Historia del distrito de Wanchaq: sociedad, cultura y modernidad

Ángel Avendaño Farfán: pasajes y recuerdos de un Wanchaq en transformación Desde su infancia, Ángel Avendaño Farfán guarda recuerdos vívidos de Wanchaq, el distrito que lo vio crecer y que, en sus primeros años, era poco más que un extenso campo verde bajo la sombra tutelar del Pachatusan. Nacido en 1937 en la calle Palacio del Cusco, su familia se trasladó a Wanchaq poco después, en una época en la que la zona aún formaba parte de una hacienda de la familia Marmanillo. El nombre Wanchaq —cuenta Avendaño— proviene del quechua guachec, que significa ‘donde el sol resplandece’. Este significado no era solo simbólico, pues los amaneceres en la zona eran particularmente luminosos y llenos de energía. Su niñez transcurrió entre maizales y papales interminables, en un entorno que aún mantenía reminiscencias de la época incaica. La vida en Wanchaq tenía un ritmo pausado, marcado por el ciclo de las cosechas y las tradiciones de una comunidad en formación. Sin embargo, la transformación del lugar comenzó cuando la familia Marmanillo, envuelta en un juicio por un fallido negocio con un comerciante italiano, se vio obligada a lotizar la hacienda. Así, el territorio fue adquirido por miembros de la Guardia Civil, quienes comenzaron a darle la forma de un barrio organizado. Las calles fueron nombradas en honor a los emperadores incas, con excepción de la vía principal, que lleva el nombre de Inca Garcilaso de la Vega. La familia Avendaño se estableció en el naciente distrito y, como muchos de sus vecinos, debía desplazarse hasta Santo Domingo para asistir a misa, pues Wanchaq aún no tenía iglesia. La edificación del templo comenzó en 1946 bajo el liderazgo del padre José Ricalde, marcando un hito en la consolidación del barrio como una comunidad con identidad propia. Este sacerdote —recién egresado del seminario de San Antonio— tuvo un papel clave en la organización de la vida espiritual y social de Wanchaq, incentivando la participación de los vecinos en la construcción del templo. Sus esfuerzos fueron fundamentales para la cohesión de la comunidad en una época en la que el distrito aún carecía de servicios básicos. Pero el reconocimiento político del distrito tomó más tiempo. Durante años, los vecinos —entre ellos el padre de Avendaño— se reunían los domingos para discutir la necesidad de agua y desagüe. Estas reuniones servían para tratar temas de infraestructura y eran también espacios donde los hombres del barrio conversaban sobre los acontecimientos mundiales. Se hablaba de la Segunda Guerra Mundial, de las batallas de Stalingrado y Moscú, y del impacto que estos eventos podían tener en el país. Sin embargo, los temas más urgentes eran el abastecimiento de agua potable y el alcantarillado, necesidades que tardaron décadas en resolverse. Las gestiones para obtener estos servicios se prolongaron hasta la década de 1970, cuando finalmente se materializaron gracias a las presiones de la Asociación de Propietarios de Wanchaq. El distrito también vivió episodios determinantes, como el terremoto de 1950. Avendaño recuerda con estremecimiento el momento en que, mientras se preparaba para asistir a un partido de fútbol entre Cienciano y Sport Boys, la tierra comenzó a temblar violentamente. El pánico y la destrucción fueron devastadores: la casa de su familia quedó inclinada, la torre de San Cristóbal se desplomó y las calles se llenaron de polvo y desesperación. Fue la primera vez que vio llorar a su padre, quien había invertido todo su esfuerzo en su hogar y, en ese momento, veía sus sueños Avenida Garcilaso (1959)

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