rio griego, si el Oriente no hubiese tristemente roto con el Occidente, si nunca hubiera sido la presa del Islamismo, que lo ha rebajado tanto, teniéndolo aan hoi bajo su férula; no habria arrastrado á su cisma á otro vasto imperio, en cuyo seno gimen mas de 70 millones de almas, bajo el doble peso del despotismo religioso y político. ¿Y quién puede decir lo que hoi serian los pueblos cristianos de Europa, sin el luteranismo, el calvinismo, y tantas otras divisiones, y cuantas fuerzas -vivas han hecho perder al cristianismo estas separaciones desgraciadas, para poder con ellas conservar en la luz del Evangelio á tantas almas que la incredulidad le ha arrebatado despues? ¿Quién puede, sobre todo, medir las trabas opuestas á la difusion del Evangelio, en los paises infieles? Hecho lamentable! Existen aho·ra mismo millones de hombres sobre quienes , no se refleja el Evangelio, y que permanecen sepultados en las tinieblas de la infidelidad. Ved á esos pobres paganos en las orillas de sus islas lejanas! Esperan vagamente a un Salvador; tienden los brazos hácia el verdadero Dios, . invocan con la voz de sus miserias y de sus sufrimientos, la luz, la verdad, la salvacion. Y hace diez y ocho siglos que Jesucristo vino a traer al mundo todos estos bienes y que dijo á sus apóstoles esta gran palabra: Predicad el Evangelio a toda criatura! Pues bien: hé aquí, en fin, á los apóstoles de Jesucristo, a los discípulos, á los émulos de ese Pedro y de ese Pablo, que llegaron un dia á las playas de Italia, que predicaron á nuestros padres el mismo Evangelio, y que murieron juntos por la misma fé! Pero, pobres indios, pobres japoneses! tras de los apóstoles de la Iglesia Católica, enviados por. el sucesor de aquel á quien dijo Jesucristo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia,» desembarcan otros misioneros que van á combatirlos! ¿Quién los envia? Acaso Jesucristo? Cómo! El Cristo, como lo preguntaba, en otro tiempo San Pablo con dolor, á los disidentes de los primeros siglos, el Cristo está dividido? · Divisus est Christus'! ¿No es esa ¡oh hermanos nuestros separados! no es esa, os lo pregunto, una horrible desgracia par~ esos pobres infieles? ¿Y no es eso para que derrame inmensas lágrimas todo corazon cristiapo? Y la union si fuese posible ·y ¿por qué no babia de serlo, desde que es el voto del Se:tlor? la uoion, ahora sobre todo, que todos los caminos estan abier• tos y borradas las distancias, ¿no seria un paso feliz, y un gran paso hácia la evangelizacion de toda criatura, cuya ' mision confió el Sefior, al abandonar el mundo, á ·sus apóstoles y á sus sucesores? Sí, toda alma en que vive el espíritu de Jesucristo, debe esperimentar como un martirio en el corazoo, en pre• sencia de las separaciones, y sentirse impulsado de dirijir al cielo la oracion del Salvador y el grito de la unidad: «Padre mio, que sean todos unos, como vos y yo somos uno.,, Pues bien, esa es la gran preocupacion que domina al jefe de la Iglesia Católica, cuando olvidando sus propios peligros y movido por esa solicitud por todas las Iglesias, que pesa sobre él, convoca el Concilio _ecuménico. Se dirije al Oriente y al Occidente, lanza á todas las comuniones separadas, una palabra de paz, un generoso llamamiento á la unidad: cualquiera que sea el recibimiento que se haga á su palabra: ¿quién no verá en' ese esfuerzo supremo en favor de la · union de todos los cristianos, un pensamiento del cielo, inspirado por Aquel que quiso que su Iglesia fuese una y que dijo lo que el Santo Padre se c~mplace en recordar: «Por eso, por esa señal precisamente se os reconocerá por mis discípulos?» ¿Responderán á ese pensamiento y á esos votos nuestros hermanos de Oriente y Occidente? El Oriente! Cómo