La Iglesia puneña : órgano del gobierno ecleseástico de esta diocesis/Título posterior : La Iglesia Puneña periódico semanal. órgano ofial del gobierno eclesiástico de la diocesis(desde N°37)/Título posterior: La Iglesia puneña: publicación eventual. órgano de dcoumentos, doctria y hechos (desde n°180) - Año Nº1-18,/Nº19 Ene 12/Año 2-Nº2/Año 1,Nº3/Año II-Nº 23-51/Año III Nº52-79/AñoIV Nº 80-99/100-116/ Año V-117-136/Año VI 137-148/Año VI Nº149-172/Año VII-Nº175-184

N ANO IV. PUNO, MAYO 7 DE t869. N. ~ 88. €" Jglesiti i fuñtñá.~. PERIODICO SEMANAL. ORGANO OFICIAL DEL GOBIERNO ECLESIASTICO DE LA DIOCESIS. Ja ~glesfa l]nnefüt. Puno, Mayo i.0 do i869. Poseidos de una justa desconfianza, trazamos algunas líneas en nuestro número anterior, para dirijirnos á los respetables padres de familia con respecto á la educacion Je sus hijos, llamados á ser un dia, lo que ellos quieran que sean; como que los hijos no seran otra cosa, que el fiel y exar,Lo reflejo del ejemplo y enseñan.za de los padres. Ahora volvemos á tomar la pluma, aun con mayor -:iesconfianza por la insuficiencia que nos caracteriza, para avanzar del peq11eño recinto del hogar domé::itico, en el que solo se inicia la educacion de los hijos, al ·espinoso y árido campo de la misma educacion de los niños en las escuelas y colegios, tau llenos de er'uditos maestros, pPro in~iferentes y hastcri •-morantes del indispensable y primer°elemenlo de la educacionla reZigi·on cat6lica . . Para que los padres de familia queden satisfechos del cumplimiento de su augusta mision paternal sobre la tierra, no basta que comprendiendo y practicando el temor de .Di·os, hayan realizado los fines particulares que debe llenar la sociedad doméstica en s1 misma y con relacion á las demas de su especie; no basta, en una palabra, que hayan cuidado á sus hijos, criando y manteniendo en ellos la inocencia y·pureza de sentimientos é ideas; correspondiendo así á los allos fines de la Divina Providencia, que ha constituido a los padres con relacion á · los hijos, en instrumentos sagrados de su accion. De nada servir1a que un niño saliera de la casa paterna luciendo su inoce ·i cia, respirando el aire de hábitos y costumbres cristianas, elevando siempre sus ojos á la mansion celestial dP, do11de esperára todo don y toda forta1Pza; si esa misma inócencia y angelicales cualidades, habían de fracasar sPguramente en escollos insupnables para su naciente inteligencia y poco 6 nada vigoroso corazon. · Los saludables principios verdaderos, las sanas doctrinas, los buenos sentimientos, y los hábitos cristiauos, necesitan de apoyo firme y de una savia que robustezca; todo lo que se conseguirá, entregando los padres á sus hijos, como no puede ser de otro modo, á maestros__que no sPan simples pedagogos, smo padres en Nuestro Señor Jesucristo; es decir, que proporcionando la enseñanza genuina, no descuiden la formacion del corazon segun la leí del SPñor. Nada diriamos á los padres de familia con referencia á los maestros, que desde cierta edad se encargan de la pura instruccion de sus hijos, separada de la educacion cristiana, sino los viéramos observar en este pnnlo una desentendencia punible. t\ penas á un niño se le conceptua en edad de pasar de ]a casa doméstica á la escuela ó colegio, se le entrega casi a s1 propio, y á la esclusiva direccion de los maestros, y ya el celo paternal se descuida: no hai interés por vigilar activamente su conducta, principios que se le enseña, hábitos que contrae y compañías que adquiere. Cuando un padre se in teresa activarnen te por el bien de su hijo, cree salvar su responsabilidad con estar <'erciorado de sn puu tual asíste1ioia al eBtohl ecimien to- de eclucacion, pero, donde quizá pervierte no solo sus ideas y adc1uiere un fondo de insondables principios nocivos, sino que prostituye su corazon, para ser mas tarde, en lugar de honra, el testimo- . nio fidedigno de la indolencia con que se le ha visto desfüarse por el sende¡o de la perdicion. Incautos conductores de vuestros hijos y directamente responsables de su buena ó mala educacion, cuyos frutos teneis que saborearlos irremediablemente; no os descuideis en la eleccion de los verdaderos maestros, qne tomando en parte el peso de vuestros inalienables deber.es, os so~Lituyen para labrar la felicidad de los que se os ha encomendado por la mano de Dios. 'romad:i esta necesaria precaucion, teneis ademas que redoblar vuestr~ esmero para imponeros del jiro y crecimiento intelectual y moral de los niños, para precaucionarles riezgos q' por s1 solos c;on incapaces de conjurarlos. Si faltais á estas obligaciones q', no dudamos, vuestra conciencia os las insinua, ya vereis ]a amargura q' causará en vuestro corazon el efecto de la venenosa educarion, q' imprudentes dejareis proporcionar á vuestros hijos. Sed sollciLos, y no os canseis hasta ver entregados á los que mereren todo esmero, en manos de hábiles y cristianos maestros; y pues solo entonces encontrareis algun solaz en vuestras penosas fatigas. Su Santidad el señor Pio IX ha • dirigido una carta á Monseñor Darhoy Ar.zohispo de París, que se registra en el «Nacional» n.º 1149, , lunes 19 de Abril del presente año. Nada tendriamos que decir reproduciendo la predicha carta, sino viniera P.ncabezada por un exordio de «lll Courr-ier de Etats-Unis» que á primera vista parece prohijado por «El Nacional.>, (a) Dicho exordio contiene ideas tan poco exactas, tan exóticas hoy, por no decir tan anticatólicas, que apenas podríamos pasarlas desapercibidas. Su autor tacha la carta, suponiendo en ella: 1. º doctrinas absolutistas que están en vía de prevalecer en la Iglesia: 2. º supone en el Romano Pon Lífice, un desprecio profundo por las leyes de Francia: 3. 0 lo acusa de inurbano, por cuan to, rehusando el jansenismo, rechaza el título de pr~·- rnus i'rnt'!,r pares: 4.0 lo acusa de violadM del concordato, y de portarse ingratamente, para con la Frencia, por cuanto recibe del Tesoro publico, con reguleriébd, ~~na retri·buáon ESPLÉNDIDA para el Clero, y porque si está en H.oma, es porque el ejército francés lo ha colocado en la silla de San Pedro. Para estudiar por partes, tan sérias acusaciones hechas con una lijereza y un aplomo que nos sorprende, necesitamos, no escribir cuatro palabras, como el autor lo ha hecho, y corno lo hace todo el que calumnia; insertamos pues, por ahora, la carta, reservándonos para los siguientes números, el exámen de las aseveraciones hechas en c,El Courrier de Etats-Unis.» El Papa.Plo IX al venerable hermano Jorge. A.rzobCtipo de Parls. Venerable hermano, salud y bendicion apostólica. Por una carta, escrita con nuestra propia mano, que os dirigimos el 24 de noviembre del año anterior, facilmente habreis podido convenceros de nuestra paternal benevolencia hácia vos. A la verdad, abrigabamos la firme esperanza de que, impresionado por los sentimientos de nuestro corazon, que os ama, querríais corresponder diligente á nuestra afrccion, ceder lle bue u izrado á nues• tros deseos, y dar pruebas explícitas de vuestro rendimiento a nuestra persona y á la ·silla de Pedro, como cumple á un obispo católico. Lo esperábamos tanto mas, cuanto que habiendo sido designado para la Iglesia arzobispal de París, tuvisteis cuidado de dirigirnos una carta, en la que profesabais la mayor adhesion á nuestra persona y á esta Sede apostólica, asi cC>mo el mas cum~lido respeto por nosotros y por esa misma Sede. (a).-De la autentirirlad de est;. carta solo respondemos por la publicacion á que aludimos, sin embargo de ser ella en todo conforme a. la doctrina católica . Fuertes en esa esperanza, creimos bueno, en esa carta que os escribimos y que os recordemos, no decir una sola pa_labra de la que nos dirigisteis en el mismo año, en las calendas de setiem• bre, respondiendo á la nuestra de 26 de abril .anterior, ª. propósito de algunos negoc10s concermentes á vuestra Diócesis. Semejante carta, viniendo de vos, no ha sido para nosotros lijero motivo -de admiracion y de tristeza, porque, contra nuestra espectativa, nos hizo en.. tender que abrigabais opiniones del to• do contrarias á la divina primacía del Pontífice romano sobre la Iglesia uni• versal. No vacilais en sostener que el poder del Pontífice romano sobre las Diócesis episcopales, no e:i ni ordinario ni inmedia to, Vuestra opinion es que el Pontífice de Roma no puede interponer su autoridad en otra Diócesis, sino en el ún"ico caso de estar alguna de tal manera perturbada y en desorden, que tal intervencion fuese el unico medio de salvar· á las a I mas, y de remediar la negligPncia de los pastores. Pensais que ese derecln aivino, en virtud del ~ual el obispo es el unico juez en Sll Diocesis, es completamente desconocido, desde que, fuera del caso citado de necesidad evidente, el Soberano Pontífice se entromete en los asuntos de esa Diócesis: vuestra opinio11 es que una Diócesis canónicam.e11te <'rigida y en donde la gerarquía está regularmente establecida, se encuentra en el caso de un pais de misiones, desde el momento en que el Pontífice de Roma, fuera del caso supuesto, ejerce su autoridad en ella. Ademas, y principalmente en vuestro di ·r.urso en el Senado, tachasteis de abusos las apelaciones á la Sede apostólica; atacasteis el derecho que todo fiel tiene de ocurrir al Pontífice romano, y dijisteis que ese derecho impide y hace casi imposible la administracion de una Diócesis. Sin embargo qne no vacilais en manifestar semejante doctrina, declarais ex• plícita y abiertamente los medios de que os servireis para mantenerla con firmeza, porque declarais que estais decidi• dos á resistir con todas vuestras fuerzas y á tomar medidas para que, fuera de ese caso necesario, ántes y tantns veces repetido, la intervencion directa del pontífice r9mano, no tenga lugar jamas; pretendeis que el gobierno de los regu• lares, de la nunciatura y de las congre• gaciones romanas no tiene otro- objeto que el de llevar la intervencion directa del soberano pontífice á las diócecis, de• cis, por otra parte, que quereis, ó exitar á vuestros venerables hermanos, los jefes del sacerdoeio en Francia á adherirse á vuestros sentimientos, o bien á apelar al publico por medio ~~ ..un_a instruccion que al efecto se le dmJir~a. No temeis el presentar, en ese 1:111smo discurso al senado, muchas medidas contrarias á 1a suprema autoridad del pontifice romano y de esta Sede, que consisten en retener las cartas apostó• licas someterlas al beneplácito, al agrado d~ la autoridad civil y á recurrir al ' poder secular. . En ese mismo discurso, que ha sido impre~o eu seguida , tratando tambien

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