Historia del distrito de Wanchaq: sociedad, cultura y modernidad

Historia del distrito de Wanchaq Historia del distrito de Wanchaq 18 | 19 | Esta obra reúne una valiosa descripción de la historia de los incas e ilustra la ciudad del Cusco a través de un antiguo mapa elaborado por el geógrafo irlandés Joseph Barclay Pentland. Dicho mapa ofrece una representación visual de la topografía cusqueña en los inicios de la República,4 permitiéndonos identificar los extramuros de la ciudad y sus límites naturales, como el río Huatanay, donde se encontraban las propiedades rurales que, más tarde, formarían parte de la jurisdicción política de Wanchaq. Con un enfoque más positivista y producto del interés gubernamental, la obra del arequipeño Mateo Paz Soldán, Geografía del Perú (1862), establece un riguroso perímetro de la geografía nacional, acompañado de una síntesis histórica sobre sus pueblos, su geografía y sus actividades comerciales e industriales. Esto permite trazar de manera más fundamentada una división económica y política de cada departamento, provincia y distrito de la república peruana. En el caso cusqueño, Paz Soldán identifica, hacia mediados del siglo xix, los nueve distritos que conformaban la provincia del Cercado de Cusco: El Cercado, Santa Ana, San Cristóbal, San Blas, El Hospital, Belén, Santiago, San Sebastián y San Jerónimo. La producción agrícola en esta provincia —según Paz Soldán— se caracterizaba por el cultivo de maíz y, en menor medida, de papas, cebada y trigo.5 Esto permite inferir que los terrenos de Wanchaq, entonces considerados fundos rurales, junto con otros distritos con la misma categoría, contribuyeron a la producción agrícola que alimentaba a la ciudad. La producción escrita sobre el Cusco se hace importante desde mediados del siglo xix en adelante. Muchos de estos trabajos, que pueden clasificarse como crónicas geográficas modernas, compendios eruditos y, en algunos casos, producciones historiográficas influenciadas por el estilo positivista de la época, ofrecen una valiosa fuente para comprender la visión regional desde sus propios referentes intelectuales. El urubambino Pío Benigno Meza, destacado escritor y político cusqueño en el Parlamento, abordó la reconstrucción de la vida en el Cusco desde una postura indigenista. Su obra explora la cotidianidad incaica, las relaciones políticas y sociales, las festividades y la traza urbana del imperio.6 A pesar de que muchas de estas enciclopédicas obras no mencionan de forma directa los alrededores de Wanchaq —entendido como un espacio dedicado exclusivamente a la agricultura—, su presencia no es del todo imposible de identificar. Wanchaq se configuraba como una vía ineludible de tránsito entre el Cercado de Cusco y los distritos vecinos de San Sebastián y San Jerónimo. Esta conexión queda evidenciada por Fernando Pacheco, socio de la Academia de Ciencias y Artes de Bruselas y miembro fundador del Centro Científico del Cusco, quien, a inicios del siglo xx, identificó sectores del Cusco antiguo —hoy desaparecidos nominalmente—, como Munaysenqa (La Recoleta), Rimaqpampa (Limacpampa) y Kayaucachi (Santiago).7 Estos sectores marginales de la ciudad tenían sus accesos mediados, de alguna manera, por el tránsito wanchino. De forma similar, aunque con un enfoque más gubernamental orientado a reconocer la geografía y costumbres en favor del progreso nacional, las obras de Hildebrando Fuentes8 y Alberto Regal9 presentan un Cusco interesado en preservar sus costumbres, historia y tradiciones frente a la vorágine del progreso. Este contexto incluía nuevas propuestas 4 de Rivero y Ustáriz, 1841. 5 Paz Soldán, 1862. 6 Meza, 1866. 7 Pacheco, 1901. 8 Fuentes, 1905. 9 Regal, 1936. de diseños urbanos y caminos carreteros, destacándose la vía de acceso al centro de la ciudad, que debía atravesar varios kilómetros del Collasuyo e intersecaba el actual Wanchaq. La llegada del siglo xx impulsó a una nueva generación de cusqueños letrados y académicos cusqueñistas a promover un conjunto de reformas modernizadoras en la ciudad. Los nuevos tiempos —marcados por un creciente entusiasmo por el progreso material, los renovadores paradigmas culturales y el incipiente aprovechamiento turístico de la riqueza incásica en la región— propiciaron el surgimiento de un núcleo intelectual sin precedentes. Este grupo innovó teórica y metodológicamente en el estudio del Cusco, abarcando perspectivas históricas, arqueológicas y antropológicas. Esta brillante generación, integrada por figuras como Luis E. Valcárcel, J. Uriel García, José Gabriel Cosio y Albert Giesecke, puso en el centro de sus preocupaciones la situación del indígena, tanto desde una perspectiva histórica como desde una contemporánea, considerándolo un problema de interés nacional. Aunque, desde mediados del siglo xix, la preocupación por la situación indígena —“el problema del indio”— ya estaba presente en la literatura cusqueña,10 sentando las bases fundacionales del indigenismo peruano, fue en las primeras décadas del siglo xx cuando este tema adquirió mayor relevancia, abarcando tanto el ámbito intelectual como el pragmatismo político. Esta dinámica se refleja en las obras emblemáticas del indigenismo cusqueño: Tempestad en los Andes y El nuevo indio, publicadas a finales de la década de 1920. Si bien presentan diferencias significativas en la concepción de lo identitario y la visión del presente indígena, Luis E. Valcárcel y J. Uriel García coinciden en elevar la discusión a nivel nacional, evidenciando la precariedad de las políticas públicas dirigidas a esta población. Se formula una crítica al mestizaje y se propone una incorporación profética del indígena en el escenario nacional.11 Asimismo, se analiza la evolución histórica de estas comunidades, reconociendo la posibilidad de una transformación sin necesidad de recurrir al romanticismo tradicional.12 Mientras las élites se polarizaban en el debate sobre la cuestión indígena, otro tema de igual relevancia comenzaba a emerger gracias a las investigaciones arqueológicas impulsadas por el descubrimiento científico de Machupicchu en 1911. Este hallazgo dio lugar a nuevas interpretaciones sobre el pasado prehispánico y fomentó la búsqueda de argumentos históricos en la materialidad incásica para construir una noción de peruanidad fundamentada en el patrimonio cultural.13 La arqueología, como nueva disciplina de estudio, pronto se convirtió en una herramienta poderosa para responder a los múltiples vacíos históricos que aún requerían explicación. Wanchaq estaba lejos de ser una zona relevante para los intereses arqueológicos a inicios del siglo xx, pero esta percepción cambiaría notablemente a partir de la década de 1950 con los estudios sobre los “primeros cusqueños” de Marcavalle.14 De forma paralela, el interés arqueológico que comenzaba a consolidarse en el Cusco se vio acompañado por el auge del turismo, que surgió como una oportunidad de progreso material para la región. La arqueología y el turismo comenzaron a producir múltiples imaginarios culturales sobre la ciudad. Esto impulsó un aumento en la producción literaria relacionada con el Cusco y transformó la manera de entender la ciudad, tanto para locales como para visitantes. El conocimiento dejó de ser exclusivamente académico con la aparición de guías turísticas, en las que 10 Aréstegui, 1848/2019; Matto de Turner, 1889/2021. 11 Valcárcel, 1927. 12 García Ochoa, 1930. 13 Loayza Velásquez, 2023. 14 Valencia Zegarra y Gibaja Oviedo, 1991.

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