no conmoverse de• LA IGLESIA PUNEÑA. !ante de esa cuna de la antigua f é, de donde nos ha venido la luz? He visto estremecerse a los obispos católicos de Oriente, con la noticia del futuro concilio, y esperar para su Iglesia un des• pertamiento de vida nueva y de fecundd actividad. Pero, ¿rehusaran las Iglesias orientales desunidas, escuchar «estas palabras de paz y de caridad,» que el Santo Padre acaba de dirijirles «con toda la efusion de su corazon?» ¿Por qué habían de ser sordas á ese llamamiento? ¿Por qué temores infundados ó quiméricos? ¿Quién no lo ha notado, y quién no se ha conmovido profundamenti? ¡Con qué delicadeza y con qué acento de par• ticular ternura el Santo Padre habla de nuestros hermanos orientales, que en medio de esa Asia musulmana, «reconocen como nosotro~ y adoran á JesuCristo, y que, rescatados con su· mui preciosa sangre, han sido agregados á su Iglesia por el santo bautismo!» Cuántos miramientos para esas Iglesias antiguas, hoi tan desgraciadamente separadas de la gran unidad, pero que en otro tiempo «brillaban tanto por la santidad y la doctrina celeste, dando frutos abundantes para la gloria de Dios y la salvacion de las almas!" Y al mismo tiempo, cuánta mansedumbre, cuánto olvido de todos los cargos irritantes! El Santo Padre solo habla de caridad y de paz; solo pide una cosa, que «renovándose las antiguas leyes de amor y la paz de nuestros padres, ese saludable y celeste don del Cristo desaparecido por un tiempo, estando sólidamente restablecido, la serena luz de una union deseada, brille á los ojos de todos, tras de las nubes de un largo luto, y la sombría y triste oscuridad de las largas disidencias.» E~te deseo de unioo y de paz, tan profundo, no solo en el corazon del Santo Padre, sino tambien, no lo duden nuestros hermanos orientales, en el corazon de todos los obispos y de todos los cristianos de Occidente, ¿cómo no babia de ser el voto de su fé, de ellos tambien y de cualquiera que en la tierra lleve el nombre de cristiano? ¡Dios mio! ¿hai algun bien en ese desgarramiento de la túnica del Cristo? Y ¿qué ganan en luz, en caridad, las Iglesias del viejo Oriente en permanecer incomunicadas con las del Universo entero? Quién las detiene? ¿Estamos todavía en los tiempos de las sutilezas metafísicas y de las argucias del Bajo Imperi9? Hablaba, hace poco, de los pueblos infieles: que me permitan mis hermanos los obispos orientales, reco1·darles cual es en este momento el estado del mundo entero, y la situacion de la Iglesia de Jesucristo en toda la tierra. Si en todos tiempos ella ha tenido que luchar, ¿no está ahora m·as que nunca combatida y oprimida? ¿No se levanta· contra ella por todas partes el espíritu desgraciadamente impío de todas las revueltas? Y vosotras, Iglesias orientales, unidas y no unidas, ¿no teneis tambien vuestros peligros? ¿No está sin cesar amenazada vuestra libertad espiritual? ¿Acaso no está el cristianismo entre nosotros, rodeado de enemigos encarnizados a derecha é izquierda y por todos lados? ¿El viento mismo de la impiedad que agita la Europa, ahora que no existen las distancias, no sopla tambien hasta en el Asia, y esas razas creyentes del mismo antiguo Oriente, bajo repetidos esfuerzos de una prensa irreligiosa, están bien seguras de nunca ser arrolladas? En una situacion tan grave, labrada por donde quiera á la Iglesia de JesuCristo, por la desgracia de los tiempos, ¿no es la primera necesidad de todos los cristianos, terminar las disidencias que debilitan, y buscar en el aproximamiento y en la paz la union que hace la fuerza? ¿Qué obispo, qué verdadero cristiano, meditando ante Dios en estas cosas, podria decir: no, la division es un bien, In uuion seria una desgracia? ¿Quién no vé por el