na vez: 2. º-en sentar principios morales, que marcando el deber, contribuyan á la refoima de la sociedad: hé aquí el cuerpo de mi delito. Pasemos·ahora á su apreciacion jurídica~ Las leyes canónicas, corroboradas y confirmadas por el Santo Concilio de Trento, que como US. sabe es ley del Estado, exijen de los Obis- ·pos la celebracion anual de los Sínodos Diocesanos,. y esto ·por moti--- vos- que no se pueden ocultar á la dara y cato]ica penetracion de US. Si se qu~ere q'. la Religion c~vilize; si se desea que el catolicismo ejerza influjo en las masas hasta hoi semisalvajes de nuestros indios para dulcificar su ferocidad natural, si se intenta con tales fines proporcionar á los pueblos sacerdotes dignos de sú santa mision; nada mas racional, nada mas conforme. á los eternos principitis' de la justi~ia, que el der~- ·ého perfecto y esclusivo que otorgan los C~none·s á _los Obispos para dictar sus leyes sinodalés y la ohliga- <}ion que les imponen de reproducir 6 ampliar sus mandatos .anualmente, ~egun l,o exigieren las circunstancias. Entrabar esta accion, haciéndola depender de )a autoridad civíl, seria desvirtuar sus resultados, o mej0r dicho, apostatar de la fé cató.: lica. Tan cierto es ·eslo, Sr. Prefecto,. que los Sober·anos Españoles, los mas so)íciLos quizá, los mas exijentes. e.p materias de regalías, lejos de enervar la acciuu Jt; lv.., OLi::i.l:'u" \JU este sentido se tomaron la libertad de estimularlos al cumplimiento de su 'déber. US. comprenderá que el derecho. de Patronato no los facultaha para tanto, pues que á la autoridad-temporal, no le ·ha sido hecho el -encargo dé la salvacion de las almas, ni la soberanía destinada esclusivamen te para trabajar en el hie:µ temporal de sus súbditos, tenia por qué mezclarse en asuntos cuyo objeto es el bien eterno de los-fieles. Así lo quiso no obstante el Regalismo de ·esos tiempos que hoi, «aunque ~in fuerza alguna política)), desde nuestra emancipacion, se· pretende hacer revivir de una manera legal, para to¿los los asuntos que se relacionan con 'la Iglesia: regístrense sirio las leyes de Indias, y eii el libro 1.º, título 8.º, ley ~.a, se verá lo siguiente: c<Rogamos y encar- » gamos á los Obispos de nuestras » Indias, que cumpliendo con lp dis- » puesto por el Santo Concilio de » Trento, convoquen y junten en ·ca- » da u.n año Concilios Sinodales en 1 >) sus iglesias, disponiendo materifis >) de su obligacion, de forma que so >) consiga el servicio de Dios Nuestro » Señor y bien de sus súbdilos. Y >) mandamos a nuestros Vi-Reyes, » Fresidentes, Audiencias y Gober- » nadores, escriban todos los años á· >> los Prelados de sus Distritos, ha- » ciéncloles particular memoria de lo »referido, para que por todas partes » tenga efecto lo q' tanto importa.» El Rei, que aspiró siempre á llamarse nuestro amo, y que como tal pretendía centralizar entre sus man~s todo poder, aun el espiritual, leJos de exigir se le pidiese ve.... LA IGLESIA PUNEÑA. nia por los Obispos para la celebracion de esos Sínodos, recomendaba la vigilancia de sus autoridades subalternas, á fin de que no se olvidase lo mandado por el Santo Concilio de Trento en este asitnto que tanto impof'/'ta. Pero hai mas, Señor Prefecto:. en la lei 6. ª del mismo libro -y título citados, se lee lo siguiente- «Y en » cuanto á' los Sínodos Diocesanos, » tenemos por bien remitirlos, co- »·mo por la presente los remitimos, » á nuestros Vireyes, Presidentes y »Oidores de las. Audiencias reales, »en cuyos distritos se celebraren, » para que los vean, y vistos &.» Lo que prueba una vez mas, que la lei civíl, aun en lo9 tiempos de mas absoluto dominio ·sobre la Iglesia, jamas ha obligado á los Obis- ' pos á pedir permiso, ni menos á obtener consentimiento de la autoridad temporal para celebrar sus Sínodos. . . · · , Por lo' que hace 'á la obligacion que im,ponen en conciencia las leyes sinodales, hasta ridículo seria suponer que la auto,ridad temporal tuviese derecho para suspender la accion de diéhas leyes. ·El Sr. Paz Soldan, cuyo