Historia del distrito de Wanchaq Historia del distrito de Wanchaq 186 | 187 | en la que vivía una familia alemana. La señora, que había vivido la Segunda Guerra Mundial, sufrió un shock y decidió mudarse a Tullumayo, acogida por otro ciudadano alemán, Berkemeyer. La reconstrucción de Wanchaq tras el terremoto atrajo a nuevos habitantes. El distrito, que hasta entonces había sido considerado una zona alejada, comenzó a ser visto como un lugar seguro y moderno. Se construyeron nuevas viviendas, se mejoraron las calles y se establecieron servicios básicos. Wanchaq ganó el apodo de “distrito jardín” por su diseño urbanístico y sus amplias áreas verdes. Carmen recuerda con nostalgia esa época en la que las casas aún conservaban sus jardines y la comunidad mantenía un fuerte sentido de identidad. En cuanto a la vida educativa, Carmen Cisneros estudió en el Colegio Santa Ana, que en ese entonces estaba ubicado en Santa Catalina Angosta, donde hoy se encuentra la Dirección Regional de Educación. Décadas después, la institución se trasladó a Wanchaq. La historia del colegio está marcada por su compromiso social; tal es así que, en varias ocasiones, otorgó becas a niñas huérfanas o en situación de vulnerabilidad. La reforma agraria no tuvo un impacto significativo en Wanchaq, pues, para entonces, el distrito ya estaba completamente urbanizado. Sin embargo, Carmen recuerda que afectó gravemente a otras zonas cercanas, como San Jerónimo, donde las grandes haciendas fueron expropiadas. Carmen también destaca la importancia de su padre en la historia de la fotografía cusqueña. Daniel Leónidas Cisneros fue uno de los primeros fotógrafos del Cusco, contemporáneo de maestros como Chambi, Meza y Ochoa. Su trabajo se distinguía por capturar a sus personajes en momentos espontáneos y naturales, lo que le valió el reconocimiento de críticos internacionales. Documentó la vida cotidiana del Cusco, sus festividades y su arquitectura, dejando un invaluable legado visual. Sus fotografías fueron publicadas en revistas como Mundial y en diversos medios argentinos. Actualmente, la familia trabaja en la recuperación y catalogación de su obra para asegurar que se le dé el reconocimiento adecuado. En términos de cultura y entretenimiento, Carmen recuerda que, en su juventud, asistía al cine municipal y al teatro Colón, donde se proyectaban películas mexicanas y norteamericanas. También menciona el cine Huáscar, que era más modesto y popular entre los jóvenes. Las películas de esa época eran principalmente del género wéstern o dramas mexicanos, con actores como Pedro Infante y Jorge Negrete. Durante la época del terrorismo, el Cusco no sufrió tanto como otras regiones, aunque sí se registraron ataques aislados. Carmen recuerda un incidente en el que dos mujeres que cargaban bebés lograron burlar la vigilancia policial en la estación de trenes y asesinaron a dos agentes. Este suceso dejó una profunda impresión en la comunidad. Sin embargo, en general, Wanchaq se mantuvo como un distrito pacífico. En cuanto al crecimiento urbano, Carmen lamenta que la modernización haya llevado a la pérdida de áreas verdes y a una urbanización desordenada. Recuerda con tristeza cómo árboles emblemáticos han sido talados y cómo la armonía arquitectónica se ha visto afectada por la construcción descontrolada de edificios. Para Carmen, ser wanchina es un motivo de orgullo. Destaca el espíritu pacífico y progresista de los habitantes del distrito y lamenta que la planificación urbana no haya respetado su esencia original. No obstante, mantiene la esperanza de que las nuevas generaciones valoren su historia y trabajen por su conservación. “Amar al Cusco es lo que nos falta”, afirma con certeza, subrayando la importancia de cuidar y respetar el legado de la ciudad. Con una vida marcada por la memoria, la cultura y el compromiso con su comunidad, Carmen Cisneros Barrios representa una voz valiosa en la historia de Wanchaq. Su testimonio nos transporta