Wills, me ha sorprendido su actualidad (...) y me he sentido tentado, como historiador a veces concienzudo, a escoger para la portada de este libro esa frase que los abogados insisten en poner al principio o al fin de las películas: “cualquier parecido entre las polémicas de este libro y las actuales no es sino mera coincidencia”. Pero no es mera coincidencia» (Deas 1996, I: 302). Así, en las cartas de Candamo aparecen comentarios sobre problemas que hoy nos siguen preocupando. Entre otros, el egoísmo de muchos miembros de la clase dirigente y de la clase política en particular; su falta de solidaridad con los intereses del país, que eran subordinados a intereses personales o de grupo; o los prejuicios de la elite limeña con respecto al hombre andino. Por otro lado, teniendo en cuenta que Chile es uno de los grandes «escenarios» de este epistolario —ya que Candamo escribió más de doscientas cartas a su esposa desde su destierro en el país del sur—, resulta pertinente referir la frecuente contraposición que se plantea entre las realidades políticas peruana y chilena, constatándose históricamente en esta última una menor inestabilidad y un funcionamiento institucional más logrado. Son diversas las interpretaciones con respecto a ello. Por ejemplo, se ha afirmado que Chile representa uno de los casos peculiares en América Latina en los que por un largo periodo la oligarquía habría acaparado tanto la riqueza como el poder, entre otras cosas porque el ejército aprendió a obedecer a la autoridad civil. Por el contrario, en el caso peruano la creación de la Guardia Nacional por Manuel Pardo habría sido una manifestación de la falta de confianza de los civiles en los caudillos militares (Bourricaud 1969: 30). No obstante, la idea de que la estabilidad política chilena hubiera sido una creación civil ha sido discutida, afirmándose que el respeto de los militares hacia las instituciones no estuvo dado por una sumisión frente a la autoridad civil, sino por la decisiva participación militar en ellas, habiéndose producido una suerte de «cogobierno»: en el siglo XIX habría sido notable la participación de militares en actividad en cargos de designación política o de elección popular, como fruto de «alianzas entre civiles y militares miembros de las oligarquías», y en particular generales victoriosos en las guerras de esa centuria (Fernández Darraz 2003: 273-274). En cuanto al Perú, opina Bourricaud que la oligarquía habría gobernado en el siglo XIX «por interpósita persona», con excepción del periodo presidencial de Pardo (1872-1876) y de la etapa de estabilidad iniciada en 15
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