Historia del distrito de Wanchaq: sociedad, cultura y modernidad

Historia del distrito de Wanchaq Historia del distrito de Wanchaq 64 | 65 | Tal afirmación fue compartida por muchos jóvenes universitarios. Sin embargo, con la gestión rectoral de Giesecke ocurrió todo lo contrario, ya que no solo promovió cambios estructurales dentro de la universidad, sino que, además, adoptó un enfoque horizontal y dialogante en su relación con la comunidad universitaria. A este nuevo núcleo universitario surgido tras la reforma, el historiador Manuel Jesús Aparicio Vega lo denominó la Generación La Sierra, mientras que José Tamayo Herrera lo ubicó como la Edad de Oro dentro del desarrollo intelectual de la región. Pero, lejos de cualquier etiqueta, lo cierto es que esta brillante generación asumió un papel protagónico, tanto en las trincheras de la intelectualidad tradicional —es decir, en la generación misma de conocimiento y cultura— como en la participación activa en los asuntos públicos relacionados con la política, la economía y la sociedad, algo que, en términos del filósofo italiano Antonio Gramsci, repercutiría enormemente debido a sus compromisos como “intelectuales orgánicos”.174 Desde el seno de esta nueva intelectualidad y de otros que, directa o indirectamente, terminaron siendo influenciados por los jóvenes de la reforma de 1909, lo cierto es que la directriz de sus discursos y acciones tuvo repercusiones en el devenir de la ciudad del Cusco, en el futuro Wanchaq, en la región y en los ámbitos nacionales. Personajes como Luis E. Valcárcel, Roberto Garmendia, J. Uriel García, José Gabriel Cosio, José Ángel Escalante, Francisco Tamayo, Leandro Alviña, Teófilo Marmanillo, entre otros, fueron fundamentales —entre aciertos y desaciertos— para orientar, desde lo académico y con políticas públicas, el progreso de la región durante gran parte del siglo xx. 3.3 El ascenso de la arqueología en el Cusco Es indudable reconocer que el Cusco ha sido siempre un punto de convergencia —en cualquier época— de intelectuales y viajeros, animados tanto por la búsqueda de tesoros incaicos como por el deseo de conocer la historia de los antiguos peruanos. Solo en el siglo xix, una gran cantidad de visitantes llegaron a la región cusqueña en busca de vivir estas experiencias, entre ellos George Squier, Paul Marcoy, Clements Markham y Charles Wiener. Lo común en estos exploradores fue que desarrollaron un acercamiento a la práctica arqueológica,175 lo que permitió poner en evidencia la riqueza material del Perú; pero, al mismo tiempo, contribuyeron con su tráfico, engrosando los museos y colecciones de Europa y Norteamérica. A inicios del siglo xx, en el Perú, la arqueología estaba lejos de consolidarse como una ciencia dentro de la práctica de la élite intelectual, ya que, por lo general, las aproximaciones que se efectuaban eran, básicamente, simples descripciones y narraciones de los lugares, monumentos y objetos. Sin embargo, fue recién con la llegada del alemán Max Uhle cuando se incorporó un rigor científico a la arqueología en el Perú mediante interpretaciones basadas en evidencias empíricas, el establecimiento de una secuencia cronológica y el uso de las leyes de superposición estratigráfica.176 No fue sino hasta la incorporación al mundo académico del huarochirano Julio César Tello, tras su estancia de posgrado en Harvard (1911), que comenzaron a aparecer arqueólogos nacionales.177 Mientras tanto, en el Cusco, el recojo de información arqueológica continuaba bajo las metodologías tradicionales descriptivas y narrativas de los entornos. 174 Gramsci, 1967. 175 Acerca de las aproximaciones a una ética intelectual y de la apropiación del conocimiento generado por otros en el siglo xix (“disfraz de una misión lúcida”), véase Riviale, 2003. 176 Tantaleán, 2019. 177 Tantaleán, 2023. Sin embargo, cabe recalcar que, más que investigaciones arqueológicas, lo que tradicionalmente circulaba en relación con la arqueología eran compendios geográficos que sintetizaban —sin mayor rigor— el panorama histórico, además de eventuales informes gubernamentales que describían las ruinas arqueológicas encargadas de detallar. Tal es el caso del manual histórico-arqueológico escrito por Hildebrando Fuentes en 1905, donde expone, de forma pormenorizada, apuntes e hipótesis sobre la arqueología regional.178 De igual forma, aunque con un carácter más oficial, se aprecia el informe del intelectual Carlos A. Romero —miembro de número del Instituto Histórico del Perú—, a quien el vicepresidente de la república, Eugenio Larrabure y Unanue, encargó la tarea de llevar a cabo investigaciones arqueológicas en las ruinas de Choquequirao. Como se puede observar en dicho informe, la arqueología, como ciencia, carecía de rigor por parte de quienes la practicaban. Al respecto, Carlos A. Romero, responsable de la expedición, relató lo siguiente: Mientras yo me ocupaba en dibujar las viejas casas de Choquequirao y a medir sus puertas y ventanas, mis consocios excavaban la tierra por todo lado donde creían reconocer trazas de enterramientos; mas allí no habían esas grandes y bellas chulpas como en Atun-Colla, o en Malocohamay. Los muertos estaban apilados en huecos cavados bajo las rocas y no se enterraba nada con ellos, ni vasos ni topos. Mis compañeros abrieron una de las falsas puertas de la gran muralla triunfal que parecía sonar en hueco a los golpes de azadón […]. Se sondeó en más de diez lugares y siempre inútilmente. Nada queda, pues, hoy, para decirnos quiénes eran los habitantes de esa ciudad que podía contener quince mil almas, nada para enseñaros ni su vida ni su muerte.179 Toda esta tradición arqueológica estaba a punto de cambiar. La llegada de la expedición peruana de la Universidad de Yale, dirigida por el historiador Hiram Bingham, trajo consigo fuertes repercusiones en dos áreas en particular: la ciencia y la gestión cultural. Comenzando por lo último, Bingham ya había estado en el Perú años antes y tenía claramente visualizado “descubrir” la última ciudad perdida de los incas o, según afirmaban las leyendas, “El Dorado”. Desde 1909, Bingham gestionó encuentros con muchas personas influyentes en los ámbitos empresarial, científico y gubernamental.180 En cuanto a la ciencia, esta expedición contó con un equipo profesional diverso, entre ellos un geógrafo, un geólogo, un osteólogo, un médico y un naturalista.181 El resultado de la expedición fue el descubrimiento científico de Machupicchu en 1911. Este hito marcaría el inicio de una serie de cambios en la gestión del patrimonio arqueológico en el Cusco. Si bien el “descubrimiento” tuvo una gran resonancia en la comunidad científica y puso al Perú en los ojos del mundo, mucho más discreta fue la controversia que suscitó la práctica arqueológica desarrollada por Hiram Bingham, a quien se le denunció por llevar a cabo excavaciones clandestinas y por un supuesto tráfico ilegal de antigüedades con destino a 178 Fuentes, 1905. 179 Romero, 1909: 11. 180 Para conocer los detalles presupuestales, la financiación recibida y las gestiones efectuadas ante diversas instituciones, públicas y privadas, véase Heaney, 2019. 181 Cox Hall, 2020.

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