Puesto inmediatamente en conocimiento de los compañeros para discutir con ellos lo que convenía hacer, desde que, hasta cierto punto interesaba a todos, dijeron que, por su parte no habían autorizado a nadie para que obtuviesen su libertad garantizando que darían una carta comprometiéndose a nada, y que no refiriéndose el cablegrama en lo esencial, sino a mí, mi contestación no debía manifestar la opinión ni deseos de ellos; tenían mucha razón y en mi respuesta tenía que limitarme a decir si aceptaba o no la condición que se imponía. No queriendo proceder de ligero en asunto tan delicado y bajo la penosa impresión que me produjo ese inesperado despacho, resolví aplazar la contestación hasta hoy; pero decidido desde luego a no aceptar, y consistiendo mi vacilación en los términos en que daría mi negativa. Por la tarde supe de un modo positivo, como te explicará Correa, que la noche anterior el jefe político había recibido un cablegrama de Novoa anunciándole que quedaban en libertad: don José Gregorio García, Pedro Correa, Arancivia y el joven Abel Químper.585 Efectivamente, esta mañana de diez a once el jefe político mandó llamar al hijo de Químper y con él mandó decir a esos caballeros que estaban en libertad; luego se embarcan y, según me han asegurado y creo firmemente, no han contraído compromiso alguno y no están dispuestos a escribir una carta como la que a mí se me exigió. Garland, Pazos y don Juan Ignacio han salido también sin condición alguna, y tú sabes mejor que yo la manera como se obtuvo la libertad del primero. ¿De dónde proviene, pues, que a mí se me exija una humillación tan singular? ¿Quién ha sido el amigo oficioso que trabajando en mi favor no ha podido obtener sino esa gracia? Te aseguro que el tal cablegrama me ha hecho pasar algunas horas bien mortificado y él me ha hecho comprender que el momento de mi regreso a Lima está todavía lejano. El destierro me es muy perjudicial y me impone muchas mortificaciones estando separado de ti y de mis hijos; pero me parece que debo resignarme a todo antes que pasar por una humillación tan injusta, tan innecesaria y tan brutal como es la de comprar mi libertad con una carta en la que me comprometa a guardar abstención política; es decir a renunciar a todos mis derechos políticos, a todos mis derechos de ciudadano, a dejar de ser ciudadano. Maldita la gana que tengo de hacer uso de tales derechos y estoy resuelto a prescindir de ellos en lo absoluto; 506
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