El Perú desde la intimidad

Químper, Pedro Bernales, Ismael Muro, Juan Corrales Melgar y Gregorio N. del Real (Martin 1972: 13). 120 El destierro se produjo, pues, como parte de las medidas punitivas que las autoridades chilenas fueron adoptando con el objeto de vencer toda resistencia en el Perú. Responde a ese contexto lo que el presidente chileno Santa María le expresaba a Jovino Novoa: «Es menester ahora tomar la revancha de una manera digna de nosotros, no con inútiles matanzas de indios, sino yendo más arriba, a los instigadores, sin perjuicio de hacer sentir a los pueblos en que nuestras fuerzas han sido hostilizadas cruelmente, todo el peso de nuestra venganza» (Encina 1984: 48). En la primera de las cartas de esta etapa, fechada en Arica el 12 de agosto de 1882, cuenta Candamo que ya llevan tres días de navegación, que la salud de todos es buena, que se ha librado del mareo y que los oficiales chilenos son muy atentos con ellos. Manifiesta que al día siguiente llegarán a Iquique. El 17 de agosto escribe desde Valparaíso, y el 19 refiere que tomarán el tren para dirigirse a Angol. En Angol residió hasta el 20 de noviembre del mismo año de 1882; luego fue trasladado a Chillán, localidad en la que pasó la mayor parte del destierro: desde el 22 de noviembre de 1882 hasta el 13 de agosto de 1883, día de la última carta desde ese lugar; 121 finalmente, en Valparaíso estuvo desde el 17 de agosto hasta el 20 de octubre de 1883, día de la última comunicación. No vivieron los desterrados en una estrecha prisión material, aunque estuvieron impedidos de salir de las ciudades en las cuales residieron. Es ilustrativa la primera carta que escribe a su esposa desde Angol, el 23 de agosto de 1882, ya que ofrece detalles sobre las condiciones en las que vivía: «Estamos alojados en una casa que la autoridad tiene arrendada para nosotros. Tiene un salón, tres habitaciones, algunos cuartuchos interiores y un jardín. Catres y demás chismes indispensables nos hemos procurado, y para nuestra condición de prisioneros no estamos tan mal instalados que digamos. Almorzamos y comemos en el hotel, por cuenta y costo del gobierno, y el hotelero se esfuerza por tratarnos lo mejor posible. A las once del día y a las seis de la tarde nos encaminamos en procesión y acompañados de un oficial, que está siempre con nosotros, al tal hotel, y una hora después regresa la procesión en el mismo orden. En casa tenemos una guardia de cinco hombres, que nada nos molesta y antes bien nos sirve en cuanto necesitamos». 49

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