El Perú desde la intimidad

Dormía muy bien, tal como lo reiteraba en sus cartas. No se levantaba muy temprano, y luego del desayuno y del baño se dedicaba algún tiempo a caminar y a leer; en ocasiones recibió clases de inglés, y se distraía con el juego de rocambor y con las reuniones entre los mismos exiliados por una u otra circunstancia. La llegada de la carta de Lima constituía siempre la mayor alegría. No se quejaba de la comida, que en las primeras semanas de destierro consideró abundante y buena: «Nuestra cocinera se ha portado bien con la comida. Hoy, como domingo, nos hemos dado el lujo de un pavo, que nos costó dos pesos y que estaba magnífico». 122 En otra ocasión, y siempre refiriéndose a Angol, ponderaba la buena comida y se refería con una dosis de ironía a dos de sus compañeros: «Nuestra alimentación es bastante buena, y como el clima es sano y tónico y la vida que llevamos tan arreglada, vamos a engordar y a robustecernos, y hasta es posible que aun a don Juan Ignacio y a Forero les salgan colores. Los infelices han llegado como unos perros flacos; pero en los tres días que llevan aquí ya tienen otra cara y un apetito de náufragos». 123 En cuanto a Chillán, ofreció también detalles de su alojamiento: «Ribeyro vive en las habitaciones de la casa del frente y Álvarez y yo aquí. Yo ocupo un cuarto y un saloncito más o menos del tamaño de mi escritorio alto de casa, y en una de las esquinas del cuarto de dormir hay un cuartito pequeño. Estoy bastante cómodo, vivo independiente; pero en casa acompañada; conservo al sirviente que es muy formal y honrado, el cual le arregla también sus cuartos a Álvarez por una propina semanal, y a quien le pago quince pesos al mes sin comida». 124 En lo referido a la vida cotidiana, el tema de las enfermedades es uno de los más interesantes. Por un lado, Candamo muestra reiteradamente su preocupación por la salud de alguno de sus hijos, ya que en ocasiones le llegaban noticias preocupantes en ese sentido. Además, al enterarse de enfermedades de amigos o conocidos suyos, manifiesta que le mortifica que haya tantos constipados y anginas en Lima, y que en ocasiones teme abrir las cartas de su esposa, ante la posibilidad de malas noticias sobre alguno de sus seres queridos. La salud de su hijo «Mañuco» —nacido en 1879 y fallecido en 1883— es uno de los asuntos que más lo angustian desde el destierro. En las cartas se hace referencia a los dolores que padece. No aparece claro el diagnóstico, aunque se atribuyen sus males al reumatismo. Comenta Candamo que entendía esa enfermedad como propia 50

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