que me digas algo de enfermedad de alguno de los niños o de cualquiera contrariedad doméstica de otro orden. Felizmente ya falta poco y ojalá esta sea la última que te escriba. Dile a Othon que enseñe a las niñitas a jugar «Long teniss» (no sé si se escribe así); ya que las saca a hacer esas excursiones puede llevarlas al lugar de ese juego y es seguro que cuando ellas lo vean les agradará y con gusto aprenderán. Muy conveniente sería, porque no sólo las divertiría sino que les haría mucho provecho, las fortificaría y desarrollaría. Falta un cuarto para las once del día y después de poner esta carta en el correo vengo a pasar por el trance del almuerzo cotidiano, que no es un gran placer por la antipática cazuela y demás menjunjes que forman el menú. No creas que me muero de hambre; me desempeño bastante regularmente, pero no con gusto y más en fuerza de la necesidad que por lo provocativo de las viandas. Una que otra vez hay por casualidad algo regular, pero por lo común la cosa no es muy seductora. El té y las tostadas que forman el desayuno son de lo peor y por eso me cobran treinta centavos diarios, es decir dos reales plata. Cumplo con tu encargo de no extrañarte mucho y me despido hasta el próximo correo o hasta que te vea, si antes del viernes viene la noticia de nuestra libertad. Recuerdos a todos, cariños a los pollos y muchos abrazos para ti. Tu C. *** Iquique, viernes 17 de octubre/1884 Mi querida Teresa: Buen chasco nos llevamos ayer. Imagínate que Correa recibió en la mañana un cablegrama anónimo de Lima con esta sola palabra: «Amnistía». Naturalmente creímos que lo de Trujillo había concluido y el gobierno, cumpliendo el ofrecimiento del presidente, había expedido el decreto de amnistía. En el acto fue don Juan Ignacio Elguera al jefe 503
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