1895. Sin embargo, estas afirmaciones generales son delicadas, sobre todo en lo referido a la definición de la oligarquía, y a su variada composición, como el propio Bourricaud pone de relieve: avanzando dicha centuria, a las grandes familias virreinales se unen aquellas beneficiadas con la exportación del guano, o con la explotación del salitre o del algodón. Pero todas ellas habrían obtenido ventajas de un «acuerdo implícito» con los caudillos militares que detentaron el poder (Bourricaud 1969: 30-31). Investigaciones más recientes plantean claramente la existencia de una burguesía en el Perú del siglo XIX, a pesar de constituir —el concepto de burguesía— un «paradigma multivalente». En efecto, se trató de un sector social difícil de precisar en sus características centrales, pero que surgió influido por la modernización capitalista que se desarrollaba en los centros económicos mundiales (Mc Evoy 2004a: X), 2 y que en el Perú de buena parte del siglo XIX se presenta en el contexto de lo que ciertos estudiosos han denominado «modernización tradicionalista». 3 En las cartas de Candamo aparecen comentarios diversos sobre la realidad chilena de entonces, con opiniones elogiosas sobre la organización del país y la estabilidad imperante.4 Simon Collier ha rastreado diversos textos —algunos muy tempranos— en los que se manifiesta una sensación de superioridad de Chile frente a otros países latinoamericanos. Por ejemplo, en 1839 un periódico afirmaba que Chile era objeto de admiración y elogio por su estado de civilización y tranquilidad; en 1841 otro sostenía que ese país estaba a la cabeza de la civilización en América del Sur; en 1857 otro periódico decía que Chile era la primera de las naciones de Sudamérica, y al año siguiente se afirmaba que era «la Inglaterra de Sudamérica». Por su parte, en 1841 el ministro del Interior Irarrázaval decía al Congreso que Chile representaba una «espléndida lección» para otros países, y en 1853 el joven Diego Barros Arana manifestaba que lo que había sido una provincia desgraciada del imperio español era entonces una república establemente constituida, y admirada incluso en Europa (Collier 2003: 146). Debe señalarse también que Chile recibió el valioso aporte de muy notables emigrados políticos: el más importante fue, sin duda, Andrés Bello, quien llegaría a ser rector de la Universidad de Chile, y fue además el redactor del Código Civil vigente hasta hoy en ese país. En el caso peruano, se advierte una clara admiración del foráneo frente a un país que había sido el centro del poder español, y frente a una ciudad 16
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