La Iglesia puneña : órgano del gobierno ecleseástico de esta diocesis/Título posterior : La Iglesia Puneña periódico semanal. órgano ofial del gobierno eclesiástico de la diocesis(desde N°37)/Título posterior: La Iglesia puneña: publicación eventual. órgano de dcoumentos, doctria y hechos (desde n°180) - Año Nº1-18,/Nº19 Ene 12/Año 2-Nº2/Año 1,Nº3/Año II-Nº 23-51/Año III Nº52-79/AñoIV Nº 80-99/100-116/ Año V-117-136/Año VI 137-148/Año VI Nº149-172/Año VII-Nº175-184

tándose, le insultaban diciendole:-Ha salvado á los otros, y no puede salvarse á si mismo.-Y los que pasaban meneaban la cabeza y decian tambíen:- Si es el rei de Isrnel, que baje de su cruz, y entonces creeremos en él .--Los fariceos y los ancianos se burlaban tambien de sus dolores con la mas profunda gravedad y la mas acerba ironía,- «Ese, decian, que destruía el templo de Dios, y podía reedificarle en tres dias, ¿cómo es que no se salva á sí propio? Si es verdaderamente el Hijo de Dios, y si Dios le ama, Dios le libertará. »-Luego los soldados sentados que le custodiaban se iban levantando por su turno, y le insultaban presentándole hiel y vinagre, y diciendo tambien estas palabras:-«Si es el reí de los judios, que lo manifieste,-Pilatos había hecho poner encima de aquella cruz esta inscripcion: «Jesus de Nazaret, rei de los Judíos.» «Él, en medio de todo aque1lo, desde lo alto de su cruz, coronada la frente de espinas y los ojos moribundos, oraba y decia:-«Padre mio, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» ················································· «Mientras que al pié de la cruz las pasiones humanas se ajitaban, se abandonaban á toda su violencia; mientras que aquella rejion de las blasfemias, aquella atmósfera del crímen reposaban sobre la tierra y rodeaban á los Fariseos y á los verdugos, en ~na rejion superior y mas pura, la virtud de la cruz empezaba á hacerse sentir; la divinidad del Hijo de Dios se manifestaba en aquella atmósfera. Oíase una voz que decia: «Nosotros sufrimos con justicia, llevamos la pena de nuestros crímenes, pero él no ha hecho nada malo;» lu~- go vol viéndose á J esus, el que ha~rn pronunciado estas palabras, le diJo: «Señor, acordaos de mí cuando hayais entrado en vuestro reino.»-Despue8 de un momento de silencio, oyósc otra voz que le respondía: «En ~crdad te digo que hoi estarlts conmigo en el cielo.» <•Hoi, á esta hora, de un confin al otro del mundo, el universo está pasmado silencioso. ¡Oh Diosl ¡Cuan poderos~ sois parar convertir las tinie4 blas en luz, las aflicciones en alegtia, y hacer triunfar vuestra gracia donde parece que para siempre está triunfante el pecado! c,Los p1·ofetas y los patriarcas no han entrado todavía en el reino de Jesucristo: todavía aguardan Abrahan y l\Ioisés. Los que soportaron el peso del día y del calor aguardan aun, y ese malhechor es recibido el primero con amor, con honra. ,,¡Ah! hermanos mios! una gran leccion se encierra en esto, y es preciso comprenderla bien. ¿Qué ocasiona este prodijio? La cruz de Jesucristo: y la cruz de ese malhechor, es la cruz: la cruz del Hijo de Dios es la suya tambien. Observad bien esto: sufre y se hace mejor; sufre, y el cielo se abre delante de él: tal es el alma del cristianismo. La vida está en la muerte, la salvacion está en la cruz. Jamas os lrnré comprender esta verdad: el que os habla no la comprende tampoco: es preciso creerla como cosa superior á la intelijencia humana. La vida está en la muerte, y la sal vacion está en la cruz. ,,Bien comprendeis á lo n1enos, que esta verJad es sencilla, pues es la mas sencilla espresion del día en que estamos. El viernes santo no dá la vida al mundo sino porque el hijo de Dios sufre personalmente la muerte en su naturaleza humana. La naturaleza