dictamen sin duda ha hechq fuerza en mue.ha~ inteligencias poco instruidas ·en la materia presente, dijo en su vista, lo que quiso decir, no lo que debia. Ella fué leida por mí e"staJ:!c10 en Lima; mas, 'como no había dado tramitacion alguna al -asunfo del S'modo, pues ·entendiendo que ni debía yo, -ni tenia por qué hacerlo, solo me limitab~ á dar parte de lo que dispuse realizar: tampoco quise ocuparme de dioho informe. Pasé un ejemplar de mis «Sinodales» al Supremo Gobierno para que lo viera, y con esto he creidci cumplir, tanto el deber de urbanidad, como el que la lei me imponia. La vis la del Sr. Fiscal vino mas tarde. El Supremo Gobierno la vio dos meses antes de mi regreso á esta ciudad, y, esto no obstante, hasta hoi, con el buen sentido que le ca~ racteriza, ha guardado silencio. Prueba inequlvoca de este aserto tiene US., desde que asegura en :su respetable nota que contesto, que cmo se le_han hecho por el Gobierno prevenciones á este respecto.» Apreciado pues jurídicamente el ,hecho de la celebracion de mi Sínodo, resulta que ni la lei canónica que, para un ·obispo, debe ser desoo-1uego la primera en estos asuntos, ni la antigua legislacion española, hoi citada por individuos que se jacléln de patriotas y de liberales, ni disposicion alguna del Gobierno actual, me han ·prohibido el cumplimiento de mi deber como Obispo: así convenía que fuera para honra de mi Pátria! ¿Qué vision asusta, pues, á la autoridad política de Lampa? Mientras yo sea Obispo de Puno, señor Prefecto, jamás consentiré que la injusticia se erija en principio, que las pasiones reinen, ni que cuatro atolondrados empHorcn la situacion moral de los pueblos, umurgándolos con sus escandalosas esplotaciones, como si los pueblos fueran su propiedad particular! Cumpliré con mi deber, reprimiendo el crímen, y predicando oportuna é iºnoportitnamen te la necesidad de observar la lei moral, sin que tema la guerra que siempre suponía me ~eclaráran pasiones mesquinas y ruines intereses. Por lo espuesto, US. comprenderá cuan delicada es mi situacion. Así me encuentro, señor Prefecto, siempre rod~ado de- dificultades para el , ejercicio de mi ministerio, siempre salvando conflictos que tienden á obligarme á que abandone mi solicitud pastoral. ¿Deberé ceder á tales exijencias hasta sacrificarles mi conciencia de Obis- . po? Estoi, puesl resuelto á · ne':ar a cabo las «Constituciones Sinodales)) Punenses, sea cual fuere el resultado. Si el Supremo Gobierno se empeñase en ~xigir su previo permiso como condicion indispensable para poder exigir su cumplimiento en el órden temporal, tendré ·la pena de no verlas apolladas por su autoridad, pero entre tanto, la fuerza obligatoria de mi Sínodo Diocesano, quedará siempre vigente en co:pciencia para todos los que sepan ser mis hijos en J esu Cristo-; Es verdad que no contaré con la fuerza física, que solo el Gobierno podria ofrecerme para un caso dado, pero sí podré disponer del derecho y_~IJ .wt: uLureiª la lei canónica, úmca que, en asun~os como el presente, me hasta para llenar los deberes de Prelado de la Diócesis de Puno. Con lo espuesto, dejando contestada la apreciable nota de US., tengo el placer de ofrecerle una vez mas mis respetos y consideraciones. Dios guarde á US. J°IJA..l'I" AMBROSIO, Obispo de Puno. Es fiel copiaCornelio Salazar-(Oficial l\Iayor). INSERCIONES, PLA.C'EHE§ RELATIVOS A.L ILTiUO. SEÑOU OBISPO DE LA P&Z. Arribo del Jltmo. Señor Ouispo de fa Pa.z c,l Santuario de Copacabana, El 25 de Abril, á eso de las cuatro de la tarde, tocaba el Iltmo. Obispo de la Paz el pórtico de Ca-hasaní, línea divisoria entre el Perú y Bolivia, con toda su comitiva mui distinguida, compuesta del señor Landaeta Sub-Prefecto de Chucuito, cuatro seüores Curas del Peru y varias otras personé\s de esa Republica, que tuvieron la bondad de acompañarle. Yunguyo, como todos los otros pueblos por los que transitó el lltmo. Sr. Obispo de la Paz, habíase esmerado para recibirlo, con todos los aparatos y arcos triunfales que en mas de doscientos se habían preparado en todo el tránsito. Entretanto, la vecindad de Copacabana y todos los feligreses de esa numerosa poblacion, encabezada por todas las autoridades y por el Jefe principal de lu línea, Coronel José Al vares, no menos entusiasta por la honra y gloria ele su Prelado el Sr: Obispo Clavijo, aguardab_a impaciente en el pórtico de C~-hasa~1, para !