contrario que la union, que la vuelta á la unidad es el bien cierto de las almas, la voluntad manifiesta de Dios, y la salvacion de vues• tras Iglesias? Como! ¿Hai consideraciones personales, motivos humanos cualesquiera, superiores a estos grandes intereses, á estos grandes deberes? Vuestros padres, esos ilustres doctores, los · Atannsios, los Gregorios Nazianzeoo, los Basilios, los Cirilos, los Crisóstomos, ¿tuvieron dificultad para inclinar su frente gloriosa ante aquel á quien llamaban «la piedra firme y sólida sobre la que el Salvador ha construido su Iglesia?" Si vivieran hoi no mirarían con noble y cristiano desprecio una independencia que no está en el espíritu del Cristo y las sujestiones de un obcecado orgullo? ' Si los siglos pasados cometieron una falta ¿es preciso que esa falta sea eterna? Pero si atendeis á las lecciones del tiempo, oh, hermanos orientales! ¿no os presenta graves e_,9.Señanzas? vosotros a quienes rodean de un lado el despotismo y el aislamiento de otro ¿podeis no sentir al fin los peligros lel aislamiento y las consecuenci¡is fatales de una ruptura? Dios me guarde de cualquier palabra que pudiera seros ni remotamente penosa, yo que en este instante, me presento ante vosotros, con'toda la caridad de Jesucristo. Pero en fin; sea que piense en esas poblaeiones desgraciadas, cuya alma y cuyo suelo se han esterilizado bajo la religion de Mahoma, sea que tienda la vista á esas poblacione·s rusas, religiosas, graves en sus costumbres, que permanecen en la fé de Jesucristo, apesar del rebajamiento de sus Iglesias, y ape• sar de la supremacía de un Czar, a quien su pretendida ortodojia no le inspira ni justicia ni piedad para Polonia! me siento conmovido en lo mas vivo de mi alma, y ruego por tantos pueblos dignos de tan profundo interes y de compasion tan grande. Oh! herma.no& nut:>c:f1'0'1 !ó:P.Oarados dA Oriente, griegos, sirios, armenios, caldeos, búlgaros, rusos y eslavos, y vosotros todos que DO nombro, mirad á la Iglesia católica que se dirige a vosotros y os tiende los brazos! Oh! venid hermanos nuestros! Ella va á reunirse toda entera: de todos los puntos ·del mundo habitado, de nuestro Occidente, de vuestro Oriente, del Nuevo Mundo y de las islas lejanas, sus obispos ocurren á la voz del Jefe Supremo, a Roma, al centro de la Uni- ... dad. Pues bien, allá no quiere reunirse sin vosotros. Oh! venid hermanos nuestros. Esta es una de esas ocasiones solemnes raras, que es necesario siglos para encontrarla semejante: la Iglesia católica os ofrece la paz: «Os rogamos con todas nuestras fuerzas, escribe el San• to Padre, os suplicamos que vengais á este sínodo general, como fueron vuestros antepasados al concilio de Lyon y al concilio de Florencia, para renovar lu unio-o y la paz.>> ¿Rehusariais por vuestra parte, dar un solo paso hácia nosotros y dejariais escapar tan favorable circunstancia? ¿Quien querrá asumir responsabilidad tan tremenda? Oh! hermanos nuestros, venid! El corazon en la Iglesia no cambia, . pero los tiempos han cambiado y _las causas que han hecho fracasar tristemente los esfuerzos hechos por nuestros padres, gracias a Dios, ya no existen. Oh! vosotros todos, oh! hermanos nuestros, venid al fin? En cuanto á nosotros, estamos llenos de esperanzas, y cualesquiera que sean las resistencias que hayan suscitado, quizá la. sorpresa del primer momento ó las antiguas prevenciones, todo nos parece que se prepara para grandes cambios. «Roma, esclamaba en otro tiempo, Bossuet, no cesa de clamar á los pueblos mas lejanos, para llamarlos al banquete donde todo es hecho. uno; y ante esa voz maternal las estremidades del Oriente se conmueven y parecen que· rer e~gendrar una nueva cristiandad!., 1 Qmera el cielo que podamos ver ese