once más o menos, llegamos al pueblo de Huayhuay,612 en donde el gobernador, mi amigo Mendoza, nos tenía preparada una pachamanca. 613 Poco rato después de almorzar continuamos la marcha acompañados por el gobernador y algunos de sus súbditos, muy adictos a la causa, con quienes tomamos sendas copas de aguardiente, en las paradas que con tal objeto hacíamos por orden de esa autoridad. Por supuesto, después de cada copa daban estruendosos vivas, que resonaban en los cerros y uno de ellos lanzaba el grito de guerra de los guerrilleros, que es de lo más estridente y extraño que se puede oír. Así recorrimos más o menos una legua, entretenidos tanto por los acompañantes cuanto por el aspecto que nos ofrecía el camino, que era una quebrada muy estrecha, con un río en el fondo, los cerros verdes con llamas y ganado, y esparcidos en toda su extensión grupos de hombres y mujeres recogiendo la cosecha de papas, que es para esas pobres gentes el gran acontecimiento del año. Nuestros acompañantes regresaron a su pueblo en medio del mayor entusiasmo y nosotros seguimos nuestro camino, pasando por el pueblo de Huari 614 y por una puna, que está a la altura de La Oroya, en donde nos cayó una buena lluvia que nos obligó a endosarnos los ponchos de jebe. A las seis de la tarde llegamos al pueblo de Chacapalpa615 y nos alojamos en casa de una cuñada del gobernador de Huayhuay. La pobre señora nos dio la mejor hospitalidad que pudo. Nos dio que cenar no sé qué menjunje y una taza de té que no era sino humo. A mí me tocó por cama un gran poyo bastante ancho y a Alcides dos mesas unidas. Felizmente llevábamos nuestros colchones y ropa de cama. Dormimos bien y a las ocho de la mañana del siguiente día, después de tomar una taza de té y varias copas con algunos notables que fueron a saludarnos, salimos de Chacapalpa acompañados por su gobernador y unos cuantos más. El camino que recorrimos a orillas del río Mantaro es muy interesante. Pasamos por los terrenos de la hacienda Pachacayo 616 de los Castañeda, y a eso de las once y media llegamos al pueblo de Lloguapampa, en donde reside uno de los enganchadores de operarios de Andaychagua, un tal 520
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