y en general para los hombres de la clase dirigente limeña, el Perú era de modo inmediato y central una realidad costeña, entendiéndose la sierra como un ámbito distante y alejado del progreso. 99 Tal vez su distracción mayor estuviera en la conversación y en la tertulia, tanto en su casa de la calle de la Coca como en el Club Nacional,100 en el Club de la Unión y en Chorrillos. Fue un gran conversador. José Gálvez se refiere a las «gotas amargas de larga vida del desterrado polaco don Leonard Jaworski», en cuyo establecimiento se formaba una tertulia amplia en la que participaba Manuel Candamo (Gálvez 1943: 17).101 Se conoce, igualmente, su afición al rocambor, juego de cartas muy difundido por entonces. Vale la pena detenerse en una de las características antes mencionadas del temperamento de Candamo: su ironía, de la que en este epistolario hay numerosas muestras. Desde el destierro en Chile hizo muchos comentarios en los que se mezclaba la ironía con la desesperanza por la situación dramática del Perú. Uno de los comentarios más duros de ese estilo es el siguiente, a propósito del incendio del teatro de Lima y de los casos de fiebre amarilla en el Perú: «así es pues, que los habitantes de nuestra pobre tierra no tienen por qué quejarse, pues de todo tienen; lo único que les falta es un buen terremoto. Estamos en la mala; esperemos con paciencia la buena; puede ser que tarde un poco, cosa de ciento o doscientos años, pero al fin llegará». 102 La misma ironía aparece en los comentarios sobre las negociaciones de paz. Ponderando la soberbia de los chilenos, consideraba que siempre iban a querer llegar más al norte en sus afanes de apropiación territorial: «Del grado 23 pasaron al 24, de aquí al Loa, del Loa a Camarones, después Sama y después será el totoral de Villa». 103 Con respecto a los enfrentamientos entre Cáceres e Iglesias después de la guerra, sus comentarios también aparecen con un tinte irónico. Por ejemplo, al referirse a los combates en Lima en 1884, manifestaba su deseo de que en poco tiempo el dominio de Iglesias se limitara a «la punta de la torre de la Catedral». 104 Al referirse a un personaje que en 1898 había perdido su puesto ministerial, ponderaba lo mal que se habría sentido sin ese sueldo, «cuando primero le arrancan una muela que un centavo». 105 38
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