espectáculo! ¡Qué alegria Señor t I I . , , para vues ra g esia, en medio de tan rudos combates y de tan amargos dolores' i<;!ué ales:ría tambieo para vuestra lgle: s!a del c1~lo, y en particular oh! Iglesias de Oriente, para vuestros santos y p~ra vuestros doctores, cuando, como lo d!ce el Santo Padre, ((desde lo alto del cielo vean establecida la union con Ja Sed~. apostólica, centro de la verdad eatol~ca y de la unidad: uoion ·que procur~ron ~llos fortificar durante la vida aqu1 abaJo, q~e procuraron propagar con sus estudios y sus infatigables labores, con la doctrina y con el ejemplo, abrasados de la caridad infundida en sus corazones por el Espíritu Santo, por Aquel que ha reconciliado todo y pacificádolo á costa de su sangre por Aquel que quiso que la señal de su~ disc~p!11os consisti~se en la paz, y que dir1gia esta orac1on á su padre: «Haced que no sean sino uno, como nosotros no somos sino uno!» A~! es ciertamente el lenguaje de la Iglesia, de la verdadera Iglesia de JesuCristo, la imica que entre todas las sociedades cristianas, dá un grito maternal, y vuelve á pedirá todos sus hijos, porque es la verdadera l\'Iadre! Y esa es la razon porque el Soberano Pontífice, despues de haberse dirijid~ al Oriente separado, torna hácia las otras comuniones cristianas y lanza á todos nuestros hermanos del protestantismo el mismo llamamiento solícito. El protestantismo! «Ah! esclamaba Bossuet, en su ardiente amor y en sus votos apasionados por la ul'lidad, nuestras entrañas se conmueven á este nom• bre, y la Iglesia sieJilpre madre, no pue• de impedir que con este recuerdo se renueven sus gemidos y sus votos.» Son esos gemidos y esos votos los que de nuevo, ha hecho resonar el Santo Pa- , dre, en esa letra apostólica, dirijida poco despues del breve á los obispos orien• tnle9, «a todos los protestantes y á los demas DO católicos,» y en la que despues d_e deplorar las desgracias de la division y manifestado los grandes bienes de la unidad querida por Nuestro Señor, aél exhorta y suplica á todos los cristianos separados, para que vuelvan al rebaño de Jesucristo.u «En todas nuestras oraciones y nuestras ·suplicas, continúa, no cesamos jamás de pedir humildemente para ellos, de dia y de noche, las luces celestes y la abundancia de gracias al Pastor eterno de las almas, ·y esperamos, con los brazos abiertos, la vuelta de nuestros hijos estraviados!» Eso es lo que me dice el Santo Padre, y con él la Iglesia toda. Pues bien! ¿esperaremos y rezaremos siempre en vano, y la obra de la vuelta será tan difícil como muchos lo imaginan? Sé que las prevenciones son fuertes todavia; y la dificultad que encuentra en la noble Inglaterra la obra de tardía justicia que acaba de comenzar, es una prueba como tantas otras; pero precisamente ahorn el concilio puede disipar muchas preocupaciones y por la pacificacion de los corazones preparar la vuelta de los espíritus. Y a quien se le ocurriera acusarme de iluso, yo le diria que entre aquellos de nuestras hermanos separados, á quienes - no arrastra la triste corriente del racionalismo, cada dia se aumenta el número de las almas que deploran la ruptura de la unidad-apelo a ]a Inglaterra, y apelo á la América-yo les diría que mas de una vez he recibida yo µiismo dolorosas confidencias, y escuchado de adoloridos corazones tristes gemidos por el dia en que se pudiera cumplir al fin la palabra del Maestro: u.num ovile et unus pastor. ¿Está escrito acaso que ese dia no llegará nunca? Las separaciones son acaso necesarias? ¿Y por qué no estaríamos destinados a ver los tiempos previstos y saludados por Bossuet? Sin duda que sus dificultades dog1;11áticas sqil graves; pero desaparecen, s1 se
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