Historia del distrito de Wanchaq Historia del distrito de Wanchaq 184 | 185 | desmoronarse en segundos. Sin embargo, a diferencia de otras partes del Cusco, en Wanchaq no se establecieron campamentos de refugiados; las familias improvisaron carpas en sus propios terrenos mientras reconstruían sus viviendas. El impacto del terremoto transformó el rostro de la ciudad, destruyendo numerosos templos coloniales, pero dejando intactas las edificaciones incaicas, lo que reforzó la idea de la solidez de la arquitectura ancestral. En términos de urbanización, Wanchaq creció rápidamente en la segunda mitad del siglo xx. Las familias Zavaleta, Aragón, Jiménez, Guerrero y Avendaño fueron parte de esa transformación. Avendaño rememora cómo, en su juventud, el distrito estaba marcado por una disciplina estricta impuesta por los padres de familia, muchos de ellos policías. La vida social giraba en torno a los deportes —particularmente, el fútbol— y, en menor medida, la literatura y el arte. El fútbol congregaba a equipos organizados en diferentes calles que competían con gran entusiasmo. Había también una gran pasión por el cine, con salas como el cine Ollanta y el cine Colón, donde los jóvenes se reunían para ver películas mexicanas y seriales norteamericanos. Wanchaq fue también cuna de una activa militancia política. En los años 60 y 70, se convirtió en un centro de pensamiento de izquierda, con jóvenes que aspiraban a cambiar la sociedad y reivindicar los derechos de los sectores marginados. En ese contexto, Avendaño se involucró con intelectuales y luchadores sociales, y sus vivencias quedaron plasmadas en la novela Abisa a los compañeros pronto, escrita junto con Guillermo Thorndike. La revolución era un ideal compartido entre los jóvenes wanchinos, muchos de los cuales sufrieron persecuciones, detenciones y exilios debido a sus ideas. Las discusiones ideológicas eran intensas y se nutrían de una creciente bibliografía marxista que llegaba clandestinamente a sus manos. Con el tiempo, Wanchaq experimentó un crecimiento exponencial, que —a juicio de Avendaño— terminó por desdibujar su identidad original. La urbanización desordenada y el avance inmobiliario transformaron radicalmente el distrito. En su última visita —hace varios años—, le resultó irreconocible el barrio de su infancia, convertido ya en un conglomerado de construcciones sin planificación. La modernidad había reemplazado la esencia de aquel Wanchaq de calles con nombres incas y casas abiertas para la comunidad. Hoy, el distrito es una zona altamente comercial y con un dinamismo distinto al de antaño. Para finalizar, Avendaño destaca la importancia de la memoria histórica del distrito. Aunque su colección personal de fotografías fue requisada por la policía, recuerda con precisión a quienes impulsaron su desarrollo. Entre ellos, menciona a familias tradicionales como los Arriola, los Aragón, los Collantes y los Jiménez, quienes aún conservan documentos y testimonios sobre la evolución de Wanchaq. También evoca historias de la guerra del Pacífico, transmitidas por ancianos del Cusco, que hablaban de tesoros enterrados en la pampa wanchina. Para él, el Cusco y Wanchaq son inseparables de su identidad. “No hay ciudad más grande ni más hermosa que el Cusco”, afirma Ángel Avendaño con convicción, sosteniendo que, a pesar de los cambios, el espíritu del distrito persiste en la memoria de quienes lo vivieron en su esplendor original. Carmen Consuelo Cisneros Barrios: cultura, contextos sociales y la modernización de Wanchaq Carmen Consuelo Cisneros Barrios nació en una época en la que Wanchaq aún era un distrito en formación, rodeado de chacras y con pocas construcciones. Hija de Daniel Leónidas Cisneros Cáceres y Emilia Barrios Palomino, su familia se estableció en la avenida Huáscar cuando esta seguía siendo un área rural. Su padre, fotógrafo y pintor, adquirió un terreno con la intención de construir una casa de campo, sin imaginar que, con los años, este espacio se convertiría en su hogar definitivo. Antes de trasladarse a Wanchaq, la familia Cisneros vivía en la avenida El Sol, en una casa que fue expropiada durante el gobierno de Manuel A. Odría para la construcción del Palacio de Justicia. Su padre —que había edificado tiendas y comercios en la zona— sufrió profundamente esta pérdida. Aunque recibieron una compensación, esta fue mínima en comparación con el valor real del terreno y las edificaciones. Sin embargo, gracias a la visión de su padre, ya contaban con la casa en Wanchaq, lo que facilitó su traslado definitivo. En aquellos primeros años, Wanchaq era un lugar desolado. Desde el puente Rosario hasta el río Huatanay, todo eran chacras y campos abiertos. La familia Cisneros visitaba su casa de manera esporádica, como si se tratara de una casa de campo, y organizaban reuniones y almuerzos los fines de semana. Sin embargo, la falta de vecinos y la inseguridad eran un problema. En una ocasión, la hija de los inquilinos que vivían en su casa fue asaltada por conscriptos cuando regresaba de la Plaza de Armas, lo que llevó a la familia a desocupar la propiedad. Hasta 1940, aún no había muchas casas en la zona y el alumbrado público era inexistente. Con el tiempo, la urbanización de Wanchaq avanzó. La construcción del colegio La Salle marcó un hito en la consolidación del distrito. También se estableció la Quinta Esperanza, una gran propiedad del ingeniero Joaquín Barrio, quien donó o vendió el terreno donde luego se construiría el mercado de Wanchaq. La llegada de nuevas familias permitió que el distrito comenzara a tomar forma, y Carmen recuerda con especial cariño a los antiguos vecinos de Huáscar y Manco Cápac, muchos de los cuales siguen teniendo descendientes en la zona. El aeropuerto Velasco Astete ya existía en esos años. Carmen recuerda un trágico accidente en el que se incendió un avión y murieron varias personas. Desde el balcón de su casa de la avenida El Sol, vio pasar los camiones con los cadáveres de las víctimas. Este evento marcó su infancia y dejó una profunda impresión en ella. La comunidad de Wanchaq se caracterizaba por su espíritu solidario. Su madre, junto con otras familias —como los Valdivia y los Cuba—, impulsó la construcción de la capilla de la Virgen de Fátima. Para recaudar fondos, organizaban kermeses en la Quinta Esperanza, donde se vendían chicharrones, anticuchos y picarones. Estas actividades eran, además, un punto de encuentro para los vecinos, quienes se reunían cada domingo para compartir y contribuir al desarrollo del distrito. El padre Mora, párroco de la capilla, fue un personaje clave en este proceso, pues dedicó su vida a la comunidad y motivaba a los feligreses a colaborar. Uno de los sucesos más impactantes que vivió Carmen fue el terremoto de 1950. Ese día, su familia estaba en el Estadio Universitario de Wanchaq, donde su hermano jugaba un partido de fútbol. Cuando la tierra comenzó a temblar, su padre decidió regresar a la avenida El Sol para verificar el estado de su casa. En el camino, vio cómo la torre de Santo Domingo colapsaba. Afortunadamente, su casa no sufrió daños graves y ofreció refugio a varias familias cuyos hogares habían sido destruidos. En Wanchaq, el terremoto también causó estragos, especialmente en una casa cercana
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