á esa turba de individuos, que, sin mas lectura que cuatro novelas, se lanzan á entrar an lucha con la MAESTRA de la verdad. Vamos á marcaros_ ª?-ora una inconsecuencia, hjjos cans1mo:::, que siempre ha llamado nuestra atencion. El s~glo actual gusta de ape1lidarse siglo de positivismo, y lo es, en efecto; mas, por su deso'l'acia . . . o J su po~itrv1s1:10 solo lo aplica á ]a ma tena_. S1 fuera positivista en lodo sentido, estarian _siempre por los he~hos, p~r la real~dad, mejor que por los d~~cursoa fantasmagóricos, por esos mscursos, cuyas paJabras u~urp~das en muchos casos al diccwnarw de la lenQ'ua cristiana sir_ ' • LJ ' -v_en unrcamente para producir ilus10n, para fascinar con el · encan Lo de sus ideas, preparando así, de un modo certero, la esplotacion do los pueblos. Fijaos, hijos carísimos, en _e3te hecho notabl9: hoi, en materia de bienes temporales, observamos que cada día se aumentan lns formulas,_ se multiplican los medios de segur1dad práctica. La simple palabra del hombre, aunque su honradéz sea proverbial, nada vale cuand_o se atraviezan intereses pecu:c.iar_10s. Mas entretanto, en asuntos del~cadísimos, _po_rque lo son, y muc~10, los rehg10s0s y políticos, el :i1cho de un tribuno, Ja frase de un 1mpío, producen los efectos , de un argumeu to sin réplica, que enj endra consecuencia3 prúcticas desastro- ~?s y terribles con t.ra el órden social, contra la nu t01•jdncl consti Luida, con~ra la moral y Mt1 l ra la I 6 ·lcsia . \i ecl aquí pue.:; el cull tra .-,eJJ tido , amados hij os. C6mo: üoj '}'le c11 , LA IGLESIA PUNEÑA. materia Je intereses temporales, nadie se deja seducir por palabras va- _na~, hoi que los hijos de este siglo qmeren, antes que todo, palpar la realidad ¿será posible que solo se con ten ten con farsas parlamentarías, polUicas, literarias 6 impías, desprepreciando los hechos, cuando se trata de los intereses del espíritu? Pero así ciega el Genio del mal á los que se afilian á su bando tenebroso. Y en verdad, que no podia dárseles mejor castigo. La soberbia altivez de una ciencia vana, debe revelar su pobreza y ser humillada por la vaciedad de sus conceptos, por la nuliuad de sus resultados. Así ocurre por ponlo jeneral con todos los enemigos de la Iglesia Católica. Si estos fueran mas hidalgos, ya habrían can lado la palúiodia. Pero·, la hidalguia es Jo que menos conocen. Desean hacerse eélebres, y como la celebridad es hoi dia el JJatn,:;norn:o de los que se alaban cí sl 1n/t"s,nos, de los aduladores de la autoridad temporal, .Y ele las pasiones de la multitud, hé aquí por qué aplauden todo ataque á la Iglesia Católica, considerando este ruin proceder ' como ·un triunfo del progreso. (Continuara). INSERCIONES. La inOuencia 1.·eligiosa. (Continuacion). Observnd lo sucedido en Inglaterra. Desde el cisma de Enriqllc octavo hasta nuestros días, ha continuado, mas ó menos Yiolenta, ma s ó menos desembozada, la persecucion contra el clero católico, y cuanto tuviera relacion con e! aumento de su ascendiente; y si bien en la actunlidad se ha mejorado considerablemente la situacion del catolicismo en aquel pais, no se debe á la condescendencia y benignidad del Gobierno, sino á la ex traordinnria rcaccion qne allí se esta verificnndo en favor de las doctrinas cntólicas, reaccion que combinándose felizmente con la sítuacion política de la Irlanda, ha inclinado á los gob e rnantes a que otorgasen lo r¡ue no les era posible negar. Cuando el ruidoso negocio de la emancipacion de los católicos, se vió con toda evidencia cuantn importancia se daba á todo lo concerniente á esta materia; pues que una medida rcclnmada por la sana políticn, dictada por la prudencia é imperiosamente exigida por el espíritu del siglo, eucontraba todavía tan violenta oposicion, que á duras penas plldo llevársela adelaute. Solo la impotente actitud de la Irlanda fué capaz de recabar ana concesion tan di sputada; solo la aterradora voz de