a un tiempo en el que la comunidad se construía con esfuerzo colectivo, donde la identidad y la solidaridad eran los pilares fundamentales del desarrollo del distrito. Antonio Collantes La Torre y los inicios de Wanchaq testimonio de su hijo Ismael Collantes Ismael Collantes recordó con claridad los orígenes de su familia. Su padre, Antonio Collantes La Torre, trabajó como tipógrafo en los diarios La Verdad (Sicuani), El Comercio y El Sol —durante 12 años—, así como en el semanario La Verdad; además, fue regente en El Faro y El Tiempo. Ismael nació en Sicuani, pero, debido a las labores de su padre, su familia decidió trasladarse al Cusco cuando él tenía apenas dos o tres años. Su padre se instaló en la capital imperial, donde permanecieron por un tiempo antes de regresar nuevamente a Sicuani. Sin embargo, el destino terminó por fijarlos en el Cusco. Fue en aquella época cuando surgió la posibilidad de adquirir terrenos en Wanchaq —que entonces aún era una hacienda—. La propietaria, la señora Marmanillo, ofreció lotes en venta, y su padre adquirió un terreno de 300 metros cuadrados. Allí construyó la casa familiar, donde Ismael pasó su infancia. Recordaba vagamente aquellos años: jugar en las calles y correr con una pelota mientras Wanchaq comenzaba a urbanizarse. Las primeras calles en trazarse fueron Garcilaso, Manco Cápac y Pachacútec. El estadio, que hoy es un emblema del distrito, no era más que chacras y bosques en aquel entonces. Desde muy pequeño, Ismael fue testigo del esfuerzo colectivo de los pequeños propietarios por convertir el distrito en lo que hoy se considera uno de los más importantes del Cusco. Entre ellos, su padre, secretario de actas y propagandas, además de un tipógrafo comprometido con el progreso de la comunidad, contribuyó activamente con la difusión de ideas en busca del bienestar del barrio obrero de Wanchaq. La pasión de su padre por la imprenta y el periodismo lo llevó a crear y distribuir artículos que fomentaban el entusiasmo de los pobladores. Así se refiere a ello: “Él mismo escribía crónicas y artículos bajo el seudónimo de Cucurucho, un personaje icónico en la prensa local. De esta manera motivaba a la gente a unirse y poner más empeño en el desarrollo de Wanchaq, el Cusco Nuevo, como lo llamaban entonces”. La carrera periodística de su padre fue extensa y diversa. “Empezó trabajando en El Comercio en los años 1934 y 1935, y luego en El Sol. Más tarde, se trasladó a Sicuani para trabajar en La Verdad, donde era el regente y organizaba todo el trabajo tipográfico. Allí, al igual que en el Cusco, impulsó un semanario que salía cada sábado”, detalla Ismael. De regreso al Cusco, su padre continuó su labor en varios periódicos, como La Jornada Cusqueña, El Volante —vocero del sindicato de choferes—, La Defensa y El Faro. En Puno, trabajó en El Gráfico. Posteriormente, al fracasar sus propias imprentas, fundó La Voz Gráfica, un periódico que dirigió durante un tiempo antes de trasladarse a Lima en busca de nuevas oportunidades. El legado documental de su padre es invaluable. “Tengo recortes de El Sol, El Comercio, La Defensa, El Faro, El Tiempo y muchos otros. Es un material importantísimo para comprender cómo se formó Wanchaq. Esta colección es un trabajo resaltante, compuesto por dos tomos, donde se relatan no solo los avances del distrito, sino también su vida cotidiana: el Estadio Garcilaso, el mercado, incluso sucesos como asesinatos, robos y suicidios”, explica. Por otro lado, uno de los recuerdos más impactantes de su niñez fue el terremoto de 1950. Para entonces, Ismael tenía nueve años y estaba con su hermano menor en la piscina de Wanchaq, de la cual su padre era administrador. El agua apenas les llegaba a las rodillas cuando ocurrió el sismo. En la confusión del momento, su padre y su hermano mayor —que los observaban desde afuera— huyeron, olvidando por un instante que los pequeños seguían dentro. Fue
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