humana, culpable, deshonrada, mala, tiene necesidad de una grande é íntima reparacion. ·········-········································ «Se ha dicho algunas veces que el Hijo de Dios en la cruz, suspendió algunos momentos la salvacion del mundo LA IGLESIA PUNEÑA. por pagar la deuda de la piedad filial. No: la redencion del mundo no se suspendió entonces; se continuó, se consumó. En esto se encierra un profundo misterio: procuremos penetrarle. «Estas palabras:-¡Oh vosotros todos los que pasais por el camino, paraos un momento, considerad y ved si hai un dolor semejante á mi dolor!-estas palabras que resuenan al pié de la cruz, son la voz de una mujer, son el grita de una madre junto a su hijo, a quien le desgarran las entrañas. ¡Oh hermanos mios! en ese Calvario pasan estrañas cosas, y se encuentran inauditos estremos. Había allí, pues, una mujer, una vírgen, una madre, y se necesitaba una mujer, la segunda mitad del linage humano, que había pecado la _primera: una vírgen sin pecado, sin mancilla, la mas pura, la mas inocente, que raparase el crímen de la primera Eva: en fin, uua madre en pié junto á la cruz de su hijo, para hacer, de acuerdo con él, el sacrificio de la redencion del mundo, la segunda madre del linage humano regenerado; una madre, es decir, lo mas noble, lo mas justo, lo mas sagrado que hai en la tierra; una madre, es decir, esa flaca y sublime criatura, asociada por un vínculo maravilloso, aso- ' ciada por el Dios del cielo y de la tierra á su providencia suprema, para continuar con él la admirable obra de su creacion. Entonces, aquella noble criatura olvidó sus deberes: nos debía la vida, nos ha dado la muerte, y he aquí, tal vez por qué era necesaria la cooperacion de un dolor maternal en el Calvario. «Se ha dicho, y es cierto que, aun despues de la caída original, la corona de la dignidad maternal es todavía hermosa y santa. Esa corona desciende de los cielos, Dios es quien la dá, y cuando la pone en la tierra sobre la frente de la virtud, cuando la desgracia viene á empañar 811 esplendor la diadema es mas brillante que un trono, y pesa menos en el corazon que la de los reyes. «¿Quien dira, hermanos mios, quién dirá la dulzura y la fuerza, la magestad y el poder del amor maternal? ¿Quién dirá sn providencia, su sublimidad y su ternura, quién dirá sus dolores? Los dolores maternales son indecibles, son inconsolables. Cuando esa corona se rompe, cuando de ella se arranca violentamente una jóven y tierna flor; cuando esas dulzuras se truecan en amarguras; cuando esa alegria tan viva que babia hecho olvidar los mayores padecimientos, 5e ve derepente, por la pobreza ó la desgracia rechazada, sumida en el fondo del alma, ¡oh! entonces, hácese en ella un grande y tétrico silencio, y sobre aquella frente despojada de sucorona, se ven pasar nubes sombrías que parece que ocultan culpas. «Ese grito que oimos resonar al pié de la cruz:-¡Oh vosotros todos los que pasais por el camino, paraos un momento, considerad y ved si hai un dolor semejante á mi dolor!-es el ~rito de una madre, á quien le despedazan lás entrañas. ¡Ah, hermanos mios! cuan j usto es el dolor maternal! ¡y cuan tierno tambien! Ese dolor tiene una mnfrr stad que admira, un brillo que deslumbra: es un sollozo del alma que penetra, que quebranta, que domina á las mas humildes, ñ las mas flacas criaturas, cuando les arrancan sus hijos.