O'Connell alcanzó á doblegar una terquedad, que se trasmitia como un funesto legado entre los gobernant es de la Grau :Cretnña por espacio de lres siglos. En Rusia, donde al parecer debiera contentarse el Gobierno con medios suaves que nte1rnasen el asccudiente del clero de esta comunion, guard:índose de medidas que esta11 en opos icion con el esoíritu de tolerancia tan general en este ·siglo, , ,e-· mos sin embargo qne son tantos los recelos que el nutócrata ha concebido de que dicho asceudiente no eontrnrie sus miras, qne 110 ncierta {1 mantenerse en los límites sciíalados por Ja prudencia y reclamados por su propio jnterés , y se nrrojn á no sistema de persecu-ciou y d e crueld:id, que dcslu s tn111 el reinado de aquel monarca. En Prwsia, dond1~ t ant o p r e, akl'c cu el Gobi e rno el c~píritu de moderacion y <le templanza, donde se procura nliar el vigor y el órden de un Gobierno absoluto con la libertad que acompaña al representativo, allí donde la tolerancia de cultos v el dilatado ensanche concedido á. las di"scusioues religiosas y morales, deben de apartar naturalmente cuanto tiende á coartar la libertad de conciencia, notamos tambien con asombro la suspicacia del Gobierno con respecto al clero católico, y sus deseos de neutralizarle y embarazarle la accion, en cuanto sea posible, sin valerse de medios sobrado estrepitosos. Aun se ha llegado al extremo de recurrir á ellos, como en el ruidoso asunto del ArzoLispo de Colonia; bien que los hombres que dirijen los negocios de aquel estado, fueron bastan te previsores para divisar los abismos á donde podia conducirlos una conducta semejante, y tuvieron prudencia para cejar en el peligroso camino en que se iban empeñando. . Estos ataques tan repetidos y tan récws contra la influencia del ciero católico, revelan de una manera inequívoca el vigor de ella; pues que no se combate con un sistema tan sostenido sino lo que inspira mucho temor y recelos: y en verdad, que este vigor á mas de preseu~arse desde luego á la vista, al rcflcuooar sobre los dogmas y disciplina de la Iglesia católica, se ofrece muy de bulto á la primera ojeada que se echa sobre la historia. General como es este hecho, hácese empero nota~le d~ una manera muy singular en la historia de España· no siendo posible recorrer una sola de sus fa~ ses, empezando á contar desde la inva - sion de los bárbaros, sin que se la encuentre donde quiera, cuando nó en el lugar principal, al menos en un puesto mny señalado y preponderante. La decadencia y ruiua del dominio romano en España debía de llevnr consigo, segun t?das las a ¡n ri nc ias, una desorganiza- · c10n t~n completa en lo político y en lo social, que apenas se concibe cómo á tamaña calastrofe pudo sobrevivir Ja org~nizacion eclesiástica. Con sorpresa advierte el observador, al recorrer las páginas de_ la historia de aquella época, que tan leJos estuvo la Iglesia española de quedar sumergida y anegada en las oleadas de aquella especie de diluvio, que antes bien se presenta desde entonces mas activa, mas enérgica, mas • iuíluyeute, acrecentándose sus fuerzas á propoccion de la necesidad que de ellas tenia, y redobla11do su accion v su celo, á medi<la que Jo crítico y lo ~alamitoso de las circunstancias reclamaban con mas imperiosidad y mas urgencia, el apoyo de uua institucion que babia alcanzado á salvarse en medio <le tan espantosa tormenta. Palpóse entonces cuánta ventnja llevan á las <lemas instituciones, las que cstau basadas sobre la Ueligion; todo se des?1oro~1ó, todo cayo al récio golpe de la rnvas1on de los bárbaros, excepto la l~lesia _Y lo que en ella se apoyaba. ¿q.ue se hizo ?e l?s generales del irupeno, de sus eJérc1tos, de sus fortalezns? ¿,Qllé de los magistrudos y de su autoridad? ¿Qué de Ja lejislncion y del sistema ~dmini?trativo? Todo se tJispcrsó, se hizo . trizas cual eodeble red que se opusiera al robusto empuje de u11 enorme cetáceo; y los hijos <lel Aquilon sc_ntados eu un campo de trofeos, de rurnas de sangre, no vieron en rededor S?Jº otra cosa en pie que los altares, TH otras arma~ que no hubiesen · queLrnntado sino el báculo de los obispos. ¿Qué iudica este fcriómcno? indica el firme establecimiento que á la sazon tfnia ya en Espnña la Reli"ion cat?lic~, muestra que no era una c~sa postiza importada por los emperadores cris1 in nos, que no haLia menester el sosten <le la política, y que cuando le faltase el asilo material, podia encontrar otro mus seguro en el corazon de la maJoria de lo s c '3 paüulcs . La sangre de los múrtires tan copiosamente vertida en nuestro suelo durante las persecucioneti d los empera?ores gentiles, no había que: ~ado estéril; y cua~~o la caída de la Se~ nora del mundo deJo huerfanos los pueblos, aband?n?dos a si mismos, expuestos á ser victimas del primer conquistador, cuando la España se vió inundada con las ~mcesivas irrupciones de las hord,~s del norte, mostró la Iglesia nueva p.uJan~a Y brío, dominando con increíble serenidad la desencadeuada borrasca Aso~bro causa ver entonces la influenc_m del clero, cuál se conserva, cuál se ext1ei:;de y arraiga, apesar de fnltarJe el apoyo que. encontraba en la trabazon del imperio romano, y no obstante las contrariedades y persecuciones que tuvo que sufrir de la heren'fa arriana, dominante á la sazon entre los pueblos conquistadores. Cuánta debía de ser, ano bajo el dominio de dicha heregía, la influencia católica, échase de ver por los acontecimientos de la historia contemporánea; ba:sta11do it convencer de esto la para siempre memorable convers_íon de los gouos; pues que no era posible, ~tendido el curso ordinario de los acontecimientos, que se verificase de una manera tan repentina como satisfact?ria, en no suponiendo que la in'"'\ fluencia del clero católico habia tenido de antemano tal incremento, y gran.. geádose tal ascendiente, que predispuestos muy favorablemente los imimos . . ' no se necesito otra cosa que Ja voluntad y determinacion del monarca, para operar en el pueblo un cambio tan fundamental y extraordinario. Despues de tan feliz y trascendental mudanza, encuéntrase la influencia del clero tau pujante y dominadora, que así el trono como los rna5nates, como el pueblo, todos á una estan pendientes de los lábios de aquellos grandes obispos, que mientras sostenian y arreglaban la disciplina eclesiástica, creaban una grau nncion, formando una sola masa de vencedores y vencidos, realzando y ennobleciendo á los pueblos conquistados, que enflaquecidos poco ha con una civilizacion muelle y caduca tenían sufrente hundida en el polvo, y su corazou pegado á los goées brutales; amansando y civilizando á los bárbaros conquistadores, orgullosos de sus triunfos, y que sonservaban todavía una buena parte de nquellos ha.hitos feroces que trajeran de sus selváticas guaridas, y fundando de esta snerte uné\ monarqnía tan grandio• sa y espléndida, que si bien cayó al empuje de la invasion sarracena, presentó el inaudito fenómeno de renacer de sus ruinas, mas poderosa y brillante que no fuera en los tiempos de su antigua gloria. [Con t·inuará.J ANUNCIOS. ALGU~AS REFLECCJO~ES SOBRE EL PGRIODISUO POR EL lLT,\10. SR. DR. D. JUAN AMBROSIO HUERTA. a ó r~. ejemplar, en esta Imprenta. L..t LIBRIEBl,I. CA.TÓLIC.-1. ha recibido un surtido de obras escoj idas sobre toda materia, y continuará recibiendo segun el espendio de ellas en esta plaza. Tambien se pone en conocimiento de los amantes á la ciencia, que podrAn hacer pedidos de cualesquiera clase de obras, bajo el supuesto de que se les mandara traer aun de Jas librerías mas acreditadas de Europa, con las que tiene relaciones comerciales la «Librería Católica»; sin restric~ cion de las condiciones é 'idiomas ell que se qui~ra. Puno, Octubre t 7 de 1869. IMPRÚHA 11 LA IGLESIA PUNEÑA" DE MARIANO C. l\JARTINEZ.
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