a Piura para recoger a su familia;113 esto se podría deducir de la mencionada carta fechada en Paita, probablemente del 24 de enero de 1881. Desde varios meses antes la lucha se presentaba ya orientada hacia Lima. A partir de junio de 1880 fue creciente la preocupación por el avance de las tropas chilenas en el sur, lo cual se refleja en las cartas. Sin embargo, Candamo manifestaba —reiteramos— una opinión claramente optimista sobre las posibilidades de victoria frente a los chilenos. Al ser cartas dirigidas a su esposa, podría suponerse que ese tono optimista habría tenido el propósito de tranquilizar a sus seres queridos. Los excesos de Lynch en el norte del Perú, mencionados en las cartas de Candamo, corresponden a una nueva etapa en la guerra, que se manifestó, entre otras cosas, en el incendio de poblaciones, en la destrucción de campos de cultivo y de ingenios azucareros, en la apropiación indebida de libros y obras de arte, en la imposición de cupos, de castigos corporales y de fusilamientos. Fue el desarrollo de una guerra distinta, que no concluía en el campo de batalla, y que comenzó tras el triunfo chileno en Angamos.114 Los cupos o contribuciones de guerra impuestos a personas e instituciones representaron, tal vez, la forma más odiosa de la voluntad de opresión y de dominio de los vencedores en el conflicto. En efecto, la victoria militar no debe conceder el derecho a imponer cupos ni a violar la libertad de los individuos bajo amenazas en el orden personal o económico. Ha habido voces en la historiografía chilena censurando esos excesos. Así, Gonzalo Bulnes afirma lo siguiente: «Reconociendo la destreza inteligente desplegada en esta campaña ¿hay el derecho de preguntarse si era justa, si era humana, si no estaba destinada a levantar una polvareda de protestas indignadas el ver al ejército de un país civilizado paseando la tea del exterminio sobre establecimientos industriales, sobre edificios privados, etc.?» (Bulnes 1911-1919, II: 555556). El gobierno chileno consideraba que esos «procedimientos de intimidación» acelerarían el final de la guerra, ya que las víctimas buscarían influir ante las autoridades peruanas para la firma de la paz. Sin embargo, Patricio Lynch, quien dirigió varias de esas acciones, manifestó también que con las destrucciones que se cometían se podía estimular la resistencia (Bulnes 1911-1919, II: 556). 45
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