ª_ro.bien espresarle su b1envemda y rec1b1r su bendicion. En efecto, apenas se aproxima el Sr. Obispo al pórtico, y por el órgano de un Jóven entusiasta hijo de Copacabana que pronu!}ció una muy sentida alo: cucion encima de una mesa, el vecindario ~e Copacabana saluda al Ungido del Se~or, al Pastor y al Pontífice, que· se habia dignado venir á visitar ""e.l Santu~rio portentoso· de Copacabana. Termrnado este patético acto, presenciamos otro_ no menos tierno. Los gene• rosos amigos del Perú, que en numero de sesenta habian venido acompañándolo al Iltmo. Obispo de la Paz, como sacudidos por una mano electrica, echa~ todos pié á tierra, rogándolé los be_ndlga ~ntes de retirarse á su Repúbhca. Mil gotas de lágrimas corren durante la bendicion y en presencia de Dios, del Titicaca, que en aquel momento parecia adormecido con los golpes de música y cantos, que resonaban en sus riberas, el Sub-Prefecto de Chucuito y la noble c_omitiva peruana, ·entregaban al Pastor, al Padre, al Hermano y al Amigo, que 4abia ido á recibir el Oleo Santo de _los Apóstoles, de. manos del eminente Obispo de Puno Sr. Huerta, entrelazando de este modo la union y fraternidad de dos pueblos · hermanos, en brazos de sus queridos Diocesanos al tocar el primer pu~to de su Diócesis. Los unos se arrancaban · con ternura de los brazos . del amigo, quie.n sabe, para no mas verlo, mientras que los otros turban el silencio del dolor con la melodiosa voz del «Hosana.» En todo el trayecto de mas de dos leguas, quinientos ochenta arcos triunfales agrupados de gente, bailes, danzas, derramando misturas, se disputan el honor de recibir al nuevo Prelado, mientus un brillante séquito de ecle• siasticos, vecinós distinguidos, señoras y empleados militares, entapizan su paso entonando el Gloria al que viene en nombre del Señor. No hubo liegado al estremo de la poblucion, el sefior Cura del Santuario, con sus capellanes y <lemas eclesiásticos, desplegan el palio, y bajo de él fué llevado el representante del Sacerdocio eterno al Templo del Señor a entonar el Te Deum, conforme á los ritos sagrados. Este Santuario al que han venido los Bolívares, los Sacres, los Santa Cruces y otros muchos grandes hombres, á hincar la rodilla é inclinar la frente, merece la veneracion y simpatías de todos los hombre~: no había visto debajo de sus bóvedas sagradas á ningun Obispo Diocesano de la Paz, en el dilatado espacio qe un siglo, por lo ínismo tributamos un homennge de gratitud al Iltmo. · Sr. Obispo Clavija, que empieza su apostolado con un acto eminentemente religioso. Gloria al que nos trae la bendicion y la paz. - Cual el inmortal conde de Lemus que el año 1642 visitó el Santuario despucs de haber levantado a su costa este magnífico Templo para el culto de l\laría, quiso el primer Obispo de,la Paz, Jltmo. Sr . Clavijo, visitar por sí mismo este Santuario y fortificarse en presencia de la Madre del Divino Amor, con el espíritu de caridad y paz, implorando sus socorros divinos, para regir una tan dilatada grey. El conoce como pocos la importancia de su ministerio y la debilidad de sus hombros, para dar a la Iglesia boliviana dias de paz y ventura, sin recurrir antes á la .Madre de todas las gracias. Que ?n los tres no~enarios que hoi !mee, re~1ba _con_ profus1on santas y saludables rnsp1rac!olles.-Que su Episcopado se levante a la altur~ del Cristianismo.-Que el pobre, la vrnda, el huérfano y el infortunado, en fin, en-. cuentrcn en él al padre, al hermano y amigo, que bajo su cayado pastoral se unan el clero y el pueblo, porque todos somos hijos de un- mismo padre que es Dios~
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