Clotilde *** París, julio/1897 Mi querido Manuel: Es un alma del otro mundo que te escribe. ¿Cuánto tiempo que no me escribes tú tampoco? Sé que no tengo derecho de quejarme porque soy yo la más culpable. Ni siquiera te he escrito para darte las gracias por las bonitas fotografías que me mandaste de tus chicos. Mucho te las agradecí y me diste un gran gusto con ellas. Encontré a las chicas guapísimas y muy elegantes. Muchas veces he principiado a escribirte y he dejado las cartas sin concluir, y cuando quería acabarlas y mandártelas, las rompía. No creas que esto me ha pasado una vez, sino varias veces. No sé si te he escrito desde que soy abuela. Tengo una nieta preciosa, es un amour y es de lo más viva, me entretiene muchísimo. Ahora que nos vamos a Biarritz voy a gozar más de ella, porque mi hija Clotilde con su marido vendrán a pasar el tiempo que nos quedemos allí con nosotros, es decir, en la misma casa. Es a mi pobre Gaspard que no veré en mucho tiempo; estando aquí en París no vamos a verlo sino de cuando en cuando; con mucha más razón no lo podremos ver, siendo el viaje mucho más largo. Está haciendo su servicio militar en la frontera. Probablemente iré a pasar dos días con él la semana próxima antes de irme a Biarritz. ¡Cuánta pena con los hijos! Sobre todo cuando ya están grandes y que se separan. He tenido el gusto de conocer a tu cuñado Manuel Álvarez Calderón y a su señora; ambos son tan simpáticos. Hubiera deseado verlos más, pero han tenido la pena de perder a una chica y mientras estuvo mala nunca pude verlos, y muy poco tiempo después que murió la niña se fueron a Londres. Ahora se regresan al Perú y por ellos tendrás noticias nuestras. Espero esta los encuentre a todos ustedes en perfecta salud. Escríbeme para que pruebes que no estás sentido conmigo por mi largo silencio. Mil abrazos y cariños a Teresa y todos mis sobrinos, y para ti uno bien fuerte de tu hermana Clotilde *** 660
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