-«¡Vnélveme mi hijo!» decia al leon de Florencia una madre, de rodillas delante de él, en su frenético dolor, y el leon subyugado, vencido, deja el nifio á sus piés. No, no hai naturaleza tan feroz, no hai barbarie tan suma, que pueda resistir á ese grito. ¡Ah! hermanos mios, renuncio á esplicaros ese dolor, porque es demasiado profundo. Llamado algunas veces a causa de mi ministerio á consolar los dolores de la tierra, siempre á ese le he hallado inconsolable. Sin duda hai algo en el que no sana sino en el cielo: hai acaso en él algo divino .. que no se repone sino en una vida mejor,-¿Que se yo? Es acaso ln ternura en el coruzon del mismo Dios: el J~vangelio lo insinua. Y esta es la rnzon por que esos dolores no se pueden sanar, porque las mas• vivas alegrías no pueden consolarlos. «Una vez se oyó una voz en las alturas de Belen: aquella voz era la de Raquel que lloraba y gemía con inagota• bles lágrimas, y no quería ser consolada porque sus hijos le habían sido arrebatados. ¿Cómo es que hai padecimientos tales en una dignidad tan alta? ¿cómo se tornan tan amargas esas dulzuras? ¿por qué hai tan profundos dolores en entrañas que nos dieron la vida? ¡Oh! en vista de todo eso, me siento animado de una compasion profunda y religiosa y compadezco los mas íntimos infortunios de la humanidad. «Concebirás en el dolor, oh mujer, criaras a tus hijos en el dolor, y á veces tamhien en el dolor lo verás morir. Todos los padecimientos de la humanidad pesan sobre t í : tú pecaste la primera: con esos dol ores expiau los fieles el crimen_de su madre, y hé aqui por qué babia un dolo1· maternal en el Cal vario. Sí, hermanos mios; hace diez y ocho siglos, habia en la tierra una mujer, una vírgen, una madre, una mujer por largo tiempo bendita y bienaventurada entre todas las mujeres: una vfrgen, por largo tiempo tambien venturosa, y luego derepente colmada de amarguras y de dolores: una madre, feliz por largo tiempo tambien entre todas las madres!-El hijo de sus entrañas era bendito: los ángeles del cielo iban á visitar su cabaña. «¡Oh alegrías de Nazaret, ó dicha de estar élla sola con él, por espacio de treinta aúos, ignorada de la tierra entera, desconocida del mundo, sola con él! ¡Oh alegrías puras, oh alegrías desconocidas! ¡Oh dicha de verle crecer ú st1 vista! ¡Ob dulce imágen de las delicias del cielo! ¿qué os habeis hecho? ¡Oh l\Iaría! ¡Tan nublmm ltulJia lh: ser In tarde de tu vida despues de una mañana tan pura! Y sin embargo, la felicidad de aquella madre no habia sido del todo completa: un anciano misterioso le había anunciado un dia que su Hijo crecería para un sangriento sacrificio, y que su madre debía asistir y cooperar aquel día a la inmolacion de la víctima. Desde aquel día, aquella madre estuvo triste: esta imagen se presentaba perpetuamente á su alma: cuando veía a su Hijo tender hácia ella sus inocentes manos, cuando le ayudaba a dar los primeros pasos, de pronto creía ver :iquel rostro cubierto de sangre y de inmundicia; cuando, con sus manos, le preparaba la cuna, ó cual'ldo conte1,.1plaba su sueño, parecíale derepente que le veia moribundo en una cruz, traspasados los pies y las manos con agudos clavos. Vedla ahora, como yo la veo, fiel á la terrible profecía, en pié, inmóvil, junto á la cruz, contemplando en silencio el misterio de dolor y de ignominia, no vencida por el dolor, sino firme, de pié. «Era preciso, dice Bossuet, que l\Iaria participase del amor del Pau re eterno á los pecadores, y que entregasen su Hijo coman, de comun acuerdo. Era preciso en efecto, ¡pero qué dolor en su corazon, en el corazon de aquella madre! ¡cuál se partian sus entrañas cuando r esonaban los martillos en sus oidos, cuando le contemplaba de pié, inmóvil, al lado de su cruz, y cuando en fin Jesus, volviendo hácia ella sus ojos moribundos y apagados, le dijo: ¡Oh tú á quien Ja no puedo llamar mi madre, ese es tu hijo: ecce filius titus. Sacrificame, ese es tu hijo: adopta á ese clicíspulo que yo amo; te dejo todos aquellos por quien muero en este dia) que van á nacer de mis heridas y á quienes mi postrer suspiro va á regenerar para la vida eterna: ese