El Perú desde la intimidad

bien no fueron infrecuentes los momentos de decaimiento y pesimismo, en las mismas cartas se advierte su esfuerzo por superarlos. Sufría no solo con el hecho físico de la ausencia de libertad, sino con el agravio moral y la injusticia de la deportación, sin desconocer que el tratamiento que recibía de los chilenos era respetuoso. Le mortificaba de modo especial el hecho de la falta, entre los peruanos, de una actitud unitaria y consistente frente a la paz con Chile. Uno de los momentos de mayor pesimismo es el que se refleja en una carta de fines de 1882, en la que escribía lo siguiente: «De algún tiempo a esta parte están pasando cosas en el Perú que manifiestan una falta de juicio, una falta de espíritu nacional, un desconocimiento de los verdaderos intereses públicos, unas ambiciones tan estúpidas, unos egoísmos tan repugnantes y tanta miseria y bellaquería, que es cosa de desesperar por completo y de renegar de nuestra nacionalidad». 129 Sin embargo, en otros momentos manifiesta esperanza en el futuro del Perú. Es el caso de una carta de abril de 1883, en la que comenta la idea de uno de sus cuñados con respecto a emigrar a los Estados Unidos. Luego de señalar que le parece un plan aventurado e imprudente, reflexiona en el siguiente sentido: «No se debe exagerar los temores sobre el porvenir del Perú; por mal que llegue a estar, nunca estará inhabitable y nunca faltarán medios de trabajar, de ganar dinero y de poder hacer una fortuna». 130 Por otro lado, fuente de ánimo constante era el recuerdo de su familia; lo estimulaba la esperanza de volver a ver a su mujer y a sus hijos. Además, el ambiente humano de los desterrados no era desagradable ni violento. Muchos de ellos eran conocidos o antiguos amigos, como Elías, Lavalle, Aramburú, García Calderón o Ribeyro, y con todos, salvo eventuales y breves discusiones, el clima era apacible. En la rutina de los días de Chillán, dejaron una huella especialmente penosa los fallecimientos de dos compañeros de destierro: Gregorio N. del Real y Viviano Gómez Silva. El primero murió en Chillán en marzo de 1883, a causa de una pulmonía. Estaba allí por no haber pagado el cupo. Había redactado su testamento, y se había confesado con el cura párroco, quien lo visitó con frecuencia y le aplicó la extremaunción. Murió a los 72 años de edad, dejando mujer y dos hijas casadas. El fallecimiento de Gómez Silva se produjo dos meses después. Tenía 75 años, y según cuenta Candamo en carta de 9 de mayo de 1883, había carecido de «la fuerza de constitución suficiente para resistir a la acción del clima. Ha durado enfermo trece días y los médicos han dicho que si hubiese sido más joven 52

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