que había sido sede de una corte virreinal. Buen ejemplo de esa percepción lo tenemos en los comentarios de Domingo Faustino Sarmiento, quien visitó Lima en 1864: se refirió al pueblo limeño como uno de los más cultos de América; sobre la inauguración de la Escuela de Artes y Oficios afirmó que era un «establecimiento para el que han construido el más bello y soberbio palacio que exista en América»; y visitando Chorrillos manifestó que los llamados ranchos eran auténticos palacios (Sarmiento 2001:18, 19 y 26-27). Podemos encontrar también elogiosos comentarios sobre el Perú de parte de muchos chilenos notables, que además son muestra de la estrecha relación que en el siglo XIX se dio entre las capas sociales altas de ambos países. Valga como ejemplo lo dicho por Benjamín Vicuña Mackenna recordando el tiempo que pasó en el Perú: «Desconocido, errante y alejado de mi patria, he encontrado, como tantos otros de mis conciudadanos, la más indulgente acogida en este país esencialmente hospitalario y en el que todo lo que rodea al hombre es un halago o una invitación» (Donoso 1977: 120). Si bien la historiografía ha puesto mayor énfasis en subrayar las diferencias en cuanto al desarrollo histórico del Perú y de Chile en el siglo XIX, resulta importante advertir las fundamentales semejanzas, como el legado virreinal compartido, tanto en lo cultural como en lo económico; o el similar proyecto político —el republicanismo— que ambos Estados emprendieron desde su Independencia;5 o el hecho de la pertenencia al mismo mundo intelectual. Así, los dirigentes políticos peruanos y chilenos compartían el mismo «universo mental», influidos —entre otros movimientos intelectuales— por la tradición hispana, por el pensamiento ilustrado y por los planteamientos liberales. Además, otras circunstancias contribuyeron a que sus experiencias personales y políticas fueran compartidas: hubo muchos lazos de parentesco entre las capas sociales altas de ambos países; los problemas que tuvieron que enfrentar fueron bastante parecidos; y los frecuentes exilios suscitaron mayores vinculaciones entre ellos (Cavieres y Aljovín 2005: 21). Cabe preguntarse por qué en el Perú no se constituyó una clase dirigente estable y con voluntad de servicio a los intereses del país. Se creó un Estado teórico, desligado de la compleja realidad del Perú. El vacío de poder fomentó el advenimiento del caudillismo y de la anarquía. No faltó inteligencia ni gente con cualidades; faltó espíritu solidario. De acuerdo con lo que planteó Bartolomé Herrera en su célebre oración pronunciada en las 17
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