El Perú desde la intimidad

El tal don Ambrosio Montt es hombre de cerca de sesenta años, alto, flaco, narigón, algo doblado de la cintura, de bigote gris, de cabellera también gris y un poco crespa, de grandes ojos muy brillantes y vivos y algo parecido a Simón Camacho; 549 pero mucho mejor. Es hombre muy ilustrado, habilísimo, hablador infatigable y ameno, bien mentiroso y de una vanidad estupenda. Habló desaforadamente y sabiendo que en el Perú y Bolivia hay tantos doctores y que en caso de duda mejor era darme el título que suprimírmelo, en medio de sus peroraciones se dirigía a mí y me decía: «¿no es así, doctor?» A la segunda vez no aguanté y le dije que no era doctor. Lo mismo sucedió en otra ocasión con don Juan Ignacio Elguera, pero más gracioso fue lo que ocurrió con Elías cuando éste fue a visitarlo en Santiago: varias veces le dijo: «Usted mi señor don Carlos que es un publicista y estadista...», y a cada momento lo repetía hasta que el señor don Carlos rechazó modestamente el honor de ese tratamiento. Algo le hallé al hombre, a pesar de su incuestionable talento y de su saber, de José Martín Cárdenas, por supuesto sin las necedades y delirios de nuestro fiscal. Antes de recibir tus últimas cartas tuve noticia del último ataque cerebral de don José Antonio García, por carta de una de sus hijas a Correa. Parece que la familia no está muy alarmada y no conoce el estado de gravedad en que se halla don José Antonio. Realmente que cuando doña Rosalía lo conozca es capaz de volverse loca. Muy triste y sensible cosa sería la muerte de ese excelente padre de familia y desgraciadamente esa calamidad no está tal vez muy remota, a juzgar por la clase de enfermedad, por la repetición de los ataques y por el temor que abriga el doctor y que, según me cuentas, ha manifestado a los hermanos del pobre don José Antonio. Quiera Dios que no sea así y que todavía viva muchos años. Ayer y hoy ha estado lloviendo aquí, pero la temperatura está muy agradable y lo que es yo me siento perfectísimamente. Duermo muy bien, tengo excelente apetito, no tengo frío ni calor y aun creo que estoy engordando. Ruego a Dios que me conserve así hasta el momento de recobrar la libertad, a fin de tener el gusto de presentarte a tu amante esposo gordo, bien blanco, fresco como una rosa, lindo, precioso. Mientras tanto, tengamos paciencia y veamos el modo de matar el 460

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