Historia del distrito de Wanchaq Historia del distrito de Wanchaq 66 | 67 | Estados Unidos.182 En 1913 se había creado el Instituto Histórico del Cusco, una institución sin ninguna raigambre gubernamental. Su objetivo fue comprender históricamente la región, elaborar investigaciones de carácter cultural y proteger el patrimonio arqueológico. Algunos de sus miembros fueron los jóvenes estudiantes que participaron en la reforma de 1909. El presidente del Instituto Histórico del Cusco fue Luis E. Valcárcel, y, cuando estallaron las acusaciones de mala praxis contra la expedición peruana de Yale, el instituto comenzó rápidamente a fiscalizar el trabajo desarrollado por Bingham.183 Prácticamente desde su creación, el Instituto Histórico del Cusco asumió la responsabilidad de los asuntos relacionados con la vida intelectual de la ciudad. En lo arqueológico, se convirtió en la institución garante, oficialmente reconocida, de todos los trámites que requerían autorizaciones para excavar o permisos para explorar zonas circundantes a ruinas incaicas. El instituto tuvo una activa participación en los asuntos arqueológicos de la región hasta 1930. Paralelamente a toda esta coyuntura, los descubrimientos de nuevas ruinas incaicas —aunque de menor envergadura que Machupicchu— se hicieron recurrentes. La llegada de la expedición científica de la Universidad de Yale fue un recordatorio de lo que, en el siglo xix, muchas otras comisiones extranjeras ocasionaron en el Cusco: la exportación de antigüedades. Solo por mencionar algunos ejemplos tradicionalmente documentados, desde la segunda mitad del siglo xix, la élite cusqueña logró acumular y organizar, en museos privados, una importante colección de antigüedades. Tal es el caso de María Ana Centeno de Romainville, Emilio Montes y José Lucas Caparó Muñiz. Solo este último logró conservar su colección en el Cusco, la cual vendió, tiempo después, al Museo Arqueológico de la Universidad del Cusco en 1920; mientras tanto, los dos primeros, por decisiones de sus herederos y por otras razones personales, vendieron sus colecciones al Museo Etnológico de Berlín y al Field Museum de Historia Natural de Chicago, respectivamente.184 Este escenario no debía repetirse. La nueva élite intelectual era consciente de que el “descubrimiento” de Machupicchu traería consigo, de forma efervescente, el incremento de los buscadores de tesoros —huaqueros— y la llegada de nuevas misiones científicas extranjeras. Era imperante encontrar soluciones frente a lo que se avecinaba. La conformación del Instituto Histórico del Cusco se presentó como parte de la solución; sin embargo, seguía siendo un frente débil, debido a la falta de apoyo estatal y al escaso personal capacitado en temas arqueológicos. Ante esta disyuntiva, el rectorado de Giesecke y los jóvenes miembros de la asociación universitaria lograron reestructurar las cátedras en la Facultad de Letras, poniendo énfasis en los temas que consideraron trascendentales para escudriñar la historia de los antiguos peruanos mediante el estudio de los incas y sus monumentales evidencias materiales. Esta necesidad era incluso perseguida y reclamada por los ánimos letrados de la ciudad. Al respecto, El Comercio (Cusco) señala lo siguiente: […] [Era] indispensable la creación de una cátedra especial consagrada a historiar los admirables progresos alcanzados, en todas las manifestaciones de las bellas artes, por nuestros antepasados precoloniales. En ninguna parte como en el Cuzco se imponía dar orientación científica i carácter oficial a los estudios de nuestra prehistoria, por lo mismo que el Cuzco, centro del gran imperio tahuantinsuyo [sic], había sido el foco, la alta cumbre de la civilización incana; i es aquí, en esta ciudad milenaria […] 182 El Comercio (Cusco), 5 de agosto de 1915: 2. 183 Para conocer los pormenores de la acusación contra Bingham y su desenlace, consúltese Heaney, 2019. 184 Ruiz Romero, 2021; Guevara Gil, 1997. donde se debe i se puede, ante la lección muda i elocuente de sus monumentos, de sus ruinas i de sus museos i ante la revelación encantadora de sus tradiciones, descifrar la arcana grandeza del antiguo Perú i estudiar a conciencia la modalidad fundamentalmente sencilla de su temperamento artístico.185 De esta forma, se instalaron nuevas cátedras y se fortalecieron otras preexistentes. Cursos como Historia del Arte Peruano e Historia del Cusco surgieron para contribuir al estudio del pasado material de los antiguos peruanos, haciendo énfasis en investigaciones sobre el incario desde una perspectiva histórica, arqueológica y etnográfica. Los resultados no se hicieron esperar. Gracias a estas nuevas cátedras, los jóvenes estudiantes de la Facultad de Letras comenzaron a publicar sus investigaciones en la Revista Universitaria, como Luis A. Llanos, quien presentó su trabajo sobre las ruinas de Salapunku,186 o Jenaro F. Baca, quien hizo lo propio sobre las ruinas de Qenqo.187 Esta atmósfera renovadora también impulsó a las autoridades políticas a comprometerse con la causa arqueológica. En 1928, el prefecto del Cusco, Víctor M. Vélez, organizó una expedición a Machupicchu, para la cual designó a Luis E. Valcárcel como director científico. Todas estas experiencias y acercamientos con la arqueología contribuyeron a “sensibilizar” sobre la importancia de esta nueva disciplina, abandonando, hasta cierto punto, su forma tradicional de practicarla —excavando, coleccionando y comercializando— y permitiendo insertarla en los nuevos paradigmas científicos y burocráticos, donde comenzaron a tomar relevancia aspectos relacionados con la museografía, el Estado y el patrimonio. Nota. Expedición arqueológica a las ruinas de Machupicchu, organizada en 1928 por el prefecto del Cusco, Víctor M. Vélez. En la imagen aparecen, entre otros, Luis E. Valcárcel, Víctor Guillén, Martín Chambi y el propio Víctor M. Vélez. Fotografía de Juan Manuel Figueroa Aznar. Tomado de Centro y Archivo Luis E. Valcárcel. 185 El Comercio (Cusco), 1 de junio de 1917: 2. 186 Llanos, 1926. 187 Baca, 1924.
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