Roosevelt gobernaba los Estados Unidos de Norteamérica, y entre los mandatarios de América Latina destacaban Porfirio Díaz en México y Julio A. Roca en la Argentina. 92 Estaba surgiendo por entonces con fuerza la denominada «cuestión social» en el contexto latinoamericano, la cual generaría decisivas transformaciones en las décadas posteriores. Su estilo humano Conocemos su imagen física por fotografías, grabados y retratos diversos.93 Siempre de rostro muy pálido, aparece en las imágenes con una severidad que no era la de su actitud cotidiana —o al menos no es la que se manifiesta en las cartas a su esposa—, acentuada sin duda por las costumbres en la vestimenta de la época: generalmente terno oscuro y cuello duro, y en su caso un bigote que confirmaba una apariencia de solemnidad.94 Los testimonios de su esposa, y otras versiones que se han transmitido por tradición oral, lo presentan cordial, conversador, muy ameno, y mostrando en muchos casos dosis no pequeñas de ironía. Cuando trataba temas delicados o polémicos, solía aligerar la tensión con comentarios jocosos o bromas (Eguiguren 1909: 30). Con un profundo sentido familiar, al cariño a su mujer y a sus hijos se añadía un estrecho vínculo con amigos muy cercanos. Entre estos se puede mencionar a Carlos M. Elías —su mejor amigo—, a Manuel Pardo, 95 a Isaac Alzamora, a José Antonio Miró Quesada y a Francisco J. Eguiguren. Mantuvo también amistad con personas de las que lo separaban discrepancias políticas; es el caso, ya mencionado, de su relación personal con Piérola, y también de su amistad con Ricardo Palma. 96 Fue un hombre que solía buscar el entendimiento y la conciliación; no era agresivo ni violento. Preciso en la presentación de sus puntos de vista, nunca ofendía a la persona con quien dialogaba y sus razonamientos, más que emotivos, seguían una lógica muy clara. Fue un orador sobrio, directo, sin retórica innecesaria, y a la vez muy buen polemista: «Servíanle de eficaz ayuda una excelente memoria y una voz sonora, agradable, cuyos tonos se mantenían fijos. Jamás leyó en público. En el silencio de su gabinete, concebía las ideas principales, elevadas, consistentes; las escribía como apuntes, sin redondearlas desde el punto de vista literario; las repetía, delante de uno o dos amigos: todo lo demás lo dejaba para la 36
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