Historia del distrito de Wanchaq 17 | Introducción Hoy tenemos una larga producción académica acerca de la historia del Cusco: el largo transitar de la ciudad imperial, según la percepción de cada época, diversas reflexiones y lecturas intelectuales que, hasta el día de hoy, nos sirven para comprender el devenir de la sociedad cusqueña e incluso cuestionar muchas de estas narrativas y aseveraciones. Desde el Inca Garcilaso de la Vega, con sus Comentarios reales, y Huaman Poma de Ayala, con su Nueva crónica y buen gobierno, hasta las más recientes y renovadoras propuestas del destacado historiador Donato Amado Gonzales, la historiografía cusqueña se ha nutrido de una vasta variedad de fuentes e investigaciones, al mismo tiempo que ha develado la inagotable materia prima que yace en los archivos documentales. Frente a esta prolija producción impresa sobre el Cusco, nos llama poderosamente la atención el poco interés que ha generado la historia de los extramuros de la ciudad. Nos referimos, concretamente, a la historia de Wanchaq.1 Las transformaciones políticas ocurridas en este lado del hemisferio durante el siglo xix trajeron consigo que la atmósfera republicana diseminara el interés ilustrado entre los intelectuales y viajeros, quienes se sintieron cautivados por conocer y describir los antiguos territorios del “país de los incas”. Muchos de estos trabajos, interesados en conocer la historia de los pueblos peruanos, encontraron una rápida fascinación por el pasado indígena del sur andino y, especialmente, por el Cusco. Tal es el caso del investigador norteamericano George Squier, quien fue comisionado por su Gobierno para llegar al Perú en 1863. Animado por cuestionar lo previamente propagado por su connacional William H. Prescott sobre la historia del Perú, Squier decidió estudiar in situ la monumentalidad cusqueña, comprendida entre Yucay, Pisaq, Ollantaytambo, Saqsaywaman, Cusco y sus alrededores.2 Contemporáneamente, el austriaco-francés Charles Wiener y el británico Clements R. Markham llegaron al Perú con el objetivo de estudiar su historia. Wiener, enviado por el Gobierno francés, completó un extenso recorrido por el país, centrándose luego en el sur andino y el altiplano. En su monumental obra sobre el Perú y Bolivia, Wiener se detiene a indagar, como era inevitable, sobre el Cusco, sus alrededores y otras provincias, donde da cuenta de las grandes ciudades incaicas diseminadas por la región. Por su parte, Markham hizo lo propio, atraído y fascinado por el Cusco gracias a una estadía relativamente prolongada a mediados del siglo xix, donde constató la monumentalidad incaica. Incluso se aventuró, de manera temprana, a comprender la situación política del régimen colonial en el Perú y, más específicamente, las motivaciones insurreccionales en el Cusco, vinculadas al movimiento de Túpac Amaru II.3 El imaginario cartográfico y monumental del “Cusco antiguo” no fue promovido ni estudiado exclusivamente por las comisiones científicas extranjeras del siglo xix; también despertó el interés entre las élites nacionales y regionales por comprender la geografía ancestral y el patrimonio arqueológico del Cusco. El científico peruano Mariano Eduardo de Rivero y Ustáriz, fundador y primer director del Museo Nacional del Perú (1822), escribió Antigüedades peruanas. 1 Por cuestiones de uniformidad, utilizaremos la denominación actual y oficial de Wanchaq a lo largo de este libro para referirnos a dicho distrito, salvo en aquellos casos donde las citas textuales o fuentes primarias nos demanden utilizar Nuevo Cusco, barrio obrero, El Porvenir, Huanchac o 24 de Junio. 2 Squier, 1877/1927. 3 Markham, 1862.
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx