El Perú desde la intimidad

precisamente habría salvado. Ha muerto muy resignado, con gran entereza de ánimo y con todos sus auxilios espirituales». Estos dos fallecimientos abatieron a Candamo y a sus compañeros, quienes además quedaron preocupados por los temores que esas fatales noticias pudieran suscitar en las familias del resto de los exiliados. Su abatimiento queda expresado en otro párrafo de la misma carta: «Regreso del cementerio. Hemos cumplido el último deber con el compañero. Esperemos que sea el postrero que deja sus huesos en esta tierra enemiga».131 En la nutrida correspondencia de Manuel Candamo hay referencias a uno u otro de los compañeros de exilio, y se registran reflexiones sobre diversos sucesos, incluyendo la celebración, con unas copas de oporto, de la noticia del nacimiento de José, el quinto de sus hijos. Uno de los asuntos que con frecuencia aparecen en las cartas del destierro es el de la paz: esta significa para Candamo y para sus compañeros de exilio el objetivo más deseado, no solo por suponer el fin de las hostilidades, sino también la posibilidad del regreso al Perú y a sus hogares. En cuanto a las fórmulas para alcanzar la paz, Candamo se opuso desde un principio a que esta se lograra a cambio de entrega de territorios, aunque finalmente aceptó la pérdida de Tarapacá como algo inevitable ante la evidencia de la derrota militar. La entrega de territorio implicaba una circunstancia dramática no solo desde el punto de vista material, sino también en lo referido al aspecto humano. Miles de familias peruanas se verían obligadas a abandonar sus lugares de origen para reiniciar la vida en otra región; el drama sería distinto para quienes quisieran permanecer en su tierra, siendo conscientes de que más adelante sus descendientes no serían peruanos. De la lectura de las cartas se desprende que la aceptación de la paz con cesión territorial fue fruto del convencimiento de la inevitabilidad de la derrota, y no una postura adoptada en defensa de intereses económicos personales. Por eso, no puede generalizarse afirmando que los miembros de la clase dirigente optaron por someterse a una paz humillante con el solo propósito de salvar su patrimonio.132 Igualmente, los desterrados consideraban que la paz debía lograrse a partir de la unidad política representada por el gobierno de Montero. Esto explica los duros calificativos de Candamo frente a la posición de Iglesias, a quien se vio como el destructor de esa unidad.133 Y esto explica los también duros calificativos contra Cáceres, cuyas campañas fueron eventualmente 53

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