es tu hijo-ecce fili us tuus. En medio de lus reliquias de mi Iglesia, recibe al que me representa, á todos los que yo salvo: ese es \µ hijo, eccc ftlius tui¿s. En aquel momento, hermanos mios, estas palabras tan santas y penetrantes del Hijo de Dios, seme nte á una espada de dos filos, penetr, on como una terrible llama basta el fo o del corazon de l\Iaria. Desde aquel ~omento fuimos sus hijos mas queridoS', por nosotros sacrificó su hijo, y respo diendo a las. palabras de Jesucristo con ~na mirada en la que apareció dercpen\e lo mas profundo y terrible que hay en el dolor de una madre, lo mas delicado, lo mas sensible que hay en un corazon de madre traspasado: le respondió: Co~- siento. Su alma, arrancada de sus ra1ces por aquel sublime esfuerzo, vá á sucumbir, y sin embargo allí está ella en pié, y en pie en la actitud sacerdotal. Entonces fué •cuando nos dijo Jesucristo:-«Hijos, esa es vuestra madre.n- «La redencion empezaba: todos los consentimientos estaban dados: derepente mudó la escena en el Calvario. «Ilasta entónces el sol babia alumbrado la tierra; la oracion de Jesus, muriendo por sus verdugos, la promesa del cielo y la escena maternal, todo esto había pasado á la luz del dia, pero aquí derepente cambia la escena, y se cubre de un profundo horror; la antorcha del din se apaga, se cubre de una sangrienta nube. Una densa noche se estíende sobre la tierra; inmensas sombras se derraman de uno a otro confin del universo. Jesucristo entra y desaparece en aquella profunda noche, que todo lo envuelve, a los blasfemos y á la madre de los dolores, la santa montaña y la cruz, los verdugos y la víctima: era como el santuario de la justicia eterna, velada de un religioso horror. Jesucristo entra en ella, como antiguamente en la nube del tabernáculo, y se queda allí por espacio de tres horas: entra y queda en silencio en las tiniebhs, llorando y haciendo oracion: se queda en aquellas tinieblas, el que era la luz del mundo: quédase en aquel profundo silencio: ninguna palabra se oyó en la tierra: el Verbo eterno hablaba á su Padre. Ya habia llegado la hora de tratar en fin con el cielo irrita= do, de presentarse como víctima á la eterna cólera, de arrancar á Dios su fatal sentencia, de clavarse en la cruz y de firmar la paz. Esa negociacion duró tres horas. Lo que pasó en ella fué y es todavia el secreto de Dios: solamente se sabe que J esus estuvo todo aquel tiempo en las tinieblas, en un silencio q_ue ni siq~iera interrumpían las blasfemias de In tierra: la tierra estaba en u~rn profunda consternacion, y como horriblemente oprimida por las sombras qt~e. pesaban sobr.e ella. Dios no perm1t10 las blasf~mrns mientras se ajustaban los grandes intereses de la eterna justicia: las pasiones humanas debieron callarse en fin mientras que el Redento1· .of1:ecia en sacrificio su vida por la esp1ac10n de los crímenes de aquellas: era precis? dejar un momento de repo. so convemente y acaso necesario á la redencion del mundo. «Pareció, sin embargo, por un rno. mento interrumpido el silencio por lágrimas, suplicas, gemidos y suspiros. ~u madre, que continuaba de pié junto á su cruz, sus amigos que estaban allí gimiendo, se acercaron á el durante aquellas tinieblas para considerarlo mas de cerca, y, segun ellos mismos han contado, vieron, ó á lo menos oyeron, en aquella profunda noche, á la víctima divina hablar, gemir, suplicar, sostener con empefio y dolor nuestros grandes intereses. Habia allí sobre la crnz, entre aquel divino crucificado y un poder ioYeucibJe, pero presente, un gran litigio, una violenta lucha. Aquel será eternamente el secreto de Dios: solo sabemos que el Padre celestial negó sin compasion rn asistcn_cia á su bijo .

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